SEGUNDA PARTE
HISTORIA DE LA IGLESIA
5. PEDRO Y JUAN ANTE EL SANEDRÍN
Dejamos a los apóstoles Pedro y Juan durmiendo en la cárcel, adonde habían sido conducidos por el jefe de la guardia del Templo, llamado «estratega» o tal vez el «sagán», ya que se trataba de la más alta autoridad de la policía. Este «sagán» era la dignidad inmediata después del Sumo Sacerdote, y, en este caso, sin duda actuaba por disposición del Sanedrín.
En esta ocasión, el Sanedrín parece que se reunió casi plenariamente, y Lucas nos menciona algunos de sus componentes. El primero es Anás, el mismo que figuró en la Pasión de Jesús. Aunque ya no era Sumo Sacerdote desde el año 15, cuando había sido depuesto por el procurador romano Valerio Grato, seguía ejerciendo una autoridad respetada por todos, y apoyada en el hecho de que sus sucesores en el mando fueron su hijo Eliazar y su yerno Caifás, que a la sazón ejercía de Sumo Pontífice. Lucas cita asimismo a otros dos miembros importantes del Sanedrín, llamados Juan y Alejandro, que algunos suponen que también pertenecían a la familia de Anás.
EL TRIBUNAL DEL SANEDRÍN
La palabra «sanedrín» es un vocablo arameizado y derivado del griego synedrión, que significa, etimológicamente, «conjunto de asientos y de sedes», y, por extensión, una reunión de personas que se sientan a deliberar. Viejas tradiciones rabínicas, aunque no comprobadas históricamente, aseguran que el Sanedrín era la antigua Gran Asamblea organizada por Nehemías hacia el año 410 antes de Cristo, después del regreso de los judíos cautivos de Babilonia. El número de los componentes de este Sanedrín alcanzaría unos 120 y sus funciones serían las de regular la vida religiosa del pueblo que retornaba del exilio. Históricamente hablando, el Sanedrín comenzó en una época posterior, y se menciona por vez primera en el libro de los Macabeos, donde no se trata de una institución religiosa, sino de una imitación, por parte de los judíos, del sistema de gobierno senatorial que regía en otras ciudades helenísticas. Los primeros documentos sólo mencionan entre sus componentes a los sacerdotes y a los ancianos, es decir, a la aristocracia y al alto clero; pero nunca a los escribas, que probablemente sólo entraron en el supremo Consejo más adelante, en la época de la reina Alejandra Salomó, que tanto favoreció a los fariseos. Aunque el Sanedrín tuvo una eficacia muy dudosa durante los tiempos del despotismo de Herodes el Grande, los romanos, más adelante, le devolvieron algunas de sus atribuciones, ya que Roma favorecía el sistema de administración local en las provincias conquistadas. En esta época, el Sanedrín estaba constituido por 70 sanedritas, más el presidente, que era el Sumo Sacerdote. Este número de 70, conservado por respeto a la institución mosaica de los ancianos-jueces, comprendía tres categorías: la de los sacerdotes, a la que pertenecían también los que habían ejercido el sumo sacerdocio, y que eran ordinariamente saduceos. La segunda categoría era la aristocracia laica, también saduceos. Y la tercera estaba constituida por los escribas o doctores de la ley, en su mayor parte fariseos, quienes, aunque eran una minoría numérica, gozaban de gran prestigio y autoridad ante el pueblo. |
Incidentalmente, hallamos aquí una espléndida confirmación de la resurrección de Cristo, afirmada delante del Tribunal Supremo de Israel. Algunos de estos mismos sanedritas habían lanzado la calumnia de que Jesús no había resucitado, ya que su cadáver habría sido sustraído por los discípulos (Mt 28,12-15). Ahora se les presentaba una indiscutible ocasión para probar su calumnia y negar la resurrección de Jesús. Y no hacen nada de eso, sino que simplemente manifiestan su extrañeza ante la audacia y firmeza de dos rudos e ignorantes que se atrevían a afirmar la resurrección de Jesús y, lo que es más, que El era el único Salvador de Israel. Y para esto citaban un salmo, el 118, que señalaba a Jesús como la piedra angular, y a ellos, los jueces, como los arquitectos que la habían desechado.
Todo esto resultaba insólito. Sin embargo, allí estaba delante de ellos el cojo curado, para proclamar la verdad de un hecho indiscutible. Y también alrededor de ellos se amontonaba el pueblo, que glorificaba a Dios por la curación. Una vez más se repetía la misma situación que se había producido con Jesús: que el pueblo estaba con El, mientras los jefes y letrados le condenaron.
Tras haber deliberado, el Sanedrín llama a los apóstoles para comunicarles su decisión.
«Viendo la seguridad de Pedro y de Juan, y notando que eran hombres sin letras ni instrucción, estaban sorprendidos... ¿Qué vamos a hacer con estos hombres? Porque han hecho un milagro evidente y lo sabe todo Jerusalén y no podemos negarlo... Mas para evitar que se siga divulgando entre el pueblo, los amenazaremos para que no vuelvan a mencionar ese nombre delante de nadie.
Y habiéndolos llamado, les prohibieron terminantemente hablar y enseñar en nombre de Jesús. Pedro y Juan les replicaron:
—¿Puede aprobar Dios que os obedezcamos a vosotros en vez de a El? Juzgadlo vosotros. Nosotros no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído.
Y con nuevas amenazas los soltaron. No encontraban manera de imponerles un castigo por causa del pueblo, ya que todos alababan a Dios por lo sucedido, puesto que el hombre curado por el milagro tenía más de cuarenta años» (Hech 4,13-22).
Pedro y Juan, vueltos a los suyos, son recibidos por la comunidad con muestras de regocijo y alabanzas a Dios, y brota unánime y espontánea una plegaria. La palabra griega es omozymadón, que sólo hallamos una vez en la Carta a los Romanos, pero que Lucas usa 10 veces y todas ellas en este Libro de los Hechos. La alabanza de la comunidad recuerda al salmo segundo de David y posee otras resonancias proféticas:
«Señor, Tú hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que contiene. Tú le inspiraste a tu siervo nuestro Padre David que dijera: ¿por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean fracasos? Se alían los reyes de la tierra y los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Mesías» (Hech 4,22-26).
El tetrarca Herodes ocupa el lugar de los reyes. Pilato el de los príncipes, y las naciones y pueblos están representados por los judíos y romanos que tomaron parte en la pasión de Cristo, a quien se le llama «tu siervo Jesús», haciendo tal vez eco al Siervo de Yahveh, cantado por Isaías.
El objeto de esta plegaria es pedirle a Dios que les defienda de sus enemigos y les conceda predicar la palabra con fuerza y libertad. La palabra utilizada es «predicar con parresía», una voz muy usada, como unas 40 veces, sustantivo y adjetivo, en el Nuevo Testamento, y que literalmente significa «con palabra total», es decir, un mensaje transmitido libremente, sin recortes ni omisiones, incluso con audacia y valentía.
Al final de esta oración comunitaria interviene visiblemente el Espíritu Santo, y la casa donde estaban reunidos sufre una sacudida, y los allí presentes fueron llenos del Espíritu Santo y anunciaron la Palabra, quizá con un talante carismático que repetía el don del Pentecostés.
Es posible que Lucas haya dado a esta oración una redacción literaria más concreta y personal, pero sin duda respondió a la situación de aquel momento y a la sintonía y entusiasmo que se manifestaba entre los apóstoles y su comunidad de creyentes.
El comunismo cristiano: Bernabé y Ananías
De nuevo Lucas nos lleva a contemplar el cuadro de la vida de la primitiva comunidad cristiana, en el que se repiten los trazos ya anteriormente descritos: unión de ánimos, estrecha vinculación con los apóstoles, presencia del Espíritu y crecimiento en número. También comunidad de bienes, sobre la que ahora se va a insistir, concretándola en dos cuadros antagónicos. La luz, representada por Bernabé, y las tinieblas, por Ananías y Safira.
«En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo, lo poseían todo en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía.
De hecho, entre ellos ninguno pasaba necesidad, ya que los que poseían tierras o casas las vendían, llevaban el dinero y lo depositaban a los pies de los apóstoles, y luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno» (Hech 4,32-35).
Esta es la descripción más minuciosa de lo que se ha llamado el «comunismo religioso de la Iglesia primitiva de Jerusalén». Tanto por lo que aquí se dice como por otros datos aportados en los Hechos, podemos determinar las características de aquellas prácticas. Los creyentes pensaban y sentían lo mismo. O, como dice una traducción clásica, «tenían un mismo corazón y una sola alma». Es decir, practicaban puntualmente el precepto de Jesús sobre el amor fraterno y realizaban la petición que El hizo en su oración sacerdotal después de la Cena: que todos sean uno.
«Nadie consideraba sus bienes como propios», y por eso todo lo poseían en común. No se trataba de una teoría sobre la propiedad privada o colectiva. Ni de una fantasía utópica como la que después imagine algún filósofo, sino de una voluntad de participación y de renuncia. No existe una imposición desde fuera, procedente de una autoridad o apoyada en un consenso comunitario, sino que es algo que sale desde dentro: la comunidad del amor y del corazón se manifiesta en la comunidad de bienes.
Examinemos ahora un ejemplo positivo y notable de esta comunidad de bienes. Su nombre era José y el sobrenombre Bernabé, que quiere decir «Hijo de la Consolación». El era un judío de la tribu de Leví, nacido en Chipre. Lo cual no es extraño, dado que desde tiempos de Juan Hircano, a fines del siglo II antes de Cristo, habitaba en Chipre una colonia judía, que había sido acrecentada después de las donaciones que Augusto hizo a Herodes de unas minas de cobre.
Bernabé, cuyo nombre figura en el canon de la misa romana, representa en la historia primitiva de la Iglesia un papel muy importante en la comunidad de Antioquía de Siria, y podemos suponer que allí es donde Lucas, que era también natural de Antioquía, lo conoció y pudo así obtener de él información sobre este período inicial de la Iglesia de Jerusalén.
De Bernabé se dice que el importe del campo vendido lo «depositó a los pies de los apóstoles». Es una forma de expresar una transmisión jurídica de dominio; ya que existía la costumbre de colocar las donaciones ante el donatario, que colocaba su pie encima como signo de posesión.
Volvamos la hoja para ver la estampa negativa y reprobable.
Se trata de un matrimonio. El es Ananías, nombre teofórico, que significa «Dios es dadivoso», y su mujer es Safira, «la hermosa», nombre que está relacionado en griego con el de la piedra preciosa de zafiro.
«Un tal Ananías vendió una propiedad de acuerdo con su mujer, Safira, y, a sabiendas de su mujer, retuvo parte del precio, y puso el resto a los pies de los apóstoles. Pedro le dijo:
Ananías, ¿cómo es que Satanás se te ha metido dentro? ¿Por qué has mentido al Espíritu Santo, reservándote parte del precio de la finca? ¿No podrías retenerla sin venderla, y, si la vendías, no eras dueño de quedarte con el precio? ¿Cómo se te ha ocurrido hacer esto? No has mentido a los hombres, sino a Dios.
A estas palabras, Ananías cayó al suelo y expiró. Y todos los que se enteraron quedaban sobrecogidos. Vinieron unos jóvenes, lo amortajaron y se lo llevaron a enterrar.
Y unas tres horas más tarde llegó la mujer, que ignoraba lo sucedido. Y Pedro le preguntó:
Y ella contestó:
Sí, por tanto.
Y Pedro le repuso:
En el acto cayó a sus pies y expiró. Al entrar los mozos la encontraron muerta. Se la llevaron y la enterraron junto al marido. La comunidad entera quedó espantada, y lo mismo todos los que se enteraban» (Hech 5,1-11).
Este suceso no sólo aterroriza a los presentes, sino que también nos sobrecoge a nosotros. Algunos críticos han llegado a dudar de su historicidad, ya que encuentran esta severidad de Pedro muy en oposición con la misericordia que Jesús mostraba con los pecadores. Sin embargo, la historicidad parece atestiguada no sólo por la unanimidad de todos los manuscritos antiguos, sino por la misma extrañeza del suceso. Lucas, que estaba ponderando la generosidad y desprendimiento de la comunidad cristiana, y que acaba de describir a Pedro curando a un tullido, no habría fingido un episodio que denuncia la presencia de un traidor dentro de esta ejemplar comunidad.
Hay que colocarse en situación para comprender la escena. No se trata de una simple mentira, de una ocultación parcial del capital que habría de ser entregado íntegramente a la comunidad. La escena se desarrolla dentro de una atmósfera religiosa de fuerte temperatura espiritual y carismática. La respuesta de Ananías y Safira son mentiras al Espíritu Santo, un engaño a Dios. Algunos piensan que casi se trata de un sacrilegio, ya que lo ofrecido a la comunidad en aquellas circunstancias era como si se hubiese consagrado a Dios. En todo caso, Pedro no los fulmina, ni sus palabras son las que matan a los culpables; él se limita a manifestar que van a morir inmediatamente, fulminados por Dios. Para los que encuentran demasiado ejecutivo este castigo, les puede ayudar el comentario de San Agustín: «Hay que pensar que después de esta vida los perdonase Dios, porque es grande su misericordia».
