TERCERA PARTE
HISTORIA DE LA IGLESIA
10. PEDRO, EN LYDDA Y JOPPE
El centro de la atención de nuestro historiador Lucas bascula y se desplaza de Pablo a Pedro, a quien vamos a encontrar en el momento en que deja Jerusalén para hacer una excursión por toda la tierra de Israel.
«Entre tanto la Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad del Señor y se multiplicaba impulsada por el Espíritu Santo» (Hech 9,31).
Esta es la primera vez que Lucas menciona a la Iglesia como una unidad que está esparcida por Judea y Samaria, y también la primera mención de Galilea como espacio de difusión de la nueva doctrina. Y aunque nada se nos dice de acontecimientos concretos en aquella región, encontramos perfectamente lógico que en la comarca y tierras donde Jesús había permanecido más tiempo y que habían sido objeto de su apostolado personal, se encontrasen muchos fieles que añadiesen a los recuerdos de Jesús la fe en el Mesías resucitado que predicaban los apóstoles.
La paz cristiana que se acaba de mencionar quizá en parte también se debía a que los judíos tenían otras preocupaciones en lugar de la de perseguir a los cristianos. Por esos años, exactamente hacia finales del 39, se habían producido revueltas de algunos judíos que destruyeron un altar levantado en honor del emperador por los habitantes de la ciudad de Jamnia. También el emperador, que a la sazón era Calígula, y que se había tomado en serio su divinidad, ordenó a Petronio, legado de Siria, que levantase una estatua al emperador en el Templo de Jerusalén. El mandato era explosivo, pero el prudente legado difirió su cumplimiento, que nunca se realizó, ya que el emperador fue asesinado en enero del 41.
Fue durante este período de relativa paz para los cristianos cuando Pedro realizó lo que San Juan Crisóstomo llama una «visita o revista de inspección a las fuerzas cristianas», comenzando por Lydda.
LA CIUDAD DE LYDDA
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Esta era una ciudad que se encontraba a 45 kilómetros de Jerusalén y a 19 de la ciudad costera de Joppe, que es hoy la moderna Yafo. La ciudad de Lydda estaba situada en una planicie costera, llamada la Sefelá, que comprende la llanura de Sarón, muy celebrada por su fertilidad y que se extiende por el norte hasta el monte Carmelo. Lydda había pertenecido al territorio de la tribu de Benjamín, y antes de la llegada de Pedro había sido evangelizada probablemente por Felipe, el diácono. En los siglos venideros nacería en esta ciudad, según afirman algunas tradiciones, el famoso San Jorge, héroe de las leyendas medievales, que recibió un culto muy difundido durante la Edad Media. Hoy Lydda se llama Lod, y allí se halla el aeropuerto internacional de Jerusalén. |
«Pedro, que iba recorriendo todas aquellas regiones, bajó a ver a los fieles que residían en Lydda. Encontró allí a un cierto Enea, paralítico que desde hacía ocho años no se levantaba del catre, y Pedro le dijo:
—Jesucristo te da la salud. Levántate y haz la cama.
Se levantó inmediatamente. Y lo vio toda la población de Lydda y la llanura de Sarón, y se convirtieron al Señor» (Hech 9,32-35).
Pedro, con este milagro de la curación de un paralítico, está siguiendo los pasos del Maestro; mas con una diferencia esencial: que mientras Jesús sanaba las enfermedades en nombre propio, los discípulos lo hacen invocando el nombre de Jesucristo.
El efecto de la curación es la admiración de toda aquella región, en la que muchos se convirtieron «al Señor», es decir, a Cristo, a quien se le da el nombre de Señor, que es el mismo que los nuevos convertidos, que anteriormente eran creyentes judíos, daban a su Dios, Yahveh.
La resurrección de Tabitáh
Sin duda, uno de los lugares a los que llegó la fama de esta curación fue a Joppe, o, como hoy la llamaríamos, Yafo.
JAFFA
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Jaffa, o Joppe, que es el mismo nombre, es una ciudad muy antigua ya documentada en las inscripciones de Tell El Amarna y en las listas de Tutmosis III de Egipto, que la capturó y que nos la describe como una próspera ciudad. En el reparto tribal de Israel la tierra correspondió a Dan, y la ciudad fue conquistada definitivamente por David. Y Salomón la usó como puerto para desembarcar los cedros del Líbano que utilizaba en la construcción del Templo de Jerusalén. Conquistada por Alejandro Magno, siguió los avatares del mundo helenístico hasta que Pompeyo la incorporó a Roma. La oposición que sus habitantes mostraron a Herodes el Grande hizo que éste fomentase la construcción del puerto rival de Cesarea marítima; por lo que Joppe decreció en importancia y sólo volvió a recobrar su protagonismo portuario en la época de las Cruzadas. Hoy, Joppe, o Yafo, es un barrio urbanísticamente unido a Tel-Aviv, la capital. |
«Había en Joppe una discípula llamada Tabitáh, que hacía infinidad de obras buenas y limosnas. Por entonces cayó enferma y murió. La lavaron y pusieron en la sala del piso de arriba. Como Lydda está cerca de Joppe, al enterarse los discípulos de que Pedro estaba allí, enviaron dos hombres para rogarle que fuera a Jaffa sin tardar. Y Pedro se fue con ellos a Jaffa» (Hech 9,36-39).
En la ciudad de Joppe vivía una mujer cuyo nombre arameo era Tabitáh, que traducido al griego es Dorcas, es decir, «gacela». En la Biblia se encuentran bastantes nombres femeninos tomados de animales o plantas, como Raquel que es la oveja, Egla la ternera, Sefirá el pájaro, Débora la abeja, Jémina la paloma y Susana el lirio.
La mujer aquí nombrada en los Hechos, llamada Tabitáh, acababa de morir. Y siguiendo las costumbres funerarias de los judíos, su cadáver fue lavado por otras mujeres y colocado en una sala alta, es decir, no a nivel del suelo, sino en el piso superior de los dos que solían tener las viviendas hebreas más acomodadas.
«Cuando Pedro llegó, le llevaron a la sala de arriba. Y se le presentaron las viudas, llorando y lamentándose, mostrándole los vestidos y mantos que hacía Gacela cuando vivía. Pedro mandó salir afuera a todos, se arrodilló, se puso a rezar, y dirigiéndose a la muerta dijo:
—Gacela, levántate.
Ella abrió los ojos, y, al ver a Pedro, se incorporó. Pedro la cogió de la mano, la levantó y, llamando a los fieles y a las viudas, se la presentó viva» (Hech 9,39-41).
Estamos en presencia del primer relato de resurrección en la nueva Iglesia. La descripción es tan precisa y concreta, que bien pudiera proceder del mismo Pedro, de quien Lucas la oyó directamente. Aunque sin duda el hecho alcanzó una gran difusión en las comunidades cristianas.
Las mujeres que encontró Pedro estaban llorando y mostrando su duelo en la forma ruidosa acostumbrada en aquel ambiente oriental. Lucas no usa el verbo dakrýo, que denota un llanto silencioso, sino kláio, que se emplea para el lamento ruidoso a la manera de las plañideras, que era como hacer una oración fúnebre por Gacela.
Algunos críticos, comentando este hecho de la resurrección de Gacela, le han negado su veracidad histórica, indicando que se trata de un «doble» o copia de la resurrección de la hija de Jairo, curada personalmente por Jesús, y pretenden que es tan sólo una ficción inventada por la primitiva Iglesia para engrandecer a Pedro.
No nos extraña este comentario, ya que siempre que se narra una resurrección se levanta contra ella el ataque de un cierto sector de la crítica. Para nosotros, que aceptamos que este milagro cae dentro del poder de Dios, y que excepcionalmente puede transmitirlo a los hombres, la resurrección de Tabitáh no ofrece una especial dificultad. Por otro lado, entre la resurrección de la hija de Jairo y ésta hay notables divergencias. Pedro aquí hace salir a todos los presentes, mientras que Jesús resucitó a la niña en presencia de tres de sus discípulos y de los padres de ella. Y sobre todo Jesús, personalmente, imperó a la muerte; mientras que Pedro se arrodilla y se pone en oración porque es consciente de su condición subordinada y de que no posee dicho poder sino por concesión de Dios.
Respecto a la forma de describir la escena, es indudable que presenta algunas analogías con otros «relatos de resurrección», y singularmente con las que se atribuyen a Elías y Eliseo (1 Re 18,22; 2 Re 4,35). Es lógico que estos relatos se parezcan entre sí, ya que sus elementos esenciales son los mismos; pero, además, no hay inconveniente en suponer que Lucas, al describirnos la resurrección de Tabitáh, siguió esquemas literarios ya anteriormente conocidos en otras resurrecciones.
El efecto de este milagro se hizo notar en toda la comarca.
«Esto se supo por toda Jaffa y muchos creyeron en el Señor. Pedro permaneció en Jaffa bastantes días en casa de un tal Simón, que era curtidor» (Hech 9,42-43).
La permanencia de Pedro en Jaffa debió de estar asociada a dichas conversiones y a la predicación del mensaje que ellas suponen. El lugar de su vivienda en Jaffa es mencionado, porque se va a relacionar estrechamente con la narración del centurión Cornelio, que sigue a continuación. La localización de aquella casa se conservó en la tradición local de Jaffa, donde existió desde la más remota Antigüedad una Iglesia dedicada a San Pedro y situada en la calle antigua de Curtidores.
EL OFICIO DE CURTIDOR
El oficio de curtidor quizá lo aprendieron los judíos durante su estancia en Egipto, cuyas inscripciones de Tebas nos revelan la existencia de dicha artesanía, que era muy floreciente por los múltiples usos del cuero. Este material se empleaba no sólo en los aparejos y monturas, sino también para forrar muebles, en las cajas de las momias, e incluso en la armadura militar que cubría el pecho de cuero, de donde se tomó el nombre de «coraza». Asimismo con cuero se construían odres para conservar el vino. Y cuando Jesús en sus parábolas mencionó a los «odres viejos y nuevos y al vino que se guardaba en ellos», probablemente se refería a odres de cuero (Mt 9,17). |
El mensaje del centurión Cornelio
Estando Pedro hospedado en la casa de Simón el Curtidor, aconteció la conversión del centurión Cornelio, cuyo relato Lucas nos va a ofrecer magistralmente. Incluso diríamos que nos va a ofrecer una técnica de montaje cinematográfico alternando secuencias que suceden en Joppe y en Cesarea.
