MENSAJE DEL DÍA 4 DE ABRIL DE 1987

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

Como es habitual, Luz-Amparo, acompañada de unas cuantas personas de su confianza, acude fiel a su cita con la Santísima Virgen todos los primeros sábados de mes, a Prado Nuevo, El Escorial, a tempranas horas de la mañana. En esta ocasión la acompañan también su hija Amparo y su yerno Vicente.

Rezan el santo Rosario, bajo un intenso frío y temporal de nieve que cubre la pradera, teniendo que cubrirse con mantas por la ventisca y las bajas temperaturas.

En el cuarto misterio del tercer Rosario, que se ofrecía por S.S. el Papa, Juan Pablo II (al estar de viaje por tierras de Chile), Amparo cae de rodillas y queda en éxtasis, al hacer su presencia la Santísima Virgen, que por su boca transmite el siguiente mensaje:

LA VIRGEN:

«Hija mía, hoy mi mensaje va a ser muy corto, hija mía. Mira quién viene conmigo: son siete ángeles que combatirán contra los siete pecados capitales del mundo; los siete pecados capitales del mundo, hija mía, que están destruyendo a las almas. Reina en el mundo la soberbia, hija mía, la avaricia, la lujuria, la ira, la envidia, la pereza. (Habla en idioma extraño.)

Mira cómo combatirán estos siete ángeles, contra estos siete demonios: Hoy derramarán gracias especiales con todas las almas que acudan a este lugar; serán muy protegidas contra estos siete vicios.

Mi Hijo me ha dado poder, hija mía, para sacar a las almas de las tinieblas y llevarlas a la luz. Mi Hijo canaliza todas las gracias a mi Corazón, para Yo derramarlas sobre todos los hombres, hija mía, en estos tiempos.

Yo soy el canal para ir a Jesús. Venid a Mí todos; dejad los pecados, hijos míos.

Mira como está el mundo con los siete pecados capitales, hija mía. Muchos, hijos míos, pecáis en estos siete vicios, pero os olvidáis de las virtudes que combaten a estos siete vicios. Mira cómo pecan, hija mía, cómo los pecados capitales están reinando en las almas. (Amparo llora ante la horrible visión que le presentan del pecado.)

Amparo. ¡Ay, ay! ¡Manda gracias sobre ellos! ¡Uy, uy, uy...! ¡Ay, cómo está el mundo! ¡Uy, uy, uy, cuántos demonios se ocupan de esto! Uy, uy, uy, cómo...! ¡Ay...! ¡No les hagáis caso!, ¡Ay, que están todos ahí, muchos, muchos...! ¡Ay, cómo las arrastran! ¡Ay, ay, ay! ¡Ay, cuántos hay! ¡Ay! ¿No se puede hacer nada contra todo eso? ¡Ay!

La Virgen: Sí, hija mía, se puede orar, amar y reparar. Estas tres cosas.

Amparo: ¡Ay!, para sacarlos a todos de ese lugar. ¡Ay!

La Virgen: Por eso me ha puesto mi Hijo como último recurso, para la salvación de las almas, hija mía. Mi Hijo está agotando todos los medios para salvarlas.

Mira estas otras, cómo se dedican a adulterar la Biblia, la Palabra Divina de Dios. Quitan y ponen lo que les agrada y van de puerta en puerta confundiendo a las almas. No os dejéis arrastrar por ellos, hijos míos. El que no honra a Cristo...

Amparo: ¡Uy, uy, lo que hacen! ¡Ay!, pero es otra nueva...

La Virgen: La hacen a su gusto y a su medida. Sí, ponen muchas palabras del Evangelio, pero las quitan, y ellos a su modo las ponen para atraer a las almas. Estos demonios, mira cómo se apoderan de ellos, para destruir la Palabra de Dios; para destruir a María, que por María vino la salvación al mundo, y con María, en la segunda venida, vendrá también la salvación.

Sí, hijos míos, por María vino la Redención y por María vendrá la salvación. El Salvador nació de esa Virgen Pura e Inmaculada y los hombres blasfeman contra Ella, quitando ese don que Dios le dio de ser Pura e lnmaculada. El que no ama a María no ama a Jesús.

Amparo. Yo te amo mucho, Madre mía, aunque no soy digna y tengo muchos defectos. Yo pienso muchas veces, como tengo tantos defectos, si Jesús se retirará de mi. ¡Ay, muchas veces lo pienso!

