CUARTA PARTE

HISTORIA DE LA IGLESIA

15. PRIMER VIAJE: ANTIOQUIA DE PISIDIA

Estamos acompañando a Pablo en su primer viaje apostólico, que ha tenido su punto de partida en Antioquía de Siria (que no hay que confundir con Antioquía de Pisidia, ya que había varias ciudades con ese mismo nombre). En este viaje, después de una estancia en Chipre, Pablo se embarcó rumbo norte hacia la costa meridional de Asia Menor en la región llamada Panfilia, cuya capital, Perge, visitó brevemente para proseguir hacia el norte a la región de Pisidia.

EL PUEBLO DE LOS GALATAS

Los gálatas, a quienes los griegos llaman kéltoi, son el mismo pueblo al que nosotros llamamos «celtas», y de quienes Julio César escribió en un conocido texto de sus Guerras de las Galias: «Una de las tres partes de la Galia está habitada por aquellos que en su propia lengua se llaman 'celtas' y en la nuestra se llaman 'galos'. Es decir, se trata de un pueblo de raza germánica, que habitaba a las orillas del Rin, algunas de cuyas peregrinaciones le llevaron a los extremos occidentales de Europa, donde todavía quedan restos de la toponimia en la Bretaña Francesa, Irlanda y en la Galicia de España».

Otros grupos, en cambio, emigraron hacia Oriente, atravesando las regiones balcánicas, donde todavía hoy se conserva una Galitzia, y llegaron finalmente al Asia Menor, al sur del Mar Negro. Allí se establecieron en aquella región que se llamó Galacia, y constituyeron después la provincia romana del mismo nombre, cuya capital era Ancira, que es hoy Ankara, capital de Turquía.

En la época de San Pablo pertenecían a Galacia algunas de las ciudades que él evangelizó en su primer viaje. Pero posteriormente Diocleciano desmembró de dicha provincia la parte meridional, con lo que el nombre de Galacia se aplicó después solamente a la región norte. De tal manera estos galos asiáticos, por su lengua y cultura, conservaban una personalidad distinta en medio de otros habitantes frigios y griegos, que a esta parte se la llamó Galo-Grecia, o Greco-Galia. Y muchos años después San Jerónimo, en el siglo IV de nuestra era, testimoniaba que en estas partes se hablaba una lengua muy parecida a la de Tréveris de Francia.

Pisidia, en la época de nuestra historia, formaba parte de un abigarrado conjunto de pueblos, agrupados administrativamente por los romanos en la provincia de «Galacia», que también comprendía la parte oriental de Frigia y Licaonia. Esta Galacia era una provincia imperial gobernada por un pro-pretor con atribuciones militares. Galacia se denominaba así por estar habitada por unos galos asiáticos, llamados gálatas.

En esta región de Galacia, y al borde del lago que hemos mencionado, se levantaba la ciudad de Antioquía, que era una de las muchas que tenían este nombre toponímico, derivado de «Antíoco», que significa «el que se mantiene enfrente, que prevalece», por tanto, «el vencedor», que fue título aplicado a muchos reyes de la dinastía de los seléucidas.

Antioquía, en el momento en que a ella llega Pablo, era una colonia romana con derecho itálico, poblada por veteranos, pero también habitada por muchos judíos por razón de una floreciente industria de curtidos y por los privilegios concedidos por Julio César, a la vez deudor y protector de los hebreos, y cuyo asesinato ellos tanto lamentaron. Finalmente, en dicha ciudad había paganos de varias razas y religiones, entre los cuales florecía el culto a una divinidad astral, que era el doble masculino de la luna, que ellos llamaban Men y los romanos Lunus.

Predicación de Pablo en la sinagoga

En este ambiente, tan diverso en la línea humana y cultural, nuestros predicadores Pablo y Bernabé escogieron para estreno de su apostolado la sinagoga, que probablemente se hallaba situada a orillas del río Antio que la proveía de agua para las purificaciones.

San Lucas nos ha conservado en el Libro de los Hechos lo que podemos llamar un esquema de la predicación de San Pablo a los judíos, que sin duda se repitió en muchas sinagogas. El sermón de Pablo consta de tres partes, divididas entre sí por el apóstrofe «Varones y hermanos».

«Varones y hermanos: El Dios de este pueblo Israel eligió a nuestros padres y multiplicó al pueblo cuando vivían como forasteros en Egipto. Con brazo potente los sacó de allí, los soportó unos cuarenta años en el desierto, exterminó siete naciones en el país de Canaán y les dio en posesión su territorio. Todo esto duró unos cuatrocientos cincuenta años. Luego les dio jueces hasta el tiempo del profeta Samuel. Entonces pidieron un rey y Dios les dio a Saúl, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, que reinó cuarenta años. Lo depuso y le sucedió como rey David, de quien hizo esta alabanza: 'Encontré a David, hijo de Jesé, un hombre a mi gusto que cumplirá todos mis preceptos'. Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia a un Salvador para Israel, Jesús.

Antes de que llegara, Juan predicó a todo Israel un bautismo para que se arrepintieran, y cuando estaba para acabar la vida decía: ¿Quién pensáis que yo sea? No soy yo ése: mirad que detrás de mí viene uno a quien no merezco desatar las sandalias» (Hech 13,17-25).

En esta primera parte del discurso, Pablo hace un resumen de la vocación de Israel, que termina en la promesa de un salvador, que precisamente es Jesús, anunciado por Juan Bautista. En la segunda parte de este discurso, Pablo les va a hablar directamente de Jesús.
«Varones y hermanos, descendientes de Abraham, a nosotros se nos ha enviado este mensaje de salvación. Porque los habitantes de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Jesús, y al condenarlo cumplieron las profecías que se leen cada sábado. Aunque no encontraron nada que mereciera la muerte, le pidieron a Pilato que lo mandara ejecutar. Y cuando cumplieron todo lo que estaba escrito sobre El, lo bajaron del madero y sepultaron. Pero Dios lo resucitó de la muerte. Durante muchos días se apareció a los que habían ido con Él de Galilea a Jerusalén y ellos son hasta ahora sus testigos ante el pueblo. Y nosotros os anunciamos el cumplimiento de la promesa que fue rechazada y que Dios la ha cumplido para nuestros hijos resucitando a Jesús, según está escrito en el salmo segundo: «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado». Y en otro lugar dice: 'No permitiré que tu santo vea la corrupción'. Ahora bien, David, cumplida la misión que Dios le dio para su época, murió, se lo llevaron con sus padres, y su cuerpo se corrompió. En cambio, aquel a quien Dios resucitó no se ha corrompido» (Hech 13,26-37).