Vamos a desmontar dichas secuencias ofreciéndoles ahora lo que sucedió en Joppe.
El apóstol se halla en la azotea de la casa haciendo oración. Quizá sea dicha azotea un sitio solitario muy apropiado para el reposo y meditación, particularmente en una casa situada al borde del mar y que además estaría alejada del núcleo de la población, ya que, por ejercerse en ella el oficio de curtidor, la ley prescribía guardar por lo menos cincuenta metros de distancia de las otras casas de la villa.
«Hacia mediodía Pedro subió a la azotea a meditar; pero sintió hambre y quiso tomar algo, y, mientras se lo preparaban, le vino un éxtasis: vio el cielo abierto, y una cosa que bajaba, una especie de toldo o mantel enorme sostenido por los cuatro picos y que llegó hasta el suelo. Dentro de él había todo género de cuadrúpedos y reptiles y pájaros. Y una voz le habló:
Para comprender esta visión, conviene recordar los conceptos y costumbres judías sobre la limpieza o impureza de los animales, que estaba minuciosamente establecida en la ley.
Los judíos solían dividir en cuatro categorías a los animales: cuadrúpedos, reptiles, aves y peces. Y esta última es la que no está representada en el mantel, ya que los peces no pueden vivir fuera del agua, y los otros animales que allí se encuentran están vivos y, por tanto, hay que matarlos antes de comérselos. Además se trata de animales impuros, es decir, que no pueden comerse bajo pena de contraer una impureza legal, ya que Pedro, con su vivacidad acostumbrada, rechaza horrorizado la proposición. Las palabras de la visión: «lo que Dios ha declarado puro no lo llames manchado», recuerdan otras de Jesús cuando enseñó a sus discípulos que «nada de lo que entraba en el hombre desde fuera podía mancharlo, y que era sólo las maldades desde dentro las que lo manchan» (Mc 7,15-23).
ANIMALES PUROS E IMPUROS
La clasificación de los animales en puros e impuros posee hondas raíces en la tradición hebrea, y tuvo su primera formulación legal en el Código de la Ley de Moisés (Dt 14,3-18); aunque algunos comentaristas señalan que esa división ya existía en los tiempos más antiguos, incluso en la saga y la narración del diluvio, ya que Dios advierte a Noé que tome de unos animales siete parejas, y éstos eran los animales puros, y de otros tan sólo una pareja, que eran los impuros (Gén 7,2). Hemos ya señalado que para los hebreos había cuatro grandes categorías de animales, atendiendo especialmente a su medio de locomoción: los cuadrúpedos, los que vuelan, incluyendo aves e insectos, los acuáticos y los reptiles. Dentro de cada una de estas cuatro categorías, la Ley de Moisés señalaba cuáles eran los signos diferenciales para clasificarlos en puros e impuros.
Esta categorización de puro-impuro se encuentra también en varios pueblos antiguos, que nos la señalan en sus códigos religiosos. Y tales son, entre otros, los fenicios, los hindúes y los árabes. Asimismo hay que recordar que la prohibición se refería estrictamente a alimentarse de los animales impuros, y secundariamente a tocarlos; pero no a negarles algunas de sus buenas cualidades. No sólo la tradición bíblica original afirmaba que Dios vio «que todos los animales eran buenos», sino que en la estima y opinión humana algunos de estos animales impuros eran apreciados y alabados por otras buenas cualidades, como, por ejemplo, el camello, el águila y el león. Se han intentado muchas explicaciones para justificar estas leyes tan hondamente arraigadas en el pueblo hebreo, hasta el punto de que no sólo se conservaban en tiempos de Jesús, sino que aún hoy día todavía perduran en ciertos grupos étnicos de ascendencia israelita. Entre tantas hipótesis, parece la más plausible la que atribuye esa separación de lo puro y de lo impuro a dos razones fundamentales. Una de carácter etnográfico y etológico, y la otra de un sentido más terapéutico y alimentario. La razón que llamamos etológica, o de costumbres, es que esta clasificación de los animales tiende a establecer una separación entre Israel, «pueblo escogido de Dios», y los otros que los rodeaban, considerados como idólatras y paganos. Ahora bien, una manera de preservar la separación es dividir a los pueblos por los manjares que les era lícito comer, con lo cual el contacto de la mesa común, del banquete, que tanto une a los hombres, quedaba excluido. La segunda razón es más bien de orden biológico e higiénico. Ciertas carnes, y concretamente la del cerdo, y algunas bebidas alcohólicas intoxicantes, estaban prohibidas como resultado de una larga experiencia de los efectos nocivos, reales o supuestos, sobre la salud de los consumidores. Asimismo se suponía que las enfermedades infecciosas se transmitían por la sangre de los animales, y por ello —aparte de otras razones religiosas— se prohibía el comer la carne de los animales puros si no habían sido previamente desangrados. |
Pedro quedó perplejo ante el sentido de la visión del mantel que contenía aquellos diversos animales, y estaba meditando en ello, cuando se oyeron los pasos de algunos que llegaban a la puerta.
«Pedro no acertaba a explicarse el sentido de aquella visión. Mientras tanto, los emisarios de Cornelio, que habían estado buscando la casa de Simón, se presentaron en el portal, preguntando si paraba allí un Simón al que llamaban Pedro. Pedro bajó a abrirles y les dijo:
— Aquí estoy, soy el que buscáis. ¿Qué os trae por aquí?Pedro les invitó a entrar y les dio alojamiento. Y al día siguiente se puso en camino con ellos, acompañado de algunos hermanos de Jaffa. Y al otro día llegaron a Cesarea» (Hech 10,18-24).
Allí lo encontraremos nosotros en nuestro siguiente capítulo de esta Vida informativa de los apóstoles.
11. LA CONVERSIÓN DEL CENTURIÓN CORNELIO
Dejamos al final del capítulo anterior a Pedro en la ciudad de Jaffa, en la casa de Simón el Curtidor, en cuya azotea tuvo una visión, tras la cual recibió la visita de unos emisarios enviados por el centurión Cornelio de Cesarea. Esta mención de Cesarea nos invita a entrar en aquella ciudad.
CESAREA MARITIMA
Había en Israel dos ciudades con el nombre de Cesarea, y ésta se llamaba Cesarea Marítima, porque era la única que se encontraba en la costa. Sus ruinas todavía se conservan a unos 50 kilómetros al norte de Tel-Aviv y 38 al sur de Haifa. Cesarea fue edificada hacia finales del llamado período persa de la historia de Israel, y llevó a sus comienzos el nombre de «Torre de Estratón». Posteriormente fue cedida por Augusto a Herodes el Grande, que la reconstruyó con magnificencia, la dotó de un puerto y la llamó Cesarea en honor de su protector César Augusto. La «Cesarea Sebaste» de Herodes tenía un templo al emperador, un palacio real, teatro, hipódromo e instalación pública de agua. Todo lo cual hizo que la ciudad se convirtiese en la sede del procurador imperial y en acuartelamiento principal de la guarnición romana en tierras de Israel. Posteriormente, y debido a la destrucción de Jerusalén, Cesarea se convertirá en la ciudad más importante de Palestina y llevará el título de «Primera Colonia y Metrópoli de la provincia de Siria Palestina». Y en ella los cristianos establecerán una Sede Episcopal, que albergaría la famosa escuela de Biblistas a la que pertenecieron Orígenes y Eusebio. |
El centurión Cornelio y su visión
El procurador romano que residía en Cesarea era un magistrado designado por el emperador, que debía pertenecer al orden ecuestre, y que en su condición de comandante militar de la región tenía el ejército a sus órdenes. Este se componía no de ciudadanos romanos, sino de tropas auxiliares, ordinariamente reclutadas entre sirios, samaritanos y griegos, ya que los judíos estaban exentos del servicio militar. El efectivo de esta fuerza auxiliar sería de unos tres mil hombres y estaban integrados por un «ala» de caballería y cinco «cohortes» de infantería, que a su vez se subdividían en «centurias». Aunque el nombre de «centuria» está indicando un centenar de soldados, ordinariamente dicha unidad tenía efectivos más reducidos, alrededor de 80 hombres, y estaba mandada por un centurión, que solía ser ciudadano romano, como lo era Cornelio.
El nombre de Cornelio, etimológicamente, tal vez se deriva de la voz latina cornu, que significa «cuerno» y también «poder». Por tanto, Cornelio es «hombre fuerte y poderoso». Y es nombre no personal, sino gentilicio, que significaba que la persona pertenecía a la gens Cornelia, una de las familias patricias más ilustres de Roma, de la que formaron parte los Escipiones, tan relacionados con la historia de la España romana.
Se podía pertenecer a una gens bien por consanguinidad o por haber obtenido la manumisión o libertad por obra de un miembro de la familia patricia. Conocemos que un tal Cornelio Sila concedió de una sola vez el derecho de ciudadanía a 10.000 esclavos suyos, todos los cuales llevaron el mismo nombre gentilicio de Cornelio.
En la ficha de Cornelio nos interesa aún más su fisonomía religiosa. De él se dice que era «piadoso, caritativo y asiduo en sus oraciones». Además «temeroso de Dios», que, según algunos comentaristas, es un término técnico que se aplica al simpatizante con las creencias judías, pero que no ha sido circuncidado y, consecuentemente, no se encuentra sometido a las prescripciones de la Ley de Moisés.
—Cornelio.
Tus oraciones y limosnas han llegado hasta Dios y las tiene presentes. Envía ahora a alguien a Jaffa en busca de un tal Simón Pedro, que para en casa de cierto Simón el Curtidor, que vive junto al mar.
Cuando se marchó el ángel, llamó Cornelio a dos criados y a un soldado devoto, ordenanza suyo, les refirió todo y los mandó a Jaffa» (Hech. 10, 3-8).
La presencia en nuestra historia de este primer centurión romano citado en el Libro de los Hechos nos invita a presentarles una información algo más amplia sobre el ejército romano durante la vida de los apóstoles.