La Virgen: No, hija mía, ya te lo he dicho muchas veces, que tus defectos no serán causa de que Jesús se retire de ti; procura corregírtelos. Pero Jesús ama a las almas, aún con defectos, hijos míos. Lo que quiere de ellos es su limpieza de corazón, porque ya lo dice: «BIENAVENTURADOS LOS LIMPIOS DE CORAZÓN, PORQUE ELLOS VERÁN A DIOS». Sed mansos y humildes de corazón.

Amparo. ¡Ay, qué grandeza tienen esos ángeles! ¡Uy, tienen también poder! ¡Ay, Madre mía! ¡Uy, pero cuántos demonios hay también!, ¿no? ¡Hay muchos, muchos, muchos ahí...! Hay miles y miles, ¡cómo van de allí para acá! ¡Uy qué malos son! ¡Uy, por qué no desaparecen todos ellos! ¡Ay, qué grandeza la de aquí, y qué basura la de allí! ¡Ay, Madre mía!, no nos abandones a ninguno; derrama muchas gracias sobre todos ellos. ¡Ay!

La Virgen: Hija mía, quiero que sean agradecidos y den testimonio de tantas, tantas gracias como reciben. Prometí derramar muchas gracias sobre este lugar; las estoy derramando, pero las almas se quedan mudas y sordas. DAD TESTIMONIO, HIJOS MÍOS, VUESTRA MADRE OSLO PIDE. Y no os preocupéis tanto del cuerpo; es más importante el alma. Acercaos al Sacramento de la Penitencia, al Sacramento de la Eucaristía, por que TODO EL QUE COME EL CUERPO DE CRISTO Y BEBE SU SANGRE NO MORIRÁ, PORQUE TENDRÁ VIDA ETERNA.

¿Cambias? Cambiad, para que recibáis todo esto.

Amparo: ¡Ay, qué grandezas Madre mía, pero si sois tan grande! ¡Ay!, ¿qué queréis que haga yo, para poder reparar, Madre mía? ¡Ay, yo quiero hacer lo que sea! Lo que me digáis Vos, Madre mía. ¡Ay, Señora mía, qué guapa sois! ¡Ay, qué Hermosa eres, Madre! ¡Ay, quiérelos a todos mucho!, porque todos los que vienen a este lugar, todos hacen un sacrificio para venir; derrama gracias sobre ellos, Madre mía, que ellos te aman mucho también. ¡Ay!

La Virgen: Sí, hija mía, muchos acuden a este lugar sin fe, pero sus corazones se derriten por el amor que mando sobre ellos. Soy Madre y amo a todos mis hijos, ¡a todos, hija mía!, te repito que no distingo razas, porque los amo a todos con todo mi Corazón.

Amparo: ¡Ay!

La Virgen: Y vosotros, hijos míos, aprended bien el Evangelio y gritad por todos los rincones del mundo que Cristo va a venir y hará un juicio pequeño a todas las naciones de la tierra. Que cambien sus vidas, que el tiempo se aproxima. Amaos mucho unos a otros, hijos míos, porque mi Corazón os ama a todos, Y TODOS LOS QUE TRABAJÉIS POR LA GLORIA DE MI DIOS, SERÉIS BIEN PAGADOS, hijos míos, en la tierra y en el cielo. Pero, ¡ay de aquellos que desprecian mis palabras, y aquellos...! (Amparo habla en un idioma extraño), porque no quieren arrepentirse. Porque mi Corazón derrama gracias sobre todos, y aquellos que más necesitan, más gracias derramo sobre sus corazones. Pero se hacen sordos y mudos, hija mía.

Ve de rodillas y ofrécelo por la salvación de las almas. Besa el suelo, hija mía, por la conversión de los pecadores. TODO SACRIFICIO QUEDARA RECOMPENSADO hija mía.

(La Santísima Virgen invita a Amparo a caminar de rodillas por la pradera; ella lo hace con las manos juntas sobre el pecho, y con el rosario entre ellas.

Amparo cae al suelo y queda inerte durante unos segundos, en los cuales ve al Señor con la Cruz a cuestas, y ella se la pide, con el deseo de descargarle de ese peso.

Lentamente se va incorporando de rodillas, y levantando la mano derecha hace ademán de sujetar la Cruz —que nosotros no vemos—, pero que se aprecia cómo la vence ese peso sobre el lado derecho, y trabajosamente empieza a caminar de nuevo de rodillas, percibiéndose un sonido como de un madero arrastrado sobre piedras. Luz-Amparo cae de bruces sobre la nieve varias veces, levantándose ella sola cada vez que cae. Sigue su recorrido fatigosamente y sin dejar de repetir: «En reparación por los pecadores», con una capacidad de sufrimiento que desborda toda resistencia humana, y llegando así hasta el punto de partida, donde, dirigiéndose al Señor le ofrece la Cruz que ella carga hasta ese momento y le repite entrecortadamente: «Cógela, cógela». En ese momento Amparo, al sentirse descargada del peso de la Cruz, cae de nuevo sobre la nieve, de bruces. El viento y la nieve la azotan. Pasados unos segundos, Amparo vuelve a incorporarse lentamente hasta quedar de rodillas de nuevo.)