La tercera parte del discurso paulino contiene una exhortación a creer en Jesús, que es quien alcanza la verdadera justificación y perdón de los pecados.

«Por tanto, sabedlo bien, hermanos, se os anuncia el perdón de los pecados por medio de Él y asimismo la rehabilitación de todo aquello que no conseguisteis por la Ley de Moisés, y eso lo obtendrá por su medio todo el que crea. Mirad, por tanto, y no venga sobre vosotros lo que se dijo por los profetas: 'mirad lo que rechazáis y admiraos y moríos de espanto, pues una obra voy a hacer yo en vuestros días, una obra que no creeréis si alguno lo anuncia'» (Hech 13,38-41).

Aceptación y rechazo de los judíos

Cuando salieron los judíos de la sinagoga, le rogaron a Pablo que les volviese a hablar el próximo sábado sobre estas mismas cosas. Y una vez que quedó disuelta la reunión, muchos de los judíos y de los prosélitos adoradores de Dios siguieron a Pablo y Bernabé, quienes, conversando con ellos, les persuadían a que perseverasen fieles a la gracia de Dios. El discurso de Pablo, sin duda, hizo sensación no sólo en los oyentes, sino en otros que oyeron hablar a los que habían asistido. Y, partiendo de la judería, la palabra fue de boca en boca por toda la ciudad, de suerte que al sábado siguiente se congregó una enorme muchedumbre para escuchar a Pablo.

«El sábado siguiente casi toda la ciudad acudió a oír el mensaje del Señor. Al ver el gentío, los judíos se llenaron de envidia y se oponían con insultos a las palabras de Pablo.

Entonces Pablo y Bernabé dijeron sin contemplaciones: era menester anunciaros primero a vosotros el mensaje de Dios; pero como nos rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que vamos a dedicarnos a los paganos. Así nos lo ha mandado el Señor: Yo te haré luz de las naciones, para que lleves la salvación hasta el extremo de la tierra» (Hech 13,44-47).

El momento que se nos describe en los Hechos es trascendental en la vida de Pablo y de la Iglesia. Aunque el Apóstol conocía la universidalidad del mensaje de Jesús, se trataba más bien de una universalidad de destino y de derecho; mas ahora, en Antioquía, ante el rechazo de los judíos, la universalidad se convierte en un hecho, en catolicidad, que será el término que después empleará la Iglesia para designar su destino y expansión universal.

Pablo, sin duda, conocía este destino de la fe en Cristo, tal vez por revelación personal, pero en todo caso por transmisión de los apóstoles, que así se lo habían oído enseñar al Maestro; aunque quizá él no conociese aquel episodio de la infancia de Jesús cuando el anciano Simeón, en el Templo de Jerusalén, con ocasión de la purificación de María y presentación del Niño, dijo de éste que sería «luz para revelación de las gentes y gloria para su pueblo Israel». Sin embargo, eso ya lo había anunciado Isaías; aunque sus palabras habían quedado oscurecidas y casi olvidadas a causa de la peculiar idiosincrasia del pueblo judío, que imaginaba detentar el monopolio de la revelación y del amor de Dios. Esta es la profecía de Isaías, en el capítulo 49.

«Así nos ha ordenado el Señor:
Te establezco como luz de las naciones
a fin de que lleves la salvación hasta los últimos
confines de la tierra'» (Hech 13,47).

El efecto de la predicación de Pablo fue inmediato y letificante. Y, una vez más, Lucas se complace en registrar esta consecuencia gozosa de la fe en los nuevos creyentes.

«Cuando los paganos oyeron esto, se alegraron mucho y alababan el mensaje del Señor.
Y cuantos estaban destinados a la vida eterna creyeron» (Hech 13,48).

* * *

Sin duda que Pablo, siempre atento a los caminos y puertas que le abría el Espíritu, aprovechó aquella excelente coyuntura y permaneció durante algún tiempo en Antioquía de Pisidia y por los pueblos cercanos a la metrópoli, algunos de los cuales bordeaban el lago. Hay quienes suponen que Pablo permaneció allí durante seis meses, incluso hasta un año; y, como había sido expulsado de la sinagoga, utilizaría las casas privadas como centro de enseñanza y de difusión del mensaje cristiano, e incluso formaría también a algunos maestros y catequistas que lo propagasen. Precisamente, escribiendo Pablo más adelante a los cristianos de Galacia, les recordará a estos auxiliares en el apostolado «cuando uno está instruyéndose en la fe —les escribe , dé al catequista parte de sus bienes» (Gál 6,6).

Sin embargo, aquel estado pacífico de cosas no duró por mucho tiempo; porque los judíos, que estaban molestos por la difusión de la nueva doctrina, suscitaron un tumulto popular contra los misioneros.

«El mensaje del Señor se iba difundiendo por toda la región; pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas y adictas a los principales de la ciudad que provocasen una persecución contra Pablo y Bernabé, y los expulsaron del territorio» (Hech 13,49-50).

La existencia de grupos numerosos de mujeres, captadas por la religión judía, se ha comprobado en numerosas ciudades del mundo grecorromano. Ellas se sentían atraídas por la piedad del culto hebreo, que no aplicaba a las mujeres las exigencias legales que resultaban tan pesadas e intolerables a los varones.

Es probable que estas señoras, pertenecientes a una clase social media alta, no actuaran directamente sino, que más bien movieran a sus maridos y los incitaran a molestar a los misioneros para hacerles imposible su apostolado. La persecución debió de ser bastante violenta, puesto que Pablo, muchos años después, anciano ya y encarcelado en Roma, al escribir a su discípulo Timoteo, le recuerda las persecuciones que tuvo que sufrir por la palabra de Dios y nombra expresamente Antioquía (2 Tim 3,10).

