MENSAJE DEL DÍA 6 DE OCTUBRE DE 2001, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Aquí estamos, hija mía; yo estoy como Madre y refugio de los pecadores, como Madre de tantos y tantos afligidos.

 

     EL SEÑOR:

     Y yo estoy como Padre de justicia y de amor. Yo quiero consumir a las almas en mi amor; pero las almas no se dejan modelar. Yo quiero destruir, de dentro de sus almas, todas las miserias que hay en ellas y hacer maravillas en sus almas y fortalecerlas, para que luchen y se retiren de tantas y tantas tentaciones que tienen en el mundo; y los arrastra, hija mía. Por eso te digo que hay que orar mucho, hacer mucha oración y mucha penitencia. A las almas las deslumbra el mundo y las pasiones; yo las llamo y ellas no quieren escuchar mi llamada. ¿No te da pena, hija mía? Por eso te pido, hija mía: hay que sufrir, hay que reparar, porque yo me entrego a las almas, pero las almas se hacen los sordas. Yo me doy en alimento, para fortalecerlas, y ¡cómo correspondéis, hijos míos, a tantas y tantas gracias como recibís de la Divina Majestad de Dios! Por eso te digo, hija mía, que la única manera de conquistar a las almas es con el dolor, con el sufrimiento. Te dije que estarías dos meses purificando los pecados y las miserias de estas almas. Mira, hija mía, cuánto cuestan, pero así vine yo a dar mi vida para salvaros, hijos míos. Por eso te pido, hija mía: hay que ir muriendo, muriendo poco a poco, para que los culpables vayan resucitando, hija mía.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, Señor, yo ya no puedo más, ya no puedo, Señor, ya no puedo! ¡Ay, no tengo fuerzas Señor! ¡Ay, ay, Señor, dame fuerzas para soportarlo todo! ¡Ay, ay, ay!...

 

     EL SEÑOR:

     Hija mía, tú sabes que yo estoy contigo también sufriendo, para salvar a las almas. ¡Qué ingratas son, hija mía!; pero hay almas que son tan obstinadas que se les quita la gracia y se les da a los demás, porque no quieren aceptar las gracias que yo les mando. Por eso, hija mía, tienes que ser fuerte y aceptar el sufrimiento y el dolor. Ya sé, hija mía, que no tienes nada en el cuerpo que esté a mi servicio (1), hija mía, que todo lo que tienes lo has puesto al servicio de Dios. Toma unas gotas del cáliz del dolor, hija mía... Toma otro poco, hija mía... Está amargo, hija mía; es la amargura de los pecados, que los hombres son tan ingratos que se introducen en el pecado y se dejan arrastrar por la astucia del enemigo. Los hombres quieren servir al enemigo, no quieren estar al servicio de Dios, hija mía; pero mira los que están al servicio de Dios y los que han estado en la Tierra a su servicio en esta Obra, hija mía.

 

     PIERRE PIQUÉ:

     Gracias os doy a todos por haberme aceptado al servicio de esta Obra bendita de Dios.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, Pedro, ay!

 

     PIERRE PIQUÉ:

     Mirad las gracias que he recibido, que aquí estoy en este lugar maravilloso de felicidad, de alegría y de paz. Dios me ha introducido en sus entrañas y me ha hecho ver su vida interior, donde está el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, y donde me están haciendo comprender maravillas y misterios divinos; a través de las entrañas de Dios Padre, está la grandeza de todo. ¡Qué feliz soy! Por eso pido a todos: trabajad para gloria de Dios, que hay una recompensa bella y eterna. ¡Qué hermosura y qué grandezas las de aquí! Pido a los míos que me imiten y sigan este camino para juntarnos en las maravillas de Dios.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, qué grandeza!

 

     PIERRE PIQUÉ:

     No hay paz ni felicidad que se parezca a este lugar. Luchad, para que todos podamos llegar a la paz y a la felicidad eterna.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, Dios mío..., Señor!

