MENSAJE DEL DÍA 3 DE JUNIO DE 2000, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, aquí está tu Madre, Madre de todos los hombres; de los afligidos, de los tristes, de los huérfanos, de los miserables. Yo vengo a dar un mensaje al mundo de amor y de paz; pero los hombres se hacen los sordos y no quieren escuchar mi voz, hija mía. ¡Qué triste está mi Corazón!

 

     EL SEÑOR:

     Sí, hijos míos, orad, pero con una oración que salga de lo más profundo de vuestro corazón. El mundo está corrompido.

     Bebe unas gotas del cáliz del dolor, hija mía... Para que sientas la amargura de nuestros Corazones por la perversidad de los hombres, hija mía.

 

     LA VIRGEN:

     Orad, hijos míos, que si la oración sale de dentro de vuestro corazón, la ira de Dios se calmará.

 

     EL SEÑOR:

     Pero los hombres no escuchan mi voz y han perdido la confianza en mí. Ésa es la mayor tristeza de nuestros Corazones: que el hombre no tenga confianza en Dios y se comporte como las fieras; peor, te dije, que las fieras, hija mía, porque las fieras protegen a sus cachorros, y los hombres se matan unos a otros. ¡Qué tristeza siente nuestro Corazón!; y los hombres siguen haciendo los sordos. Y no siento tanto dolor por aquéllos que no se han consagrado a mí, sino por los que se han consagrado a mí: por los sacerdotes, por los religiosos y religiosas, por aquellas almas predilectas de nuestro Corazón.

     Mira, hija mía, un día mi Corazón lo que sufrió por los hombres...

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Oy, veo un volcán de fuego y de a...! ¡Ay, dentro de ese Corazón..., qué fuego siente ese Corazón! ¡Oy, qué Corazón! Es el Corazón de Jesús; dentro de Él es como un volcán de fuego.

 

     EL SEÑOR:

     Sufrí mucho, hija mía, con este volcán de fuego que me consumía de amor por los hombres, e instituí la Eucaristía para ellos, para fortalecerlos. ¿Y qué es de todo aquello, hija mía?: los hombres no tienen devoción a la Eucaristía; van muchos de ellos como si fuesen al matadero. Mis sacerdotes, un gran grupo de ellos, es rutina lo que tienen; después, tienen cansancio, hija mía; después desobediencia; y luego tibieza. Yo, que me entregué en sus manos para que hiciesen lo que quisiesen conmigo, me llevasen y me trajesen donde quisieran, y los veo, hija mía, que se han introducido en el mundo y se han quedado sin la visión celestial. ¿Cómo no van a estar triste nuestros Corazones? Y si yo les mando un mensaje, se enfurecen, porque no quieren reconocerse como son. Hijos míos, si sois lo más amado de nuestros Corazones, ¿por qué os comportáis así, hijos míos? Tenéis mucho trabajo porque el mundo está en un caos, sin Dios. Trabajad, pastores de la Iglesia, y atraed a las almas al rebaño de Jesús. No digáis que tenéis mucho trabajo y os agotéis enseguida, hijos míos; no lo toméis de rutina, sino que vuestros corazones estén llenos de fe y de amor para poder transmitir a los hombres las verdades que no conocen. ¡Qué pena de almas, hijos míos, que se desvían de los rebaños y se meten en los caminos de la perdición! Vosotros sois también responsables de los actos de esas almas, hijos míos. Yo, vuestro Dios, hijos míos, me entrego en vuestras manos y me humillo, para que vosotros seáis los que me ensalcéis. ¡Y cuántos de vosotros os ensalzáis a vosotros mismos y disminuís a Cristo!