EL EJERCITO ROMANO
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San Pablo, y en grado menor los otros apóstoles, tuvieron relaciones con el ejército, con sus hombres y sus armas. Dicho ejército fue sin duda el ejército romano; aunque también en el espacio geográfico de la Iglesia primitiva existían otros grupos de milicias regionales o locales, e incluso también de policía, como la que cuidaba del orden en el Templo de Jerusalén. En la Biblia se hallan abundantes datos sobre el ejército y las artes militares a lo largo de los siglos; aunque nosotros nos vamos a limitar aquí al tiempo de los apóstoles. Casi todos los territorios en que se movió la evangelización cristiana de la era primitiva estaban dominados por Roma, tanto a través del ejército como de una administración pública. Dicho ejército había evolucionado, en armas y táctica, al entrar en contacto con las poblaciones vencidas. El ejército de la época imperial no se componía, como anteriormente había sucedido, de tropas reclutadas para cada ocasión, sino de unos profesionales permanentes. Su cuadro más completo incluía las legiones, las tropas auxiliares, la guarnición de Roma con un régimen especial, la flota, las máquinas de asalto y de sitio, y las milicias provinciales y municipales. El ejército propiamente dicho constaba de un número de legiones que oscilaban entre 25 y 50, situadas en las diversas regiones del Imperio y especialmente en las fronteras conflictivas. Por ejemplo, en la provincia imperial de Siria, en el territorio adjunto de Israel, estaba de guarnición la legión Décima Fretensis, que en el asedio de Jerusalén por Vespusiano fue ayudada por la Quinta Macedónica y la XV Apollinaris. Cada legión era mandada por un legado, que tenía rango senatorial, y constaba de 6.000 infantes y de un determinado número de jinetes, divididos en «turmas» y «alas». De este ejército nos interesa especialmente el armamento, porque San Pablo lo convierte en imagen y metáfora aplicable a la vida cristiana, que, en parte, es un combate. Por eso él nos habla en dos ocasiones (1 Tes 5-8; Ef 6,13-17) del con-junto de las armas que llama, con un término técnico griego, «panoplia». El texto de la panoplia, aplicado a la vida cristiana, nos exhorta a revestirnos de las armas necesarias para combatir a los enemigos, que, entre otros, son los mismos demonios. Y con este motivo Pablo hace una descripción tomada de los soldados romanos que él sin duda había visto muchas veces. En esta transposición al sentido espiritual, no siempre cada arma representa lo mismo; porque Pablo encuentra en cada objeto múltiples significados espirituales. De esto volveremos a informarles en las epístolas respectivas (cf. c.XXXIII). |
Llegada de Pedro a casa de Cornelio
Volvamos ahora a Pedro, que, acompañado de algunos otros cristianos de Jaffa, está a punto de llegar a Cesarea.
«Al día siguiente, Pedro se puso en camino con los enviados de Cornelio, acompañado de algunos hermanos de Jaffa, y al otro día llegaron a Cesarea.
Cornelio los estaba aguardando y había reunido a sus parientes y amigos íntimos. Cuando iba a entrar Pedro, salió Cornelio a su encuentro y se le echó a sus pies a modo de homenaje, pero Pedro lo alzó diciendo:
— Levántate, que soy un hombre como tú.Entró en la casa conversando con él, encontró a muchas personas reunidas y les dijo:
— Sabéis que a un judío le está prohibido tener trato con extranjeros o entrar en su casa; pero a mí me ha enseñado Dios a no llamar profano o impuro a ningún hombre. Por eso, cuando me habéis mandado llamar, no he tenido inconveniente en venir. Y ahora quisiera saber el motivo de la llamada.
— Hace cuatro días estaba yo rezando en mi casa, a esta misma hora, hacia media tarde, cuando se me presentó un hombre con vestido resplandeciente y me dijo: 'Cornelio, Dios ha escuchado tu oración y tiene presente tus limosnas. Manda a alguien a Jaffa e invita a venir a Simón Pedro, que se aloja en casa de Simón el Curtidor, junto al mar'. Te mandé recado en seguida y tú has tenido la amabilidad de presentarte aquí. Ahora aquí nos tienes a todos delante de Dios para escuchar lo que el Señor te haya encargado decirnos.Pedro tomó la palabra:
La narración de Lucas es tan transparente y viva que constituye uno de los mejores cuadros salidos de su pluma. Añadamos tan sólo unas breves notas.
Pedro confiesa que va comprendiendo cómo Dios no hace distinciones entre las personas. La palabra griega dice que no es aceptador de personas y usa el vocablo prosopeleptes, que a la letra significa «el que acaricia y toca el rostro», y se dice de los que reciben benignamente a los que traen obsequios.
Como si Pedro dijera: Dios no le mira a uno el rostro ni la condición, ni en concreto si es judío o pagano, sino que delante de El son suyos todos los que le son fieles y obran rectamente. Más adelante, Pablo dirá esto más explícitamente, aplicándolo a diferentes grupos o binomios humanos que se hallan discriminados o enfrentados en la vida social, pero que son todos iguales ante Cristo.
En sus palabras a Cornelio, Pedro hace un resumen de la catequesis, según las líneas esenciales que ya conocemos por otros discursos anteriores, pero que en éste tiene la peculiaridad de estar dirigida a paganos que no pertenecen al pueblo de Israel ni han recibido la circuncisión.
Dicha catequesis es fundamentalmente el anuncio o «kerigma» de Jesús de Nazaret. Comienza por el bautismo, sigue por el testimonio de las buenas obras que realizó, define simplemente la vida de Cristo como «pasó haciendo el bien», y expresamente menciona la expulsión de los demonios, que es un dato que debería hacer una particular impresión en los paganos. Pedro continuó así:
«— Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos, en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó el tercer día e hizo que se dejara ver no de todo el pueblo, sino de los testigos que El había designado: de nosotros, que hemos comido y bebido con El después que resucitó de la muerte, Juez de vivos y muertos».
Bajada del Espíritu Santo
«Aún estaba hablando Pedro, cuando cayó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban el mensaje. Al oírlos hablar en lenguas extrañas y proclamar las grandezas de Dios, los creyentes judíos que habían venido con Pedro se quedaron desconcertados de que el don del Espíritu Santo se derramase también sobre los no judíos. Entonces intervino Pedro:
—¿Se puede negar el agua del bautismo a estos que han recibido el Espíritu Santo, igual que nosotros?
Y mandó bautizarlos en nombre de Jesucristo. Entonces le rogaron que se quedara allí con ellos» (Hech 10, 39-48).
La bajada del Espíritu Santo es una sorpresa y una absoluta iniciativa de Dios, que no espera a que los catecúmenos sean bautizados, sino que se anticipa y manifiesta su presencia con el mismo don de las lenguas con el que favoreció a los discípulos reunidos en el cenáculo el día de Pentecostés (véase c.II).
Es indudable que Lucas, al describir este hecho, tiene en cuenta las expresiones usadas en el Pentecostés de Jerusalén, ya que menciona con los mismos términos las «lenguas extrañas» y la «proclamación de las maravillas de Dios».
Con todo, Pedro manda que sean bautizados. Lo cual también nos indica la seguridad y convicción que los apóstoles tenían de que el mandato de Cristo de bautizar a los creyentes continuaba siendo indispensable y válido, aun para aquellos que habían recibido la bajada del Espíritu.
Así fue la conversión del centurión Cornelio. Ella abría el camino de la fe a los creyentes, sin necesidad de circuncisión, o, lo que es lo mismo, sin pasar por el camino de la Ley de Moisés antes de llegar al Evangelio de Cristo. La decisión de Pedro fue tan importante y trascendental que pronto vamos a ver sus efectos en la Iglesia madre de Jerusalén.
De Cornelio no volvemos a saber nada más. Tradiciones legendarias, recogidas por algunos martirologios y libros litúrgicos, pero sin sólido fundamento histórico, nos aseguran que más adelante fue obispo de Cesarea, donde sucedió a Zaqueo. Otras tradiciones lo nombran como mártir. Y Santa Paula, según nos asegura San Jerónimo, en una de sus peregrinaciones a Tierra Santa, visitó en Cesarea Marítima una Iglesia erigida sobre la antigua casa del Centurión.
Retorno de Pedro a Jerusalén
«Los apóstoles y los hermanos de Judea se enteraron de que también los paganos habían aceptado el mensaje de Dios. Y cuando Pedro subió a Jerusalén, los partidarios de la circuncisión le reprocharon: 'Has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos'. Entonces Pedro empezó por el principio y les expuso los hechos por su orden» (Hech 11,1-4).
Al llegar Pedro a Jerusalén, después de haber permanecido durante algunos días en Cesarea, encontró a la comunidad cristiana un tanto dividida por lo que acababa de suceder, ya que mientras unos celebraban la nueva apertura del Evangelio a los paganos, otros encontraron reproche en la manera como Pedro se había comportado.
Este grupo se llama los partidarios de la circuncisión. No eran simplemente judíos, sino cristianos procedentes del judaísmo o de la circuncisión. Y con esta denominación se quiere indicar que, aunque habían creído en Cristo y sido bautizados, conservaban un especial apego a las instituciones establecidas por Moisés, tipificadas por la circuncisión, pero que comprendían asimismo los preceptos y observancias relativas a la impureza legal que se contraía por el contacto con ciertas cosas y personas. Diríamos que en esto estaban más cercanos a los fariseos que a Jesús, y que repetían las objeciones que aquéllos hicieron al Maestro, cuando le habían reprochado, por ejemplo, que sus discípulos comían sin purificarse antes las manos.
Concretamente, esta facción contestataria no objetaba contra la predicación del Evangelio a unos paganos ni contra el bautismo de éstos, sino que acusaba a Pedro de haber entrado en casa de Cornelio y haber comido con los paganos. Una vez más, la hipocresía de las formas caducas entraba en conflicto con la novedad del Evangelio. El vino nuevo, como diría Jesús, no podía guardarse en odres viejos.
Pedro, para justificarse ante ellos, simplemente les narra lo ocurrido. Y Lucas repite fielmente lo que ya sabemos que había sucedido antes en la conversión de Cornelio, introduciendo tan sólo aquellas variantes que cualquier autor literario se permite para no referir dos veces un suceso repitiéndose exactamente en las palabras.
Sorprende, sin embargo, advertir cómo en el texto de los Hechos, y en un espacio relativamente pequeño, Lucas ha repetido varias veces el suceso principal de la conversión de Cornelio. Primeramente lo ha hecho como historiador que nos presenta un relato objetivo. Después lo ha puesto en boca de Cornelio y finalmente lo repite Pedro ante los objetores de Jerusalén.