Mientras acontecían estos sucesos, la comunidad de los creyentes progresaba en número, y la predicación de los apóstoles estaba acompañada de señales y milagros, hasta el punto de que sacaban a los enfermos a la calle y los colocaban en catres y camillas para que, al pasar Pedro, por lo menos les tocase su sombra. Y mucha gente de los alrededores de Jerusalén acudía llevando enfermos y poseídos por espíritus inmundos y todos se curaban.
Segunda prisión de los apóstoles
Pero al lado de esta estampa positiva, de esta que podríamos llamar «la buena sombra» de Pedro, se produjo también «la mala sombra», a cargo del Sanedrín, que por segunda vez ordenó prender a los apóstoles y custodiarlos en la cárcel común. Mas aquí, de nuevo, sobreviene lo insólito.
«Por la noche, el ángel del Señor les abrió las puertas de la cárcel y los sacó fuera, diciéndoles: Id, plantaos en el Templo y predicad allá íntegramente esta manera de vivir. En vista de aquello, los apóstoles entraron en el Templo, al amanecer, y se pusieron a enseñar.
Cuando llegó el Sumo Sacerdote con los suyos, convocaron al Consejo, es decir, el pleno del Sanedrín israelita, y mandaron por los presos a la cárcel. Fueron los guardias, pero no los encontraron en la celda y volvieron a dar parte. Entonces se presentó uno diciendo: los hombres que metisteis en la cárcel están ahí en el Templo y siguen enseñando al pueblo. Salió el comisario con los guardias y se los trajo, sin emplear la fuerza, por miedo a que el pueblo los apedrease.
Los condujeron a presencia del Consejo y el Sumo Sacerdote les interrogó:
Pedro y los apóstoles replicaron:
Entonces interviene Gamaliel. Gamaliel era un doctor de la ley, muy respetado por todo el pueblo. Pertenecía al partido fariseo y, por tanto, opuesto al de los saduceos que estaban en mayoría, y muy respetado de todos, que le honraban con el título de «raban», es decir, «maestro nuestro», que solamente llevaron otros cuatro doctores después de él. La gente lo tenía por descendiente del gran Hillel, jefe de la escuela liberal de interpretación de la Biblia, y uno de los discípulos de Gamaliel será el futuro apóstol San Pablo.
El Talmud afirma que Gamaliel siempre permaneció en su fe judía; mientras fuentes, cristianas aseguran que se convirtió secretamente al cristianismo, aunque permaneció en el Sanedrín para poder ayudar así a la naciente Iglesia. Antiguos martirologios incluyen a Gamaliel entre los santos, y suponen que su cuerpo fue encontrado en Jerusalén, junto al del protomártir Esteban. Volviendo a la intervención de Gamaliel, su razonamiento convenció al Sanedrín, que se manifestaba sumamente irritado contra los apóstoles. Así habló Gamaliel:
«Israelitas, pensad bien lo que vais a hacer con estos hombres. No hace mucho surgió un tal Teudas, que se daba importancia, a quien se le juntaban unos 400 hombres. Le ejecutaron, se desbandaron todos sus secuaces y todo acabó en nada. Más tarde, cuando el censo, surgió Judas el Galileo, arrastrando tras de sí gente del pueblo; también pereció y dispersaron a todos sus secuaces. En el caso presente, mi consejo es éste: no os metáis con esos hombres; soltadlos. Si su plan o su actividad es cosa de hombres, fracasarán; pero si es cosa de Dios, no lograréis suprimirlos, y os expondréis a luchar contra Dios» (Hech 5,35-39).
El parlamento de Gamaliel nos ha revelado la atmósfera de insurrección y algarada que agitaba a Israel en aquellos tiempos, probablemente con la pretensión de falsos mesianismos. Flavio Josefo también nos da a conocer otros disturbios políticos, ocasionados durante la sucesión dinástica de los Herodes, y añade que todos fueron reprimidos severamente por los procuradores romanos.
Las palabras prudentes de Gamaliel persuadieron al Sanedrín a no tomar medidas más severas; pero no pudieron evitar que los apóstoles fueran castigados con la pena de azotes, que, según la legislación aplicable en estos casos, eran de 39. Además les prohibieron mencionar el nombre de Jesús, y los soltaron.
«Los apóstoles salieron del Consejo, contentos de haber merecido aquel ultraje por causa de Jesús. Ni un solo día dejaban de enseñar en el Templo y por las casas, dando la Buena Noticia de que Jesús es el Mesías» (Hech 5,41-42).
Así termina esta primera confrontación de la nueva y pujante Iglesia contra la decadente sinagoga. Sucesivamente, en dos ocasiones, los apóstoles fueron interrogados por el Supremo Tribunal, que les amonestó para que no predicasen en el nombre de Jesús. La segunda vez, a su amonestación añadieron el castigo de los azotes. Los apóstoles empiezan a percibir experimentalmente que seguir al Maestro supone también llegar con El a la Pasión y a los azotes. Pronto se verá que la imitación y el testimonio será más radical, y que han de llegar hasta la muerte: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres», y sólo oponen a sus perseguidores el gozo y la alegría del haber padecido por Jesús y la predicación ininterrumpida de esa Buena Noticia de su Evangelio.
6. LOS DIÁCONOS Y ESTEBAN
En el capítulo 6 de los Hechos se nos informa no sólo de un aumento cuantitativo de la nueva comunidad, sino también de un cambio cualitativo. En el «corazón y ánimo unidos» de los primeros discípulos se presenta una fisura y una disensión; aunque pronto van a ser remediadas. En el seno de la Iglesia que comienza se manifiesta la diversa composición étnica y cultural de sus miembros. La línea divisoria la constituye la lengua, el idioma, con todo lo que él supone de diversidad cultural. Son los discípulos de lengua griega contra los discípulos de lengua hebrea.
Leamos el texto en el capítulo 6:
«Por entonces, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, y decían que en el suministro diario se descuidaba a sus viudas» (Hech 6,1).
No sabemos exactamente la fecha del comienzo de este conflicto. La partícula «por entonces», usada por Lucas, es simplemente redaccional, y probablemente hay que interponer un cierto lapso de tiempo para dar lugar a estos cambios de actitudes dentro de la comunidad primitiva.
Se trata de dos grupos que habitan en la ciudad de Jerusalén, que es todavía el escenario de la naciente Iglesia. Los de lengua hebrea, o más propiamente aramea, son judíos nacidos bien en la capital o en Judea o en otras regiones de Israel. A ellos se contraponen los helenistas, que son los de lengua griega. Y aunque no necesariamente tienen que haber nacido en la diáspora, o regiones helenistas circunvecinas, probablemente muchos de ellos proceden de allí.
Y ahora volvamos a Jerusalén.
No conocemos la proporción numérica entre ambos grupos lingüísticos, el griego y el hebreo; lo que sí sabemos es que surgió entre ellos una disensión por causa de que las viudas griegas no eran debidamente atendidas. Hoy diríamos que resultaban «discriminadas» en el suministro diario. Hay diversidad de opiniones al interpretar en qué consistió este suministro. Algunos piensan que fue bastante más que un socorro pecuniario o alimentario, ya que comprendía también otras atenciones de carácter más espiritual y religioso.
LA DIÁSPORA JUDÍA
La diáspora es una palabra que significa «dispersión» y que se encuentra usada ya en la versión de la Biblia llamada de los Setenta. Y comprende los grupos y colonias judías disemina-dos por los vastos territorios del que se llamó mundo helenístico en la época posterior a la muerte de Alejandro Magno († 323 a. de C.). El origen remoto de esta dispersión o diáspora hay que buscarlo en los destierros masivos a que fueron sometidos los israelitas por las potencias vencedoras que conquistaron su territorio. Fue primeramente Sargón II quien, en el año 722, trasladó a más de 27.000 hebreos desde Samaria hasta las regiones de la Media. Más tarde, las tribus de Judá y Benjamín fueron transportadas por Nabucodonosor II, en los comienzos del siglo IV, a las regiones mesopotámicas, en las que se centraron alrededor de la ciudad de Tel-Aviv, a orillas del río Cobar. Muchos de estos judíos renunciaron a repatriarse y se asentaron definitivamente en aquellas tierras. También hubo una colonia numerosa de judíos en Elefantina, Egipto, cerca de Assuam. Artajerjes igualmente envió una colonia a las riberas del mar Caspio. Y aún después de Alejandro Magno, tanto bajo los Lágidas de Egipto como bajo los Seléucidas de Siria, se establecieron varias colonias de judíos, que fueron especialmente numerosas en las ciudades de Alejandría y Antioquía. Toda esta diáspora, que comenzó siendo un castigo del pueblo hebreo por sus infidelidades a la Alianza con Yahveh, se convirtió con el tiempo en bendición y providencia, ya que los judíos así dispersos alcanzaron un cierto nivel de bienestar y de influencia social, y propagaron el monoteísmo religioso. San Pablo, en sus excursiones apostólicas, encontrará muchos de estos judíos de la diáspora por todo el Asia Menor y por Europa. En suma, ha podido calcularse con cierta aproximación que los judíos constituían en esta época el 3 por 100 de la población del Imperio Romano, que alcanzaba entonces la cifra de unos 55 millones de habitantes. |
El cuidado de las viudas era ya proverbial dentro de los usos y costumbres de la comunidad hebrea, y existían numerosos textos legales que señalaban la especial atención que había que dispensarles. A diferencia de otros deudores insolventes, a las viudas no se les podía tomar el vestido como fianza, y también había que dejarles en los campos algunas gavillas abandonadas tras la siega, y lo mismo se diga de las aceitunas en el olivar y de los racimos en las viñas, para que el rebusco fuese más fácil para ellas.
Ante la queja de los helenistas, los apóstoles convocan el pleno de los discípulos.
«No está bien —dijeron los apóstoles— que nosotros desatendamos el mensaje de Dios por servir a las mesas. Por tanto, hermanos, escoged entre vosotros a siete hombres de buena fama, dotados de espíritu y de habilidad, y los encargaremos de esta tarea. Nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra» (Hech 6,2-4).
La interpretación de «servir a las mesas» no debe ser tan estricta que imaginemos que los apóstoles hasta entonces habrían actuado como distribuidores y repartidores de alimentos, y aun como camareros, y que ahora les transfieren el servicio a los nuevos auxiliares. La expresión «servir a las mesas», sin duda llevaba consigo otras tareas administrativas, y los nuevos designados asimismo desempeñarían otros oficios comunitarios más espirituales, como lo veremos en seguida en el caso de Esteban y Felipe, que son los dos cuya vida se nos describe más detalladamente.
Designación y rito de los diáconos
La propuesta pareció bien a todos, y así eligieron a Esteban, hombre dotado de fe y de Espíritu Santo; a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía.
Siete elegidos, todos con nombre griego, lo cual no quiere decir que todos fueran de ascendencia helenística, ya que también dos de los apóstoles de Jesús tenían nombres griegos y eran sin duda galileos de nacimiento. Pero, sin embargo, en este caso, y dada la motivación de las quejas, parece lógico que los siete fuesen judíos helenistas y, por tanto, de un sector cultural semejante al de la diáspora.
Como es corriente en la onomástica, cada uno de estos nombres griegos tiene un significado:
Esteban es «el que porta, el que lleva una corona». Felipe es el «amante de los caballos o a quien le gustan los caballos». Prócoro es el «conductor o director del coro o de la danza». Parmenas es «el perseverante». Nicanor, «el victorioso». Timón, «el honrado»; y Nicolás, «el vencedor del pueblo».
De este último se ha supuesto, aunque sin pruebas convincentes, que podría ser el jefe de la secta de los Nicolaítas, que es una herejía que se menciona en el libro del Apocalipsis (Ap 2,6). Lo único cierto de él es que era prosélito y que procedía de Antioquía, lo cual, en la pluma de Lucas, siempre tan enterado de lo que sucedió en Antioquía, es una garantía de verdad.
Designados los siete por elección, fueron presentados a los apóstoles, quienes, después de haber orado, les impusieron las manos.
Esta es la primera mención de este rito de la imposición de las manos, que aquí tiene el significado de conferir un oficio y misión especial.
Advertimos que aquí se distinguen dos grupos: uno más extenso de discípulos, cuyo número no se determina en el texto, y que es quien elige a los Siete; y otro más reducido, formado por los apóstoles, que son quienes imponen las manos a los presentados. Nosotros, utilizando un vocabulario más técnico, diríamos que los siete fueron «presentados» por la comunidad y «ordenados» por los apóstoles, que es el mismo término que emplea San Juan Crisóstomo en su comentario.
