MENSAJE DEL DÍA 6 DE MAYO DE 2000, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, otra vez aquí, estoy presente como Madre de los pecadores, como Madre de los afligidos, hija mía. ¿Cómo una madre va a abandonar a sus hijos, si es una verdadera madre? Y yo soy Madre de los hombres, porque así lo quiso Cristo al pie de la Cruz, cuando dijo a Juan: “He ahí a tu Madre...; he ahí a tu hijo”. Por eso soy Madre de los hombres y mi Corazón sufre por ellos.

 

     EL SEÑOR:

     Porque el mundo está trastornado hasta los cimientos y los hombres se han olvidado de Dios y muchos de los que le conocen se están olvidando porque no acatan mis leyes. Sí, las leyes del Hijo de Dios vivo; no aceptan mis palabras ni creen en mi presencia. ¡Pero qué ilusos son los hombres! Tener que decir a Dios y planearle los caminos, a dónde y cuándo y cómo... Pero, ¿cuántas veces tengo que decir que yo me manifiesto a quien quiero, donde quiero y cuando quiero, y doy a los hombres para que escuchen mi palabra (1)?; y, como los hombres se hacen sordos, sigo insistiendo en mi palabra. Mi palabra es la verdad, y aquél que duda de mi palabra, duda del Espíritu. Y yo vengo a corregir a los hombres, a ayudar a los hombres y a amar a los hombres, porque no he dejado de amarlos; ellos han dejado de amarme a mí, pero yo no he dejado de amarlos a ellos. Van por el camino de la tiniebla, muchas almas, y yo, que soy la Luz, no se acercan para dar luz a sus pobres almas. Hijos míos, estoy con los brazos abiertos como el padre del hijo pródigo. Venid a mí los que estéis agobiados, que yo os aliviaré, hijos míos. Por muy graves que sean vuestras culpas, mayor es mi amor, hijos míos.

     ¡Cuántas gracias habéis recibido de este lugar! ¡Cuántas ovejas perdidas han vuelto al rebaño! ¿Por qué los hombres, obstinados, están en que mis mensajes son largos, en que tanto mensaje?... ¿Pero el mundo no necesita mi palabra, hijos míos?; porque hay muchos oídos sordos que no la quieren escuchar. Mi palabra se quedó escrita; pero también hay ciegos que ni la quieren leer ni la quieren escuchar. El tiempo es corto, hijos míos; por eso os pido: venid a mí, que yo os descargaré de todo vuestro peso, hijos míos. ¡Cuántas almas han subido al Cielo por pisar este lugar! ¿No es grande, hijos míos, alcanzar el Cielo las almas? ¿Por qué os empeñáis en hacerme desaparecer? Escuchad mi ley, hijos míos, y cumplid mi palabra. Cumplid con mis mandamientos, acercaos a la Eucaristía, al sacramento de la Penitencia, hijos míos, y vivid una vida ordenada.

     Reza, hija mía, y ora para que los hombres tengan orden en sus vidas y vuelvan su mirada a mí. Muchos me han ofendido tanto que no serían dignos de mi amor. Pero yo, hija mía, amo tanto a los hombres que, si di mi vida por ellos, sigo repitiendo: mirad mis manos y mis pies, hijos míos. Mi cuerpo fue azotado y ultrajado por vuestras culpas, hijos míos, y yo seguía pidiendo perdón a mi Padre por vosotros. Os amo, hijos míos; soy un padre con un corazón tierno; pero pensad, hijos míos, que tengo que aplicar la justicia sobre los hombres también. Amad a Dios con todo vuestro corazón y con todas vuestras fuerzas, hijos míos, y amaos unos a otros como yo os he amado.

     Gracias, hijos míos, a todos los que acudís a este lugar, porque cada conversión de cada alma que acude a este lugar hay una gran fiesta en el Cielo. ¡Cuántas fiestas se han celebrado en el Cielo por tantas y tantas almas como se han convertido! ¡Y que los hombres sean tan testarudos y no vean la realidad de estos hechos! Gracias, hijos míos.

     Bebe un poco del cáliz del dolor, hija mía...

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, qué amargo!... ¡Oy!...

 

     EL SEÑOR:

     Hija mía,... esta amargura, ofrécela por los pobres pecadores. Está muy amargo: la amargura que siente mi Corazón cuando veo que las almas que yo he creado, hija mía, no quieren acudir a mí.

     Bebe otras gotas...

     Hija mía, cuesta mucho redimir a los pecadores. Sé valiente y que tu corazón no se entristezca, hija mía. Digan lo que digan, hija mía. Pero, ¿cuántas veces te he dicho, hija mía, que no es el discípulo más que el maestro? Y si a tu Maestro le calumniaron, le despreciaron..., ¿qué van a decir de ti, hija mía? Pero que nadie te confunda, hija mía. Yo soy la Verdad y soy el que te indico el camino día a día. Tú déjate, hija mía, influenciar por mi verdad. No dudes ni de mis palabras ni de mi presencia, hija mía. Sé fuerte y no te dejes “tamboledar”, hija mía, que te “tamboleas” (2) muchas veces para un lugar y para otro. Te tambaleas, hija mía, porque te angustian las palabras de los hombres. Fíjate en tu Maestro y verás cómo no te tambaleas. Ama nuestros Corazones, hija mía, que no sabes las alegrías que han recibido nuestros Corazones, porque te hemos dado gancho para atraer a las almas. No te retires de ellas. Llévalas, háblalas con ternura, con amor, hija mía, y preséntamelas con el corazón enternecido; ésa es la alegría que sienten nuestros Corazones.

     Velad por la Obra, hijos míos. Velad todos juntos. No permitáis que nadie pueda dañar esta Obra, hijos míos. Si la amáis, protegedla.

 

     LA VIRGEN:

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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(1) Quiere decir: “...y doy a los hombres mi palabra para que la escuchen”.

(2) Al escuchar la grabación, se entiende “tamboledar” y “tamboleas”, que no corresponden a verbos en español. Es probable que se trate de un error de pronunciación, pues, seguidamente, dice “tambaleas” (del verbo “tambalear”), cuyo sentido ya es claro conforme al contexto.