Estas repeticiones están justificadas, ya que para Lucas, como también para la primitiva Iglesia, la conversión de Cornelio es una página trascendental, puesto que representa la salida del Evangelio afuera de las fronteras del judaísmo, hacia nuevos horizontes de la universalidad. Son los horizontes que ya señaló Jesús cuando desde una montaña de Galilea ordenó a sus discípulos: «Id por todo el mundo, predicad el Evangelio a toda criatura».
12. EXPANSION DE LA FE CRISTIANA
Había sucedido en Jerusalén algunos meses antes. Todavía estaba con sus discípulos Jesús, ya resucitado, e iba a celebrar con ellos el banquete de una despedida que podía llamarse definitiva. Así lo advierte Lucas, que dice sobriamente: «Mientras comían juntos» (Hech 1,4). Allí y entonces, a la vez que les renovó la promesa de enviarles el Espíritu Santo, mirando hacia el futuro, les profetizó: «Seréis testigos míos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta los confines del mundo». Ese mismo ancho mundo que, sobre un monte de Galilea, les señaló como un horizonte en la rosa de los vientos: «Id por el mundo entero». Por tanto, Jesús, en la intimidad de aquel último banquete, les señaló el itinerario y mapa de la futura expansión del cristianismo.
Primeramente, JERUSALEN. Pedro ya había predicado varias veces en ella, desde el mismo día de Pentecostés, suscitando una conversión masiva y por millares. Después, los creyentes se hicieron más individualizados, y no sólo se bautizaban, sino que «se hacían discípulos», y entre ellos se incorporaba a la nueva fe «una gran cantidad de sacerdotes».
«El mensaje de Dios iba extendiéndose, y en Jerusalén crecía mucho el número de los discípulos, incluso gran cantidad de sacerdotes respondía a la fe» (Hech 6,7).
Esta es la primera vez que los sacerdotes judíos son mencionados en un contexto cristiano favorable, y nos parece el momento apropiado para exponer la situación de la clase sacerdotal hebrea en los primeros años de la nueva Iglesia.
El sacerdocio hebreo
La clase sacerdotal estaba marcada por una fuerte estructura piramidal, en cuyo vértice estaba situado el Sumo Sacerdote. El Sumo Sacerdote, en aquella época en la que no había rey, ejercía la función suprema en dignidad e importancia ante todo el pueblo. Como representante de Dios, era el único mortal que era admitido ante su más íntima presencia; y por eso entraba en el recinto más sagrado, el Santo de los Santos del Templo, sólo un día al año, el día de la Expiación.
La designación del Sumo Sacerdote, en teoría, correspondía al Sanedrín y a los otros altos dignatarios del clero; aunque en realidad se hallaba muy influida por las autoridades civiles, la de Herodes y sobre todo la de los romanos. Su investidura era conferida por la entrega de los ornamentos, que constaban de ocho piezas, cada una de las cuales expiaba determinados pecados. Tanto Herodes como los romanos, conocedores de este rito transmisor de poder, conservaron durante algún tiempo la custodia de tales ornamentos, que en la época de Jesús se guardaban en la Torre Antonia, como medio más eficaz para controlar las posibles revueltas del pueblo. Sólo el año 45 el emperador Claudio les devolvió a los judíos la posesión de tales ornamentos.
De tal manera la condición de Sumo Sacerdote confería una santidad a la persona que lo ostentaba, que era creencia generalizada que la muerte del Sumo Sacerdote tenía una virtud expiatoria, de la que se beneficiaban todos los que tenían cuentas pendientes con la justicia, y que por eso podían libremente regresar a sus casas.
El Sumo Sacerdote gozaba de múltiples prerrogativas en la ordenación del culto y de los diversos sacrificios, tanto en la liturgia cotidiana como en las tres grandes solemnidades de la Pascua, el Pentecostés y la Fiesta de las Chozas o Tabernáculos. Y como contrapartida, tenía que cumplir estrictamente sus deberes cultuales y observar de una manera rigurosa la pureza ritual. El prestigio de la función pontificia le concedía «un carácter indeleble». De suerte que, aun después de su cese o deposición, conservaba no sólo el título, sino algunas de sus prerrogativas.
Bajo el vértice de la pirámide se hallaban diversos planos. Después del Sumo Sacerdote, el de más rango era el Jefe Supremo del Templo, llamado Sagan o Estrategos. A continuación venían los jefes de los turnos semanales, que eran 24; y luego los jefes de los turnos diarios, que eran 156. Y finalmente los simples sacerdotes y los levitas.
Esta pirámide representaba un verdadero escalafón, de manera que no se podía subir a un grado superior sin haber ocupado antes el escalón precedente. Por ello, al ser elegido el Jefe del Templo entre las familias de la aristocracia sacerdotal, era seguro que ésta retenía su influencia en la cumbre de la pirámide, ya que poseía ambos mandos, el religioso y el policial.
Bajo esta aristocracia se hallaba la gran masa del simple sacerdote, el cohen. Estos constituían una especie de tribu que hacía remontar su legitimidad hasta Aarón. Sobre el número de estos sacerdotes se han aventurado indudables exageraciones en el Talmud. Uno de los estudios más concienzudos y actualizados procede del profesor Joachim Jeremias, que calcula su número en unos 7.200. Estos sacerdotes debían oficiar diariamente en los dos sacrificios, matutino y vespertino, para cuyas diversas ceremonias litúrgicas se necesitaban unos 56 sacerdotes, y, además de esto, en los sábados y en las grandes solemnidades se requería un número mayor.
El carácter sacerdotal se adquiría exclusivamente por herencia, y de aquí la importancia de conservar las genealogías que eran archivadas en una de las dependencias del Templo. Ordinariamente, cuando el aspirante cumplía los veinte años —edad que después se retrasó—, y tras haber probado «su legitimidad de origen», recibía un baño ritual, y se les imponían las vestiduras sacerdotales, a través de un complicado ritual que podía durar hasta una semana.
Respecto a los levitas, éstos eran originariamente descendientes de la tribu de Leví, una de las Doce fundacionales de Israel; pero entre ellos se hallaban otros, como los descendientes de los sacerdotes del culto a Yahveh procedentes de otros santuarios, antes de la unificación del Templo en Jerusalén. Estos levitas desempeñaban en el Templo servicios auxiliares, tanto de guardia y custodia cuanto de participación en la liturgia, como músicos y cantores. Su número podría llegar a unos 9.600.
A vista de estas notas, se advierte que había dos claros niveles en el sacerdocio. El superior, rematado por la cumbre de los sumos sacerdotes, el actual y sus predecesores. Y en ese nivel también se encontraba la aristocracia, tanto de la riqueza como del mando, en su más amplia expresión, ya que el Sanedrín, constituido por ellos en una mayoría, acumulaba prácticamente todos los poderes: el legislativo, el judicial y el ejecutivo, salvo en aquellas competencias que se habían reservado los romanos.
En el nivel que hemos llamado inferior se hallaba el resto del clero, es decir, sacerdotes comunes y levitas. Podríamos afirmar que fue el nivel alto el que, con escasas excepciones, se opuso a Jesús y el que continuó con su hostilidad contra los seguidores del nuevo «camino». Mas el otro nivel, el más popular, se mostró más abierto a la penetración de la nueva fe. Fue sin duda en este nivel donde se encontraría esa «gran cantidad» de sacerdotes que se adhirieron a la nueva fe, predicada por los discípulos de Jesús. Con el tiempo, algunos de estos grupos de sacerdotes, ya cristianos, se hicieron algo contestatarios, por su excesiva adherencia a las observancias tradicionales del judaísmo, que les dificultaba el aceptar la novedad del Espíritu que aportaba el evangelio.
La fe cristiana llega a Antioquía
Cambio de escenario. Y retroceso en el tiempo. Lo que Lucas narra a continuación hay que unirlo con lo que nos había dicho anteriormente en el capítulo 9, informándonos sobre la expansión creciente de la fe cristiana.
«Entre tanto, los dispersos, como motivo de la persecución provocada por lo de Esteban, llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, sin predicar el mensaje más que a los judíos. Pero algunos de ellos, naturales de Chipre y de Cirene, al llegar a Antioquía, se pusieron también a hablarles a los griegos, anunciándoles al Señor Jesús. Y como el Señor les apoyaba, gran número creyó, convirtiéndose al Señor» (Hech 11,19-21).
El cuadro geográfico se amplía. El evangelio se dirige hacia el norte, y, primeramente, llega a Fenicia.
El nombre de Fenicia quizá signifique «país de las palmeras», y su antiguo territorio está ocupado hoy en parte por la nación del Líbano. Es una franja costera con un máximo de 50 kilómetros de anchura y cerrada al oriente por las cadenas montañosas del Líbano y Antilíbano. Esta estrechura de su territorio hizo que los fenicios buscasen su expansión hacia el mar. Y ello explica que Fenicia fuese una potencia marítima durante muchos siglos y que colonizase extensamente la costa mediterránea, hasta llegar incluso a Gades, la actual Cádiz.
Fenicia y sus principales ciudades, Tiro y Sidón, estuvieron muy relacionadas con el pueblo hebreo. En la época de Jesús la tierra pertenecía a la provincia romana de Siria. Y aunque su población era casi exclusivamente pagana, sabemos por el evangelio que, a lo menos en una ocasión, Jesús fue a aquella región, en la que el evangelio nos recuerda la curación que hizo de una niña poseída por el demonio, a petición de su madre sirofenicia (Mt 15,22-28).
De Chipre ya trataremos en este comentario, al mencionar a Bernabé, que era natural de aquella isla (c.XIV). Y en cuanto a Antioquía, merece que nos detengamos a recordarla, puesto que va a convertirse en el centro de la expansión cristiana durante las primeras décadas de la Iglesia.
En esta ciudad de Antioquía se fue extendiendo la fe cristiana siguiendo una pauta de penetración claramente marcada por Lucas. Primeramente, el mensaje sólo se predicó a los judíos. Después, se comenzó a hablarle a los griegos. Y la palabra que aquí se usa no es la de «helenistas», aplicable a los judíos de la diáspora, sino el vocablo hellenes, es decir, griegos.