Bernabé y Pablo, al abandonar la ciudad, se sacuden el polvo de sus pies, o, mejor aún, de sus sandalias. Se trata de un gesto que el piadoso israelita hacía cuando regresaba a Israel de vuelta de un país infiel del que no quería traerse consigo ni siquiera el polvo de sus caminos. Y Jesús lo había aconsejado así en una de las instrucciones que dio a sus discípulos sobre cómo comportarse ante el rechazo de sus oyentes (Lc 10,11).

Así, pues, Bernabé y Pablo se fueron de Antioquía de Pisidia sin querer llevarse nada de ella, aunque dejaban detrás de sí el gozo y el espíritu del evangelio, que quedaba sólidamente establecido en aquella ciudad.

Hoy nada nos queda de la floreciente comunidad de Antioquía de Pisidia ni de su ciudad. Tras el olvido y destrucción de los siglos, de nuevo en 1833 un sacerdote británico de Esmirna, llamado Arundel, descubrió las ruinas de Antioquía de Pisidia, cerca de la ciudad turca de Jalobausch, donde las excavaciones han revelado, entre otras edificaciones, un maravilloso Arco del Triunfo a la memoria del emperador Augusto, así como los cuarteles de la guarnición romana.

16. PRIMER VIAJE: ICONIO Y REGRESO
A ANTIOQUIA

La siguiente etapa de la evangelización en este primer viaje de Pablo se llama la ciudad de Iconio, perteneciente a la región de Licaonia. El nombre de esta ciudad subsiste en la actual ciudad turca de Konieh, que se halla a unos 100 kilómetros de distancia de Antioquía de Pisidia. El camino discurre a través de una llanura, seca y polvorienta en verano y cubierta de nieve en invierno, que, al fundirse, queda en parte estancada, formando un terreno pantanoso e insalubre. Al final de estas penosas jornadas, que suponen tres o cuatro días de marcha, los caminantes divisaron en el horizonte la ciudad de Iconio como un oasis de exuberante vegetación.

Los iconios estaban orgullosos de la antigüedad y belleza de su ciudad, que recientemente había sido favorecida por el emperador Claudio, quien le concedió el nombre de Claudioconio; y a la sazón la ciudad estaba habitada por gálatas ya helenizados, por veteranos romanos y por una floreciente colonia judía.

En Iconio se repitió la predicación de los misioneros, seguida de la aceptación de la nueva doctrina por sus oyentes. Y como Iconio era un importante centro industrial de productos textiles de lana, es muy probable que Pablo encontrara allí trabajo y que permaneciera en aquel lugar durante varios meses.

Como es frecuente en hagiografía, estamos en presencia de un hecho histórico sobre el que se ha abatido la fantasía de una leyenda. Sin embargo, la existencia de una Santa Tecla, mártir de Iconio, citada por San Pablo, está bien probada por la existencia de su culto muy primitivo y bien documentado, incluido en muchos «santorales» primitivos. También a la Iglesia española llegó la fama de la santa, y en particular a Tarragona, colocada bajo el patrocinio de dicha santa. Y asimismo se conserva una pintura del Greco.

LA LEYENDA DE PABLO Y TECLA

A modo de paréntesis, más bien curioso que histórico, podríamos recordar aquí la llamada historia de Tecla, muy citada por los historiadores y Santos Padres de la Antigüedad cristiana, cuyo principal documento son las Actas de Pablo y Tecla. Aunque se trata de un documento apócrifo del cual se reía San Jerónimo, sin embargo, este mismo aceptaba que podría haber debajo de la leyenda un núcleo histórico que brevemente resumiremos aquí.

Al acercarse los misioneros a Iconio, les salió al encuentro un tal Onesíforo, en cuya modesta casa Pablo reunió a sus primeros oyentes. Mas desde una mansión próxima, donde habitaba una familia noble, una hija de esta familia, llamada Tecla, todavía muy joven, pero que ya estaba prometida en matrimonio, oía asiduamente la predicación de Pablo, y en particular lo que el Apóstol predicaba sobre la virginidad. Tecla, atraída por esta predicación, decidió renunciar a las prometidas nupcias, por lo que los familiares, airados ante esta resolución, pensaron que la joven había sido hechizada por Pablo, que así fue encarcelado por ejercer artes mágicas.

Tecla, sobornando a los porteros de su casa y a la guardia de la cárcel con algunos regalos, entró en el calabozo, donde Pablo la instruyó en la fe cristiana y donde la bautizó. Pero al ser sorprendida por sus familiares, se originó en la ciudad un tumulto tal entre partidarios y enemigos de Pablo, que esto fue causa de que los misioneros tuvieran que huir.

Dejando a un lado historia y leyenda, la dura realidad fue que se repitió en la ciudad de Iconio el doble esquema de la aceptación gozosa y del rechazo violento, hasta el extremo tal que los apóstoles tuvieron que abandonar apresuradamente la ciudad para no ser apedreados. Sin embargo, también aquí dejaron fundada una comunidad cristiana que con el tiempo llegaría a convertirse en un floreciente patriarcado, cabeza de 14 ciudades.

La persecución ha perturbado de nuevo la tarea evangelizadora de Pablo, aunque no se rompió el hilo del viaje, ya que el Apóstol cumplía a la letra el consejo que en otro tiempo diera Jesús: «Si os persiguen en una ciudad, id a otra». Y esta vez Pablo, dejando atrás el oasis de Iconio, se dirigió hacia el sur por el territorio inhóspito de Licaonia, y, atravesando por una meseta esteparia, a unos 40 kilómetros de distancia, llegó a la pequeña ciudad de Listra, cuya exacta localización se ha perdido.

Los licaonios eran un pueblo inculto y supersticioso. Las condiciones de vida eran muy duras. Y especialmente se ha-cía sentir la falta de agua, que sólo se conseguía excavando profundamente. El historiador griego Estrabón nos informa de que el pueblo licaonio era predominantemente de pastores y que abundaban los rebaños de cabras y de onagros. El onagro, como su nombre griego indica, era un asno salvaje, de mayor talla que nuestros burros, sumamente difíciles de domesticar y cuya carne era muy estimable.

