
BENDICIÓN DEL DÍA 4 DE FEBRERO DE 2012, PRIMER SÁBADO DE MES,
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)
LA VIRGEN:
Voy a dar una bendición especial para todos
los que vienen a este Prado, para todos en general... Yo os bendigo como el
Padre os bendice por medio del Hijo y en el Espíritu Santo...
Una bendición muy especial para todos los
que acuden: paralíticos que no pueden..., y los han traído para recibir la
bendición(1)... En el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
MENSAJE DEL DÍA 24 DE MARZO DE 1984
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)
LA VIRGEN:
Mi Corazón rebosa de alegría, hija mía, al ver que todos los humanos han sido consagrados a mi Inmaculado Corazón, hija mía. El Vicario de Cristo, mi amado hijo, hija mía, este hombre ha consagrado el globo terrestre, hija mía; ahora corresponde a los humanos coger esas gracias que mi Corazón derrama diariamente por todos mis hijos.
Ha sido muy importante, hija mía, esta cita, porque tengo que darte un aviso muy importante, hija mía: cuidado con todos estos profetas que están acudiendo por decenas a este lugar. No hablan en contra de Dios, pero no están cumpliendo con el octavo mandamiento de la Ley de Dios, hija mía: “No mentirás”; y están mintiendo, hija mía. Nuestros nombres los cogen como un niño cuando coge un juguete: lo destroza. Ten cuidado, hija mía, con esos profetas.
También voy a pedir, hija mía: quiero que se haga una estatua en honor a mi nombre, con el escudo de mi amado hijo, el Vicario de Cristo; también con el color amarillo y blanco.
Te costará mucho conseguir esto, hija mía. Tú tienes que ir directamente al Cardenal. Que nadie se oponga en tu camino, hija mía; tú piensa que te humillarán, pero que a mi Hijo le humillaron y tú no eres más que mi Hijo, hija mía.
Ya te he avisado: cuidado con los profetas falsos, que no hablan en contra de mí, pero van en contra de nuestros nombres, hija mía, porque no están cumpliendo con ese mandamiento que fue instituido por la Iglesia y para la Iglesia, hija mía.
Mira, hija mía: tu sufrimiento ha sido tan grande, que vale la pena sufrir; piensa que eras miseria y que mi Hijo te está puliendo para poder subir alto, muy alto. Hazte muy pequeña, hija mía: sé humilde; a veces tampoco cumples con este mandato... (palabra ininteligible) de tu Madre, hija mía...
LA VIRGEN:
Hace mucho, hija mía, que no bebes del cáliz del dolor; vas a beber unas gotas; ya sabes que se está acabando este cáliz. Cógelo, hija mía.
LUZ AMPARO:
¿También esto?...
LA VIRGEN:
¿Está amargo, hija mía? Pues, ¡cuántos preferirían sentir esta amargura antes que ir al fondo del abismo! Dije que mis avisos se acababan, hija mía; pero, ¡estoy con este gozo tan grande de ver que mi Corazón Inmaculado depende..., depende de vosotros, hijos míos!
Yo os estoy avisando. Soy como una madre, y como madre tengo el deber de avisaros, hijos míos. Cuando una madre ve que su hijo va a caer por un precipicio, corre tras él y le pone con gozo en su regazo, hija mía.
Tú no sabes la semilla que ha germinado, hija mía; ha caído en tierra firme. Tú no sufras por esas pocas semillas que han caído entre abrojos. Porque han caído entre abrojos, se han ahogado; pero porque ellos han querido, hija mía, porque yo estoy dando avisos hace muchos años para que se conviertan.
Penitencia, hijos míos, penitencia y sacrificio acompañados de la oración.
Haced visitas al Santísimo, hijos míos; mi Hijo está triste y solo.
Quiero que esta estatua, hija mía, sea llevada a Roma para que el recuerdo de mi hijo sea eterno, hija mía. (Se refiere al papa Juan Pablo II). Te va a costar mucho esto que pido; pero con mi ayuda lo conseguirás.
Levantad todos los objetos, hijos míos... Todos estos objetos han sido bendecidos, hija mía; servirán para la salvación de las almas. Es por lo más importante: el alma, lo que más importancia tiene. Ya te he repetido muchas veces, que el cuerpo no vale ni para estiércol, hija mía.
Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.
Humildad, hija mía, humildad te pido. Si te calumnian, humíllate, hija mía; que a mi Hijo le calumniaban, le llamaban “el endemoniado”, “el vagabundo”; y no va a ser más el discípulo que el Maestro, hija mía. Besa el pie, hija mía, en recompensa a tus sufrimientos. (Luz Amparo da un beso muy fuerte en el aire con grande gozo).
Adiós, hijos míos, adiós.
COMENTARIO A LOS MENSAJES
24-Marzo-1984
(Continuación)
«También voy a pedir, hija mía: quiero que se haga una
estatua en honor a mi nombre, con el escudo de mi amado hijo, el Vicario de
Cristo; también con el color amarillo y blanco» (La Virgen).
Pide la Virgen una estatua en su honor; «...con el escudo de mi amado hijo, el
Vicario de Cristo; también con el color amarillo y blanco», señala. Es decir, semejante al
cuadro que había realizado la pintora Dª Elvira Soriano, recientemente
fallecida († 7-11-2011), quien pintó la hermosa imagen denominada «Virgen
gloriosa de Juan Pablo II», siguiendo las orientaciones que le diera Luz
Amparo. Viste la Virgen en dicha pintura una túnica amarilla, y la cubre una
capa blanca, en cuya parte superior aparece el escudo del beato Juan Pablo II,
quien entonces era Pontífice de la Iglesia Católica. Los colores amarillo y
blanco son los de la bandera del Vaticano, donde tiene su Sede el Vicario de
Cristo, el Papa.