El rito de la imposición de las manos, como significativo de una transmisión de poder, era muy conocido entre los hebreos. El Antiguo Testamento menciona esa imposición como rito de elección y también como gesto de entrega de la víctima en un sacrificio a la Divinidad. También en el plano judicial la «imposición de manos» significaba el traspaso o la imputación de una culpa. Pero, sobre todo, el gesto aparece en relación con la transferencia de una autoridad o la colación de un oficio. Así, Moisés impuso las manos sobre Josué cuando le instituyó como sucesor en el caudillaje de Israel. Y era el mismo gesto que se hacía sobre los levitas para designar el traspaso de la función ritual, y también sobre los miembros del Sanedrín para investirlos en sus funciones.
¿En qué consistió la ordenación de estos siete Diáconos? La palabra diácono no se encuentra en el Libro de los Hechos (excepto una sola vez, en femenino), aunque sí el sustantivo diaconía y el verbo diaconein, ambos utilizados en un sentido muy amplio y muy frecuente, ya que en el Nuevo Testamento se emplean un total de 62 veces, en contraposición al Antiguo, donde sólo se encuentran 10.
Ambas palabras poseen un sentido de servicio y de ministerio, tanto material como espiritual, y también se aplican a la limosna. «No vine a ser servido, sino a servir», dijo en cierta ocasión Jesús a sus discípulos —y empleó este verbo— (Mt 20,28). Resumiendo, podríamos decir que, aunque el Libro de los Hechos no los llame «diáconos», sus funciones son las que la Iglesia encomendó después a los diáconos. Y por ello, como afirma San Juan Crisóstomo, podemos decir que «recibieron con la imposición de manos esta ordenación de diáconos».
Nuestro relato nos acerca de nuevo a la figura de Esteban, que va a pasar a un primer plano.
Apología y martirio de Esteban
«Esteban, lleno de gracia y de poder, realizaba grandes prodigios y señales en medio del pueblo. Unos cuantos de la sinagoga llamada de los Libertos, y otros oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con él y no podían resistir al Espíritu y sabiduría con que hablaba; entonces sobornaron a algunos para que dijeran: 'Lo hemos oído pronunciar blasfemias contra Moisés y contra Dios'. Así alborotaron al pueblo, a los senadores y a los letrados, y, agarrando a Esteban por sorpresa lo condujeron al Sanedrín» (Hech 6,8-12).
Poco tiempo parece que duró la diaconía de Esteban, que va a sufrir la oposición y ataque de esos mismos judíos de la diáspora que antes mencionamos, y que estaban representados en Jerusalén por diversas agrupaciones o sinagogas. Y cuando mencionamos la «sinagoga» no nos referimos directamente a un edificio, sino al conjunto de los judíos procedentes de una determinada región que formaban en Jerusalén diversas comunidades de vida y culto.
DIACONISAS Y VIUDAS
|
La presencia de estos siete diáconos, todos los cuales son varones, nos lleva de la mano a preguntarnos por una posible función paralela de la mujer en aquellos tiempos de la primitiva Iglesia. Es evidente que algunos de los oficios y funciones de los diáconos los desempeñaron aquellas mujeres mencionadas por los evangelistas, cuando afirman «que seguían y acompañaban a Jesús y a sus discípulos». Y la palabra usada es, precisamente, diakonein. Refiriéndonos ahora a la Iglesia primitiva después de la Resurrección del Señor, hay un texto de la Carta a los Romanos en el que se cita a una mujer, y que merece nuestra atención. La mujer se llama Febe (= femenino de Febo, el Sol). Pablo, que escribe su carta a los fieles de Roma, a los que todavía no ha visitado, añade al final unos saludos de despedida. Y la primera persona a la que cita es a «nuestra hermana Febe», diaconisa --la palabra que emplea Pablo es diaconos, que se aplica entonces a los dos sexos—, ya que la palabra «diaconisa» es posterior. Febe es «diácono de Cencreas», que es uno de los dos puertos de la ciudad de Corinto a la que Horacio llama «bimarítima». San Pablo recomienda a los fieles «que reciban a Febe como cristianos, como corresponde a gente consagrada, y que se pongan a su disposición en cualquier asunto que necesite de vosotros; porque ella se ha hecho abogado de muchos, empezando por mí» (Rom 16,1-2). El martirologio romano la celebra como santa el 3 de septiembre. Estas diaconisas podían ser vírgenes o viudas, y estaban encargadas de ciertas funciones del ministerio eclesiástico. Cuando Pablo escribe a Timoteo y le da instrucciones para la elección de obispos y diáconos, añade «que las mujeres asimismo sean respetables, no chismosas, juiciosas y de fiar en todo» (1 Tim 3,11). Ahora bien, según algunos intérpretes, Pablo aquí se refiere a las diaconisas auxiliares. Respecto a las viudas, en la misma carta a Timoteo le instruye de que «no inscribas en la lista a una viuda menor de sesenta años; tiene que haber sido fiel a su marido y estar recomendada por sus buenas obras: si ha criado bien a sus hijos, si ha ofrecido la hospitalidad, si ha lavado los pies a los consagrados, si ha ayudado a los que sufren; en fin, si ha aprovechado toda ocasión para hacer el bien» (1 Tim 5,9-10). Piensan algunos exegetas que todas estas condiciones exigidas para las elegidas se refieren a un oficio semejante al de la diaconisa; ya que, si se tratase tan sólo de inscribirlas en un registro para ayudarlas y alimentarlas, parecerían excesivos los requisitos que se señalan. |
La primera sinagoga que se menciona es la de los Libertos. Generalmente se ve en ellos a los descendientes de los judíos que fueron llevados a Roma por Pompeyo, tras la toma de Jerusalén en el año 63 antes de Cristo. Muchos de ellos habían sido ya manumitidos y habían formado una numerosa colonia hebrea en la Urbe romana, de donde Tiberio, el año 19 después de Cristo, los expulsó, por lo que muchos de ellos regresaron en aquella ocasión al hogar patrio.
También se posee documentación sobre los judíos de Cirene o Cirenaica, y sobre los de Alejandría, donde, según Filón, ocupaban dos de los cinco barrios de la ciudad. Y también se conoce a los originarios de Cilicia, con los que probablemente estaría relacionado el futuro San Pablo.
Contra todos estos, resultaba vencedora la dialéctica de Esteban, de quien Los Hechos hacen este sucinto elogio: «dotado de fe y de Espíritu Santo, y lleno de gracia y poder, que se manifestaba con numerosos prodigios y señales».
Lo que no pudo la dialéctica de sus adversarios, lo consiguió la astucia y la violencia, ya que, después de sobornar a falsos testigos, se apoderaron de Esteban y lo condujeron ante el Sanedrín, donde el acusado compareció para responder a estas acusaciones.
«A este individuo le hemos oído pronunciar blasfemias contra Moisés y contra Dios, y no para de hablar contra el lugar santo y contra la ley. Y le hemos oído decir que Jesús de Nazaret destruirá este lugar y cambiará las tradiciones que recibimos de Moisés.
Todos los miembros del Sanedrín fijaron la vista en Esteban, cuyo rostro les pareció como el de un ángel» (Hech 6,11-15).
Leamos ahora la apología de Esteban, pronunciada por él mismo, y que, según algunos escrituristas, probablemente Lucas recogió de una fuente escrita, ya que en el discurso se hallan numerosos arameísmos. Se trata del discurso más largo recogido en los Hechos, que ocupa 51 versículos del capítulo 7, y del que daremos aquí los pasajes más importantes. Esteban había sido acusado de blasfemar contra Dios y contra Moisés. A eso responde Esteban mostrando la providencia que Dios ha mostrado siempre con su pueblo y el papel preponderante que señaló a Moisés en la Historia de la Salvación. Así habló Esteban:
«El Dios de la Gloria se apareció a nuestro padre Abraham en Mesopotamia, y, cuando murió su padre, lo trasladó de allí a esta tierra en que vosotros vivís ahora. No le dio en propiedad ni siquiera un pie de terreno, pero prometió dársela en posesión a él y a su descendencia... Le dio como alianza la circuncisión y por eso circuncidó a Isaac a los ocho días de nacer. Isaac engendró a Jacob, y Jacob a los doce Patriarcas» (Hech 7,2-8).
Esteban continúa después narrando la historia de los israelitas en Egipto y su cautividad hasta llegar a Moisés, «hombre grato a Dios, a quien la hija del faraón lo hizo criar como hijo suyo, a quien después Dios se apareció en la zarza ardiente y lo envió como jefe y libertador de su pueblo» (Hech 7,20-25).
Esteban, sin duda, estaba recordando una historia bien conocida de sus oyentes, pero presentándola desde un nuevo punto de vista, es decir, desde la providencia de Dios con su pueblo que le había rechazado frecuentemente.
«Moisés fue el mediador entre el ángel que le hablaba en el monte Sinaí y nuestros padres...; pero éstos no quisieron escucharlo y lo rechazaron y quisieron volver a Egipto. Posteriormente, en tiempos de David, éste le pidió que le permitiera construirle una morada, aunque fue Salomón quien la edificó. Pero el Altísimo no habitaba en edificios construidos por hombres, ya que, como dice el profeta, 'mi trono es el cielo, la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué templo podréis construirme o qué lugar para que descanse?'» (Hech 7,38-49).
Advirtamos la construcción dialéctica de la apología de Esteban. La acusación se ha centrado sobre la blasfemia contra Dios y contra Moisés y sobre la amenaza de destruir e invalidar el Templo y lo que él representa. Y Esteban responde que son los israelitas quienes han desobedecido a Dios y a su siervo Moisés. Y que ese Templo, tan venerado e intocable para sus Jueces y acusadores, no es la última e inamovible habitación que Dios se ha erigido, según lo tienen anunciado los profetas.
En el trasfondo de la apología de Esteban se halla la imagen de Jesús, que es el verdadero enviado de Dios, mayor aún que Moisés, y que también ha sido rechazado por el pueblo y por sus jefes.
Este Jesús ha predicado un nuevo orden y una ley de amor, superior a la del templo material. La argumentación al llegar aquí sube de temperatura emocional.
«Rebeldes, infieles de corazón, tardos de oído. Siempre resistís al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres. ¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieron? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo y a Él lo habéis traicionado y asesinado vosotros ahora. Vosotros, que recibisteis la Ley por mediación de ángeles y no la habéis observado.
Oyendo sus palabras, se recomían por dentro y rechinaban los dientes contra él. Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios y dijo:
Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos y todos a una se abalanzaron contra él. Lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo.
Los testigos, dejando sus capas a los pies de un hombre joven, llamado Saulo, se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación:
Luego, cayendo de rodillas, lanzó un grito:
— Señor, no les tomes en cuenta este pecado.
Y con estas palabras expiró» (Hech 7,51-60).
Exequias y sepultura de Esteban
Ante el cuerpo apedreado del primer mártir cristiano, comprendemos el significado de toda su apología ante el Sanedrín. Esteban ha trazado un compendio de la Historia de la Salvación, que culmina en Jesús. Jesús ha sido asesinado y traicionado por el pueblo al que venía a salvar. Pero ha triunfado, porque está vivo y glorioso en el cielo.
El grito de Esteban, «veo los cielos abiertos y a Jesús a la derecha de Dios», es una confesión explícita de la divinidad de Cristo, y así lo entendieron sus jueces, que no pudieron soportar lo que ellos consideraban una blasfemia.
* * *
No conocemos exactamente el sitio de la lapidación de Esteban. Es muy probable que fuese a extramuros de la ciudad, en la parte norte, mucho más pedregosa y alejada del control de la guardia romana. La memoria del sepulcro del mártir se perdió en los próximos años, como la de tantos otros recuerdos y localizaciones en la ciudad de Jerusalén, destruida en dos sucesivos asedios.
Quizá durante esta época, falta de noticias, creció más propiciamente la leyenda que trató de suplir la escasez de datos históricos. De esta «pasión legendaria» tan sólo poseemos algunos códices muy posteriores, aunque muy probablemente se refieren a datos pertenecientes a épocas anteriores. Según ellas, dos años después de la Ascensión del Señor, Esteban comenzó a tener discusiones muy violentas con sus adversarios, que llegaron a conducirlo ante el tribunal de Caifás, que lo hizo azotar. La palabra de Esteban refutó victoriosamente las objeciones de sus adversarios, que lo condujeron sucesivamente ante el escriba Alejandro y el tetrarca Antipas. Finalmente, tras la sesión tumultuosa del Sanedrín, narrada en los Hechos, Esteban fue conducido ante la presencia de Pilato, donde se encontraban como defensores de Esteban tanto Nicodemo como Gamaliel y su hijo Abibo, quienes también sufrieron el martirio. Otras variantes de la leyenda afirman que las reliquias del mártir fueron trasladadas por Gamaliel a una propiedad suya, situada en la villa de Kefargamla, a 30 millas de Jerusalén, donde asimismo fue sepultado Nicodemo.