La incultura suele ir unida frecuentemente a la superstición, y en el caso de los licaonios ésta les había llegado a través de los griegos, portadores de la leyenda mitológica de los dioses Zeus y Hermes, que eran los mismos a quienes los romanos llamaban Júpiter y Mercurio.

EL MITO DE FILEMON Y BAUCIS

Según esta leyenda, este par de dioses habían bajado a la tierra para indagar los sentimientos de hospitalidad de los hombres y se habían visto rechazados en todas partes; hasta que llegaron, precisamente en esta región de Licaonia, a una pequeña cabaña de pastores donde vivía una pareja piadosa, llamados él Filemón y ella Baucis, que acogieron espléndidamente, en medio de su pobreza, a los dos visitantes. Complacidos por ello, al día siguiente Zeus les declaró quiénes eran y les prometió cumplirles un deseo: pero ellos sólo le pidieron la gracia de conservarse sanos y unidos hasta la ancianidad y morir juntos el mismo día.

Zeus les concedió sus deseos, y tras muchos y felices años, al morir ambos a la vez, Zeus los tranformó en árboles: Baucis en una encina y Filemón en un tilo, que entrelazaron para siempre sus ramas. Ovidio poetizó esta leyenda en su Metamorfosis.

Este trasfondo mítico de Zeus y Hermes va a manifestarse en seguida en un suceso que aconteció en la ciudad.

Curación milagrosa de un cojo

«Residía en Listra un hombre inválido de las piernas, cojo de nacimiento, que nunca había podido andar. Este escuchaba las palabras de Pablo. Pablo lo miró fijo y, viendo que tenía una fe capaz de curarlo, le gritó:

—¡Levántate, ponte derecho en pie!

El hombre dio un salto y echó a andar. Al ver lo que Pablo había hecho, el gentío exclamó en lengua licaonia: 'Dioses en figura de hombres han bajado a visitarnos'. A Bernabé lo llamaron Zeus y a Pablo Hermes, porque era el portavoz. El sacerdote del templo de Zeus, que estaba a la entrada de la ciudad, hizo llevar a las puertas toros y guirnaldas, y con la gente quería ofrecerles un sacrificio» (Hech 14,8-13).

Este milagro de la curación de un cojo de nacimiento ofrece una cierta semejanza con el que Pedro y Juan, en Jerusalén, a la entrada del Templo, hicieron curando a un cojo. Algunos críticos han pretendido negarle credibilidad, asegurando que es «una narración doble» del mismo milagro, que probablemente es una invención de Lucas para reforzar el paralelo entre Pedro y Pablo y magnificar así la figura de su héroe. Pero la realidad es que se trata de dos milagros diferentes aunque semejantes, que, al ser narrados por el mismo autor, no es extraño que se describan con palabras muy afines. El milagro de Jerusalén está descrito por Lucas, con mucho más detalle que el de Listra, ya que en este último el acento de la narración se coloca sobre lo que sucedió con ocasión del milagro, es decir, la pretendida adoración de los licaonios a Bernabé y Pablo, a quienes habían tomado por dioses.

La idea de una presencia y de una visita de los dioses entre los hombres estaba vigente en el paganismo helenístico, que no hacía distinciones entre lo que ellos pensaban que era la realidad del mundo Olímpico y las leyendas con que se la poetizaba. Todo esto, añadido a una tradición local sobre la visita de Júpiter y Mercurio, explica la actitud de los licaonios en un momento emocional producido por una curación tan portentosa.

Supuesta la pretendida divinización de los visitantes, es fácil el reparto de papeles. Zeus se le atribuye a Bernabé, quien, según la tradición, era persona corpulenta y que permanecía ordinariamente silencioso, mientras que Pablo asumía el papel de Mercurio o Hermes, que era el mensajero de los dioses y portador de la palabra, ya que Pablo era el que más frecuentemente hablaba.

¿Qué actitud tomaron los apóstoles ante tal intento de divinización?

«Al enterarse los apóstoles Bernabé y Pablo, se rasgaron las vestiduras y rompieron por medio del gentío gritando: ¿Qué hacéis, hombres? Nosotros somos gente igual que vosotros. Y la Buena Noticia que os predicamos es que dejéis los dioses falsos y os convirtáis al Dios vivo que hizo el cielo, la tierra, el mar v todo lo que contiene.

En las pasadas edades Él dejó que cada pueblo siguiera su camino, aunque siempre se dio a conocer por sus beneficios mandando desde el cielo estaciones fértiles, lluvias y cosechas, dándonos comida y alegría en abundancia. Con estas palabras, aunque a duras penas, disuadieron al gentío de que les ofreciesen sacrificios» (Hech 14,14-18).

El rito sacrificial de los licaonios entraba en el culto idolátrico del paganismo. La elección del toro como víctima está justificada en este caso, porque dicho animal, en la mitología grecorromana, estaba especialmente consagrado a Júpiter. Y en cuanto a las guirnaldas tejidas de ramas y flores, tal era el uso corriente en los sacrificios, donde se adornaban con ellas el altar, las víctimas y aun los mismos oferentes.

Grande fue la sorpresa que los apóstoles recibieron al ver todo esto, ya que no habían entendido hasta entonces lo que la gente hablaba por hacerlo en la lengua nativa, que era el licaonio. Aunque generalmente los habitantes de todas aquellas regiones entendían la lengua griega, sin embargo, es bien sabido que en ciertos momentos admirativos y emocionales se recurre a la lengua materna, y en ese caso el licaonio resultaba desconocido para los misioneros.

Las palabras de Pablo nos proporcionan el primer esquema de una predicación expresa y exclusivamente dirigida a paganos. En aquélla se insiste de manera elemental en la existencia de un Dios que es el Creador, que, frente al politeísmo, es el único creador de todo lo que existe y que en su providencia les ha ido bendiciendo con sus dones, entre los que menciona expresamente la lluvia, tan necesaria en aquellas regiones esteparias donde era condición indispensable para las cosechas, así como la comida y la alegría de vivir.

