«Lo que tú atares en la tierra quedará atado en los cielos y lo que tú desatares en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16,19).
Es decir, que a Pedro, a quien va a constituir jefe supremo de esta sociedad, se le ofrecen las facultades necesarias para regir y orientar en el fin establecido, a todos los miembros de ella.
Y ese poder ofrecido oficial y públicamente una vez a Pedro, se hace extensivo en su tanto a todos los demás que componen la jefatura de la Iglesia, es decir a los Apóstoles.
Es lo que Mateo nos transmite en uno de los discursos de Jesús. Frases que por el contexto y por el común sentir de la Iglesia se aplican exclusivamente a los Apóstoles y a sus delegados:
«En verdad os digo, cuanto atareis en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatareis en la tierra será desatado en los cielos» (Mt 18,18).
3.- Cristo ha comunicado a sus Apóstoles el poder de santificar.-
El fin supremo de la Iglesia, como fue el primer objetivo de la venida de Cristo, es el santificar o comunicar la vida de la gracia.
A ese fin sobrenatural de divinización, es al que se encauza tanto la enseñanza como el gobierno de la Iglesia. Son medios para este fin.
Jesucristo no pretendía otra cosa con sus milagros que abrir las inteligencias a su verdad, que es camino para llegar a la participación de la vida de Dios.