ANTIOQUIA, CENTRO DEL CRISTIANISMO
La ciudad de Antioquía de Siria —para distinguirla de otras que llevaban el mismo nombre— había sido fundada por Seleuco Nicator, hacia el año 300 a. de C. Estaba situada a 30 kilómetros de la costa, en las riberas del río Orontes. Y llegó a ser con los años un nudo de comunicaciones para el comercio entre Oriente y Occidente. Favorecida con privilegios por los reyes seléucidas, atrajo a una creciente población, de suerte que en esta época que estamos estudiando era la tercera ciudad del mundo grecorromano, que sólo cedía en importancia a Roma y Alejandría. Sus habitantes llegarían probablemente a medio millón, y era la capital de la provincia romana imperial llamada Asia. Esta palabra no designaba como hoy un continente, sino que se aplicaba tan sólo a una provincia romana que ocupaba ciertos territorios del Asia occidental. Antioquía era sede del legado del emperador, autoridad máxima en aquella provincia, con atribuciones militares, y que disponía de un fuerte contingente de tropas para defender las fronteras del Imperio contra uno de los enemigos más constantes de Roma que fueron los partos. Este era un pueblo que habitaba en lo que hoy es el Irán, muy famoso por su destreza en combatir a caballo. Antioquía era también un emporio comercial y un sitio de placer, que se había hecho famoso por sus espectáculos y orgías en el bosque consagrado a Dafne. La ciudad estaba rodeada por una muralla defendida por trescientas torres y era el bastión tan ancho que sobre él podía correr una cuadriga. La urbanización estaba planificada sobre dos grandes vías perpendiculares de varios kilómetros de longitud, flanqueadas de columnas y estatuas y alumbradas de noche con teas, lo que constituía un espectáculo inusitado en la Antigüedad. |
Finalmente, al conocer estos resultados, la Iglesia de Jerusalén les envió desde allí a Bernabé.
«Llegó la noticia de esto a la Iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquía. Y al llegar y ver la generosidad de Dios, se alegró mucho y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño. Como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor.
Entonces Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; lo encontró y se lo llevó a Antioquía» (Hech 11,22-25).
La decisión de Bernabé de llevarse a Pablo, como compañero de predicación, fue una de las más acertadas e importantes para la difusión del evangelio. Ya que Pablo, a requerimiento de su amigo, le acompañó a Antioquía y estuvo trabajando con él durante un año en aquella ciudad. Y después hizo de ella el centro de salida y retorno de sus viajes apostólicos, que dilataron la fe por todo el mundo helenístico.
EL NOMBRE DE «CRISTIANOS»
Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos «cristianos» (Hech 11,26). Casi incidentalmente nos enteramos aquí del origen de este nombre, que tuvo procedencia externa. Es decir, que fueron los no cristianos quienes comenzaron a usarlo, y entre ellos precisamente los paganos; no los judíos, para quienes llamar a los seguidores de la nueva secta con el nombre de Cristo o del Mesías hubiera sido injurioso para su fe en el Mesías, ya que ellos negaron expresamente que Jesús lo fuese. Anteriormente, los cristianos entre sí habían utilizado otras denominaciones como la de «santos», «hermanos», «discípulos», «elegidos» y aun «nazarenos», como los llamaban los judíos; pero este nombre de «cristianos» les proporciona una nueva identidad. La formación de este apelativo estaba en consonancia con el uso contemporáneo de otros nombres colectivos para designar a los seguidores o partidarios de un jefe, como eran los cesarianos, los pompeyanos, los octavianos o los herodianos, que son nombres que se encuentran en documentos contemporáneos. El nombre de «cristianos» sirvió como identificador en tiempos de algunas persecuciones, según afirma Tácito. Pedro, en su primera carta, exhorta a los fieles a glorificarse por los sufrimientos que puedan venirles por tal nombre (1 Pe 4,14). Dicho nombre fue algo más tarde desfigurado en «crestianos», y de igual manera Cristo en «Crestos», como escribe Suetonio. Pero estos cambios se debieron quizá a un puro fenómeno fonético llamado «itacismo», que desorientó a algunos comentaristas antiguos, induciéndoles a pensar que la denominación de cristianos se derivaba del adjetivo griego jrestos, que quiere decir «bueno y decente». Pero históricamente no es así. |
Los profetas del Nuevo Testamento
«Por aquel entonces bajaban a Antioquía unos profetas de Jerusalén. Uno de ellos, llamado Agabo, movido por el Espíritu, se puso en pie y anunció que iba a haber una gran hambre en todo el mundo.
Los discípulos de Antioquía acordaron enviar un subsidio, según los recursos de cada uno, a los hermanos que vivían en Judea. Y así lo hicieron, enviándolo a los presbíteros de Jerusalén por medio de Bernabé y Saulo» (Hech 11,27-30).
En el texto que acabamos de leer se cita la existencia de un profeta en la Iglesia primitiva. Y tal vez sea la vez primera en que se nombra a uno de ellos, desde que en los evangelios Jesús mencionó a los antiguos profetas de Israel y aplicó la misma denominación a Juan Bautista, «profeta y más que profeta». En el Libro de los Hechos, y también en las Cartas de los Apóstoles, se menciona a este grupo de los profetas y a dos de ellos por su nombre, que fueron Barsabas y Silas.
El principal ministerio de estos profetas consistía en la predicación y en la enseñanza de la doctrina con una especial inspiración del Espíritu Santo, y se habla de ellos en su doble papel de consolar a los hermanos y de instruirlos en la fe. San Pablo, en su Carta primera a los Corintios (1 Cor 12,28), enumera este carisma de la profecía entre otros, colocando a los «predicadores inspirados» inmediatamente después de los apóstoles y antes de los doctores, y afirma que es un don del Espíritu Santo, superior al carisma de «hablar en lenguas o glosolalia», pero que conviene ejercer con moderación, para lo cual da algunas instrucciones que más adelante comentaremos.
En cuanto a Agabo, nombre de etimología dudosa, se trata de un profeta de Jerusalén a quien más adelante se volverá a mencionar cuando San Pablo se encuentre en Cesarea (cf. c.XXVIII).
Al narrar esta profecía de Agabo, algunos códices, donde se conserva la versión llamada «occidental» de los Hechos, añaden que esto sucedió «mientras estábamos reunidos». Si el que esto escribe es Lucas, este plural indicaría su presencia entre los que se encontraban allí en Antioquía en el momento de profetizar Agabo, y constituiría por eso la primera cita de los fragmentos llamados Wir, o «nosotros», de los que oportunamente trataremos.
El hambre que predice Agabo asoló la tierra de Judea, hasta el punto de que Helena, reina de Adiabene (una comarca situada en el territorio de la antigua Asiria), que conocemos se hallaba en Jerusalén, hizo venir higos y trigo desde Chipre y Egipto. Lucas habla de un hambre que se extendió por «toda la tierra», expresión que puede significar el orbe romano, pero que también admite límites más modestos. Este hambre más universal tuvo lugar bajo el reinado de Claudio, cuarto emperador romano, proclamado en enero del 41. Y los historiadores romanos Suetonio, Tácito y Dión Casio mencionan también estas catástrofes.
Como remedio, y mejor aún como muestra de solidaridad, los cristianos de Antioquía hicieron una colecta, que enviaron a Jerusalén, por medio de Saulo y Bernabé, para ser entregada a los presbíteros, a quienes se nombra aquí por vez primera. Se trata de unos cristianos, cuya etimología significa «ancianos», aunque no necesariamente lo fuesen en edad, y que formaban un grupo nombrado por los apóstoles y colocado al frente de las comunidades o Iglesias locales, donde ejercían un cierto mando y responsabilidad.
Al hablar de ellos en Jerusalén, y no mencionar a los apóstoles, que eran los jefes natos de la comunidad, parece indicar que por alguna razón los apóstoles no se hallaban entonces en la ciudad.
13. PRISIÓN DE PEDRO
El capítulo 12 del Libro de los Hechos se abre con una fórmula intemporal, típica de Lucas, que no indica concretamente sucesión inmediata con lo anteriormente escrito, ya que dice «por aquel tiempo, por aquel entonces», el rey Herodes echó mano a algunos miembros de la Iglesia. Mas aunque no se establezca dicha relación, probablemente se indica una simultaneidad con lo que se tiene dicho sobre la predicación de Saulo y Bernabé en Antioquía.
¿A qué rey Herodes se refiere?
Hay varios con este nombre, relacionados con la historia de la primitiva Iglesia, que fue contemporánea de algunos miembros de la dinastía herodiana.
El que aquí se menciona es Herodes Agripa, hijo de Aristóbulo y nieto de Herodes el Grande, que era el monarca que reinaba en el momento del nacimiento de Jesús y el que intentó matarlo cuando niño.
Tampoco hay que confundir a este Herodes con el que intervino en la pasión del Señor, que fue Herodes Antipas, y que no era rey de todo el territorio de Palestina, sino tan sólo tetrarca de las regiones de Galilea y de Perea. El rey Herodes de quien aquí tratamos fue exactamente Herodes Agripa I, en quien Herodes es el nombre dinástico mientras que Agripa es tan sólo un cognomen, que, según Plinio, significa «el que nace con los pies para afuera».
Como la mayoría de los príncipes de esta familia, Agripa fue educado en Roma, donde participó en las intrigas de la corte imperial, siendo encarcelado por Tiberio y favorecido por Calígula, que le regaló una cadena de oro, semejante a la de hierro que había llevado en la prisión; cadena que Herodes posteriormente hizo colocar como un exvoto en el Templo de Jerusalén.
Agripa consiguió de Calígula que le nombrase rey de Iturea y Traconítide, y asimismo que le traspasase los territorios que antes había gobernado Herodes Antipas, caído en desgracia, y finalmente la provincia de Judea, con lo que Agripa llegó a ser rey de todo el territorio de Israel, como lo había sido su abuelo Herodes el Grande.
Agripa I siguió en parte el programa de construcciones de su antecesor, y entre ellas comenzó el tercer muro de Jerusalén. Procuró tener contentas a las clases sacerdotales dirigentes. Y una de las medidas para lograrlo fue perseguir a la nueva secta de los cristianos, con quien ya se habían tenido algunos enfrentamientos desde la muerte de Esteban. El primero de los perseguidos fue Santiago el Mayor, el hermano de Juan. Y así lo dice escuetamente Lucas.
No se puede narrar en menos palabras la suerte del primero de los apóstoles que sufrió el martirio. Sorprende la diferencia entre esta sobriedad y los detalles abundantes que Lucas nos transmitió sobre la muerte y martirio del diácono Esteban. Pero este mismo hecho es una prueba de la credibilidad de nuestro historiador, que se atiene a las fuentes que posee, que en este caso eran bien escasas.
El martirio de Santiago el Mayor nos consta también por fuentes extrabíblicas, ya que lo recoge Clemente Alejandrino, que es un escritor cristiano del siglo II.