Encuentro con Timoteo

No sabemos hasta qué punto los habitantes de Listra comprendieron el sentido de lo que Pablo les predicaba; aunque por indicaciones posteriores conocemos que algunos abrazaron la fe. Entre éstos hubo una familia, aunque no eran licaonios, sino judíos, y en ella un muchacho que había de establecer con Pablo una unión y amistad que sobreviviría a la muerte del Apóstol, y el nombre de este joven era Timoteo (= Temeroso de Dios).

Los detalles de este primer encuentro de Pablo con quien sería uno de sus discípulos más queridos se hallan en la última carta que se conserva del Apóstol, es decir en la segunda Epístola a Timoteo.

En medio de la ciudad de Listra, Pablo y Bernabé encontraron acogida en una piadosa familia judía que constaba de tres personas. La de más edad era la abuela, que se llamaba Loida; la de en medio era su hija Eunice (= buena victoria), cuyo esposo, probablemente un funcinario romano o griego, ya había muerto. Y el más joven de los tres era el hijo de ese matrimonio, llamado Timoteo, que contaba entonces quince años y que había sido educado en la piedad judía por su madre y abuela. Quizá por esto el carácter de Timoteo se hallaba dotado de una fina sensibilidad y a la vez de cierta timidez, explicable en aquellos varones que se han educado exclusivamente entre mujeres.

Timoteo es quizá, entre todos los discípulos de Pablo, el que mantuvo con él un trato más asiduo y gozó de una confianza más familiar. De estos discípulos y compañeros de apostolado, Timoteo es el que se halla nombrado más veces (16) en el epistolario paulino, en comparación con otros: Tito (13), Silas (12), Bernabé (5) y Juan Marcos (3). El hecho de que Pablo conoció a Timoteo cuando era un adolescente hizo que le conservase un particular afecto casi paternal, que se manifiesta frecuentemente en sus cartas: «Hijo mío queridísimo y fiel» (1 Cor 4,17). «Colaborador auténtico» (Rom 16,21). «Hijo legítimo en la fe» (1 Tim 1,1). «De quien sé que fue educado en la piedad hebrea desde niño» (2 Tim 3,15). Y a quien Pablo, ya viejo y en la prisión romana, escribe: «Procura venir pronto, antes del invierno, y tráete mis escritos y el abrigo que me dejé en Tróade en casa de Carpo» (2 Tim 4,13). A todo lo cual va unido la estima y capacidad de dotes apostólicas de Timoteo, como lo demuestra el hecho de haberle nombrado obispo y sucesor suyo en la ciudad de Efeso, que era tal vez entonces la ciudad más importante del Asia romana.

Timoteo, según el testimonio de Polícrates, que escribe a mediados del siglo II, murió mártir en la persecución de Nerón. Sus reliquias fueron trasladadas a Constantinopla, por orden de Constante, emperador arriano, que quiso así prestigiar la sede bizantina, entonces capital de su imperio.

Sin duda que entonces Pablo, en Listra, en medio de la hostilidad de unos y de la lejana indiferencia de otros, encontró en el hogar de Timoteo la acogida afectuosa y confiada de una nueva fe, y formó, alrededor de aquel hogar, la primera Iglesia cristiana de Listra.

* * *

Sin embargo, bien cerca de esta paz y aceptación se hallaba el rechazo y la guerra, que no tardó en manifestarse. Y esta vez los causantes de la oposición fueron unos judíos que habían llegado a Listra, procedentes de Antioquía y de Iconio, quienes levantaron al pueblo contra Pablo, y que, pasan-do de los insultos a las manos, apedrearon a Pablo, dejándolo por muerto, y arrastraron su cuerpo fuera de la ciudad. Allí le encontraron Bernabé y los discípulos, ante los que Pablo, sorprendentemente recuperado, se levantó y se volvió con ellos a la ciudad, y aún tuvo ánimos para salir al día siguiente rumbo a Derbe.

Tal vez Pablo recorrió en carruaje los 40 kilómetros que separaban a Listra de Derbe, a través de un camino escabroso que les llevaba a los confines de la provincia romana de Galacia. Aquél había sido un paraje hasta hacía poco tiempo infestado de ladrones y que tan sólo pocos años antes, bajo el Imperio de Claudio, había sido convertido en una colonia de veteranos. Contrariamente a lo que sucedía en otras ciudades, la predicación de Pablo en Derbe no encontró la oposición de los judíos, que tal vez le creyeron muerto. La escueta referencia de Lucas se contenta con decir que «después de anunciar la Buena Nueva en Derbe y de hacer numerosos discípulos, se volvieron a Listra, Iconio y Antioquía» (Hech 14,21).

Derbe representó, por tanto, el punto de máxima penetración en este primer viaje de San Pablo. Desde Derbe podrían los misioneros haber acortado su camino hacia el sur cruzando la cadena del Tauro, para pasar por Tarso, la ciudad natal de Saulo; pero prefirieron volver sobre sus pasos para visitar de nuevo las comunidades cristianas que habían fundado y establecerlas más firmemente, dotándolas de una estructura más estable.

«Confirmaban a los discípulos y los exhortaban 'a perseverar en la fe, y que tenemos que pasar por mucho para entrar en el Reino de los Cielos'.

En cada iglesia designaron responsables. Oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Predicaron el mensaje en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, su punto de partida.

Al llegar, reunieron a la comunidad, les contaron lo que Dios había hecho con ellos y cómo habían abierto a los paganos la puerta de la fe. Y se quedaron allí bastante tiempo con los discípulos» (Hech 14,22-28).

Así fue el primer viaje apostólico del apóstol Pablo por los mares y rutas de esa parte del Asia que nosotros llamamos el Póximo Oriente. Detrás quedaba fuertemente enhebrado un rosario de nuevas comunidades cristianas: Salamina, Pafos, Antioquía, Iconio, Listra, Derbe y Perge. A muchas de ellas volvería a visitarlas Pablo en sus próximos viajes.

17. CONCILIO DE JERUSALÉN

Llegamos en nuestro comentario de los Hechos al momento de la celebración de la llamada Asamblea o Concilio de Jerusalén. Por ser la primera reunión de tal categoría en la historia de la Iglesia, por las personas que allí se reunieron, los asuntos que se trataron y las soluciones que se propusieron, dicha Asamblea o Concilio constituye un hito en el camino y desarrollo de la fe.