 

     EL SEÑOR:

     ¿Ves, hija mía, como te digo, que nada quedará sin recompensa? Cualquier cosa que se haga por los pobres, por los necesitados... Recibirán una recompensa tan grande que es más del ciento por uno, hija mía; pero, ¡ay, aquéllos que son cobardes e ingratos a lo que yo les he pedido, sólo por querer resplandecer en los primeros puestos, y por recibir halagos y palmaditas!; todo lo han perdido. Cómo cambian, te lo he dicho muchísimas veces, hija mía: ¡cambian la eternidad por el tiempo! ¡Ay, pobres, les gusta estar en los primeros lugares! ¡Ay, que les gusta repetir su nombre y que estén dándoles palmadas en la espalda!; han cambiado la grandeza de Dios por la vanidad y la vanagloria de la Tierra.

     Pero, hija mía, el modo de llegar al Cielo es la cruz, y el que la rechaza no caminará por el camino que caminó Cristo. ¿No os dais cuenta, hijos míos, que el amor que sentía por vosotros fue el que me dio muerte? Vosotros, ¿no podéis ofrecer cualquier humillación, cualquier persecución o cualquiera de las contradicciones que hay en el mundo? Sed humildes, hijos míos, y sabed ofrecer a Dios holocaustos, hijos míos. Los hombres se han olvidado de los principios que los llevaba a la santidad y a la Gloria.

     Sacrificio, sacrificio y penitencia pido, amor entre los hombres. Orad mucho, hijos míos, porque el mundo, os lo he dicho otras veces, está al borde del precipicio; porque los hombres, con su orgullo y su vanidad, no reconocen los misterios de Dios, ni la Ley de Dios; la pisotean. Por eso, hija mía, si queremos ayudar a los débiles, tienes que ser fuerte y seguir sufriendo. El sufrimiento es amor, hija mía. El sufrimiento es redención.

     “Orad, hermanos...”, decís todos los días en el sacrificio de la Santa Misa; pero ¿sabéis lo que significan esas palabras, o estáis de rutina oyendo ese Santo Sacrificio? Es la palabra más hermosa: reunirse todos los hijos de Dios para comunicarse con Dios en la oración. No vayáis a recibir mi Cuerpo de rutina y con esa tibieza que muchos vais, hijos míos. Yo soy la Fortaleza, y el que ora con profundidad y su oración sale de lo más profundo de su corazón, yo estoy en comunicación con él; por eso os pido oración, oración y sacrificio. Haced visitas al Santísimo; a veces, ¡estoy en una soledad! ¡Cuánta sed tengo de almas en esa soledad, hija mía! Tengo frío, pero frío de amor. Las almas no me abrigan, porque vienen sus corazones como témpanos de hielo; no me dan calor, ese amor sincero, sin egoísmo. Aquí estoy día y noche, hija mía, esperando a los hombres, en esta soledad tremenda; todo por el amor a ellos; por eso instituí este sacramento de la Eucaristía, y ¡qué mal correspondido soy!

     Amaos los unos a los otros, y no carguéis cargas unos sobre otros. Y tú, hija mía, sé humilde y acepta todo lo que yo te mande; no te desesperes.

 

     LUZ AMPARO:

     Señor, con tu ayuda..., pero no tengo fuerzas, Señor; Tú sabes que no puedo, a veces.

 

     EL SEÑOR:

     No te separes de mí; yo soy la Fortaleza, el Camino, la Vida. Al que está conmigo, lo fortaleceré.

 

     LUZ AMPARO:

     Gracias, Señor.

 

     LA VIRGEN:

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos con bendiciones especiales para el día de las tinieblas...

     Orad mucho, pues el mundo está en un gran peligro constante, hijos míos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

_______________________

(1) Entendida literalmente, la frase no corresponde a la intención expresada a continuación en el mensaje y que es la adecuada: “...todo lo que tienes lo has puesto al servicio de Dios”.