Este martirio, que sucedió en el año 42, deja poco espacio para el viaje evangelizador de Santiago a España, que ha sido recogido en otras fuentes y tradiciones, y que está íntimamente relacionado con su presencia en el Pilar de Zaragoza. Añadamos aquí, para precisar estos datos, que la presencia de Santiago el Mayor en España tiene que ser distinguida y es independiente del hallazgo de su cuerpo, que fue trasladado allá (cf. c.XXXIV).
La condenación y muerte de Santiago por orden de Agripa, y precisamente por la espada, se hallaba dentro de la jurisdicción del rey, ya que éste poseía todos los poderes que Roma antes se había reservado. Nada se dice de un proceso ni de una comparecencia ante el Sanedrín. Y el género de muerte por la espada más bien sugiere una acusación de tipo político, algo así como «sedición del pueblo», ya que un simple pecado de blasfemia por haber predicado a Jesús como Hijo de Dios le hubiese llevado probablemente a ser lapidado, como en el caso de Esteban.
La ejecución de Santiago resultó aceptada por los judíos, que quizá entonces fueron no únicamente los sanedritas, sino también parte del pueblo. Y por ese motivo, Herodes, tan deseoso siempre de popularidad, hizo prender a Pedro.
Los presos en estos calabozos de la Torre Antonia eran guardados severamente, ya que estaban atados por cadenas a dos soldados, mientras que otros dos montaban la guardia fuera de la puerta del calabozo. La noche se dividía, según el cómputo romano, en cuatro partes o vigilias de tres horas cada una, en las que se relevaba la guardia formada por cuatro soldados, que los Hechos nombra con el término técnico de tetradium. La detención de Pedro, llevada a cabo durante las fiestas de Pascua, en los días de los ácimos, proporcionaba al suceso una publicidad pretendida por Herodes y a la vez mostraba su respeto a la ley judía, difiriendo para después de la Pascua la ejecución del detenido.
LA CARCEL DE PEDRO EN LA ANTONIA
La cárcel donde Pedro fue encerrado estaba situada en la fortaleza Antonia, que en aquellos tiempos era el cuartel de la guarnición romana, encargada del mantenimiento del orden en el Templo de Jerusalén. Aunque en el Nuevo Testamento no se la designa con este nombre, así se la conocía desde que Herodes le cambió el primitivo de Baris por el de Torre Antonia en honor del triunviro Marco Antonio. Había sido construida por Juan Hircano, uno de los monarcas de la dinastía macabea. Y era también el palacio de los príncipes asmoneos. Su estructura era la de un cuadrilátero flanqueado por cuatro torres, y se alzaba sobre un promontorio rocoso, llamado gabbata en hebreo; su torre principal, la situada en el nordeste, de 36 metros, dominaba todo el recinto del Templo. En el centro de la fortaleza había un gran patio —que en el Evangelio de San Juan se llama Lithostrotos— con un pavimento enlosado, con estrías para las pezuñas de los caballos y canalones que recogían el agua de lluvia que vertían a una cisterna subterránea. En el asedio de Jerusalén por las legiones de Tito, la fortaleza y sus torres fueron enteramente arrasadas, y los bloques caídos ocultaron, y a la vez preservaron, el emplazamiento de aquel palacio-fortaleza. Allí, en un lugar que no ha podido ser identificado, estaban los calabozos en los que fue encerrado Pedro. |
«La noche antes de que lo sacara Herodes —para ser condenado— estaba Pedro durmiendo entre los soldados, atado con dos cadenas, mientras centinelas hacían la guardia a la puerta de la cárcel. En esto se presentó el ángel del Señor y se iluminó la celda. Dándole unas palmadas en el costado, despertó a Pedro y le dijo:
—Date prisa, levántate.
Se le cayeron las cadenas de las manos y el ángel añadió:
— Ponte el cinturón y las sandalias.
Obedeció y el ángel le dijo:
Echate la capa y sígueme.
Pedro obedeció, sin saber si lo que hacía el ángel era real, pues aquello le parecía una visión. Atravesaron la primera y la segunda guardia y llegaron al portón de hierro, que daba a la calle, que se abrió solo. Salieron, y al final de la calle, de pronto, lo dejó el ángel. Pedro recapacitó y dijo:
Pues era verdad, el Señor ha enviado su ángel para liberarme de las manos de Herodes y de toda esa expectación del pueblo judío» (Hech 12,6-11).
El relato minucioso tiene el sello original de Pedro, y probablemente a través de Marcos, llegó a Lucas, quien nos lo transmitió con toda viveza.
Sorprende esta serenidad de Pedro durmiendo la noche víspera de su presentación a juicio. Pedro dormía, como comenta San Juan Crisóstomo, «porque se había abandonado enteramente a Dios». A la voz del ángel, Pedro se levanta, y al hacerlo se le sueltan y caen sus cadenas de las muñecas o brazos por donde estaba atado. Casi dormido todavía, Pedro actúa como automáticamente, repitiendo los gestos que el ángel le ordena. Se ciñe la túnica, porque ha de marchar, y se calza las sandalias, que eran unas simples suelas atadas por correas. Así atraviesa por entre la primera guardia, que vigilaba el exterior del calabozo, y por la segunda, que estaría en el vestíbulo del edificio de la prisión, custodiando la puerta de hierro de salida exterior. Si la prisión tuvo lugar, como ya indicamos, en la Torre Antonia, sabemos que ésta tenía dos salidas, una que daba a los patios del Templo y otra hacia la ciudad, que es exactamente lo que el texto indica, garantizándonos una vez más la exactitud de la información.
Pedro, una vez libre, se dirige a casa de los suyos y precisamente a casa de María, madre de Juan Marcos, donde había numerosas personas que estaban orando en común. ¿Qué casa era ésta?
La mención de la prisión y de las cadenas de Pedro nos lleva al recuerdo de una fiesta litúrgica y de una basílica dedicada en Roma a esta conmemoración del apóstol encadenado y liberado, y que es la iglesia de San Pedro ad vincula. Esta iglesia es hoy muy visitada, por encontrarse en ella la famosa estatua de Moisés, esculpida por Miguel Angel, que la destinaba al mausoleo del papa Julio II. En dicha iglesia se conservan unas cadenas, ya veneradas desde el siglo V, que la tradición señala como las del apóstol Pedro (cf. c.XXXVII).
Incluso la leyenda añade que estas cadenas, que eran dos y que se habían conservado separadamente, cuando se reunieron para compararlas entre sí, se unieron de suerte que ahora forman una sola cadena.
Sobre estas reliquias, y otras, conviene advertir que la devoción del pueblo de otras épocas de la Iglesia de tal manera las veneraba, que a veces incluso se hacían y fabricaban nuevas reliquias por «contacto». Es decir, que una cadena semejante que tocase los eslabones originales quedaba convertida en reliquia, y al ser llevada a otra localidad ella era considerada reliquia objeto de culto.
Pero dejando a un lado las posibles devociones legendarias, la historia de los hechos nos lleva de nuevo a Jerusalén, donde Pedro en plena noche está esperando a la puerta de la casa de María.
Los arqueólogos han discutido sobre su identificación y localización, y desde el siglo VI se la identificó con el cenáculo; pero no parece que sea el punto de vista de Lucas, ya que éste ha mencionado varias veces el lugar de reunión de los apóstoles sin identificarlo con la casa de María. Tres lugares venerables relacionados con la vida de Jesús y de la primitiva Iglesia han sido objeto de encontradas hipótesis. Uno de estos es el cenáculo o habitación en que Jesús celebró con sus apóstoles la última Cena. Otro es el lugar donde los apóstoles estaban reunidos cuando Jesús resucitado se les apareció y donde posteriormente recibieron al Espíritu Santo. Finalmente, esta tercera ubicación de «la casa de María, madre de Juan Marcos», adonde Pedro llegó después de la liberación en la cárcel. Respecto a la identidad del cenáculo con el recinto de la resurrección y del Pentecostés, nada de cierto se sabe. Parece que la localización del cenáculo se perdió durante las sucesivas destrucciones de la ciudad de Jerusalén; en tanto que, ya en el siglo II , se conservaba una Iglesia «alta» que podría ser el lugar de reunión de los apóstoles en el Pentecostés, como ya hemos referido anteriormente (c.II). En lo que se refiere a la identificación de dicho lugar con la casa de María, tampoco existen pruebas contundentes en ningún sentido. Sin embargo, si la sala del Pentecostés era conocida como el sitio de las reuniones habituales de los discípulos, no parece que Pedro, en aquella noche, hubiese ido a un lugar donde podría fácilmente ser encontrado. Por eso nos inclinamos a que la casa de María sería otra mansión, suficientemente cercana a la Torre Antonia y cuya familia y hospitalidad eran bien conocidas por Pedro. Lo cual queda indirectamente comprobado por el hecho de que al muchacho de la casa, Juan Marcos, Pedro le llamaba «hijo mío» y fue más adelante su secretario. |
«Pedro fue a casa de María, la madre de Juan Marcos, donde había numerosas personas reunidas orando. Llamó a la puerta de la calle, y una muchacha, de nombre Rosa, fue a ver quién era, y al reconocer la voz de Pedro, le dio tanta alegría que en vez de abrir corrió dentro a anunciar que Pedro estaba en la puerta. Le dijeron '¡Estás loca!' Ella se empeñaba en que sí, los otros decían: `Será un ángel'. Pedro seguía llamando. Abrieron, y al verlo se quedaron de una pieza. Con la mano les hizo señas de que se callaran. Les contó cómo el Señor le había sacado de la cárcel y concluyó:
—Avisádselo a Santiago y a los hermanos» (Hech 12, 12-17).
La muchacha se llamaba Rosa, siguiendo una costumbre judía, que ya recordamos anteriormente, de poner a las chicas nombres de animales o vegetales como Tamar, la palmera; Susana, el lirio, o Edissa, el mirto.
La chica reconoce la voz familiar de Pedro, y por la sorpresa echa a correr sin abrir la puerta. El comentario de algunos de los reunidos, «no es Pedro, sino su ángel», ha sido diversamente interpretado: unos quieren ver en ello una prueba de las creencias de los judíos en los ángeles de la Guarda, mientras que otros descubren influencias iranias, provenientes de Zoroastro, según las cuales cada hombre tiene un «doble angélico» que le asemeja en la voz y en el aspecto.
