MENSAJE DEL DÍA 12 DE ENERO DE 1985
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)
Hija mía, quiero revelarte el misterio que sigue:
Estás preocupada, hija mía. Ya te dije que los misterios del cielo no hay nadie que los comprenda.
Te extraña, hija mía, que Salomón esté en el Templo cuando nace mi Hijo. También estuvo presente en la mente de Yahve, porque El 1e prometió que no moriría sin ver a Yahvé hecho hombre.
Puso toda su sabiduría en construir un templo para Yahvé, todas sus riquezas, el oro, la plata, ¡todo!, lo invirtió en el Templo para agradar a Yahvé. Por eso fue recompensado y antes de su muerte, permitió Dios Padre que viese el misterio de la Presentación en el Templo.
También prometió que todo aquel que fuese a pedir perdón al Templo y a purificarse, sería perdonado.
Por eso Dios no iba a permitir, aunque mucho pecó, que se condenase, hija mía.
Hay otros misterios más grandes. (Habla Amparo):
¿Otra vez ahí? ¡Ay!, otra vez en ese templo, ¡ay!, ¿pues no te habías ido? ¡Ay! ¡Ay! ¡Cómo pasan otra vez!, ¡ay!, pero éste es otro sitio, pero pasan por el mismo sitio. ¡Ay! Otro «lao», ¡ay! Hay gente ahí abajo.
Va con el Niño la Virgen, ¡ay!, se mete ahí. Está por todos los sitios, ¡cómo busca donde ponerse! ¡Ay!, se pone ahí atrás del todo. ¡Ay!, pero ahí tan atrás. ¡Ay!, con el Niño en brazos. Sigue rezando.
¡Ay! Entra un hombre vestido con eso «colorao», ¡ay!, muy mayor también, ¡ay! ¿Cómo se llama ése? ¡Ay! Se arrodilla donde está la Virgen, ¡cómo le toca la mano al Niño! ¡Ay!, ése es, ese Simeón. ¡Ay! Está de rodillas y da gracias a Dios Padre por haberle permitido ver al Niño. ¡Ay, qué grande eres! ¡Ay! Miran para arriba. La voz ésa de arriba dice:
Salid todos los que estáis en el Limbo, los Profetas, Joaquín y Ana, todos los justos, todos los mártires, ¡todos! Poneos en este Templo y adorad a Dios.
¡Ay, cuántos salen!, ¡Ay! ¡Ay! ¡Cómo se mueve todo!, como si salieran de algún... ¡Ay, cómo salen!
Todos están de rodillas, ¡todos! ¡Ay! ¡cómo se ponen con las manos juntas! Miran al cielo y dicen todos juntos:
Gracias Dios Creador del mundo y del hombre. Te damos gracias por habernos permitido ver al Infante en las manos de esta Doncella, su Madre.
¡Ay, qué cosas se ven ahí! ¡Ay! La Virgen mira al cielo. ¡Ay! se inclina con la cabeza «pa» bajo. ¡Ay! San José también. Todos esos también. (Amparo se inclina poniendo la cabeza en el suelo) ¡Ay! Están con las manos juntas. ¡Qué cosas! ¡Ay! Este también está ahí, ése que ha subido. ¡Ay, qué grande eres! Tiene al Niño la Virgen en brazos, y la voz dice:
Este es ¡Ay! mi Hijo, mi Hijo amado y en El tengo puestas todas mis confianzas; todas mis confianzas las dejo en El, todo lo dejaré en sus manos.
¡Ay, qué grande eres! ¡Ay! (La Virgen dice:)
Gracias, Padre Celestial, Yo soy vuestra esclava, haced de mi Hijo y del Vuestro lo que queráis. (Dice Amparo):
¡Ay, qué grande eres! ¡Ay! ¡Ay! Todos bajan la cabeza y la ponen en el suelo. (Amparo hace lo mismo).
Gracias, Dios Creador y Salvador del hombre, te damos gracias por habernos presentado al Salvador del mundo. (Amparo):
¡Ay! Se acerca, ¡ay!, se acerca la..., ¡Ay!, pero, ¿si estaba en otro sitio?, ¡ay! Esa es..., ay!, ésa es la madre de la Virgen, y ése es Joaquín. ¡Ay! Se arrodillan ante el Niño, agachan la cabeza para abajo y se marchan todos.
Vuelve a decir la voz:
Otra vez os mando «transitaros». (Amparo):
¡Ay, todos! ¡Ay, todos otra vez se van, Ay! ¡Ay!, Madre mía! La Virgen se queda ahí con San José, ¡ay! mira «pa riba», pone al Niño entre las manos para arriba y lo ofrece a Dios Padre:
Dios Padre, te ofrezco a tu Unigénito y al mío, haz lo que quieras, pero protégele; es muy pequeño. (Contesta la voz):
No, María, todavía no ha llegado el momento. (Amparo):
¡Ay! ¡Ay, Madre mía, qué grande eres! ¡Ay! ¡Ay, qué están de rodillas! ¡Ay! Coge San José a la Virgen, la levanta. ¡Ay! Se van, ¡ay! Ese también, ¡ay!, ¿se que es Simeón también sale con Ella.
Hay muchos ángeles, ¡cuántos hay! ¡Ay, se van! ¡Ay, Madre mía! Van a ver otro sitio, se arrodilla la Virgen en él; llama a José:
José vamos a ofrecer al Niño tu y Yo. (Amparo):
San José está ahí, mirando para arriba. Los ángeles están ahí, pero como nosotros ahí. ¡Ay, lo que van a hacer!, ¡cómo cantan!, ¡Ay, todos juntos!, están cantando, ¡Qué luz entra por ahí a los brazos de la Virgen!, ¡qué luz! ¡Ay!
