MENSAJE DEL DIA 4 DE OCTUBRE
DE 1997, PRIMER SABADO DE MES,
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)
LA
VIRGEN:
Aquí estoy, hijos míos, llena de amor y misericordia. Mi corazón
rebosa de amor por los hombres, pero los hombres, cada día están
más fríos, y más distanciados de las cosas de Dios, hija
mía.
EL SEÑOR:
Amad mucho, hijos míos, amad a los que os persiguen, pedid por ellos;
a los que os calumnian, a los que os difaman, seguid rezando por ellos. No tiene
mérito orar por los que os aman. El mérito está en pedir,
orad y hacer sacrificios por los que os desprecian. El amor es vida, hija mía,
el amor es redención. Los hombres, hija mía, están tan
obstinados que no ven ni oyen; hacen mofa de mi palabra, de mis gracias, ¿no
lo ves, hija mía, que el hombre está ciego y sordo? ¡Hasta dónde
quiere, el hombre, que todo un Dios esté dando avisos, hasta cuándo!
Dicen los hombres que no hace falta manifestarse, que el Mundo está en
muy buenas condiciones... ¡Corazones fríos, ingratos, fariseos, hasta
dónde habéis llegado! Quitáis de mi Evangelio lo que os
conviene, hijos míos, y añadís, también, lo que
os place. El Evangelio es uno, hijos míos. El Evangelio no es metáforas,
es una realidad. Cuando toca morir, hay que aceptar la muerte y cuando toca
resucitar, hay que aceptar la resurrección. Pero no lo dejéis
todo en gloria y en resurrección, sin pasar antes por la purificación
y por la muerte.
Antes, nuestros Corazones tenían donde refugiarse, porque las almas estaban
llenas de fuego, su corazón estaba lleno de amor; y ahora las almas están
frías, aletargadas. Despertad de ese letargo, hijos míos, amad
nuestros Corazones. No hagáis mofa de mis palabras, ni de mis leyes,
ni las confundáis. Os lo he repetido muchas veces, cuando me habéis
preguntado "¿quién se salvará?", el que cumpla mis mandamientos.
Cumplid los mandamientos, hijos míos, y os salvaréis. Todo un
Dios, amante de las creaturas y ¿todavía estáis ciegos y sordos?
¡Más señal, hijos míos, que os dejé! Las señales
en mi Cuerpo están patentes, hijos míos, del amor que tuve a los
hombres, y los hombres sólo piensan en sí mismos, en funcionar
en el Mundo.
¡Hay mucho trabajo, hijos míos! Todos, laicos, religiosos y sacerdotes:
hay mucho trabajo y pocos operarios. Las almas están cada día
más tibias, y no aceptan las leyes de Dios; las pisotean y se ríen.
¡Cómo todo un Dios no va a estar presente de sus creaturas, si el Mundo,
cada día camina hacia la destrucción! Mis palabras van a ser cortas,
hijos míos, os lo vengo avisando, porque todo está dicho, todo,
desde el principio hasta el fin. Os he venido a recordar el Evangelio, tal como
está escrito; no me añadáis ni quitéis nada de él.
¡Ay, del que añada y quite!
Amad a la Iglesia, hijos míos, amad al Vicario de Cristo, mártir
de ella. El Vicario de Cristo es un mártir de la Iglesia, no hace falta
que muera para saber que es mártir; obedecedle, hijos míos. Todos
tenemos que obedecer.
AMPARO:
Sí, Señor, todos tenemos que obedecer. Yo quiero obedecer a la
Iglesia, y amarla; por eso te pido Señor, que me ayudes a saber cómo
tengo que comportarme con ella.
EL SEÑOR:
Obedece, hija mía, como hasta ahora has obedecido. La obediencia es la
señal de la Iglesia, de que la amas y la proteges; por eso, repito, que
todos tienen que obedecerla, que el que no obedezca a la Iglesia y la proteja
y la ame, no es digno de llamarse hijo mío. El que vive para sí
mismo y está en el Mundo, no se puede llamar que está al servicio
de mi Iglesia, ni que ama a mi Iglesia. Amadla todos juntos, porque el que no
está conmigo está contra Mí y el que está conmigo
no está contra Mí. Vosotros, hijos míos: es un momento
de recoger frutos, pues cada día los hombres están más
distanciados y sus oraciones son más superficiales ¡Ah, hijos míos,
cuántos apegos del Mundo y de las cosas que hay en él! Despojaos
de todas las cosas del Mundo, y no tengáis apego a las cosas materiales.