En todo caso, los datos ciertos históricos nos señalan que en el año 415 las reliquias del mártir San Esteban fueron encontradas en el citado lugar de Kefargamla por el presbítero Luciano, de cuyo hecho se conservan testimonios tanto en griego como traducidas al siríaco y al latín. En estas narraciones se cuenta que el rabino Gamaliel, maestro de San Pablo, se apareció en sueños a Luciano para notificarle la existencia en aquel lugar de los restos del Santo Mártir Esteban, así como de los suyos propios y de Nicodemo. De todo lo cual dio conocimiento al entonces obispo de Jerusalén, Juan.
La aparición de estas reliquias fue acompañada de multitud de milagros, y el cuerpo fue trasladado a Jerusalén, a la basílica constantiniana, llamada la Santa Sión, el 26 de diciembre del 415, que después se ha fijado como fecha para la conmemoración litúrgica del santo. La emperatriz Eudoxia, devotísima del mártir, mandó construirle, en el año 460, una basílica aún más grandiosa, cuyas ruinas se han descubierto a fines del siglo pasado. San Agustín, comentando el culto muy extendido a San Esteban y los milagros que hacía, escribe en su Ciudad de Dios que «si hubiera de consignar todos los milagros que él había podido comprobar, habría que escribir varios libros». También, a comienzos del siglo VI, San Fulgencio Gordiano, obispo de Ruspe (localidad cercana a Cartago), escribía: «Esteban, confiado en la fuerza de la caridad, venció la acerba crueldad de Saulo, y mereció tener en el cielo como compañero del que conoció en la tierra como perseguidor», palabras que han sido incorporadas en el rezo oficial de la Iglesia.
7. EL DIÁCONO FELIPE, EN SAMARIA
Las últimas líneas de nuestro capítulo anterior se cerraban sobre el cuerpo del diácono Esteban, el protomártir cristiano. «Unos hombres piadosos —nos advierte el cronista Lucas— enterraron a Esteban, e hicieron un gran duelo con él». Este gran duelo a cargo de unos fieles piadosos, que no parece que fueran los apóstoles, ni aun siquiera unos cristianos, es un signo de la estima y la admiración que suscitó la muerte valerosa de aquel primer confesor de la fe. Especialmente si se tiene en cuenta que los cadáveres de los apedreados se arrojaban en una fosa destinada a los malhechores, y que solamente después de haberse enteramente podrido se podían trasladar los huesos a una tumba familiar.
Como ya indicamos, no conocemos exactamente la fecha de esta muerte, aunque es probable que acaeciera en las proximidades de alguna de las grandes fiestas de los hebreos, dada la presencia en Jerusalén de muchos forasteros. Ni tampoco sabemos exactamente dónde se hizo este enterramiento, aunque tres siglos después se comenzó a celebrar en la comunidad cristiana de Jerusalén la fiesta del hallazgo del cuerpo de San Esteban, desde donde se extendió a toda la cristiandad.
Tras su muerte, Lucas nos interpone una breve noticia anticipativa sobre Saulo, el futuro San Pablo, al que nos describe con trazos breves y seguros: se trata de un hombre joven, que estaba de acuerdo con la lapidación de Esteban y que, no satisfecho con ella, se «ensañaba» con la Iglesia, penetrando en las casas privadas de los cristianos y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres. La palabra «ensañar» está expresada en griego por el verbo lymainomai, singularmente expresivo, ya que los médicos lo emplean para describir la acción destructiva de una enfermedad, y comúnmente se usaba para señalar la devastación causada por un animal salvaje o por un ejército en campaña.
De Pablo y de sus antecedentes precristianos volveremos a hablar más adelante. De momento hemos de considerar el aspecto positivo y constructivo que esta persecución trajo consigo, ya que impulsó la dispersión de la Iglesia de Jerusalén hacia regiones más dilatadas.
Los dos Felipes: el apóstol y el diácono
«Al ir de un lugar a otro, los prófugos iban difundiendo por todas partes la Buena Nueva de la Palabra. Felipe bajó a una ciudad de Samaria y les predicaba a Cristo» (Hech 8,4-5).
¿De qué Felipe se trata? Sin duda alguna, del que los Hechos acaban de nombrar en el capítulo precedente entre los siete diáconos; ya que el otro Felipe, el apóstol, había permanecido en Jerusalén. Expresamente se dice que los Doce no tuvieron que salir de la capital, ya que la persecución parecía selectivamente dirigida contra los judíos helenistas de la comunidad cristiana, cuyo portavoz había sido Esteban.
Algunos escritores cristianos de los primeros siglos padecieron una cierta confusión entre estos dos Felipes, el apóstol y el diácono. Confusión originada no sólo por la identidad del nombre, sino por el hecho de que los dos predicaron el evangelio, ambos fueron incluidos en los antiguos santorales, y además ambos tenían unas hijas. Hoy día, a vista de la información que poseemos, puede quedar disipada esa confusión. Los evangelios establecen indudablemente la identidad del apóstol San Felipe como uno de los cinco llamados por Jesús en la primera hora, y que permaneció con El durante todo el tiempo de su vida pública, y que, en la última Cena, hizo a Jesús aquel ruego, tan confiado e ingenuo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta».
Independientemente de estos datos evangélicos, los Hechos nos repiten al principio la lista de los apóstoles, entre los cuales se encuentra Felipe, y añade después que dichos apóstoles nombraron a otras personas auxiliares llamados diáconos, entre los cuales se cita el nombre del «otro Felipe».
Respecto a Felipe apóstol, hoy podemos completar los datos evangélicos con otros aportados por una tradición, sólidamente apoyada en antiguos documentos. Dicha tradición le atribuye la evangelización de las regiones de la Frigia, y que fijó su residencia en la ciudad de Hierápolis, donde murió, según testifica Polícrates, obispo de Efeso, en el siglo II, en una carta al Papa San Víctor. En ella afirma el citado testigo que en la misma ciudad murieron y vivieron dos hijas vírgenes del apóstol y también una hermana suya, mientras que una tercera hija, que tal vez se casó, se hallaba sepultada en Efeso. Por su parte, Papías, el famoso obispo de Hierápolis, añade que él trató personalmente con las hijas del apóstol Felipe, y que una de ellas le dijo que su padre había resucitado a un muerto. Asimismo, los más antiguos documentos testimonian que Felipe murió mártir en la persecución de Domiciano.
Todo lo cual nos sitúa históricamente al apóstol Felipe sin confusión posible con el diácono Felipe; aunque éste también tuviese unas hijas vírgenes, que en este caso eran cuatro, y que se hallan mencionadas en el Libro de los Hechos, y cuya casa, en la ciudad de Cesarea, todavía existía en tiempos de San Jerónimo, porque él escribe que Santa Paula le hizo una visita.
¿Cuál fue el campo de evangelización del diácono Felipe?
LA CIUDAD DE SAMARIA O SEBASTE
| El nombre de Samaria, citado en el texto de los Hechos, indudablemente significa aquí la capital de aquella región. Había sido fundada por el rey Amri, u Omri, que reinó en la primera mitad del siglo IX antes de Cristo (1 Re 16,23). Después fue conquistada y destruida por el rey Sargón de Asiria, y sus habitantes fueron deportados y sustituidos por colonos traídos de otros lugares de su imperio, dando así origen a la raza mezclada de los samaritanos. De nuevo, el caudillo judío, Juan Hircano, la destruyó a finales del siglo II antes de Cristo. Y posteriormente fue reconstruida por el propretor de Siria, Gabinius, y embellecida por Herodes el Grande, quien le dio el nombre de Sebastes, palabra griega que significa «honorable», y que era uno de los títulos del emperador Augusto, en cuyo honor fue así nombrada la nueva ciudad. |
En esa ciudad de Samaria, poblada principalmente por veteranos militares generalmente paganos, es donde predicó Felipe a Jesús como al Mesías esperado por los judíos. Escuchemos su predicación.
«El gentío hacía caso unánime de lo que predicaba Felipe, porque oían y veían las señales que realizaba, ya que de muchos posesos salían los espíritus inmundos dando voces, y muchos paralíticos y cojos quedaron curados. Y hubo una gran alegría en aquella ciudad» (Hech 8,6-8).
San Lucas, repetidas veces en sus escritos, se complace en anotar esta alegría que acompañaba la predicación del evangelio; aunque en este caso su apostolado se vio turbado por la aparición de un extraño personaje, llamado Simón el Mago, que residía ya hacía algún tiempo en Samaria y que se ejercitaba en las artes mágicas.
Los especialistas discuten el exacto significado del verbo mageuo, que es aquí la única vez que se cita en el Nuevo Testamento. Unos piensan que se trata de una magia, vulgar, de encantamientos y adivinaciones y quiromancia, mientras que otros suponen que pertenecía a un nivel superior y astrológico.
Los datos bien escuetos del Libro de los Hechos acerca de este teósofo samaritano pueden completarse con otros escritos cristianos, concretamente de San Justino, y por el paralelo que presentan con la vida de Alejandro de Anonotiques de quien nos habla Luciano de Samosata.
Samaria era un terreno bien abonado para las experiencias de sincretismo religioso. Simón había nacido en Gitthom, a 10 Km. al oeste de Samaria, y había enseñado su doctrina no sólo allí, sino también en Roma, y se hacía acompañar en sus viajes por una tal Elena, a quien él llamaba su «primera Idea».
Esto nos llevaría muy lejos, pero basta recordar aquí que Simón profesaba la doctrina gnóstica en la que se daba culto a una tríada divina, y que el propio Simón se consideraba como el Poder Supremo, que había creado a los ángeles por medio de Elena.
San Jerónimo, comentando este pasaje, pone en boca de Simón estas palabras: «Yo soy la palabra de Dios, soy el Hermoso, el Paráclito, el Omnipotente, soy todas las cosas de Dios». En todo caso, los samaritanos estaban maravillados y cautivados por las artes mágicas de Simón, y así nos lo dice Lucas:
«Antes de llegar Felipe a Samaria, ya se hallaba en la ciudad un cierto Simón que practicaba la magia y pasmaba al pueblo de Samaria haciéndose pasar por persona importante, y todos, grandes y pequeños, le prestaban atención y decían: 'ésta es la potencia de Dios, llamada la Grande'.
Pero cuando creyeron en Felipe que anunciaba la Buena Nueva de Dios y el nombre de Jesucristo, empezaron a bautizarse hombres y mujeres hasta el punto de que el mismo Simón creyó, y, una vez bautizado, no se apartaba de Felipe y estaba atónito al ver las señales y grandes prodigios que se realizaban» (Hech 8,9-13).
Se han preguntado los comentaristas si la conversión de Simón a la fe cristiana fue sincera, y muchos se inclinan a pensar que fue hipocresía, ya que con ella tan sólo pretendía sorprender los secretos de Felipe, a quien había admirado como a un mago de categoría superior a él.
Pedro, en Samaria
En todo caso, los apóstoles, a quienes había llegado en Jerusalén la noticia de las conversiones entre los samaritanos, decidieron ir personalmente a hacerles una visita.
«Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaria había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y Juan. Estos bajaron y miraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo, puesto que todavía no había descendido sobre ninguno de ellos: únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo» (Hech 8,14-17).
Esta es la primera ocasión en que los Doce eligen a algunos de entre ellos para una determinada misión. Y en este caso podemos decir que la asociación de Juan con Pedro respondía a la amistad y unión ya tradicional entre ambos apóstoles, de la que el mismo Jesús se había valido en ocasiones. Respecto al bautismo «en el nombre del Señor Jesús», ya lo hemos comentado anteriormente (c.III). La fórmula que hallamos en los Hechos, «les impusieron las manos y ellos recibieron el Espíritu Santo», se considera como una fórmula clásica en teología para establecer la antigüedad del sacramento de la confirmación o, por lo menos, de un rito de iniciación complementario del bautismo. Su efecto era una comunicación más plena de los dones del Espíritu, que a veces iba acompañada de manifestaciones carismáticas, y que en aquel momento sin duda lo fue, ya que Simón el Mago advirtió exteriormente el fenómeno.
«Al ver Simón que mediante la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero diciendo 'dadme a mí también este poder, para que reciba el Espíritu Santo aquel a quien yo imponga las manos'. Pedro le contestó:
— Vaya tu dinero a la perdición y tú con él; pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero. En este asunto tú no tienes parte ni herencia, pues tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete, pues, de esa maldad tuya y ruega al Señor a ver si te perdona ese pensamiento de tu corazón, porque te veo en hiel de amargura y en atadura de iniquidad.
Simón respondió:
— Rogad al Señor por mí, para que no venga sobre mí ninguna de esas cosas que habéis dicho.
Los apóstoles, después de haber dado testimonio y de haber predicado la palabra del Señor, se volvieron a Jerusalén, evangelizando muchas villas samaritanas» (Hech 8,18-25).
