«Cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad, con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia» (LG 61).
María fue el instrumento dulcísimo utilizado por Dios para humanizar al Verbo y para divinizar a los hombres. Ella cooperó libre y amorosamente a esta obra salvadora. La Iglesia «es Casa de Dios en la que habita la Familia de Dios, cuya Madre es María. La madre en una familia tiene tres cometidos:
ser esposa de su esposo;
ser madre de sus hijos;
cuidar de todos los que de algún modo pertenecen a la familia».
«María fue dulce esposa virginal de José, pero sobre todo es «Esposa» del Espíritu Santo, Vivificador de la Iglesia; es Madre de Cristo y de los cristianos: de Cristo físicamente, de los cristianos espiritualmente; y cuida de todos con cariño maternal».
«Con esta noción se salva a la vez la inmanencia de María en la Iglesia -porque la madre pertenece a la familia- y la transcendencia, porque la madre forma parte de la familia, no como hija sino en un sentido superior» (Mons. Granados, El Misterio de la Iglesia en el Vat. II)».