MENSAJE DEL DÍA 3 DE MARZO DE 2001, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     EL SEÑOR:

     Hija mía, aquí está la Divina Majestad de Dios ultrajada por los hombres. Hay que seguir reparando, hija mía, por las almas. Las almas son obstinadas e ingratas; ni ante la cruz, ni ante los ultrajes, el hombre se humilla, hija mía, y los hombres no ven la situación del mundo: que cada día Dios es olvidado, ultrajado y despreciado. Hija mía, cuántas veces grito a los hombres, desde la soledad del sagrario, que tengo sed y hambre de almas. Tengo frío, hijos míos, porque los hombres no me dan calor, su corazón parece un bloque de hielo. El hombre está más interesado en el mundo, y en las cosas que hay en el mundo, que en Dios.

     Hago un llamamiento, hijos míos, a las almas: visitadme en el sagrario, hijos míos, recibid la Eucaristía. ¡Cuántas noches grito desde mi soledad: “¿Qué hacen las almas con la Divina Majestad de Dios?”! Quiero que los hombres se reúnan a orar y a pedir por los pecadores.

     También hago un llamamiento a los señores obispos, para que reúnan a los señores sacerdotes y les enseñen a trabajar por su ministerio y que se dediquen sólo a las almas, que hay mucha mies y pocos operarios, que dejen de ser funcionarios y que expliquen a las almas la verdad del Evangelio; y que los señores sacerdotes hagan caso de los señores obispos; que enseñen quién es el Creador y quién es la criatura, porque los hombres se están convirtiendo en creadores y han dejado al Creador. No puede ser un creador el hombre, cuando ha sido creado. El Creador es el Increado. Enseñad a los hombres, hijos míos, las verdades, para que los hombres cambien sus vidas.

     Se avecinan tiempos graves, hijos míos; con la oración, con el sacrificio ¡se puede evitar, hijos míos, tantas catástrofes!... Sed humildes y comprended la palabra de Dios. No hagáis como cuando el Diluvio, hijos míos, cuando Sodoma y Gomorra; siempre que Dios ha avisado, hijos míos, vuestra soberbia no os ha dejado ver las verdades, que Dios ha dicho, hijos míos. Dios no es catastrófico, es la verdad del Evangelio. Explicadles a los hombres todas las verdades.

     Queridos, hijos míos, sacerdotes: haced caso de mis queridos obispos, y predicad por todo el mundo, para que los hombres vuelvan la mirada a Dios. ¿No veis que cada día Dios está más olvidado? No os hagáis los sordos, hijos míos, escuchad mi palabra, dad ejemplo, hijos míos, de vuestra vida.

     Y vosotros, laicos, amad a la Iglesia, amad al Santo Padre, hijos míos, pedid por él. Reuníos todos a orar, hijos míos, el mundo está necesitado de oración. Si los hombres oraran, las almas se convertirían. Orad. Orad, hijos míos. Rezad el santo Rosario, hijos míos; si podéis, rezadlo en familia, que los hogares están destruidos. Las familias se separan unos de otros y crecen sin conocerse unos a otros. ¡Qué pena de familias, hijos míos! ¿No os da pena de no respetar la Ley de Dios, hijos míos? Vivid en el santo temor de Dios, seguid el Evangelio, amaos unos a otros.

     Hay que enseñar al hombre para lo que fue creado. En primer lugar, sacerdotes queridos, enseñadles a los hombres que han sido creados para amar y glorificar a Dios, no para idolatrar a los hombres ni para idolatrarse ellos mismos, mientras Dios es despreciado y olvidado. ¿No os da pena de las ofensas tan graves que cometéis contra Dios, hijos míos? Frenad vuestros sentidos, hijos míos. El mundo está lleno de inmoralidad, y cuando el hombre cae en lujuria se queda ciego. Ya la desobediencia es la primera, hija mía. Cuando el hombre desobedece a la Ley de Dios se queda sordo y ciego; y el pecado de la lujuria es el que está reinando entre la Humanidad. No le dan importancia, hija mía; los pecados los ven virtudes y las virtudes pecados. ¿Por qué escondéis el Evangelio y no lo explicáis tal como es, hijos míos, para que los hombres sepan las verdades?

     Orad. Haced mucha oración. Confesad vuestras culpas, hijos míos. Haced visitas al Santísimo, acompañadme alguna noche, hijos míos. Los hombres se han olvidado de mi soledad. ¡Qué frialdad encuentro en muchos sagrarios, hija mía! En muchos sagrarios estoy olvidado. Visitadme, hijos míos. Amaos unos a otros con un amor limpio y puro, hijos míos. Sed humildes y comprended la verdad, hijos míos. ¿No os da miedo de frenar a Dios, hijos míos?

     Tú, hija mía, sigue reparando por estas almas, para ver si llegan a mí. ¡Qué duras son las almas! Cuánto les cuesta, hija mía; con lo fácil que es amar, pero confunden el amor con la pasión. No saben lo que es el verdadero amor, venido de Dios. El hombre ama con pasión y por egoísmo. Así está el mundo, hijos míos. Sacrificio pido y penitencia. Os enseño a amar a la Iglesia, hijos míos. Todos los que acudís a este lugar: confesad vuestros pecados, hijos míos; amad mucho a la Iglesia, a los sacerdotes, al Santo Padre, y orad, para no caer en tentación.

 

     LA VIRGEN:

     Sí, hija mía, es necesario sacrificarse y orar por las almas, aunque las almas sean ingratas, hija mía, no te canses de orar por ellos.

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos para el día de las tinieblas...

     Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.