«Anunciad esto a Jacobo», dice Pedro. Este Jacobo o Santiago es el llamado «hermano» o pariente del Señor, que gozaba de una gran autoridad sobre la Iglesia de Jerusalén. Pedro manda que se le comunique su liberación, aunque él personalmente no lo haga, ya que la prudencia aconsejaba alejarse cuanto antes de la cercanía de Herodes, a quien la fuga de Pedro irritó sobremanera.
«Al hacerse de día, se armó un buen alboroto entre los soldados. Preguntándose qué habría sido de Pedro, Herodes hizo pesquisas, pero no dio con él. Entonces interrogó a los guardias y mandó ejecutarlos» (Hech 12,18).
La muerte de Herodes
Al llegar aquí, aunque los Hechos presentan a continuación otra escena, habría que intercalar un lapso de tiempo que no está registrado en el texto de Lucas. En efecto, la muerte de Santiago el Mayor, seguida de la prisión de Pedro, tuvo lugar en el año 42, y la ida de Herodes a Cesarea, y su muerte, que se va a relatar a continuación, sucedieron a mediados del año 44.
La muerte de Herodes también ha sido narrada por Flavio Josefo, y aunque hay algunas circunstancias que discrepan entre ambos relatos, los dos coinciden en lo sustancial; y para nosotros Lucas posee la garantía de su fidelidad histórica, no influida por los oportunismos políticos de Flavio Josefo, del que nos consta que en otras ocasiones ha deformado la historia. Esta es la narración de Lucas:
«Herodes bajó después de Judea a Cesarea y se quedó allí. Estaba furioso con los habitantes de Tiro y Sidón. Y se le presentó una comisión de ellos que, después de ganarse a Blasto, chambelán del rey, solicitó la paz porque recibían los víveres del territorio de Herodes.
El día señalado, Herodes, vestido con el manto real y sentado en la tribuna, les dirigió un discurso, y la plebe aclama: ¡Voz de Dios, no de hombre!
Pero de pronto el ángel del Señor le hirió por haber usurpado el honor de Dios y expiró roído de gusanos» (Hech 12,19-23).
Ya indicamos anteriormente que la ciudad de Cesarea Marítima, reconstruida y ampliada magníficamente por Herodes el Grande, fue la sede del gobernador romano como también ahora lo era de Herodes, que desempeñaba la suprema magistratura. Allí se celebraban unos juegos en honor del César reinante, que era Claudio, y que tradicionalmente tenía lugar cada cuatro años; y, quizá con ocasión de estos juegos, Herodes recibió la embajada de los tirios y sidonios. Estos necesitaban estar en paz con el rey porque se abastecían en su territorio judío de los víveres necesarios; aunque quizá por otra parte habían entrado en conflicto, debido a que le hacían la competencia comercial al puerto herodiano de Cesarea. En todo caso, mientras el rey recibía a esta embajada con el atuendo y esplendor del protocolo, fue herido de una enfermedad, que Lucas presenta como un castigo de Dios por su persecución a la Iglesia y por sus pretensiones blasfematorias.
La causa de su muerte, «roído de gusanos», y no olvidemos que Lucas era médico, es lo que científicamente se llama la «helmintiasis». El mismo género de muerte que afectó a Antíoco Epífanes y a Herodes el Grande.
Así pereció este primer perseguidor de la Iglesia, que, según parece, no tanto intentaba una persecución general contra la base, como diríamos hoy, cuanto una desarticulación del movimiento privándolo de sus cabezas, de las que una, Santiago, pereció y la otra, Pedro, se salvó milagrosamente.
Vida posterior de Pedro
¿Qué fue entonces de Pedro? Los Hechos sólo nos informan de que «se fue a otro lugar y que las pesquisas de Herodes no lograron encontrarle».
Sucedía esto hacia el año 42. Y San Pedro no vuelve a ser mencionado en los Hechos hasta el Concilio de Jerusalén, que tuvo lugar en el otoño del año 49. Esto nos deja un intervalo de casi siete años, que ha sido ocupado por diversas hipótesis de los historiadores, que se orientan principalmente hacia dos puntos: Antioquía de Siria y Roma.
La estancia de Pedro en Antioquía la conocemos no por él mismo, sino por San Pablo, que nos habla de ella en su Carta a los Gálatas (2,11); pero allí trata de una visita que hizo Pedro a Antioquía, después del Concilio de Jerusalén. Ello deja abierta la posibilidad de que anteriormente también hubiese visitado Antioquía y permanecido en ella por algún tiempo, ya que había una numerosa comunidad cristiana y también una más numerosa comunidad judía que hablaba el arameo y que podría ofrecer a Pedro un prometedor campo de apostolado.
Orígenes, seguido de San Jerónimo, es el primero que afirma que Pedro fue el primer obispo de Antioquía. Y aunque no parece que posea pruebas convincentes, su afirmación ha sido repetida y conservada por la tradición, hasta convertirse en la fiesta litúrgica de la «Cátedra de Pedro en Antioquía», que se conserva en el calendario romano el 22 de febrero.
Respecto a la estancia en Roma, es indudable que Pedro estuvo allí y que fue martirizado y sepultado en la Urbe, y sobre ello trataremos en su momento oportuno (c.XXXVII). La cuestión aquí y ahora es saber si en estos años blancos de que venimos hablando Pedro hizo un primer viaje a Roma.
Eusebio de Cesarea y Orosio afirman que Pedro hizo un viaje a Roma en los comienzos del reinado de Claudio. Este es el testimonio de Eusebio: «Al comienzo mismo del reinado de Claudio, la Providencia divina, en su gran bondad y en su amor inmenso por los hombres, llevó de la mano a la ciudad de Roma a Pedro, el valeroso y gran apóstol que superaba a los otros con su virtud. Como un valiente capitán de los ejércitos de Dios, llegaba provisto de armas celestiales y traía de Oriente para los hombres de Occidente la preciosa mercancía de la luz espiritual».
Si esto es verdad, Pedro echó los fundamentos de la comunidad cristiana en Roma, ya que en la Urbe existían bastantes cristianos antes de que Pablo llegase, como lo prueba abundantemente su Carta a los Romanos. Pero en todo caso la estancia de Pedro en Roma no fue muy larga, ya que lo encontraremos de nuevo en el Concilio de Jerusalén.
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Toda esta narración sobre Pedro termina con una frase de cierre, que habría que enlazar con el viaje que Pablo y Bernabé hicieron a Jerusalén para repartir las limosnas con ocasión del hambre que allí se padecía (Hech 11,29-30) y que ya hemos narrado en el capítulo anterior. Por tanto, hay que dar un salto cronológico entre los dos últimos versículos del capítulo 12.
En este retorno de Jerusalén a Antioquía acompañaba a Pablo y Bernabé otro cristiano de Jerusalén, llamado Juan Marcos, en quien todos los comentaristas reconocen al evangelista Marcos. Nacido en Jerusalén, conocedor de la catequesis primitiva y capaz también de escribir en griego, llegará a ser un compañero de apostolado y un secretario de Pedro, del que nos transmitirá sus memorias. Ya que, como dejó consignado el escritor Papías: «La preocupación principal de Marcos era no omitir nada de lo que había oído de Pedro ni decir nada que fuera falso».
A Juan Marcos le volveremos a encontrar en nuestro comentario de los Hechos (c.XVIII).
14. PRIMER VIAJE DE PABLO: DE CHIPRE A PANFILIA.
El comienzo del capítulo 12 de los Hechos trae en algunas ediciones un título intermedio: «Los Hechos de Pablo», que abarca desde este capítulo hasta el 28 o final de la obra. Título plenamente justificado, porque Pablo, a partir de este momento, es el protagonista de la narración.
Este relato nos lleva a Antioquía de Siria, que desde ahora va a ser el centro difusor del mensaje cristiano por todo el mundo helenista. Ya hemos descrito esta ciudad y los orígenes del cristianismo en ella (c.XII); y ahora sabemos por Lucas que al frente de la comunidad cristiana se encontraron profetas y maestros o doctores. Unos y otros tenían la misión muy semejante de predicar la Buena Nueva. Pero los profetas lo hacían bajo una inspiración carismática muy particular del Espíritu Santo. San Lucas nos ha recogido los nombres de cinco de estos miembros importantes de la Iglesia antioquena.
El primer de ellos es Bernabé, a quien ya conocemos, y que figura en cabeza por su condición de delegado de la Iglesia de Jerusalén. Pablo, por el contrario, cierra la lista de los nombrados, acaso porque había sido el último en agregarse a la nueva fe. Los otros tres eran Simeón, apodado Niger, que podríamos traducir por «el Moreno»: se trata de un cognomen romano que podría designar la oscuridad de la piel, sin que esto quiera decir que se trataba de una persona de la raza negra.
Lucio el Cireneo no ha podido ser identificado, aunque algunos han pretendido que era el propio evangelista Lucas, y si bien ello es posible, porque el nombre de Lucas podría derivarse de Lucius, sin embargo nos consta por otras fuentes fidedignas que Lucas era natural de Antioquía.
Finalmente se menciona a Manahen, que es un nombre hebreo que significa «consolador», y de él se afirma que fue syntrofos del tetrarca Herodes Antipas, y dicha palabra puede significar bien que era hermano de leche, es decir, hijo de la nodriza de Herodes, o quizá mejor que había sido educado como compañero de infancia del tetrarca, según una costumbre muy admitida de rodear a los príncipes de niños y adolescentes de su edad. Manahen debió de ser conocido personalmente por Lucas, y algunos opinan que el evangelista supo por él algunas informaciones que su evangelio ofrece en exclusiva sobre la muerte de Juan Bautista, degollado por orden de Antipas.
«En la comunidad de Antioquía eran profetas y doctores Bernabé, Simeón apodado el Moreno, Lucio el Cireneo, Manahen, que se había criado con el tetrarca Herodes, y Saulo.
Un día en que éstos tenían una reunión litúrgica con ayuno, dijo el Espíritu Santo: 'Apartadme a Bernabé y Saulo para la tarea a la que los he llamado'.
Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron» (Hech 13,1-2).
¿Qué clase de reunión era esta que se tenía en la Iglesia de Antioquía? El texto usa el verbo griego litourgéin, desconocido del griego clásico, pero usado en la Biblia de los LXX, siempre con el sentido de una celebración sacra. Y en este caso, por tratarse de los cristianos, la liturgia podría incluir la celebración de la Cena eucarística que centraba la vida religiosa de la comunidad. La misma expresión usa el antiquísimo documento llamado Didajé, o Doctrina de los Apóstoles, donde también se cita a los profetas y doctores.
