MENSAJE DEL DÍA 1 DE SEPTIEMBRE DE 2001, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, aquí estoy, una vez más, para recordar a los hombres que cumplan la Ley de Dios. Aunque los hombres dicen que no es necesario, para salvarse, cumplir con la Ley de Dios; el Evangelio está escrito: ¿quién se salvará? El que cumpla con los mandamientos. ¿Quién cumple con los mandamientos, hija mía? ¡Qué pocos son los hombres que cumplen con los mandamientos! Por eso me manifiesto una y otra vez, porque quiero que los hombres cumplan los mandamientos de la Ley de Dios. Los hombres han hecho unos mandamientos como ellos han querido, hija mía. Por eso, ¡cuántos se presentarán ante Dios, y Dios no los reconocerá, hija mía! ¿Cómo los hombres se quejan que cómo me manifiesto tantas veces, si los hombres no dejan de ofender a Dios y no cumplen con la Ley de Dios?

 

     EL SEÑOR:

     Hijos míos, cumplid con los mandamientos, acercaos a los sacramentos y no seáis tan ingratos. Hoy el único “mandamiento” que resplandece, que el hombre lo ha creado(1), es la pasión, el placer. Han deformado todos los sacramentos, hasta el sacramento del Matrimonio.

     Yo podía haber creado ángeles y querubines, y, sin embargo, quise que el hombre naciera del hombre por amor. Por eso dejé la libertad al hombre y le hice racional; y a los animales les dejé “brigidez”..., ¿frigidez?(2), y no les di una inteligencia racional como al hombre. El hombre fue creado con el fin de procrear, y ¿qué han hecho de este sacramento?: aberraciones, placeres, pasiones..., y han destruido el amor; porque el hombre se ha degenerado, y el amor ha desaparecido con la pasión y el placer. Por eso el hombre tiene que dar cuenta a Dios de esos pecados de adulterio, de placer, de pasión. El hombre se ha vuelto loco, sólo piensa en el sexo, hija mía; no encamina ese sacramento a la Ley de Dios con el amor; que Dios está en ese momento tan hermoso, que es que el hombre ame con todo su corazón, pero con la gracia que viene por el sacramento. El hombre hoy es como un animal, pero racional. Los animales los he dejado yo, hija mía, con esa frigidez, pero al hombre le he dado libertad para llegar a Dios por el amor, y la gloria que se le da a Dios en ese matrimonio lleno de amor, de pureza y de belleza.

     ¡Ay, criaturas, que no hacéis nada más que cometer pecado tras pecado y lleváis el pecado de la carne en triunfo! ¿No veis, hijos míos, que el mundo se ha desbocado en una degeneración? El hombre no respeta la dignidad que Dios le ha dado; se ha vuelto un animal salvaje; no le da importancia al pecado; por eso el mundo está en esta situación, hija mía. Sólo pido, hijos míos, que conservéis la Ley de Dios, procreéis por amor, con ese amor que viene del costado de Cristo y que, por la gracia del sacramento, se impregna en vuestros corazones.

     ¡Ay, criaturas, hasta dónde llegáis con la pasión y el placer! Todo es la falta de amor que hay entre los hombres, y todo lo han convertido en pasión y placer; no buscan nada más que sus propios gustos y sus propios placeres. Es lo que vengo a recordar, hijos míos, y el hombre no quiere oír. ¡Cuántos llegan ante la Divina Majestad de Dios y tienen que oír las palabras: “¡No te conozco, porque no cumpliste mis leyes!”. Cumplid los mandamientos, amad a la Iglesia y bebed de sus fuentes, hijos míos, pero que esas fuentes eleven vuestro espíritu a la Divina Majestad de Dios; no os quedéis en los placeres del mundo. Desprendeos del mundo, hijos míos; amad a vuestros hermanos. No existe el amor entre los hombres, ni entre los mismos matrimonios, hija mía; lo han convertido todo en sexo y pasión. Y repito, hijos míos, que yo quise que el hombre naciese del amor; si no, hubiese creado ángeles y querubines y serafines. Respetad este mandamiento.

     Acudid a este lugar, hijos míos, que aprenderéis a amar a la Iglesia, al Santo Padre; porque las palabras que se dicen en este lugar son para ir al templo y para cambiar vuestras vidas, hijos míos. Es la doctrina que se os enseña. ¡Cuántos se han salvado que estaban condenados, porque el camino que llevaban era un camino de pecado y de destrucción, y recibieron la gracia, y cambiaron sus vidas, confesaron sus culpas, y aquí están, hija mía! Mira qué gran número de todos los que acudían a este lugar.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, ay, cuántos, Señor, ay!

 

     EL SEÑOR:

     Este gran número de almas han recibido gracias muy especiales y han muerto con los sacramentos y en gracia, y aquí están, hija mía.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, Dios mío! ¡Qué grande es Dios! ¡Ay, cuántos, Señor, ay, ay!

 

     EL SEÑOR:

     Ésa es la grandeza de Dios, que derrama gracias para salvar a las almas. Unos las pisotean y las rechazan; y el que las recibe y las cultiva, mira dónde se encuentra; y otros muchos, hija mía, que han cambiado sus vidas totalmente para entregarse a Dios.

     ¡Cuánto le cuesta al hombre dejar el mundo y entregarse al pobre y al necesitado! Hijos míos, ayudad a los pobres, a los necesitados; cambiad vuestras vidas y amad mucho a nuestros Corazones, de Jesús y de María.

 

     LA VIRGEN:

     Todos los que acudáis a este lugar recibiréis gracias muy especiales, hijos míos.

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos con bendiciones especiales para los pobres pecadores...

     Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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(1) Es decir, que el hombre lo ha introducido en el mundo, según una de las acepciones del verbo “crear”.

(2) Al comunicar esta palabra, Luz Amparo la pronuncia mal primero, rectifica enseguida y la repite, ya segura, líneas más abajo... Los animales, al faltarles una inteligencia racional, se rigen por el instinto, que regula por épocas la procreación; por ello, Dios les dejó “frigidez” o indiferencia en etapas determinadas.