Para conocer la motivación de este hecho, tenemos que llegarnos a Antioquía de Siria momentos después de que Pablo y Bernabé regresan de su viaje, cuando la comunidad acaba de recibir con gozo el relato de las conversiones de los gentiles a la fe de Cristo. Mas al lado de quienes se alegraron por estas puertas abiertas se hallaron otros que pretendieron cerrarlas dificultando el acceso al evangelio. ¿Quiénes eran?

San Lucas no lo especifica en su narración; mas uno de los manuscritos más antiguos de los Hechos añade aquí que esos oponentes «procedían del partido o fracción de los fariseos», es decir, de los judíos fariseos que habían abrazado la fe cristiana. La narración posterior indica que así fue, y lo que Lucas silenció, Pablo lo expresó claramente en su Carta a los Gálatas, en la que, refiriéndose a este mismo suceso del Concilio de Jerusalén, expresamente dice que los adversarios eran cristianos procedentes del judaísmo (Gál 2,4-5).

Estos cristianos, a quienes podemos llamar cristianos a medias, se habían realmente bautizado y habían abrazado la fe cristiana; pero retenían una adhesión emotiva, y en parte doctrinal, a ciertas prácticas del judaísmo establecidas por Moisés. Y en concreto defendían la necesidad de la circuncisión. Lo cual no significa que limitasen a ella sus exigencias, ya que «circuncisión» significa aquí el conjunto de las prácticas mosaicas, y sus pretensiones, en el fondo, no se detenían en puras observancias rituales. Porque, si para abrazar la fe de Cristo era necesario como paso previo la aceptación de la Ley de Moisés, entonces prácticamente se negaba la eficacia salvadora de la Pasión y Muerte de Jesús.

Por otra parte, estos antiguos fariseos valoraban falsamente la conducta de Jesús, apoyándose en que el Maestro se había mostrado muy observante de las leyes judías. Incluso, para ellos, la conversión del centurión Cornelio, admitido por Pedro al bautismo sin la circuncisión previa, constituía sólo una situación excepcional, de la que no podía hacerse una regla válida para los demás. Precisamente por la gravedad que entrañaba esta postura de aquellos judíos convertidos, Pablo y Bernabé se opusieron radicalmente a ella. Y ante tal conflicto, la comunidad de Antioquía decidió enviar una delegación de aquella Iglesia para que fuese a Jerusalén a consultar el caso con los apóstoles y para celebrar lo que hoy llamaríamos «una reunión en la cumbre».

Pablo, en su Carta a los Gálatas, nos dice que bajaron a Jerusalén «como consecuencia de una revelación del Espíritu Santo»; mas esta información en nada contradice al dato de Lucas que afirma que fueron «designados por la comunidad antioquena», ya que pudo haberse dado esa revelación y en vista de ella haberse producido la delegación de la comunidad eclesial de Antioquía.

«Estando Pablo y Bernabé en Antioquía, unos que llegaron de Judea enseñaban a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme a la tradición de Moisés, no podrían salvarse. Esto provocó un serio altercado por parte de Pablo y Bernabé. Y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y responsables sobre aquella cuestión. La comunidad les proveyó para el viaje, y atravesaron Fenicia y Samaria, contando a todos los hermanos cómo los paganos se convertían y alegrándose mucho con la noticia.

Al llegar a Jerusalén, la comunidad, los apóstoles y los responsables los recibieron muy bien, y entonces contaron todo lo que Dios había hecho por ellos. Pero algunos de la facción farisea, que se habían hecho creyentes, intervinieron diciendo: hay que circuncidar a los gentiles convertidos y mandarles que guarden la Ley de Moisés» (Hech 15,1-5).

Acabamos de leer que el grupo de delegados emprendió el viaje a Jerusalén por tierra, siguiendo el camino costero que unía a los puertos fenicios, torciendo después hacia el este por la llanura de Esdrelón y atravesando Samaria. Por todas partes los recibieron con muestras de alegría al ver la expansión de la fe entre los gentiles.

Esta misma aceptación y bienvenida a los delegados tuvo lugar por parte de la comunidad madre de Jerusalén, si bien es verdad que allí no faltó la oposición de algunos, lo que nos demuestra que el mismo problema y discrepancia que había llegado a Antioquía existía radicalmente en Jerusalén. Entre los recién llegados de Antioquía se encontraba un discípulo, llamado Tito, del cual nada nos dice el Libro de los Hechos, aunque Pablo nos informa ampliamente sobre su persona en diferentes cartas.

Tito era pagano de nacimiento, y probablemente había sido convertido por el propio San Pablo en su primer viaje misionero, que ya anteriormente hemos descrito. Tito, a quien Pablo llama «su hijo verdadero en la fe», le acompañó en este viaje polémico a Jerusalén. Y aunque la facción de los judaizantes pretendía que Tito fuese circuncidado, Pablo se opuso enérgicamente, porque en aquellas circunstancias ceder en ese punto representaba una concesión a la tesis de los adversarios sobre la necesidad de la ley mosaica para salvarse.

Es indudable que en Jerusalén los recién llegados se entrevistaron repetidas veces con los apóstoles. Y al lado de ellos se menciona también a los presbíteros, que eran miembros respetables de la comunidad cristiana a quienes los apóstoles habían investido de algunas funciones administrativas y pastorales. Tras las discusiones, que Lucas dice simplemente que fueron «largas», él nos narra lo que podríamos llamar la sesión plenaria final, en la que van tomando sucesivamente la palabra Pedro, los delegados de Antioquía y finalmente Santiago, el hermano del Señor.

Sesión plenaria: habla Pedro

Para comprender el Concilio o Asamblea de Jerusalén conviene recordar que el texto que poseemos de los Hechos es una redacción abreviada y unificada, obra de Lucas, a través de la cual aparece que en la Asamblea se trataron dos temas en dos planos de contenido y significado diferentes. El uno es el plano doctrinal y el otro el disciplinar.

