MENSAJE DEL DÍA 15 DE ABRIL DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

Rezando el santo Rosario, al llegar a la séptima avemaría del tercer misterio, Amparo entra en éxtasis con manifestaciones de intenso gozo, y transmite el siguiente mensaje:

LA VIRGEN

"Hija mía; hoy también, hijos míos, hago mi presencia. Para ti, hija mía, es una prueba muy grande porque los humanos no pueden creer que Yo puedo manifestarme tantas veces, hija mía. ¿Quiénes son los humanos para decir cuantas veces me puedo manifestar para que todos cambien, hija mía? Para ti será duro, hija mía, todo esto último que te he comunicado. Todo no será fácil; no creas que mi, Hijo te pondrá las cosas fáciles; tendrás que luchar, hija mía; tendrás que sufrir; pero ya sabes, hija mía (aquí empezó Amparo a llorar hasta el final del mensaje), que no hay sufrimiento sin premio, hija mía. Por eso te digo que los humanos son crueles, hija. Me manifiesto tantas veces, porque quiero, hija mía, que se cumpla lo que Yo quiero. Pedí hace tiempo, que me gustaría que en este lugar se hiciese una capilla en honor a mi nombre, y ¿qué caso hacen a mis avisos, hija mía? Tienes que pedir mucho por las almas consagradas. Piensa en Cristo, hija mía; piensa en la cruz que Jesús te ha dado; y, aunque los humanos digan que no me puedo manifestar, no hagas caso, hija mía, porque estoy realmente presente. Para todos seria sencillo lo que tu pides, hija mía: que hiciese un milagro.

(Amparo, entre sollozos): HazIo; te pido que hagas algo para que crean; que no creen. ¡Haz algo¡

Para ti, ¿no tiene significado la salvación de las almas, hija mía? Ese es el mayor milagro; lo que pasa es que los humanos piden por el cuerpo y tienen su alma vacía. Tú, hija mía, haz caso a mis avisos. No te dejes guiar por nadie.

Yo me manifiesto, como te dijo mi Hijo en una ocasión, cuando quiero y donde quiero. Besa el suelo, hija mía (Amparo se inclina lentamente con las manos juntas y besa el suelo, haciendo lo mismo los presentes que pudieron). Este acto de humildad, hija mía, sirve para la salvación de las almas consagradas. Hoy te doy también permiso para que saques otra espina, hija mía, se ha purificado otra alma consagrada. ¡Sácala, hija mía¡. (Amparo le quita la espina)

(Amparo, gimiendo y sollozando): ¡Ay¡ ¡ay qué dolor! ¡Qué dolor¡

Sí, hija mía., sientes tal dolor en tu corazón; pues mira corno está el Mío.

Estos días, hija mía, con el sacrificio se pueden salvar muchas almas. Os lo pido a todos los que estáis aquí presentes, hijos míos. Y tú sé humilde, hija mía, y no dudes de Mi, porque ya te he dicho: puedo manifestarme en cualquier momento y donde Yo quiera, hija mía. ¿Quienes son los humanos para decirme en dónde me tengo que aparecer?

¡Ay, Madre, ayúdame...! ¡Ayúdame¡ ¡Ayúdame! ¡ayúdame...¡

Te ayudo, hija mía; pero las víctimas tienen que sufrir. Y ya sabes que te he dicho, que tu tiempo se aproxima y tienes que sufrir todo el tiempo que te queda. Se salvarán muchas almas, hija mía. Siguen viniendo profetas falsos a este lugar; ten cuidado que no te confundan. Y tú piensa que mi Hijo coge almas incultas y humildes, para confundir a los grandes y poderosos. Por eso siempre coge almas humildes. Muy pocas veces ha escogido almas sabias, hija mía. Estos días quiero, hijos míos, que hagáis mucho sacrificio y mucha oración y que los paséis en silencio, hijos míos. Y tú sé humilde; te lo he repetido muchas veces. La humildad es la base principal; y tienes la llave de tu morada; pero siempre que seas víctima de reparación. Vuelve a besar el suelo otra vez, hija mía, por la conversión de todos los pecadores (Amparo se vuelve a inclinar como anteriormente y besa el suelo). No te avergüences, hija mía, de esta humillación. Piensa. que el que se humilla será ensalzado, hija mía. Bebe otra gota del cáliz del dolor, hija mía.

Está muy amargo.

Una gota (Amparo bebe. Se le oye muy clara la deglución. Se atraganta y tose). Está amargo, lo último está más amargo, hija mía; porque mi Corazón sufre cada día más y mas, al ver que los hombres no cambian. Por eso os pido sacrificio, hijos míos. (Amparo gime y llora y la Virgen le dice):

Llora hija mía, que Yo también lloré al pie de la cruz y sigo llorando por todos mis hijos, ¡por todos¡; aquí no hay razas de ninguna clase, hija mía. Os voy a dar mi bendición, hijos míos. Quiero que con esta bendición os corrijáis cada día de vuestros defectos, hijos míos. Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice, por medio del Hijo, y con el Espíritu Santo. Muchos van a ser marcados, hijos míos. (Amparo emite profundos y prolongados gemidos durante la marcación). No digas nombres, hija mía; pero tú ya sabes que con una mirada pueden comprender el que ha sido marcado, hija mía. Sé humilde y haz sacrificio. Hacen falta almas víctimas porque dije que quería escoger apóstoles para los últimos tiempos. A ver cual de vosotros, hijos míos, se corrige más de sus defectos para ser apóstol. (Amparo, sollozando amargamente ante la tragedia infernal que contempla, exclama:)

¡Ay, eso es, eso es horrible¡ ¿También hay eso? ¡Ay¡ Pero, ¿cómo puede ser esto? ¿Pero Dios puede hacer esto también?

Dios no hace esto, hija mía; lo hacen los hombres, porque los hombres clavan diariamente a mi Hijo, no tienen compasión de su Cuerpo, pues dicen que mi Hijo no sufre. Mi Hijo sigue sufriendo, hija mía, porque para El no hay tiempo, ni pasado, ni futuro, todo es presente, hija mía; y en este mundo presente, los hombres cada día son peor, hija mía.

No los castigues así, no los castigues así... Perdónalos. Allí... no los lleves allí! ¡A esa parte no! ¡A esa parte no¡ ¡Llévalos a otro sitio¡

Todo, hija mía, todo aquel que haga méritos, pasara al otro sitio. Pero tú nunca digas que cómo Dios puede hacer eso, hija mía. Eres soberbia, hija mía, porque no comprendes que no es Dios, que son los humanos los que se precipitan a este abismo. Besa el pie, hija mía (Amparo besa en el aire).

Adiós, hijos míos, adiós". (La multitud responde con emocionado adiós de despedida).

Terminado el acto con la bendición impartida por un Sacerdote presente,

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