Bautismo del eunuco de Candaces
Cambio de escenario. Unido al anterior tan sólo por la participación del mismo protagonista, el diácono Felipe, que se pone en camino hacia el sur por la ruta que baja de Jerusalén a Gaza, ya que así se lo ordena el ángel del Señor.
Dos eran los caminos que unían ambas ciudades. El uno, más al occidente, que cruza el Wadi Es Saga y que se unía a la gran ruta caravanera de Siria a Egipto. Y el otro camino, el meridional, que descendía a Belén, Hebrón y Eleuterópolis, y bordeaba una región desértica hasta llegar a Gaza.
Fue en el camino de Jerusalén a Gaza, que entonces estaba desierto, donde Felipe va a encontrar a la persona a quien le había enviado el Espíritu del Señor.
«Marchaba Felipe por el camino que baja de Jerusalén a Gaza, cuando he aquí que un eunuco etíope, alto funcionario de Candaces, reina de los etíopes, que estaba a cargo de todos sus tesoros, y que había venido a adorar a Jerusalén, regresaba en su carro leyendo al profeta Isaías» (Hech 8,26-28).
GAZA
Gaza es una ciudad antiquísima, que fue habitada por los cananeos antes de la llegada de los hebreos a la Tierra prometida. Dicha ciudad, que en hebreo significa «la fuerte», está situada a cuatro kilómetros del litoral mediterráneo, ya en la frontera con Egipto. Durante siglos fue una ciudad fortificada de los filisteos, que guerreó contra los israelitas y que fue célebre por las hazañas del héroe Sansón, que arrancó y cargó con las puertas de la ciudad (Jue 16,1-3). Tras múltiples vicisitudes de destrucciones y reconstrucciones, en este tiempo al que nos estamos refiriendo había sido de nuevo reconstruida por Herodes el Grande e incorporada después a la provincia romana de Siria. Hoy, la «faja de Gaza» es uno de los territorios conflictivos, disputados por israelíes y palestinos. |
El hombre que Felipe encontró por el camino es un etíope. Denominación que puede aplicarse no sólo a una persona de raza etíope, sino también a un residente en Etiopía, aunque fuese de raza judía y descendiente de las familias hebreas establecidas en aquellas regiones como parte de la diáspora.
La Etiopía que mencionan los textos del Nuevo Testamento no coincide geográficamente con la nación que hoy lleva ese mismo nombre, ya que entonces se trataba del país situado al sur de Egipto, desde Asuán, donde hoy está la presa del Nilo, hasta Kartum. Es decir, lo que hoy se llama la Nubia y el Sudán.
Del etíope se afirma que era eunuco. La palabra no tiene necesariamente la significación biológica de uno que ha sido castrado, sino que también, e independientemente de ello, sirve para designar en ciertas cortes orientales a un alto dignatario, encargado del cuidado del harén real o de otros menesteres importantes. Y en el caso actual sabemos que se trataba de un alto funcionario de Hacienda, encargado de los tesoros de la reina Candaces.
Candaces no significa en el texto el nombre de una mujer individual y concreta, sino que es el título del oficio con que se designaba a la reina de Etiopía. Algo así como hablamos del Faraón en Egipto o del Zar en Rusia. Quizá el nombre de Candaces fue originariamente el nombre de una mujer y reina famosa de Etiopía, y después la palabra se utilizó como título de la dignidad real, ya que sabemos que fue costumbre durante bastante tiempo que Etiopía fuese regida por una mujer.
Respecto a la religión de este dignatario, parece probable que por lo menos debía de ser prosélito del judaísmo, ya que se afirma de él que había subido a Jerusalén a adorar a Dios, y que en el camino iba leyendo un fragmento de un libro de un profeta mientras viajaba en su carro.
TRANSPORTES EN CARRO
No se sabe cuándo exactamente el hombre empezó a utilizar el carro como vehículo de transporte, tanto en la paz como en la guerra. La pieza más antigua que se conoce procede de Ur, de la cultura sumeria, y consiste en un vehículo de dos ruedas de madera maciza, compuesta de dos piezas semicirculares encajadas alrededor de un cubo de cobre. La primera utilización parece que fue bélica, aunque pronto los asirios y egipcios la emplearon también en cacerías y para viajar. Las tumbas egipcias han revelado suntuosos ejemplares de carros reales. Así como también se han hallado carros asirios, cuyas ruedas estaban provistas de ocho radios. Bien pronto los carros de guerra se dotaron de hoces y de otros instrumentos cortantes para destrozar por aproximación a los otros carros. En Israel, el primer rey que mostró una preocupación por estas armas de combate fue Salomón, que creó varios campamentos de carros militares como los de Meggido y Gezer. Por otra parte, el carro servía también para la comunicación de pasajeros. Los carros militares solían llevar una caja abierta por detrás, en la que iban el conductor o auriga y un arquero. Los de viaje eran más amplios y a veces estaban dotados de cuatro ruedas, y frecuentemente en su plataforma se instalaban asientos y también marchaba un esclavo o sirviente con un quitasol. Como los caminos, excepto algunas vías romanas, estaban mal pavimentados y los carros no disponían de un sistema de amortiguación, el transporte en carro era muy molesto y necesariamente tenía que ser lento. |
En la narración que estamos analizando, el ministro etíope iba leyendo o, quizá mejor, oyendo la lectura que le hacía un esclavo, como era entonces la costumbre. Y la lectura era del profeta Isaías, y por la forma como se citan sus palabras, se trataba de la traducción griega llamada de los Setenta.
Y con esto, ya podemos volver al camino de Gaza y al relato que los Hechos nos hacen del encuentro de Felipe con el etíope que iba en su carro.
«Y dijo el Espíritu Santo a Felipe: Acércate y júntate al carro del etíope. Y Felipe se acercó y le oyó leer al profeta Isaías y le dijo:
Y el etíope respondió: '¿Cómo voy a poder, si alguien no me lo explica?' Y rogó a Felipe que subiera y se sentara con él. El pasaje que leía era éste:
LA VERSION DE LOS SETENTA
La versión de los Setenta es la traducción griega del texto hebreo de la Biblia, llevada a cabo en Alejandría y que recibió ese nombre en una carta legendaria, llamada de Aristeas, en la que se afirma que la traducción fue hecha por setenta y dos varones escogidos, seis por cada tribu, y que, tras trabajar asiduamente, la completaron en 72 días. La realidad es que los Setenta no es una obra unitaria. El texto hebreo de la Biblia ya había sido traducido parcialmente en diversas épocas. Primeramente, se tradujeron los cinco libros del Pentateuco, hacia el año 250 antes de Cristo, en la época del rey Tolomeo Filadelfo II, y ése debió de ser el núcleo de la leyenda transmitida por la carta de Aristeas. Más adelante se fueron traduciendo los demás libros, hasta quedar completos hacia el año 150 antes de Cristo. La fidelidad y el valor literario de la traducción depende de los diversos autores que la hicieron. Se considera que la versión del Pentateuco es excelente; mientras que Isaías y los Profetas menores son bastante defectuosos. Respecto a Daniel, más bien que traducción se trata de una elaboración libre. La importancia de los Setenta reside en el hecho de que la versión se propagó extensamente entre los judíos de la diáspora, y de que fue utilizada por la sinagoga contemporánea de los comienzos del cristianismo, y de que la misma Iglesia primitiva, cuando cita el Antiguo Testamento, lo hace a través de los Setenta. Hay además que reconocer que el texto presenta un estado muy puro y próximo al original, ya que no sufrió las tendencias uniformistas de los siglos I y II de nuestra época. Con la creciente hostilidad de la sinagoga contra la naciente fe cristiana, los judíos achacaron a la Iglesia una utilización partidista y manipulada del texto bíblico de los LXX, y por eso se opusieron a hacer otras versiones distintas a la lengua griega, que se conocen por el nombre de sus autores judíos, como Aquila (contemporáneo del emperador Adriano), Teodosión y Símmaco. Finalmente, el escriturista cristiano Orígenes, perteneciente a la escuela de Cesarea marítima, reunió todas estas versiones en una obra monumental llamada Hexapla, que contenía en seis columnas paralelas el texto hebreo, su transcripción en letras griegas y las diversas traducciones ya citadas, las cuales principalmente conocemos por las citas de Orígenes, ya que en gran parte las originales se han perdido. |
'Fue llevado como oveja al matadero, y como cordero que no bala ante el que lo esquila, así El no abrió su boca. En su humillación, la justicia le fue negada. ¿Quién contará su posteridad?, porque su vida fue arrebatada de la tierra'.
El eunuco preguntó a Felipe: Te ruego me digas de quién dice esto el Profeta, ¿de sí mismo o de otro?
Felipe entonces, partiendo de este texto de la Escritura, se puso a anunciarle la Buena Nueva de Jesús».
La cita pertenece a la parte de la profecía isaiana que se llama el «Libro de la Consolación» y se halla en el capítulo 52, versos 7 y 8.
En este Libro de la Consolación se introducen cuatro cantos del Siervo de Yahveh. Se trata de un personaje misterioso, que en algunos casos es colectivo, y es el pueblo de Israel, y en otros textos se contrapone a El, ya que se refiere a una persona. Llamado por Yahveh desde el seno de su madre, plasmado por El y lleno de su Espíritu, se trata de alguien a quien Dios «ha abierto el oído» para que El a su vez pueda instruir a los hombres. Realizará su misión con dulzura, sin brillo externo, incluso con un aparente fracaso. Y estará expuesto a ultrajes y desprecios, que El aceptará sin desfallecer.
En el cuarto canto se describen más detalladamente los sufrimientos de este Siervo de Yahveh inocente, tratado como malhechor, querido por Dios y destinado a una muerte ignominiosa. En realidad, el Siervo se ha entregado a sí mismo en lugar de los pecadores cuyos pecados lleva, intercediendo por ellos. Y Yahveh, por un efecto inaudito de su poder, convierte este sufrimiento en la salvación de todos. Por todo esto el Siervo prosperará, verá una descendencia y las muchedumbres rescatadas le pertenecerán y será no sólo el Salvador de Israel, sino la Luz de las naciones.
Estos textos del Siervo de Yahveh, interpretados por los apóstoles y aplicados por la Iglesia primitiva a Jesús, ya que no en vano habían recibido la iluminación del Espíritu Santo, fueron sin duda parte de aquella catequesis hecha por Felipe a un eunuco etíope, mientras el carro rodaba por el camino solitario de Jerusalén a Gaza. Y esta catequesis obtuvo del eunuco la respuesta positiva de la fe.
«Siguiendo el camino, llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua, ¿qué impide que yo sea bautizado? Y mandó parar el carro. Bajaron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó. Y saliendo del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. Y ya no le vio más el eunuco, que siguió gozoso su camino» (Hech 8,36-39).
El eunuco pregunta «si puede ser ya bautizado», lo cual supone que Felipe le habló de este requisito para entrar en el nuevo camino. Como los dos descendieron al agua, esto parece indicar que el bautismo tuvo lugar por inmersión, que era efectivamente la única manera como se confería en aquellos tiempos. Según San Jerónimo, este agua o corriente era la fuente de Bethsour, a poca distancia de Hebrón, que brota en la falda de un monte, en la piedra miliaria número 20 desde Jerusalén a Hebrón.
San Lucas cierra el episodio con uno de sus rasgos característicos, que es la alegría del eunuco. Ahí es donde desaparece él de nuestra historia, aunque suponemos que a su regreso a Etiopía llevaría consigo la Luz y la semilla de la nueva fe.
8. PRESENTACIÓN DE SAULO.
Llegamos en nuestra lectura y comentario del Libro de los Hechos de los Apóstoles a un capítulo que es clave no sólo para leer el resto del libro, sino también para entender la vida de la primitiva Iglesia y su desarrollo ulterior. Y este hecho clave es la conversión y transformación de Saulo, fariseo, doctor de la ley y perseguidor de los cristianos, en Pablo, creyente fiel, predicador de la nueva fe y apóstol de los gentiles.
«Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad de Jerusalén, a los pies de Gamaliel» (Hech 22, 2-3).
Así decía Pablo en su apología ante el pueblo de Jerusalén. Apología que nos proporciona dos coordenadas vitales de Saulo: la que podríamos llamar biológica y natural de su nacimiento, y la coordenada cultural de su educación. Nacido en Tarso de Cilicia. Vayamos a dicha ciudad.