El lema Juan Pablo II era «TOTUS TUUS», en
honor de María, y corresponde a las palabras iniciales de la fórmula de
consagración a la Virgen de san Luis María Grignion
de Montfort: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt»
(«Todo Tuyo soy y todo lo mío es Tuyo»). El escudo del Pontífice anterior tenía
sobre fondo azul —color típicamente mariano— una sencilla cruz que lo atravesaba
de lado a lado, y la «M» de María situada en la parte derecha y bajo el
travesaño de la cruz.
Podemos indicar que, en su momento, se esculpió
esta imagen por iniciativa de peregrinos portugueses. Desconocemos si se llevó a
cabo o no el deseo más abajo expresado también en el mensaje: «Quiero que esta estatua, hija mía, sea
llevada a Roma para que el recuerdo de mi hijo sea eterno». La Virgen vuelve sobre el tema
días después, en el mensaje de 8 de abril de 1984: «La estatua, hija mía, que he pedido, hay que hacerla».
«Ya te he
avisado: cuidado con los profetas falsos, que no hablan en contra de mí, pero
van en contra de nuestros nombres, hija mía, porque no están cumpliendo con ese
mandamiento que fue instituido por la Iglesia y para la Iglesia» (La Virgen).
Al advertir la Virgen que «no están
cumpliendo con ese mandamiento», ¿se refiere al octavo mandamiento de la Ley de
Dios: «No levantarás falsos testimonios ni mentirás»?; pues los falsos profetas
conculcan este mandamiento yendo contra la verdad y arrogándose una misión que
no viene de Dios. En el mensaje de 5 de abril de 1997, el Señor ofrece varias notas
para distinguir el verdadero profeta del falso; las apuntamos, completando así
los criterios que exponíamos en el comentario del mes anterior: «¿Sabéis cómo se conoce el profeta que no es
falso?: por su obediencia a la Santa
Madre Iglesia, por sus mensajes universales
para el mundo, por no creerse superiores a los demás; por su humildad».
Dice también la Virgen en el mensaje objeto
de nuestro comentario: «...fue instituido
por la Iglesia y para la Iglesia»; ¿qué sentido hay que darle aquí a
la preposición «por», para entender correctamente el sentido del
mensaje? En su momento, se hizo esta consulta a Luz Amparo y ella contestó con
las palabras del Credo Niceno-Constantinopolitano (uno de los dos que rezamos
los domingos y solemnidades en la Misa), cuando, al profesar la fe en
Jesucristo, dice: «...que por nosotros, los hombres, y por nuestra
salvación bajó del Cielo». En este fragmento del Credo en castellano la misma
preposición «por» adquiere el sentido latino de propter. Por lo cual, en una libre
traducción, la frase del mensaje podríamos entenderla así: «...porque no están
cumpliendo con ese mandamiento que fue instituido a favor de la Iglesia y de sus miembros y para uso de la Iglesia».
«Yo os estoy
avisando. Soy como una madre y, como madre, tengo el deber de avisaros, hijos
míos. Cuando una madre ve que su hijo va a caer por un precipicio, corre tras
él y le pone con gozo en su regazo» (La
Virgen).
Una razón más por la que la santísima
Virgen nos ha comunicado tantos mensajes en Prado Nuevo: su amor maternal, su
honda preocupación por las almas, para que no se pierda ni una de ellas. Si una
madre cualquiera sufre si ve que un hijo suyo puede caer a un precipicio,
¡cuánto más la Madre de todos los hombres!
«Es lo más
importante: el alma, lo que más importancia tiene. Ya te he repetido muchas
veces, que el cuerpo no vale ni para estiércol, hija mía» (La Virgen).
Esta valoración del cuerpo nos da a
entender la caducidad de la vida, y nos propone valorar debidamente el alma,
que está llamada a una vida eternamente dichosa. Advierte por ello la Sagrada
Escritura en el libro Primero de los Macabeos: «No temáis amenazas de hombre pecador: su
gloria parará en estiércol y gusanos; estará hoy encumbrado y mañana no se le
encontrará: habrá vuelto a su polvo y sus maquinaciones se desvanecerán»(2).
«Humildad, hija
mía, humildad te pido. Si te calumnian, humíllate, hija mía; que a mi Hijo le
calumniaban, le llamaban “el endemoniado”, “el vagabundo”; y no va a ser más el
discípulo que el Maestro(3)» (La Virgen).
«Mas los
fariseos, al oírlo, dijeron: “Éste no expulsa los demonios más que por Beelzebul, Príncipe de los demonios”»(4).
Comprobamos por este texto evangélico que Jesús, efectivamente, era considerado
por algunos de sus enemigos como «endemoniado». Resulta curioso comprobar
cómo en las revelaciones de la beata Anna Katharina Emmerick se encuentra también
el calificativo de «vagabundo» proferido por los fariseos contra Cristo: «Como
iba con sus seguidores a la Fiesta de Jerusalén, y solía pasear con ellos, los
fariseos de Nazaret lo llamaban vagabundo»(5).
(1) Y aquéllos —se sobrentiende— que no pueden
acudir y escuchan la bendición grabada en sus hogares. Desde los inicios,
siempre se ha reservado en Prado Nuevo un lugar para los enfermos, durante el Rosario
de los primeros sábados.
(2) 1 M 2, 62-63.
(3) Cf. Mt
10, 24; Lc
6, 40.
(4) Mt 12, 24; cf. Lc 11, 18-19.
(5) Vida de María
Madre (Madrid, 1999) p. 126.