     ¡Ay, criaturas de Dios, abrid vuestros oídos a mis palabras, hijos míos, que mi Corazón se derrite de amor por vosotros! Sois privilegiados, hijos míos, y vosotros, ¿cómo correspondéis a ese privilegio? Y a los que quieren seguir el camino recto y seguro, tampoco los dejáis, hijos míos. ¡Ay, almas queridas de mi Corazón, cambiad vuestras vidas, que hay mucho trabajo! No os agotéis tan pronto, hijos míos. El sacerdote es como el médico, de día y de noche tiene que estar pendiente de las almas, porque es médico del alma. ¡Y cómo os cansáis en seguida, hijos míos, y os introducís en el mundo, en los placeres y en los gustos! Rechazad todos los placeres y todos los gustos, hijos míos, y dedicaos a vuestro ministerio; veréis cómo encontráis la felicidad, la felicidad eterna. Porque si no, hijos míos, la felicidad temporal os introducirá en la profundidad del Infierno, hijos míos.

     Pido a todos los hombres que cambien sus vidas, que el mundo cada vez está peor, sin fe. El hombre ha olvidado a Dios; y donde no está Dios, hijos míos, no puede haber paz ni amor ni tranquilidad, hijos míos.

     Hija mía, no te dé miedo de comunicar a los hombres lo que yo te comunico; grítalo, que cambien sus vidas, aunque no lo reconozcan, pero tú cumple con tu misión, hija mía. Te quiero humilde, hija mía. Sabes que me gusta mucho la humildad. Y aunque estés llena de miserias, si eres humilde, hija mía, jamás me separaré de ti. Yo desprecio a los orgullosos, a los soberbios, a los hipócritas, a los fariseos. Hija mía, la humildad, te lo he dicho muchas veces, es la base principal de todo. Sabes que te puse un director al que le di luz para reconocer tus pecados y comprender tu alma. Sé que te aflige el día que él no esté, hija mía, pero te ha preparado muy bien, y aunque tienes miserias, hija mía, tu amor es más grande que tus miserias, y por eso nuestros Corazones te aman y te piden que seas humilde, hija mía, y que nada te turbe ni te angustie. Sabes que el Creador está por encima de la creatura, y yo te he protegido muchas veces de muchos peligros, desde muy niña, en muchas situaciones. Sabes que no te he abandonado. No te entristezcas, hija mía, porque tu director se va desgastando día a día, preparando su camino para ser bien recibido, hija mía. Cuántas veces te he dicho: aprende de él, que todos los que se hacen como niños vendrán al Padre y serán sentados en su rodilla y queridos y acariciados.

     He puesto una Obra en tus manos y en las manos de todos los que pertenecen a ella; que nadie diga que no le corresponde luchar por esta Obra. Todo el que está en esta Obra tiene que mirar por ella, empezando por los sacerdotes, porque de ellos también reciben gracias para sus almas y los he revestido de una gracia muy especial. ¿Cómo no van a preocuparse como miembros de la Obra? Hijos míos, si sabéis que sois queridos por nuestros Corazones, muy queridos, sed capaces, hijos míos, de entregaros en cuerpo y alma para la salvación de las almas y para que esta Obra crezca —os he dicho— como las estrellas del cielo.

     Pido humildad para todos. Y todos los que acudís a este lugar, hijos míos, habéis recibido gracias muy especiales. Seguid orando. Amaos unos a otros. Que en vuestros hogares haya paz y amor, hijos míos, y especialmente unidad. Enseñad a vuestros hijos el camino de la perfección, que es el camino del Evangelio. Pedid por el Santo Padre. Orad mucho por él, hijos míos, y también pedid por religiosos y religiosas y sacerdotes, para que vuelvan al camino de la perfección y maten el orgullo y la soberbia y no se vean nada (y). Que crezcan en virtudes.

 

Que no crezcan en orgullo ni vanidad. Humildad pido, hijos míos, humildad.

 

     LA VIRGEN:

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos con bendiciones especiales para los pobres pecadores...

     Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.



(y) “...no se vean nada”; es decir, que practiquen la humildad y no se consideren algo importante, sino nada y miseria.