TARSO DE CILICIA
En el recodo que forma el Asia Menor con Siria y al noroeste de la isla de Chipre, se hallaba la región marítima de Cilicia, y en ella la ciudad de Tarso. Edificada a las orillas del río Cidno, a unos 25 kilómetros de la costa. La antigua Tarso está ya hoy enteramente en ruinas y en su cercanía existe la villa turca de Mersin, de unos 40.000 habitantes. Su nombre se cita por vez primera en el siglo IX antes de Cristo, pero parece que estuvo habitada por los hititas desde el siglo XIV. Tras una historia política muy agitada, fue conquistada por Pompeyo, que la agregó al Imperio Romano. En las contiendas civiles que se sucedieron, Tarso permaneció fiel a Julio César, por lo que recibió el nombre de Juliópolis. Era una metrópoli comercial donde se manufacturaba un tejido, hecho de pelo de cabra, llamado «cilicio», que de ella tomó el nombre. A Tarso se llegaba por el mar desde el puerto de Rhegma, y por tierra a través de los desfiladeros del Tauro y de las llamadas «Puertas de Cilicia». Su nivel cultural la equiparaba en algunos aspectos a Atenas y Alejandría, hasta el punto de que el historiador Estrabón aseguraba que «Roma estaba llena de alejandrinos y tarsianos», entre los que cita a Néstor y a Atenodoro, este último maestro de Augusto. Religiosamente, Tarso reflejaba el sincretismo de las ciudades helenísticas, tan común en aquella época, e incluso se veneraban allí dos divinidades locales de procedencia anatolia, relacionadas con el culto a la vegetación: dioses a quienes sucesivamente se quemaba en una pira y cuya resurrección se celebraba orgiásticamente después. En una palabra: Tarso era una polis griega, cuyo proceso de helenización se había acelerado en tiempos de Antíoco IV Epífanes, y en la que, al lado de sus costumbres orientales, existían ya en tiempos de Pablo un gimnasio y una palestra para los ejercicios atléticos. Allí, en aquella Tarso, enriquecida por la confluencia de múltiples culturas, y más exactamente en su colonia judía, que debía de ser bastante numerosa, nació Saulo. |
En cuanto a la fecha del nacimiento de Pablo, ésta no aparece en ningún documento, pero puede conjeturarse por dos datos. Uno, tomado de la carta de Pablo a Filemón, donde él se llama a sí mismo viejo: présbites, que, según el empleo corriente de la palabra, se aplicaba a una persona con más de sesenta años. Y puesto que dicha carta está escrita entre los años 61 y 63, esto nos da como fecha del nacimiento de Pablo uno de los primeros años de nuestra era.
A la misma conclusión podría llegarse partiendo de la fecha de la lapidación de Esteban. A Saulo, que está presente en ella, se le llama neanias, es decir, un joven. Expresión aplicable desde los veinte años a una edad adulta próxima a los cuarenta. Tomando una media, se puede suponer que tendría entonces algo más de treinta años, sobre todo porque se muestra en seguida dirigiendo las pesquisas y captura de los cristianos. Y todo eso nos lleva de nuevo a situar su nacimiento en los primeros años de nuestra era. Puesto que Jesús había nacido con bastante probabilidad hacia el año 6 antes de nuestra era, esto nos indica que Pablo podría ser de seis a ocho años más joven que Jesús.
De la familia de Pablo sólo poseemos una frase escueta de su carta a los Filipenses, donde se autodefine como «de la raza de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo, hijo de hebreo» (Flp 3,5). Parece que podemos leer a través de esta frase un orgullo de pertenecer al pueblo escogido, no por conversión en la fe como cualquier prosélito, sino por herencia de sangre.
Dentro de este pueblo, Saulo pertenece a la tribu de Benjamín, tribu que lleva el nombre del hijo más pequeño de Jacob y de Raquel, que murió al darlo a luz. Y recordemos que «tribu» era una denominación no sólo de un grupo etnológico, sino también del territorio que ocupaba y que en el presente caso estaba situado al norte de Judá y limitaba al este por el río Jordán.
De esta tribu había sido originario Saúl, primer rey de Israel. Y ése precisamente era el nombre del Apóstol, Saúl o Saulo. Nombre hebreo que significa «pedido o implorado a Dios».
En el Libro de los Hechos, a este Apóstol se le designa también con el nombre más conocido de Pablo. Y según la mayoría de los comentaristas, encabezados ya antiguamente por Orígenes, este nombre también lo recibió el niño en su infancia; aunque el escritor Lucas tan sólo lo comience a utilizar más adelante, a partir del capítulo 13, para designar al que hasta entonces se había llamado Saulo.
Era muy común entonces entre los judíos de la diáspora helenística tener dos nombres, uno hebreo y otro griego o latino. Un estudio de Frey sobre las inscripciones de las tumbas de judíos en las catacumbas romanas, muestra que más de la mitad de los judíos allí enterrados llevaban un nombre judío y un cognomen latino. En este caso no sabemos la razón por la que a Saulo se le puso el cognomen latino Pablo, en latín Paulus, quizá por cierta asonancia con el hebreo Saúl. Esta costumbre del doble onomástico se debía entre otras razones a la dificultad de los greco-romanos en pronunciar los nombres semitas, y asimismo a las múltiples relaciones, sobre todo de orden comercial, que ligaban a ambas comunidades,
No poseemos más noticias sobre la familia de Pablo ni sobre el nombre de sus padres. Tan sólo en el texto de los Hechos, más adelante, con ocasión de unos momentos de peligro en la vida de Pablo, nos enteramos de que tenía una hermana casada, y que un hijo de ésta se encontró en circunstancias en que pudo prestar un buen servicio a su tío.
La formación escolar y laboral de Pablo
Pasemos ahora a examinar lo que hemos llamado la coordenada cultural, es decir, los estudios de Pablo.
Saulo afirma que pasó a Jerusalén a estudiar desde su juventud. Lo cual supone que otros estudios más elementales, propios de un niño y de un adolescente, los hizo en Tarso. Qué estudios fueron éstos resulta fácil de determinar, ya que conocemos las costumbres pedagógicas de los judíos. Así dice una norma atribuida a Judá, hijo de Tebas:
«A la edad de cinco años, la lectura de la Biblia.
A la de diez años, el comentario de la Mishna.
A la edad de trece años, la observancia de los mandamientos.
Y a la edad de dieciocho, el matrimonio».
Aunque estas normas están redactadas en época posterior, es muy probable que reflejen los usos de un período anterior, contemporáneo de Saulo. No está, sin embargo, demostrado que el niño Saulo hubiese asistido a alguna de las numerosas escuelas griegas que existían en Tarso. Los judíos experimentaban cierto aborrecimiento y rechazo a dicha cultura: «Maldito —se decía--- el hombre que cría puercos, y maldito quien enseña a su hijo la sabiduría griega».
Las tres citas griegas que se hallan en las cartas de San Pablo, y el hecho de que hablase y escribiese en griego, podría ser el resultado de la convivencia de un chico inteligente en medio de una ciudad que poseía un ambiente bilingüe.
La ausencia en las cartas de Pablo de un sentido de observación de la naturaleza y de sus bellezas, y el silencio de Pablo sobre los múltiples valores artísticos que se desplegaban en su mundo helenístico, parecen indicar que, cuando niño, Saulo no asistió a una escuela griega en la que se educaba a los alumnos desde pequeños en un talante interpretativo y contemplativo de la belleza natural y artística.
Además de esta educación, que podemos llamar religiosa y literaria, Saulo, todavía en su adolescencia, tuvo que aprender un oficio manual, según la regla fundamental de que «el hombre está obligado a enseñar a su hijo un oficio, y, quien no lo hace, le enseña a ser ladrón».
Era costumbre que los maestros de la ley asociasen el estudio de la Torá con la práctica de un oficio. Y así decía Gamaliel III: «Es bello el estudio de la Ley unido a algún oficio manual; porque el ocuparse de ambas cosas hace olvidar el pecado».
El oficio enseñado a Pablo fue el más corriente en aquella región, el oficio de fabricante de tiendas, que llevaba consigo el de tejedor del material con que se construían.
Pero este hecho de que Pablo practicase un oficio manual y de que más adelante se sustentase con el trabajo de sus manos no significa que su familia estuviese en una situación económica apurada. Por el contrario, el hecho de que un hijo fuese enviado a estudiar a Jerusalén, con los gastos que suponían estos estudios, sugiere más bien un nivel económico medio. Riccioti afirma que es verosímil que la familia de Pablo poseyera unos talleres de fabricación de tejidos «cilicios», con los que se construían las tiendas, y que el propio Pablo hiciera en alguno de ellos su entrenamiento, y que esto le proporcionó una experiencia en el mundo de las relaciones comerciales, del que después se muestra buen conocedor en su correspondencia.
Estudios «universitarios» de Pablo
Cuando Pablo alcanzó probablemente la edad de quince años, sus padres le enviaron a Jerusalén para adquirir lo que hoy llamaríamos una formación universitaria en ciencias sagradas, que le capacitase para lograr la categoría de doctor de la Ley.
En Jerusalén, los grandes maestros de la Ley daban clases en edificios privados, pero también muchas veces utilizaban los atrios del Templo. Allí, bajo las columnas de los pórticos, los discípulos oían al maestro exponer un pasaje de la Ley o comentarlo a la luz de la tradición. El rabino se sentaba en un escaño mientras a su alrededor, acurrucados en el suelo, escuchaban los discípulos sosteniendo entre las rodillas las tabletas donde escribían. Precisamente por esta costumbre se había originado la expresión de estudiar «a los pies» de tal o cual rabino.
El estudiante Saulo frecuentó las lecciones de Gamaliel, «doctor de la Ley muy estimado de todo el pueblo», como aseguran los Hechos (Hech 5,34). Las fuentes rabínicas le designan como «Gamaliel el Viejo», para distinguirlo de Gamaliel II el Joven, nieto suyo, que floreció hacia el año 100 después de Cristo. La fama que logró alcanzar el maestro de Pablo se nos ha conservado en una sentencia rabínica: «Desde que ha muerto Rabban Gamaliel el Viejo, ha cesado el honor de la Ley y se ha extinguido la pureza y la abstinencia».
EL «DOCTORADO» RABÍNICO
La enseñanza rabínica en las escuelas se centraba en la Ley o Torá. Según los fariseos, Dios en el Sinaí había confiado la Ley a Moisés en una doble forma: escrita y oral. La forma escrita, consignada después en el Pentateuco, comprendía seiscientos trece preceptos, mientras que la oral abarcaba aun otros más. Sin embargo, estos últimos resultaban un tanto imprecisos, ya que no habían sido consignados por escrito y habían de ser transmitidos por la tradición o paradosis, de la que eran custodios los escribas y doctores de la ley. El material de la ley estaba distribuido en dos grandes secciones. Una llamada halakáh, o camino, que era de naturaleza jurídica, y contenía las normas de vida, y que era la más importante. La otra gran sección era la haggadáh o narración, de un contenido histórico narrativo. La ley oral era rechazada por los saduceos, en tanto que los fariseos se esforzaban por mostrar la armonía de ambas, la oral y la escrita, y su coherencia con la tradición histórica de la haggadáh. Un discípulo estudioso debería, por tanto, leer continuamente la halakáh y cuidar atentamente de recoger todas las sentencias de la tradición oral, ya que ésta no se escribía, sino que se encomendaba a la retención de la memoria, que siempre había disfrutado de una alta estima entre los semitas. «El buen discípulo —se decía— era como un cántaro o cisterna que no deja escapar ni una sola gota de agua recibida del maestro». Todo este material, trasnmitido memorísticamente, fue recopilado y puesto por escrito después, a finales del siglo II, y es lo que constituye la Mishna, es decir, «la repetición de la Ley» a lo cual se añadieron nuevos comentarios a lo largo de los siglos III al V. Y a ese conjunto es a lo que hoy llamamos el Talmud. Talmud, literalmente, significa «estudio», y hoy lo conocemos a través de dos recensiones, la palestina y la babilónica. Esta fue en suma la coordenada, que habíamos llamado «cultural», de San Pablo. El hombre, que vamos a ver pronto persiguiendo a la Iglesia y encontrando a Cristo en el camino de Damasco, es un judío de Tarso, celoso cumplidor de la ley de sus mayores, que ha estudiado profundamente en una de las mejores escuelas de Jerusalén. Es decir, un «doctor de la Ley» que podrá discutir a ese nivel con los judíos y los escribas y doctores de la Ley en su mismo plano, pero que además va a ser pronto levantado por el Espíritu a un plano superior de la fe, desde donde llevará a las naciones el mensaje de Cristo. |
Durante la vida posterior de San Pablo, el tema de la ley de Moisés, y de su interpretación por los rabinos, va a ser uno de los puntos centrales del conflicto entre el orden viejo y el nuevo, entre el mundo mosaico y el cristiano. Permítasenos, por tanto, un breve paréntesis sobre los estudios religiosos que formaron parte del «curriculum» académico del gran Apóstol de las Gentes.
Saulo, perseguidor de la Iglesia
Volvamos ahora al relato de los Hechos de los Apóstoles, y recordemos que Lucas nos ha presentado a Saulo en Jerusalén, todavía como celoso perseguidor de la Iglesia.
«Saulo, por su parte, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al pontífice y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, por si hallaba algunos que fuesen de la secta, hombres o mujeres, a fin de traerlos atados a Jerusalén» (Hech 9,1-2).