El plano doctrinal afecta a la misma teología de la salvación. Esta, según los oponentes u objetores, no se podría lograr por la fe en Jesús, sino por la práctica de la Ley de Moisés. Este, que es el punto más importante, quedó definido para siempre.

En cambio, el segundo punto, relativo a las costumbres, tuvo tan sólo un valor más coyuntural, y su aplicación dependió de la evolución y composición humana de las diversas comunidades cristianas.

Desde esta doble perspectiva, podemos ya examinar la primera parte del Concilio, que se abre con el discurso de Pedro.

«Hermanos, desde los primeros días, como sabéis, Dios me escogió entre vosotros para que los paganos oyeran de mi boca el mensaje del evangelio y creyeran. Y Dios, que lee los corazones, se declaró en favor de ellos dándole el Espíritu Santo igual que a nosotros. Sin hacer distinción alguna entre ellos y nosotros, ha purificado sus corazones con la fe. ¿Por qué provocáis ahora a Dios imponiendo a esos hermanos una carga que ni nosotros ni nuestros padres hemos tenido fuerzas para soportar? No; creemos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús y ellos lo mismo» (Hech 15, 7-11).

El discurso de Pedro va derechamente al primero de los dos temas y no contiene ninguna cita del Antiguo Testamento, en contraposición con Santiago, que él sí lo citará. Para dirimir este contencioso, como hoy le llamaríamos, hay, según Pedro, que estar atentos a la voluntad y elección de Dios, que es «conocedor del corazón humano»; y ésta es la segunda vez que Pedro lo llama así, después que usó la misma expresión en el discurso de elección del apóstol Matías: kardiognostes lo llama, como si dijera: Dios es quien hace el diagnóstico del corazón humano.

Esta elección la manifiesta Dios mediante la acción del Espíritu Santo. Dios no ha hecho en la vocación para la fe ninguna diferencia entre judíos y gentiles; y el Espíritu Santo lo ha confirmado así, descendiendo sobre los gentiles creyentes sin ningún requisito previo de que antes fueran circuncidados. Y de todo esto el propio Pedro es testigo excepcional, ya que el hecho sucedió hacía ya algunos años, en casa del centurión Cornelio, en la ciudad de Cesarea Marítima. A este argumento objetivo de la acción de Dios se añade otro argumento subjetivo, tomado de la experiencia personal de ellos mismos, quienes, aun siendo judíos, siempre han encontrado dificil y penoso el cumplimiento de todas las prescripciones de la ley mosaica.

¿Cuál fue la reacción de la Asamblea ante el discurso de Pedro?

«Toda la asamblea hizo silencio y escuchó a Bernabé y Pablo, que les contaron las señales y maravillas que por medio de ellos había hecho Dios entre los gentiles» (Hech 15,12).

Bernabé y Pablo, nombrados así en este orden, debido sin duda al prestigio personal de que gozaba Bernabé en la comunidad madre de Jerusalén, narran las maravillas del fruto apostólico que habían recogido en el largo viaje por las regiones de Chipre, de Panfilia y Pisidia, y hasta los confines de Galacia. El silencio de todos indicaba el respeto que imponían las palabras de Pedro; por lo que la controversia quedó dirimida en el plano doctrinal.

Intervención de Santiago

Sin embargo, quedaba un segundo plano, que podíamos llamar más emotivo, y que se refería a las diferencias de costumbres entre los cristianos que procedían del judaísmo y los que se incorporaban ahora desde la gentilidad. Para tratar de estos aspectos tomó la palabra Santiago.

La identificación de este Santiago ha sido objeto de varias hipótesis. Ciertamente no es el llamado el Mayor, hermano de Juan Evangelista, que ya por aquel momento había sido muerto por Herodes, como ya leímos anteriormente en el relato de los Hechos (cf. c.XIII).

A este Santiago que va a hablar en la Asamblea de Jerusalén se le llama hermano del Señor y figura al frente de la comunidad de Jerusalén como su obispo y cabeza local de aquella Iglesia. Dicho Santiago más adelante fue condenado a muerte por el Sanedrín y lapidado por los judíos, que se aprovecharon de un vacío de autoridad romana producido entre la muerte del procurador Festo y la llegada de su sucesor, Albino; por tanto, hacia el año 61 ó 62. También a este Santiago se le ha venido considerando comúnmente como autor de una de las epístolas llamadas canónicas.

Lo que no parece haber quedado definitivamente resuelto es la identidad de este Santiago, hermano del Señor, con el otro apóstol Santiago, que en las listas evangélicas de los apóstoles figura como hijo de Alfeo. ¿Es o no la misma persona?

Podría afirmarse que los comentarios católicos han oscilado, en su parecer, entre la distinción y dualidad de estos dos Santiagos.

De este Santiago, hermano del Señor, a quien Lucas nunca llama apóstol ni uno de los Doce, se apoderó después la imaginación popular componiendo una biografía, en la que puede haber algunos hechos históricos aunque difíciles de probar. Santiago poseía una gran autoridad personal ante los cristianos de Jerusalén, que le consideraban como el perfecto modelo de la observancia hebrea. Diríamos que en su fe cristiana la ley mosaica había llegado a su más alta perfección: ayunaba constantemente, oraba en el Templo sin cesar, y a él solo se le permitía la entrada en el Santuario (cf. c.XXIX).

Pero dejando a un lado la fantasía, regresemos al Concilio de Jerusalén, donde Santiago va a tomar la palabra.

«Escuchadme, hermanos: Simeón ha expuesto cómo Dios desde el principio se preocupó de escogerse entre los paganos un pueblo para El. Esto responde a lo que dijeron los profetas: 'Después de esto volveré y reconstruiré la tienda de David, que estaba caída, y lo que de ella estaba derruido lo levantaré para que busquen al Señor los demás hombres y todas las naciones sobre las cuales ha sido invocado mi nombre'» (Hech 15,14-17).

La intervención de Santiago tiene todos los caracteres de la autenticidad de la fuente citada por Lucas. Primeramente llama a Pedro no Simón, sino Simeón, que es la forma hebrea, perfectamente lógica en labios de quien representa la tradición más hebrea dentro de la comunidad cristiana y que a la vez está unido con una estrecha confianza con Pedro.

