MENSAJE DEL DÍA 3 DE JULIO DE 1999, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, aquí está tu Madre y Madre de todas las almas. Vengo como Consoladora de los afligidos. Pocas palabras me quedan que decir, hija mía, porque ya he dicho todo lo que hay en el Evangelio.

 

     EL SEÑOR:

     Mira, hija mía, cuántos cadáveres pasan por el mundo. Desde el principio de sus vidas son cadáveres; están muertos, hija mía, porque para ellos no hay ninguna ley; la única ley que hay es su pensamiento. El pensamiento lo tienen puesto en el mundo, y allí donde está el pensamiento está el tesoro, hija mía.

     Yo he creado hombres vivos, no cadáveres. He creado hombres con luz, no con tiniebla. Quiero hombres alegres, no tristes. Almas que pongan el pensamiento en Dios, no en las cosas caducas, hija mía. Pero los hombres no hay más ley para ellos que la que a ellos les gusta, hija mía; por eso te digo que, desde el principio de su existencia, son cadáveres que han pasado por el mundo y no han llegado a la luz; son almas lánguidas, hija mía; almas que no piensan nada más que en sí mismas, nunca piensan en la existencia del Creador.

 

     LA VIRGEN:

     Hijos míos, cambiad vuestras vidas. Acercaos al sacramento de la Eucaristía, al sacramento de la Penitencia. Haced visitas al Santísimo. Trabajad con ilusión, hijos míos, que en el trabajo se aprende a ser humilde. Pero los hombres se han olvidado del trabajo y se han olvidado de las leyes, de los mandamientos. Y el hombre está hecho para trabajar y para glorificar a Dios. Y el hombre se enfrasca en la carne, en los vicios, y su pensamiento lo tiene en las cosas terrenas.

     No penséis tanto en vosotros mismos, hijos míos, y pensad en vuestra alma. No miméis tanto vuestros cuerpos.

     Amaos los unos a los otros. Unidad pido entre todos los hombres; amor, hijos míos, entre todas las criaturas.

     Acudid a este lugar, que seréis bendecidos y marcados en la frente con una cruz. Orad, hijos míos, y haced penitencia.

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos con bendiciones especiales para el día de las tinieblas...

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.