Estas líneas de Lucas se unen con las que tenía escritas en el capítulo anterior, donde nos informaba de que «Saulo asolaba a la Iglesia, entrando en las casas y llevándose por la fuerza a los hombres y mujeres a los que hacía encarcelar» (Hech 8,3).
Esta primera actividad persecutoria de Saulo tenía lugar en Jerusalén, y sin duda alguna para llevarla a cabo contaba con la autoridad del Sanedrín, como él mismo dirá más tarde en una de sus apologías (Hech 22,15).
Es posible que esta decisión persecutoria del Consejo Supremo, que era el ejercicio de una jurisdicción ejecutiva en una provincia administrada por los romanos, se hubiese tomado aprovechándose de que estaba vacante el puesto de procurador romano, porque Pilato había ya sido destituido por el legado de Siria, Vitelio, o bien porque se trataba de su sucesor Marcelo, un magistrado todavía nuevo e inexperto.
Saulo, que no se encontraba satisfecho con esta persecución local, se propuso extenderla fuera de Jerusalén, y para ello se dirigió al Sumo Pontífice, que probablemente ya no era Caifás, y al Sanedrín para obtener cartas de autorización e investidura. Teóricamente, la autoridad del Supremo Sanedrín se extendía también a las comunidades israelitas de la diáspora; aunque el ejercicio real de dicha autoridad dependía de circunstancias locales y temporales.
Queremos advertir que donde hemos traducido «secta», refiriéndonos a los cristianos, el texto griego dice propiamente «camino» (hodos), que es como en ese momento se llamaba al conjunto de la doctrina y costumbres de quienes se habían convertido a Cristo. Se trata de un hebraísmo que se repite después en los Hechos en varias ocasiones y cuyo uso más tarde desapareció, lo cual muestra la antigüedad y genuinidad de los textos que Lucas está utilizando.
Entre las ciudades de la diáspora judía, Damasco, adonde Pablo se proponía ir, gozaba de una posición prominente. Allí habitaba una numerosa colonia judía, según nos atestigua Flavio Josefo, que describe las matanzas masivas de judíos llevadas a cabo en la ciudad al comienzo de la guerra de Judea, a mediados del siglo I.
Sin duda, en aquella numerosa colonia judía habría también bastantes adeptos del nuevo «camino» cristiano. Y tras ellos, creyendo así celar el honor de Dios, con el odio a los cristianos en su corazón y acompañado de algunos satélites armados, Saulo emprendió el camino de Damasco.
Para ir de Jerusalén a Damasco se podían tomar varias rutas. Y quizá Pablo tomó la más cómoda, que era la calzada romana que, partiendo de Jerusalén, se dirigía hacia el Norte. Y tras pasar por Siquén, bordeaba el lago de Genesaret por la margen izquierda, tocaba en la ciudad de Tiberíades, cruzaba el Jordán al sur del lago Hulé, y, a través del desierto, se dirigía a Damasco. En total, de 230 a 250 kilómetros. Lo cual, imaginando una caravana de acémilas que necesariamente marcha al paso lento de los acompañantes a pie, supone de siete a ocho días, incluyendo algún sábado de forzosa inmovilidad.
Por esa calzada, encontrándose ya la comitiva en un lugar próximo a la ciudad de Damasco, sucedió un acontecimiento que transformó profundamente la vida de Saulo y que había de tener también una importancia decisiva en la predicación de la nueva fe: la conversión del Apóstol San Pablo.
9. LA CONVERSIÓN DE PABLO.
Una tradición nos sitúa la conversión de Pablo en la aldea de Kokab, a unos 12 kilómetros de la ciudad; pero esto parece demasiado distante. Y no podemos precisarlo más entre las varias tradiciones locales, que carecen de una seria base histórica; aunque el hecho debió de acontecer en lugar muy próximo a la entrada de Damasco, ya que Saulo, inválido y ciego, fue llevado de la mano hasta la ciudad.
El relato de la conversión de San Pablo no se halla incluido en las Cartas del Apóstol, aunque en ellas se contengan algunas alusiones.
Debió de ser un hecho tan conocido de los cristianos a quienes Pablo escribía, que no tuvo necesidad de recordárselo por carta. En cambio, para Lucas, historiador de la primera Iglesia, que escribe para personas alejadas en tiempo y en espacio de los orígenes, el relato era de suma importancia, y por eso lo repite hasta tres veces en circunstancias distintas y con variantes que consideraremos en su momento.
Relato «lucano» de la conversión
«Cuando Saulo, en su camino, se aproximaba a Damasco, de repente le rodeó una luz fulgurante venida del cielo, y, cayendo por tierra, oyó una voz que le decía:
— Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?
Los otros que con él caminaban se habían detenido, mudos de espanto, oyendo la voz pero sin ver a nadie.
Se levantó Saulo del suelo, y, abiertos los ojos, nada veía.
Y, llevándolo de la mano, le introdujeron en Damasco. Y allí estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió» (Hech 9,3-9).
Según acabamos de leer en este texto, una luz fulgurante venida del cielo rodeaba a Pablo, que cayó a tierra. Pablo vio en esa luz al propio Jesús resucitado y glorioso, a quien, sin embargo, no identificó en el primer momento, hasta que la propia aparición declaró su nombre.
Repetimos que es indudable que Pablo vio al propio Jesús resucitado y glorioso. Pablo debió de percibir alguna forma humana que le hizo preguntar: ¿quién eres tú, Señor? En la primera Carta a los Corintios, Pablo se incluye entre los que han visto con sus ojos el cuerpo resucitado de Jesús, en línea con los demás que también lo vieron, como fueron los apóstoles a quienes se apareció el Señor. En la misma carta, refiriéndose a este hecho, asegura a sus lectores: «es que yo vi a Jesucristo Nuestro Señor» (1 Cor 15,8).
También Bernabé, que sin duda había oído el relato de labios de Pablo, lo presenta después a la comunidad de Jerusalén como a «quien ha visto al Señor en el camino» (Hech 9,27).
Y el propio Ananías, a quien Pablo visitará inmediatamente, le dirá: El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conocieras su voluntad, vieras al Justo, y oyeras su voz (Hech 22,15).
Explicando más tarde esa aparición, Pablo dijo que Jesús le habló en hebreo, y, por tanto, su nombre no fue expresado en la denominación griega «Saulo», sino en la hebrea «Saúl»; «Saúl, ¿por qué me persigues?»
Algunos textos, que quizá estén interpolados, añaden aquí la advertencia de Jesús a Pablo: «es duro cocear contra el aguijón». En todo caso la frase es auténtica, porque se recoge en otro de los relatos de la conversión. Y se trata de un dicho popular, tomado de la costumbre de los arrieros o boyeros que conducen una carreta y que pican a los bueyes con una vara aguzada o con un aguijón. Para el buey es inútil cocear contra el aguijón, porque se lo clava más y se hace más daño.
¿Cómo
iba caminando Saulo cuando fue derribado por la aparición luminosa?
¿Iba a pie o a caballo? La pregunta puede hacerse, ya que conservamos una
doble tradición iconográfica que representa la escena con la
doble variante de un Saulo que camina a pie o que es derribado de su cabalgadura.
Conviene advertir que el texto de los Hechos afirma simplemente que «caminaba»,
sin especificar si cabalgaba o andaba. Según los datos que hemos podido
recoger, el montar a Saulo
en un caballo pertenece a una tradición pictórica que comienza
en el siglo XIII y que alcanza después un desarrollo espectacular en
las obras de Miguel Angel, Bellini, Durero y Brueghel. Se comprende que la
representación «derribado del caballo» posea valores más plásticos
que la de Saulo «a pie». Sin embargo esta última imagen de San Pablo
a pie cuenta con una tradición más antigua en miniaturas y mosaicos
a partir del siglo VI.
A pie o a caballo, lo importante es el hecho del encuentro de Saulo con Jesús. Los compañeros de viaje de Saulo, atónitos por lo sucedido, se apresuraron a alejarse de aquel lugar y condujeron a su jefe de la mano, porque se había quedado ciego, hasta entrar en la ciudad de Damasco. Nosotros vamos a añadir algunas reflexiones sobre el relato de la conversión que Lucas nos acaba de ofrecer.
Como ya advertimos, la conversión de Pablo, se halla narrada otras dos veces y en forma autobiográfica. Una de ellas en el Templo de Jerusalén, ante una muchedumbre de judíos hostiles a quienes Pablo presenta su apología. Y otra, después, en Cesarea, con ocasión de su proceso, en el que relata de nuevo la aparición, en presencia del procurador romano Porcio Festo y del rey Agripa.
La comparación entre los tres relatos, sus consonancias y divergencias han ocupado la atención y estudio de numerosos comentaristas que se han esforzado por justificar y coordinar las discrepancias. Hoy nos preocupa mucho menos esta armonización de los textos, y preferimos aceptar cada uno en su valor. Todos se refieren indudablemente a un hecho incontrovertible, pero lo narran con las variantes propias que siempre se producen entre la narración de un protagonista y la de un historiador externo al suceso; y asimismo, con las diferencias producidas según el tipo de auditorio que está escuchando el relato. Diríamos que estas variantes, que pueden explicarse perfectamente por las circunstancias del lugar y tiempo, producen una certeza cumulativa de que estamos ante un hecho cuyos detalles no tienen por qué ser repetidos idénticamente, como si se tratasen de reproducciones mecánicas en un escrito.
El núcleo de esta aparición —lo que constituye su experiencia entrañable para Pablo— es que en ella se encuentran, como en síntesis, los elementos esenciales de la teología paulina. Uno de ellos es la experiencia de Jesús vivo y resucitado, que convierte a Pablo en testigo de la resurrección del Salvador juntamente con los demás apóstoles, de suerte que toda la teología de la fe que Pablo predicará después se apoya en este hecho de la Resurrección de Cristo.
El segundo elemento esencial es la experiencia del Cuerpo Místico de Cristo: Jesús se identifica con los cristianos perseguidos y ordena a Pablo que reciba el bautismo de manos de Ananías, otro discípulo.
Para Pablo, esta experiencia del Cristo total, formado por la cabeza que es Jesús y por los demás miembros que son los cristianos, será también una pieza clave en su arquitectura teológica.
El bautizo de Pablo
Pablo, llevado de la mano por algunos hombres de su escolta, dadas las condiciones en que se encontraba, fue conducido a una casa donde poder alojarse y lograr un necesario reposo. La casa, muy probablemente una posada, pertenecía a un cierto Judas y estaba situada en una de las calles más principales de la ciudad, llamada la Vía Recta. Esta calle, de unos 2 kilómetros de longitud por 30 metros de ancho, atravesaba enteramente el conjunto urbano de este a oeste y estaba flanqueada por una columnata doble de columnas corintias, de las que hoy todavía quedan algunos restos.
En aquella posada, cuya exacta localización se ha perdido, permaneció Pablo por tres días, ciego y sin comer ni beber, que es un dato que registra el médico Lucas, siempre atento a estos detalles fisiológicos. Fueron tres días de profunda meditación, diríamos de choque espiritual estremecedor. Saulo, el celoso defensor de la honra de Dios, que él identificaba con el judaísmo, y consecuentemente perseguidor de la nueva herejía, se encontraba con que precisamente ese Dios se sentía no honrado, sino perseguido por él, precisamente porque estaba persiguiendo a los suyos, a los cristianos.
La aparición luminosa, por otra parte, sólo le había ordenado que entrase en la ciudad y que esperase allí a que le dijesen lo que tenía que hacer. Fueron, por tanto, tres días de una angustiosa expectación entre la luz y las tinieblas. Pero la respuesta de Dios no se hizo esperar, y estaba allí cerca, en la misma ciudad de Damasco.
«Había en Damasco cierto discípulo, llamado Ananías, a quien dijo el Señor en una visión:Ananías.
— Heme aquí, Señor.
Pero Ananías respondió:
Mas el Señor le dijo:
— Anda, ve, porque ese hombre es un instrumento elegido por Mí para llevar mi nombre delante de las naciones y de los reyes y de los hijos de Israel. Porque yo le enseñaré cuánto habrá de padecer por causa de mi nombre» (Hech 9,10-16).
Para aclarar este texto, que algunos encuentran confuso, hay que advertir que la narración yuxtapone dos cuadros, o quizá, mejor, los intrapone, uno dentro de otro. Un cuadro sucede en la casa de Ananías, donde éste recibe una visión y la misión de ir a curar a Saulo. Y dentro de esta visión, Ananías ve la casa de Saulo, más propiamente la posada de Judas, donde se encuentra Saulo que está recibiendo una visión sobre la llegada de Ananías.
Ananías obedece fielmente a la misión recibida. Leamos el texto, a partir del versículo 17.
«Marchó Ananías y entró en la posada. Y poniendo sobre Saulo las manos, le dijo:
— Saúl, hermano; me ha enviado el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por el que venías, para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo.