El ayuno asimismo era practicado por los antiguos cristianos como una continuación de la piedad judía. Y la citada Didajé asegura que se ayunaba los miércoles y viernes, que son fechas que los Santos Padres han relacionado con el día de la traición de Judas y el de la muerte del Señor; aunque propiamente no sabemos si estos datos de la Didajé ya estaban vigentes en la época que reseñamos.
La imposición de manos no es ningún rito de ordenación, aunque algunos hayan supuesto que significaba la ordenación episcopal. Pero es muy poco probable que Bernabé, que era la persona más importante de la Iglesia de Antioquía, no poseyese ya la plenitud de su ministerio. Y en cuanto a Pablo, no necesitaba ninguna ordenación porque había sido elegido apóstol por el mismo Jesús, como él lo afirmó repetidas veces. Por tanto, la imposición de manos fue más bien un rito de bendición, muy usado ya en aquellos tiempos.
Predicación en Chipre
La misión del Espíritu y la de la Iglesia llevan a nuestros dos misioneros, a quienes acompaña Juan Marcos, a la isla de Chipre. Vamos a seguirles.
Sería el año 45 de nuestra era, y probablemente el comienzo de la primavera en el que se solía emprender la navegación, cuando Saulo y sus dos compañeros bajaron desde la ciudad de Antioquía a Seleucia, que era su puerto marítimo, situado en la desembocadura del río Orontes a, unos 30 kilómetros de la capital. Y embarcándose allí, se hicieron a la vela rumbo a Chipre, que estaba a un centenar de kilómetros de la costa.
LA ISLA DE CHIPRE
| La isla de Chipre está situada en el extremo oriental del Mediterráneo y tiene una extensión de 9.950 kilómetros cuadrados, es decir, 2.000 más que todo el archipiélago canario. En la Antigüedad, la isla fue muy celebrada por sus cultivos de vides, olivos y cereales y también por sus minas de cobre, que dieron nombre a la isla de Kupros o del Cobre, aunque otros afirman que tal nombre proviene de la abundancia de sus cipreses.
La isla fue colonizada y conquistada sucesivamente por las potencias colindantes, hasta que pasó a ser posesión romana. Los judíos establecieron allí una numerosa colonia con varias sinagogas. Y Dión Casio nos informa de que, en la revuelta, los judíos masacraron a 240.000 habitantes de la isla, que es una cifra evidentemente exagerada. |
Nuestros misioneros arribaron al puerto más oriental de la isla, que era Salamina, hoy cegado por las arenas, pero que entonces era capaz de contener una flota de 40 trirremes, según asegura Diodoro Sículo.
En Salamina inaguraron una práctica, que después repetirían, de ofrecer primeramente la predicación de la Buena Nueva a los creyentes y prosélitos judíos. Y así atravesaron toda la isla de Oriente a Occidente, recorriendo los 150 kilómetros de distancia. Y como hubieron de detenerse en los pueblos, que eran unos quince, probablemente tardarían unos tres meses hasta que llegaron a Pafos.
Pafos, situada en el extremo occidental de la isla, era a la sazón la sede del gobernador romano, cargo que había desempeñado el famoso escritor latino Cicerón. Propiamente, la ciudad se llamaba la Nueva Pafos, ya que la antigua, a 15 kilómetros más al sur, había sido abandonada por causa de un terremoto.
El procónsul Sergio y el mago Elimas
«Atravesaron la isla hasta Pafos y encontraron allí a un mago judío, profeta falso, llamado Bar Jesús, que vivía con el procónsul Sergio Paulo, hombre juicioso. El procónsul mandó llamar a Bernabé y Saulo con deseo de escuchar el mensaje de Dios; pero Elimas, o el mago (que eso significa), les hizo la contra, intentado disuadir de la fe al procónsul» (Hech 13,6-8).
Mago, que es una denominación persa, al principio designaba a los sacerdotes de la religión de Zoroastro, mas después se aplicó a los charlatanes y falsarios que pululaban por aquellas regiones. Y en concreto, Plinio el Viejo recuerda la existencia de una secta de magos chipriotas. Sin embargo, en este caso, el hecho de que el procónsul le prestase su favor y atención parece indicar que Elimas no era un vulgar charlatán, sino una persona versada en las doctrinas esotéricas de Egipto, Babilonia y Persia, que es otro de los significados de dicha palabra.
Lucas llama en esta ocasión a Sergio Paulo «procónsul». Y en esto pisa terreno firme, con su probada exactitud histórica. Porque se llamaban «procónsules» los magistrados romanos que gobernaban las provincias senatoriales, mientras que los «propretores» estaban al frente de las provincias imperiales. Ahora bien, Chipre había cambiado de condición administrativa y precisamente en el tiempo al que se refiere Lucas era provincia senatorial, y por ello su gobernador correctamente se llama «procónsul».
Se ha pretendido encontrar una confirmación epigráfica de la existencia de este procónsul Sergio Paulo, y, aunque algunas atribuciones son dudosas, el especialista Ramsay opina que una inscripción descubierta en Antioquía de Pisidia en 1912 contiene una cita que se refiere al procónsul de Chipre, Sergio Paulo.
No es extraño que Pablo chocase frontalmente contra el mago Bar Jesús, que impedía la predicación del evangelio y que trataba de disuadir al procónsul.
«Entonces Saulo, o sea Pablo, lleno del Espíritu Santo, mirando fijamente al mago Elimas, le dijo:
— Tú, plagado de trampas y de fraudes, secuaz del diablo, enemigo de todo lo bueno, ¿cuándo dejarás de torcer los caminos derechos de Dios? Pues ahora mismo va a descargar sobre ti la mano del Señor, te quedarás ciego y no verás la luz del sol hasta su momento.
Al instante le envolvieron unas densas tinieblas y buscaba a tientas alguien que lo llevara de la mano. Entonces, al ver aquello, creyó el procónsul, que estaba impresionado por la doctrina del Señor» (Hech 13,9-12).
A partir de esta ocasión, Saulo va a ser llamado Pablo por nuestro historiador Lucas. Y la razón de este cambio de nombre ha sido objeto de varias hipótesis. Acaso la más congruente sea que Pablo, a partir de este momento, comienza a predicar más en el mundo grecorromano, no a sus correligionarios judíos, sino a oyentes grecorromanos y paganos, ante quienes prefiere utilizar el nombre latino que le correspondía como ciudadano romano. Es posible además que no quisiese utilizar el nombre de Saulo o Saúl porque la transcripción griega de este nombre sonaba con un sentido un tanto ridículo a los oídos helenistas.
Aunque nada se dice de que el procónsul se bautizase, de hecho la expresión «el procónsul creyó» podría bien incluir el bautismo. Nada sabemos después de este magistrado; aunque una leyenda antigua que se reflejó en el martirologio romano, pero sin fundamento histórico, identifica al procónsul con un Pablo obispo, nombrado por el apóstol Pablo para la sede de Narbona en Francia.
Hacia Perge de Panfilia
De nuevo Pablo, a quien ahora se cita en primer lugar, con sus dos compañeros, se hace a la vela en Pafos y toma rumbo norte hacia Panfilia. Fue en este momento cuando Juan Marcos los dejó y se volvió a Jerusalén. Quizá el joven acompañante se asustó ante el dinamismo de Pablo, que se proponía ahora dirigirse hacia el Norte y atravesar la temible cordillera del Tauro. O tal vez esto no había entrado en el programa inicial de la evangelización en Chipre. En todo caso, Juan Marcos se separó de su tío Bernabé y del apóstol Pablo, a quien parece disgustó la actitud vacilante del joven; aunque más adelante lo veremos de nuevo enteramente reconciliado con él.
Debía de ser el otoño del 45 cuando Pablo y Bernabé se embarcaron en Pafos, rumbo norte hacia la costa de Panfilia, donde al cabo de un par de días desembarcaron, probablemente en el puerto de Atalía, que hoy se llama Adalia, desde donde por barca, remontando el río Cestro, llegaron a Perge.
La región de Panfilia, como parece sugerir su nombre, pan filón (todas las razas), estaba poblada por una mezcla va-riada de pueblos, y su territorio consistía en una banda costera de unos 35 kilómetros de ancho por 130 de largo, cerrada por el norte por la cadena montañosa del Tauro. Estas montañas impiden que baje sobre la llanura el aire frío del norte, por lo que las tierras son calientes y en parte pantanosas, insalubres y expuestas a la malaria. Algunos suponen que la brevedad de la estancia de Pablo en estas regiones se debió probablemente a la insalubridad del clima.
Perge era la capital de la región y distaba unos doce kilómetros de la costa. Era también el centro del culto de la diosa Artemisa, muy extendido por toda el Asia Menor, y que es la misma a quien los romanos llamaban Diana. Y a ella se le había erigido un templo del que hoy sólo restan las ruinas.
Los dos amigos, Pablo y Bernabé, ya sin la compañía de Juan Marcos, emprendieron la penosa empresa de cruzar la cadena del Tauro a través de los desfiladeros frigios, donde los cambios de temperaturas son repentinos y sobre los que a veces se abaten violentas tempestades de nieve. Para colmo de males, los pasos estaban infestados de bandoleros que asaltaban y mataban a los caminantes, hasta el punto de que los romanos establecieron allí un destacamento militar para protegerlos.
Quizá refiriéndose a estas peligrosas travesías, Pablo escribiría más adelante a los Corintios: «Les gano a fatigas... ¡cuántos viajes a pie con peligros de ríos, con peligros de bandoleros!» (2 Cor 11,23-26).
Después de tres días de camino cuesta arriba, siguiendo el curso del río Cestro, descendieron hacia la meseta de Pisidia, atravesando bosques de cedros y pinos, entre los que se abrían praderas campestres con ovejas, cabras y algunas peligrosas manadas de búfalos. Finalmente, al cuarto día, divisaron el extenso valle donde se encontraba Antioquía de Pisidia, a una altura de 1.200 metros, al borde de un maravilloso lago alpino de unos 750 kilómetros cuadrados de extensión, y al pie del imponente macizo de Sultan Dagh, que era un volcán extinguido. Allí entraremos en nuestro próximo capítulo.
15. PRIMER VIAJE: ANTIOQUÍA DE PISIDIA.
CONTINUARÁ