Laicos, sacerdotes y religiosas: sed flores frescas, quiero lozanía en
vosotros; no quiero que os marchitéis, aquéllos que todavía
permanecéis frescos. Seguid adelante, hijos míos, para que nuestros
Corazones encuentren un refugio en vosotros.
Y, ¡ay padres, que no educáis a vuestros hijos en el santo temor de Dios!
¡Que vuestra doctrina es el Mundo, y los inculcáis para el mundo! Madres,
que os salvaréis por vuestros hijos, pero también os podéis
condenar por ellos y con ellos, por inculcarles y no corregirlos: enseñadles
que tienen que amar a Dios, que es el primer deber del cristiano, si no se quedarán
en lo temporal. Y muchas madres adoctrinan a sus hijos para conducirlos por
el Mundo... ¡Ay, de vosotras, que los tapáis y los conducís por
el camino de la perdición, porque queréis que vuestros hijos tengan
libertad! Esa libertad, en cuanto salen de vuestras casas, la convierten en
libertinaje. Enseñadles la primera carrera, hijos míos, que es
el Evangelio. Os preocupáis, cada uno, de que vuestros hijos tengan la
mejor carrera, de que vayan para acá y para allá, pero no les
inculcáis que lo primero de todo y por encima de todo están sus
almas, y cuando les mandáis que cumplan con los mandamientos, y que oren,
sienten rechazo y fastidio. ¿Quién es culpable de todo esto, hijos míos?:
Las madres, muchas veces las madres, que no queréis que vuestros hijos
sean de Dios y para Dios ¡Qué pena de hijos, para qué los enseñáis,
hijos míos! Toda esa juventud, mira hija mía, se queda en lo que
pasa. Todo lo de aquí pasa. La Eternidad no pasa, es eterna.
Todo se queda aquí, hijos míos. Las herencias, las cosas materiales
no podéis bajarlas al sepulcro, hijos míos. Los padres se afanan
para que los hijos tengan carreras y vivan las cosas del Mundo; y ellos están
fatigados y agotados para dejarles herencias y riquezas; y sólo les sirve
luego para contiendas y para guerras, y a muchos para condenación; porque
no les hacen comprender y entender que tienen que trabajar, cada uno, para formar
su hogar; ya se lo dan todo preparado. ¿Qué hacéis con los hijos,
padres? Enseñadles a caminar por el sendero de Cristo y luego, lo demás,
no os preocupéis tanto por ello; porque las madres abolís las
leyes de Dios para vuestros hijos y les dais libertad, con tapujos y mentiras,
para su condenación. Enseñadles a vivir cristianamente, como buenos
hijos de Dios, y preocupaos primero por el alma y después por su cuerpo.
Muchos de vosotros no hacéis nada más que amontonar, amontonar,
y no sabéis, luego, ni quién lo va a disfrutar, ni para quién
lo dejáis; sí, puede ser para la condenación de vuestros
propios seres queridos.
Amad a Dios y al prójimo como a vosotros mismos, pero no digáis
nunca que amáis a Dios si no amáis a los que están cerca
de vosotros, que los veis con vuestros propios ojos. No podéis amar a
Dios, que no lo veis, si no amáis a los que estáis viendo diariamente.
LA VIRGEN:
Hijos míos, ¡qué pena de Mundo, porque los hombres se han olvidado
de lo más importante, de lo eterno, y viven sólo de lo que pasa,
y se quedan en el tiempo! Mis palabras serán pocas, las próximas,
hijos míos; seguid acudiendo a este lugar, porque recibiréis gracias
muy especiales en las bendiciones, aunque mis palabras sean cortas; porque todo
lo que he dicho se cumplirá, y prometo a todo el que rece este mes el
santo rosario, con devoción, le prometo paz en su hogar, armonía;
y, meditando bien las palabras de los misterios, salir al encuentro en la hora
de su muerte. Vendré toda vestida de luz, para acogeros, hijos míos;
os lo promete la Madre de Dios y Madre vuestra.
Levantad todos los objetos, todos serán bendecidos para el día
de las tinieblas.
Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio del Hijo,
y con el Espíritu Santo.
"Haced apostolado por todas las partes
del mundo, hijos míos,
extended los mensajes, hijos míos.
¡Cuántos se ríen de mis mensajes!
Llevadlos por todos los rincones de la tierra.
(Stma. Virgen: 1-10-1983)
(EJEMPLAR GRATUITO)
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