MENSAJE DEL DÍA 1 DE ENERO DE 2000, SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS,

PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     EL SEÑOR:

     Siéntate, hija mía.

     Hijos míos, orad mucho. Orad por la situación del mundo. Orad por mis pastores.

     Sí, hijos míos, almas queridas de mi Corazón, os repito otra vez, hijos míos, aquéllos que sois amigos míos y así os jactáis de decirlo. Un amigo no puede defraudar a otro amigo, siendo un buen amigo, y muchos de vosotros, hijos míos, estáis en tinieblas; no tenéis temor al pecado ni lo despreciáis; vivís una vida regalada, hijos míos. ¿Eso es amar a vuestro Dueño y Señor?

     Renunciad a tantas comodidades, hijos míos, a tantos gustos como le dais al cuerpo, hijos míos. Hijos míos, no repudiáis el pecado y perdéis mi presencia, hijos míos. Cambiad vuestras vidas, os lo exijo, hijos míos. Orad, haced sacrificios. Orad mucho y arrancad de dentro de vuestro corazón la mala hierba que lleváis, hijos míos. Y cuando cambiéis de vida, yo, con los brazos abiertos, os daré un abrazo de fraternidad y de amor, y llenaré vuestra alma de gracias, hijos míos. Pero ¿cómo pensáis que viviendo, muchos de vosotros, como vivís..., toda la Majestad de Dios, que es ultrajada y pisoteada, porque hicisteis un pacto con Dios, hijos míos, que no lo cumplís...?

     Sed pastores celosos de mi Iglesia, que mi Corazón tiene preferencia por vosotros, y vosotros, en vez de defenderme, hijos míos, que tenéis más obligación que nadie de defenderme, me pisoteáis y me despreciáis. ¿Sabéis por qué, hijos míos? Porque no es amor lo que sentís por mí; y ¿sabéis por qué no habéis alcanzado el amor? Porque no habéis alcanzado la humildad. Sed humildes, veréis cómo alcanzáis el amor. Habéis perdido la presencia de Dios, porque no estoy presente ni en vuestras palabras, ni en vuestros oídos, ni en vuestros paseos, hijos míos, ni en vuestros trabajos. No me tenéis presente en ninguna de vuestras acciones, hijos míos; y por eso la presencia de todo un Dios la habéis abandonado. Si yo estuviera presente en vuestros sentidos, estaría en esencia, presencia y potencia, hijos míos, y nada ni nadie podría contra vosotros; venceríais las tentaciones.

     Quiero una renovación en la Iglesia de pastores fieles a la doctrina del Evangelio.

     Tú, hija mía, no te dé miedo de nada, no te calles ni una sola palabra de las que te digo; es para bien de sus almas, hijos míos. Es para evitarles el caer, unos en la profundidad del Infierno y otros en el Purgatorio. Muchos años llevan en el Purgatorio, hija mía; mira éstos: éste lleva cincuenta años en el Purgatorio. Mira este otro, hija mía: lleva cuarenta años en el Purgatorio. Mira sacerdotes y mira párrocos, hija mía. Años y años estarán sufriendo en el Purgatorio. Y por una gracia muy especial no han caído en el Infierno, hija mía.

     Corregid vuestras vidas, hijos míos, almas queridas de mi Corazón. Renovad vuestro espíritu y sed celosos de la Iglesia y trabajad para vuestro Señor y Dueño. Soy dueño de todo lo vuestro, hijos míos; me pertenecéis de la cabeza a los pies. Por eso, os pido que, aquello que habéis dejado en el olvido, la oración, el sacrificio, os lo vengo a recordar. Pero muchos de vosotros, hijos míos, sois tan soberbios que no reconocéis la situación de vuestras almas, hijos míos. Pero sí que vuestra soberbia no os hace reconocer que yo me manifiesto para salvar a los hombres, y entre los hombres estáis vosotros, hijos míos. Y siempre estáis diciendo que tantos mensajes y tantos mensajes; pero ¿hacéis caso de los mensajes, hijos míos? Os vengo a recordar que cumpláis el Evangelio. Si lo cumplierais, hijos míos, no vendría a traeros tantos mensajes como vosotros rechazáis. Pero como no cumplís, hijos míos, y os amo, os vengo a avisar y a recordaros lo que sois. Si arrancáis de vuestra alma, hijos míos, todos los vicios y os ponéis en mi presencia, yo habitaré en vosotros y no os abandonaré, porque os amo, hijos míos. ¿Qué más puede decir todo un Dios a sus criaturas? Orad mucho, hijos míos, que os habéis abandonado, y dejad los apetitos de la carne, de la gula y de toda esa vida regalada que lleváis, hijos míos. Imitad a vuestro Jesús: cómo vine al mundo y cómo me fui del mundo. Os exijo, hijos míos, que levantéis vuestra mirada a Dios y os convirtáis. Y dejad que os ayuden aquéllos que llevan el camino recto del Evangelio. No seáis ingratos, que no entráis en el Cielo ni queréis que entren los demás. Orad, haced sacrificios para luchar con las tentaciones.

     Y tú, hija mía, te repito: nada temas; si estoy yo, ¿quién contra ti?

     Todos los que acudís a este lugar, hijos míos, orad mucho por los que no oran, sacrificaos por los que no se sacrifican y haced mucha penitencia.

     ¡Cuántas almas se han convertido en este lugar! ¡Qué gozo sienten nuestros Corazones cuando los hombres se convierten! Orad, hijos míos, y amaos unos a otros; ése es el mandamiento que los hombres han olvidado: el mandamiento del amor.

     Todos los que acudís a este lugar, hijos míos, recibiréis gracias muy especiales en la vida y en la muerte. Pedid a vuestros ángeles custodios que custodien vuestros pasos para glorificar a Dios. Y gracias, hijos míos, por todos aquellos halagos y por tantos gozos y alegrías como recibo de las almas que llegan a este lugar, habiendo cambiado su vida de pecado y de destrucción. Recibieron las gracias y construyeron sus vidas; y hay muchos en el Cielo de los que han recibido esas gracias en el Prado. Mira, hija mía, cuántos...

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Huy!, José, Carlos, Aquilina, Jesús, Antonio... ¡Huy, cuántos!

 

     EL SEÑOR:

     Todos los que han recibido gracias especiales en este lugar, hija mía, están salvos y gozando de la divina presencia de Dios. Para que los hombres digan que por qué me manifiesto. Cuántas almas estarían entregadas a placeres mundanos si no hubiera sido por mis avisos.

     Orad, hijos míos, y haced bien los trabajos de cada día y ordenad vuestro espíritu. Muchos de vosotros seréis sellados. Acercaos a los sacramentos, hijos míos, a la Penitencia; haced visitas al Santísimo y amad nuestros Corazones.

 

     LA VIRGEN:

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos con es... peciales bendiciones... (Interrumpe Luz Amparo con exclamaciones). Para evitaros de tantos males como hay en el mundo, hijos míos. Llevad siempre vuestro rosario en el bolsillo, que os protegerá de muchos lobos que están al acecho para devorar a la primera presa que cojan. Han sido bendecidos para evitar las tentaciones.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.