Amparo: ¡Ay, ay, Madre mía! ¡Ay, Madre mía! ¡No puedo más! ¿Qué quieres que haga por los pecadores...?, por los pecadores, por los pecadores. ¡Ay, ay, lo ofrezco, Señor! ¡Madre mía, ayúdame!, porque estoy casi muerta. ¡Ay, ay, Madre mía, qué grandeza la tuya! ¡Ay, si yo lo que quiero es irme ya contigo! ¡Ay, ay, ay, otra vez a beber el Cáliz, ¿también...?, y a besar otra vez el suelo. ¡Bueno!, pues lo beso, ¡venga! Y me das el Cáliz también, ¿o no? Si quieres bebo también. ¡Bueno, venga! Dame que beba también. (Se oye como traga un líquido que le produce náuseas.) ¡Ay..., ay, ay, ya te ayudo a Ti también a sufrir por los pecadores, Madre mía! Pero si esto tiene mucho valor. Pero, ¿y si no tiene valor, Madre mía? ¿Qué vamos a hacer más? ¡Ay, Madre, yo te amo mucho! Si yo sé que el cuerpo no sirve para nada, pero... Hay veces que no puedo más, ¡cómo no me des tu fortaleza...! A tu Hijo, que me dé mucha fortaleza para poder soportarlo.

¡Ay! ¡Ay! ¿Vas a mandar una bendición muy especial para todos? Pobrecitos, todos te quieren mucho, todos los que vienen aquí. ¡Ay!, y Madre mía, el otro día, que me decías que a ese lugar que no acudiesen, o los de aquí, ¿cuál lugar era? ¡Ah, ah!, eran bendecidos todos los de este lugar, y que no acudiesen a ese otro lugar, pero..., ¿por qué? ¡Ah, ah! Acláralo Tú, Madre mía. ¡Ah!, ¿a aquél lugar que dijeron que un mensaje no lo habíamos dado? ¡Ay!, a ese lugar. ¡Ay, es Talavera! ¡Ah! Ahí están jugando con tu Nombre ¡Madre mía, perdónalos! ¡Ay! Perdónalos y dales gracias también. ¡Ay!

La Virgen: Están jugando con mi Nombre, hija mía. ¡Cuántos falsos profetas!, y las almas, ¡cómo se dejan arrastrar por ellos, hija mía! Hay muchos falsos profetas. Es el tiempo de confundir a la gente, hija mía. No hagas caso a ninguno de ellos si Yo no te lo ordeno.

Amparo: ¡Ay, Madre mía! Pero, ¿todos esos también...? Y esa mujer también, ¿verdad? ¡Ay, Madre mía!, yo no voy a decir nada a nadie, pero ya sé todos los que son, Madre mía ¡gracias! Gracias, y quiero que me des mucha humildad, porque a veces soy también soberbia, ¿sabes? ¡Ay, pero yo quiero amaros mucho; amar a la Iglesia, amar al Papa y a los sacerdotes. Enséñame cómo los tengo que amar, porque yo quiero amarlos con todo mi corazón. Y a todos los hombres también, ¡a todos! Haré sacrificio por ellos, pero ayúdame, Madre mía, porque estoy como un guiñapo a veces, ¿eh? Pero no me importa, Madre, ¡ay, no me importa dejar esto! ¿Vas a tardar mucho en subirme? ¡Ay!, porque no estoy en ningún sitio. Ahora, ni aquí ni allí, ni arriba. Pues, ¿cómo puede ser esto, Madre mía?, en este momento tampoco estoy abajo y tampoco estoy arriba. ¡Ay!, pero bueno, Tú eres la que lo tienes que hacer todo, con tu Hijo, Madre mía.

Manda una bendición para todos los que sufren, pobrecitos. ¡Ay, me da tanta pena de ellos! ¡Ay! Y bendice los objetos, Madre mía.

La Virgen: Levantad todos los objetos, todos serán bendecidos. (Pausa larga.)

Amparo: ¡Ay...!

La Virgen: Todos han sido bendecidos, con una bendición especial para enfermos de alma y cuerpo.

Amparo: ¡Ay, qué grande eres! ¡Ah!

La Virgen: Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

Adiós, hijos míos. ¡Adióoosss!»