Todo se queda iluminado, todo ahí. Entonces, ¡ay! ¿qué estás haciendo?, ¿qué te dice? ¡Ay!, ¿qué dice ese hombre? ¡Ay! ¿Qué le dice?
María, he tenido un sueño y he visto al Infante azotado, maltratado ¡Oh! y muerto en una cruz ¡Ay!
La Virgen se coge así el pecho ocultando al Niño. ¡Ay! ¡Ay! Y dice:
Simeón, es preciso que muera mi Hijo para la redención del mundo, También me ha sido revelado a Mí este misterio. (Amparo):
¡Pobrecita! ¡Ay!
Se acerca San José. La Virgen llora. ¡Cómo llora!, pobrecita! ¡Cómo le contesta el Niño! Le dice:
Madre amada, enjuga tus lágrimas; sabes Tú que Soy víctima de la humanidad.
¡Lucero mío de mis entrañas!, ¡Cómo va a morir la víctima inocente!, ¡pobre Hijo mío! ¡Pobre Hijo mío! (Amparo):
¡Qué pena!, pobrecita, ¡cómo lo aprieta! ¡Ay!, mira para arriba y dice:
Dios Eterno, mi Creador, aquí estoy. Aquí tienes a Tu Esclava, haz lo que quieras conmigo, pero ¡no dañes todavía a mi Hijo! (Amparo):
¡Ay, qué cosas!, ¡ay, pobrecito como le mira! Le limpia las lágrimas a la Virgen, ¡tan pequeñito como eres! (Amparo llora), ¡pobrecito!
¡Ay! Va la Virgen, se arrimara al altar, ¡ay!, se pone de rodillas con su Hijo, le acaricia. Va San José a por Ella, la levanta y le dice:
Esposa mía, tenemos que marchar, es preciso marchar. Mañana volveremos otra vez. (Amparo):
¡Qué pena!
Coge a la Virgen, la saca. ¡Cuánta gente!, ¡cuántos! ¡Cómo los miran! ¡Ay! Todos esos de colorao, ¿quién son esos? ¡Ah!, ¿los sacerdotes?, ¿también ahí? Pobrecitos, ¿dónde irán ahora?, bueno. Ahí a la salida, ¿dónde váis?, ¡ay, pobrecitos otra vez! Mañana vuelven ahí otra vez, ¡ay, cuánto sufre, pobrecita!
Salen todos juntos, todos a la puerta. ¡Qué grande es eso! ¡Oh, qué grande! Con el Niño en brazos salen. ¡Ay! se van para allá, entran en una casa ¡ay! Suben. Hay una habitación con una cama y una cuna. ¡Ay, ya tienes cuna! ¡Ay! ¡Ay, Madre mía, qué grande eres Tú! ¡Ay! se sientan, ¡ay! Le dice la Virgen:
José, retírate, tengo que amamantar al Niño. Amado mío, retírate. (Amparo):
Inclina la cabeza José y dice, ¡Ah! ¿qué dice?:
Esposa mía y Paloma mía, me voy a retirar. Inclina la cabeza ¡ay!, se sale. Va a darle de comer al Niño, ¡Ay, pobrecito!, ¡cómo acaricia la Virgen la cara!, ¡Ay! ¡Ay, Madre mía, cómo le miras!, ¡Pobrecito! ¿Eh? ¡Ay!
Aliméntate, Hijo mío, Lucero de mis entrañas, aliméntate y fortalécete. Tienes que estar fuerte. Te esperan muchos tormentos. (Amparo):
¡Pobre! (llora Amparo y habla el Niño):
Madre, Señora mía, no lloréis, secaos vuestras lágrimas. (Amparo):
¡Cómo llora!, ¡Pobrecita!
Lo acuesta en la cuna. Ya lo tiene en la cuna, ¡pobrecita! Entra San José y la Virgen que le dice:
José, trae un poco de alimento para poder alimentar a mi Hijo con mi sustento. (Amparo):
¡Ay! Le trae una bandeja con comida ese. Ay, qué grande eres!, ¡Ay! Come, come. ¡Ay, cómo bendicen la mesa!, ¡ay!, ¡si no hay mesa!, pero la bendicen. Besan el suelo antes de comer:
Dios Omnipotente, Te damos gracias por este sustento que nos has dado. Te damos gracias por la vida que nos has dado, y Yo te doy gracias por haber encarnado este Hijo dentro de mis entrañas. Te doy gracias Padre Eterno. (Amparo):
¡Ay! Parten el pan y se ponen a comer. ¡Ay, qué grande! ¡Ay!
(La Santísima Virgen):
Sí, hija mía, tenéis que dar gracias por el sustento de cada día, por la vida que Dios os ha dado, por todos, por todo lo que os ha dado Dios.
(Dice Amparo): ¡Ay! (Continúa la Virgen):
Con humildad, hijos míos, con humildad os pido que deis gracias al Creador. (Amparo):
¡Ay, qué grande eres! (La Santísima Virgen):
Cada minuto de vuestra vida, cada alimento que recibáis en vuestro cuerpo, dad gracias, hijos míos, a Dios vuestro Creador.
Hijos míos, os quiero humildes, humildes, muy humildes, para poder subir al cielo. (Amparo):
¡Ay, qué grande! (La Santísima Virgen):
Y a ti hija mía, te seguiré revelando el misterio.
Voy a bendecir todos los objetos. Levantad todos los objetos, hijos míos.
Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio del Hijo, y con el Espíritu Santo.
Adiós, hijos míos, ¡Adiós!