La proposición de Santiago es conciliadora; por una parte, se alinea con la tesis doctrinal de Pedro, que era la misma de Pablo; es decir, que los paganos convertidos al cristianismo no tienen que ser molestados con las observancias de la ley mosaica. Sin embargo, por deferencia a los hermanos que proceden del judaísmo, propone a los gentiles convertidos cuatro restricciones que representan no un compromiso en la doctrina, sino una prudencia y caridad en no seguir ciertas prácticas que pueden molestar y ofender gravemente a los antiguos hebreos. Veamos estos cuatro puntos.

Las cuatro restricciones del Concilio

La primera de todas es que se abstengan de comer carne de animales sacrificados a los ídolos. Se trata de la célebre cuestión de los «idolotitos», o manjares sacrificados a los ídolos, que más tarde sería objeto de una consulta dirigida al apóstol Pablo por los fieles de Corinto, y que explicaremos en su lugar (c.XXIII). Ahora baste aquí decir que en el área religiosa, en la que vivían muchos de esos paganos convertidos al cristianismo, los otros paganos continuaban celebrando sus banquetes religiosos en honor a sus divinidades, en las cuales se comía la carne de las víctimas sacrificadas a los ídolos, mientras que también un resto de esta carne se vendía después en el mercado.

Ahora bien, los judíos consideraban con horror que dichas carnes estaban contaminadas y pensaban que comer de ellas era participar en la idolatría. El libro cuarto de los Macabeos, apócrifo que refleja las ideas de los judíos contemporáneos del período apostólico de la Iglesia, nos permite afirmar que entonces comer los idolotitos era considerado por los piadosos como una apostasía. Los paganos convertidos deberán, por tanto, abstenerse de ellas con espíritu de fraternidad y caridad hacia los otros hermanos cristianos que las miran con tal repugnancia.

La segunda abstención se expresa con la palabra griega porneia, que ha sido objeto de encontradas explicaciones. Unos creen que porneia significa simplemente fornicación, es decir, la relación sexual entre hombres y mujeres fuera del matrimonio. Para los paganos dichas relaciones eran moralmente indiferentes e incluso permitidas, ya que lo único prohibido era el adulterio. Así se expresan Terencio, Cicerón, Séneca, Epicteto, Plutarco y Quintiliano. En ese ambiente, tal vez los cristianos convertidos del paganismo podían conservar algunas de estas maneras de pensar, que resultaban reprobables para los hebreos y parecería, por tanto, apropiado que se les recordase a estos convertidos el nuevo concepto cristiano de la castidad.
Hay, sin embargo, comentaristas que piensan que porneia no significa fornicación, sino un tipo de matrimonio llevado a cabo entre parientes por consanguinidad o afinidad. Lo cual constituía una unión reprobada por los hebreos, pero admitida en áreas no judías. Efectivamente, se han hallado pruebas de dos matrimonios entre hermanos en unas inscripciones de Doura Európos, y parece que dichos matrimonios estaban autorizados en el área egipcia por el mismo ejemplo del casamiento de Osiris e Isis. Aunque otros contraponen que los ejemplos señalados se referían a medio-hermanos, es decir, hermanos sólo por parte de padre, pero habidos de diferentes esposas.

Las otras dos abstenciones también se refieren a los alimentos, y en concreto a la sangre de animales. Antiguamente se creía que la sangre era la sede de la vida, como si fuera el alma, y que pertenecía de una manera directa a Dios; por lo que no era lícito comerla. Y ello no sólo bebiendo la sangre, como lo hacían algunos gentiles, ya separada ya mezclada con vino, sino también cuando la sangre se hallaba dentro del animal. Es decir, que no se podía comer un animal degollado o muerto si no había sido previamente desangrado. Esto es lo que en el mercado judío se llama carne kosher.

A todo lo anterior Santiago añade lo que parece ser la justificación de tales abstenciones, y señala que «la Ley de Moisés se ha venido leyendo y proclamando hace muchos siglos todos los sábados en cada sinagoga de cualquier ciudad»; como si dijera: estos judíos convertidos, a quienes por caridad y comprensión no debemos ofender, llevan toda su vida considerando estas cuatro cosas como prohibidas, porque así lo han oído en la sinagoga, y no hay por qué escandalizarlos ahora.

Una vez más, no se hallaban en juego discrepancias dogmáticas, sino la prudencia y la caridad fraterna ante la sensibilidad que unos cristianos mostraban por la conducta de otros.

La conclusión fue que, ante estas normas tan prudentes y moderadas, todos los reunidos se pusieron de acuerdo, es decir, los apóstoles, los presbíteros y, por supuesto, los delegados de Antioquía, que consideraron la solución como muy satisfactoria. Ahora sólo quedaba darle al acuerdo una expresión jurídica y encargar de su transmisión a unos mensajeros.

«Entonces los apóstoles y responsables, de acuerdo con toda la comunidad o asamblea, decidieron elegir a algunos de ellos y mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barsabba y a Silas, hombre muy estimado entre los hermanos, y les entregaron esta carta:

'Los hermanos apóstoles y los hermanos responsables saludan a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia, procedentes del paganismo. Nos hemos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alarmado e inquietado con sus palabras... y hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que las indispensables, es decir, abstenerse de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de anima-les estrangulados y de uniones ilegales. Haréis bien en guardaros de todo esto'» (Hech 15,22-29).

De vuelta a Antioquía, reunieron a la comunidad y entregaron la carta. Y al leer aquellas palabras alentadoras, se alegraron muchos.

Por su parte, los enviados de Jerusalén permanecieron algún tiempo con los antioquenos, desde donde regresaron a Jerusalén, y entre ellos estaba Silas, llamado también Silvano, a quien después encontraremos acompañando a Pablo en sus viajes y figurando con él en el encabezamiento de algunas de las epístolas paulinas.

Este decreto del Concilio de Jerusalén, aunque se promulgó en algunas comunidades cristianas, pronto fue perdiendo su efectividad al transformarse en su composición humana las nuevas iglesias.

18. DISPUTA DE ANTIOQUÍA. PREPARACIÓN DEL SEGUNDO VIAJE

CONTINUARÁ...