Y al punto se desprendieron de sus ojos unas como escamas y volvió a ver, y levantándose fue bautizado. Y habiendo tomado alimento, le volvieron las fuerzas» (Hech 9,17-19).
¿Quién era este Ananías? De él apenas sólo conocemos sino el nombre, que significa «Dios es propicio», y de él Pablo escuetamente nos dirá después que era un «varón piadoso según la Ley y estimado por todos los judíos que vivían en Damasco». Una leyenda, con escaso fundamento histórico, hará de Ananías el primer obispo de Damasco, que sufrió el martirio por lapidación.
La llegada de Ananías lleva a Pablo su completo remedio: recobra la vista, se llena de Espíritu Santo y es bautizado. No se sabe exactamente qué quiso decir Lucas cuando afirma que «se le cayeron de los ojos unas como escamas». Y se ha comentado diversamente qué tipo de enfermedad aquejó a Pablo, y si fue consecuencia de la luz cegadora que percibió o si tenía alguna relación con la enfermedad de oftalmía que probablemente padecía. Nada podemos afirmar con certeza, sino tan sólo el resultado de la curación, que sin duda fue instantánea. Tras ella, el evangelista afirma que Saulo estuvo con los discípulos que había en Damasco durante algunos días.
Saulo se retira al desierto
A juzgar solamente por el texto de los Hechos, parece que Pablo inmediatamente se puso a predicar en las sinagogas de Damasco, donde se levantó una persecución contra él. Sin embargo, sabemos por otros textos, y concretamente por la carta de San Pablo a los Gálatas, que inmediatamente después de su conversión y bautismo Pablo se retiró al desierto.
«Cuando aquel que me escogió desde el seno de mi madre, y me llamó por su gracia, quiso revelar a su Hijo para que lo evangelizase a los gentiles, en seguida, sin consultar a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén, a los apóstoles mis predecesores, me retiré a Arabia para volver después a Damasco» (Gál 1,15-17).
La región así designada, Arabia, nos resulta muy imprecisa, ya que en aquella época dicho nombre se aplicaba a los vastos territorios del otro lado del Jordán, que se extendían desde la alta Siria por el Norte hasta el Eufrates por el Este y el mar Rojo por el Sur.
Nada sabemos del lugar exacto al que se retiró Pablo, o si tal vez recorrió algunas de las aldeas y pueblos dispersos por aquella región, que no era tan desértica como ahora. Tampoco conocemos nada de su ocupación; aunque podamos suponer que fue un período de intensa actividad reflexiva y meditativa, semejante al que más tarde han tenido otros grandes convertidos al comienzo de su nueva vida.
Más adelante, San Pablo, en su predicación y escritos, se referirá a algunas comunicaciones y realidades que ha percibido no por tradición de los hombres, sino por comunicación divina. Es posible que algunas de estas comunicaciones celestiales daten de este período del desierto de Pablo. Quizá a él aludía el Apóstol cuando escribía a los Gálatas: «Os hago saber, hermanos, que el evangelio por mí predicado no es de hombres, pues no lo recibí o aprendí de hombres, sino por revelación de Jesucristo» (Gál 1,11-12).
Terminado este paréntesis de oración y silencio, que podemos suponer que duró varios meses, Pablo regresó a Da-masco y allí emprendió una predicación que muy pronto se hizo polémica.
LA CIUDAD DE DAMASCO
|
La ciudad de Damasco, a la que Pablo regresó tras su estancia en el desierto, tenía bien merecido su nombre, que probablemente en hebreo significa «lugar bien regado», ya que se encontraba situada en el borde de una fértil llanura regada por el río Barada y por las aguas que bajan de la cadena del Antilíbano. Damasco, situada en el centro de varias rutas de caravanas, tenía un floreciente comercio que le mereció el nombre de «Cabeza de Aram». La ciudad antiquísima se halla mencionada en el Libro del Génesis, donde se nos informa que en ella había nacido Eliezer, el mayordomo favorito de Abraham, a quien éste encargó la búsqueda de una esposa para su hijo Isaac. Después de múltiples vicisitudes políticas, el año 64 antes de Cristo fue conquistada por el general romano Metellus, y su región más tarde fue convertida en la provincia de Siria. |
Los Hechos de los Apóstoles nos informan acerca de las actividades de Pablo en Damasco.
«Pablo predicaba en las sinagogas que Jesús era el Hijo de Dios. Y se pasmaban cuantos le oían y decían: ¿No es éste el que perseguía en Jerusalén a los que invocaban este nombre y que había venido aquí precisamente para llevarlos atados a los sumos sacerdotes de Jerusalén? Y Saulo se fortalecía más y más y confundía a los judíos que habitaban en Damasco, demostrando que "éste es el Mesías". Cuando hubieron transcurrido bastantes días, tramaron los judíos un plan para matarle; mas llegaron al conocimiento de Saulo estas asechanzas. Y vigilaban día y noche, especialmente las puertas de la ciudad, con el designio de matarle; pero los discípulos, tomando a Pablo durante la noche, le descolgaron muro abajo en una espuerta» (Hech 9,20-25).
El conflicto entre Pablo y la sinagoga y la creciente hostilidad de ésta contra el nuevo predicador van a ser uno de los trazos típicos que se repetirán durante la vida apostólica de Pablo. En su permanencia en Damasco la hostilidad creció de punto hasta originar una conjura de los judíos, que resolvieron apoderarse de su persona para matarle. Y a fin de que no escapase, mantenían guardadas las puertas de la ciudad.
Esto no pudo hacerse sino con el consentimiento de la autoridad civil que entonces gobernaba allí, y que era la del rey Aretas IV, aunque el poder ejecutivo en la ciudad no fuese ejercido por el propio rey, sino por un etnarca o gobernador regional suyo, que velaba en aquella región por los intereses de los árabes nabateos. Todo lo cual San Pablo también nos lo confirma en su segunda Carta a los Corintios (2 Cor 11,32-33).
Algunos piensan que este dato sirve para la cronología de la vida de Pablo. Porque la huida de la ciudad tuvo que suceder cuando ésta ya no se hallaba bajo el dominio romano, sino bajo la jurisdicción de Aretas IV. Lo cual nos lleva al año 39, y supone un intervalo de tres años entre la conversión de Saulo y su huida de Damasco y consiguiente viaje a Jerusalén. Todo lo cual queda confirmado por la Carta a los Gálatas, donde se dice que tres años después de la conversión, Pablo bajó a Jerusalén (Gál 1,18).
La forma concreta de la huida resulta clásica en los relatos de fuga. Había en Damasco bastantes viviendas adosadas a la muralla, incluso construidas encima de ella, desde cuyas ventanas era fácil descolgarse fuera del muro exterior en campo libre.
El instrumento utilizado fue una gran espuerta hecha de mimbres y muy parecida a las que hasta hace poco tiempo se utilizaban en diversas regiones orientales para el transporte de objetos pesados. Otros prefieren llamarla «costal»; en suma, utilizaba un procedimiento bien conocido y que tenía su precedente en una fuga del propio David (1 Sam 19,12).
Saulo regresa a Jerusalén
El regreso de Pablo a Jerusalén constituye una fecha muy significativa en su biografía. De Jerusalén había salido como perseguidor de los cristianos y regresaba ahora como miembro y predicador de ese mismo grupo. ¿No preveía Pablo algunas dificultades en la Ciudad Santa? ¿No hubiera sido mejor irse hacia el norte, a Tarso y Cilicia, donde tendría amigos y familiares? Pero el viaje a Jerusalén estuvo motivado, según nos apunta Pablo en la citada carta a los Gálatas (1,18): «Viajé a Jerusalén —nos escribe— para interrogar a Pedro». El verbo que utiliza en griego es istorésai, que significa precisamente «explorar, investigar», y se dice de un militar que explora el terreno del posible combate o de un investigador que trata de conocer a fondo algún asunto.
Al llegar Pablo a Jerusalén, tropezó con un recelo natural en los miembros de la comunidad cristiana. No estaban lejos los días en que él había ejercido un protagonismo en la persecución de los cristianos. Y mientras esas memorias estaban en el recuerdo de todos, su conversión, en cambio, había tenido lugar en una región lejana, sin grandes posibilidades de comprobación.
«Y habiendo Saulo llegado a Jerusalén, trataba de juntarse a los discípulos; mas todos se recelaban de él no creyendo que fuese discípulo. Bernabé, tomándole consigo, le llevó a los apóstoles y les declaró cómo en el camino había visto al Señor, que le había hablado, y cómo en Damasco había predicado públicamente de Jesús.
Pablo, pues, andaba con ellos en Jerusalén, entrando y saliendo y hablando con franca libertad en el nombre del Señor» (Hech 9,26-27).
El texto anterior acaba de mencionar a Bernabé. Ya habíamos encontrado a esta persona anteriormente en nuestro relato, cuando mencionamos a los que depositaban su dinero y posesiones a los pies de los apóstoles, dando ejemplo de una comunidad de bienes que por algún tiempo funcionó en Jerusalén. Allí dijimos que Bernabé era un judío de la tribu de Leví, oriundo de Chipre, donde existía una numerosa colonia hebrea y que a la sazón vivía en Antioquía.
Bernabé pudo haber conocido a Pablo, bien en Chipre, situada a muy corta distancia de Tarso, o bien posteriormente en Jerusalén; pero el caso es que Bernabé estaba muy bien informado de la sinceridad y autenticidad de la conversión de Pablo y pudo, por tanto, garantizarlo ante la comunidad de Jerusalén, donde Bernabé gozaba de un merecido prestigio (cf. c.V).
El tiempo de la permanencia en Jerusalén —quince días— lo empleó Pablo en tratar familiarmente con Pedro y Santiago, el hermano del Señor. Pero a los demás apóstoles no los vio, según Pablo expresamente afirma en su carta a los Gálatas (1,19).
Las entrevistas con Pedro fueron sin duda una fuente informativa precisa y abundante sobre la vida de Jesús, con el que tan familiarmente había tratado Simón. Sin duda que Pablo, acompañado de Pedro, recorrió los parajes de Jerusalén donde el Maestro había predicado, tanto a la muchedumbre como sobre todo al círculo de los Doce. Fue sin duda la conversación de los dos apóstoles un evangelio a la vez denso y detallado, una transmisión de la doctrina del Señor Jesús, y una comprobación, a través del mejor testigo, de aquellas realidades del banquete eucarístico y de la Pasión y Resurrección del Maestro. Fue, en una palabra, la entrega, la paradosis de una tradición de la que Pablo después se mostraba enteramente seguro, porque él «trasmite lo que se le ha transmitido» (1 Cor 11,23).
Pero no todo fue diálogo y comunicación, porque también, alrededor del antiguo Saulo, surgió el círculo de los antagonistas, que en este caso fueron los mismos judíos helenistas que se habían opuesto a Esteban. Ambos, los judíos y Pablo, recogían la herencia del protomártir cristiano, los judíos para intentar matarlo y Pablo para proseguir la predicación de Esteban.
«Saulo hablaba y disputaba con los helenistas, los cuales intentaron matarle. Pero sabiéndolo los hermanos de Jerusalén, lo condujeron a Cesarea y lo enviaron a Tarso» (Hech 9, 29-30).
Quizá debajo de estas líneas se pueda leer no sólo la solicitud de la comunidad cristiana por la seguridad personal de Pablo, a quien se le saca de un peligro, sino también una cierta conveniencia que podríamos llamar de «política pacifista», de convivencia con el ambiente. La Iglesia, como nos lo advierte Lucas a continuación, «gozaba entonces de paz en toda Jerusalén, Galilea y Samaria. Crecía y vivía en el temor de Dios, multiplicándose con el impulso del Espíritu Santo» (Hech 9,31).
Es posible que en medio de este panorama pacífico la actuación, un tanto impetuosa y conflictiva de Pablo, pudiera perturbar esa paz. Quizá, pensarían algunos, Pablo, lejos de Jerusalén, podría encontrar tierras y gentes más dispuestas a recibir el mensaje del Evangelio.
Más adelante, en otra ocasión, cuando Pablo esté hablando en Jerusalén a unos judíos amotinados contra él, les descubrirá que en una estancia anterior suya en la ciudad, que bien pudo ser esta que estamos comentando, mientras oraba en el Templo tuvo un éxtasis y vio a Jesús que le dijo: «Date prisa y sal pronto de Jerusalén, porque no recibirán tu testimonio acerca de Mí. Vete, porque yo quiero enviarte a naciones lejanas» (Hech 22,17-21).
Así, pues, esta visión de Jesús, el peligro ante sus enemigos y los deseos de la comunidad impulsaron a Pablo a alejarse de la Ciudad Santa. Y para ello tomó el camino de Cesarea, que era el puerto marítimo de salida, y desde allí se embarcó con rumbo a Tarso, donde le encontraremos de nuevo más adelante.