MENSAJE DEL DÍA 4 DE ENERO DE 1997, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     EL SEÑOR:

     Hija mía, ora mucho por el mal que hay en el mundo. ¡Cuánta hipocresía, cuánta mentira hay entre los hombres; entre los hombres, especialmente en aquéllos que se llaman míos! Sí, hija mía. Yo bendigo a los incultos e ignorantes y rechazo a los maliciosos y a los maquinadores. ¡Cuántas almas, hija mía, que están dentro de mi Iglesia, se sirven de mi Iglesia, pero no sirven a mi Iglesia!

     A algunos sacerdotes, ministros de Cristo, diles, hija mía, que sepan recoger los frutos y que recojan el rebaño que hay esparcido por todos los lugares. Que se dediquen a su ministerio. Que no sean asalariados, que hay mucho trabajo en la Iglesia. Que se dediquen, como hijos de Dios entregados a su ministerio, a reunir todo ese rebaño. Pero, ¡cómo podéis hablar, hijos míos, vosotros, si no sabéis recoger los frutos buenos y dar testimonio de los frutos que recogéis! No que cogéis los frutos, os servís de ellos y los escondéis, sin dar testimonio del fruto que recibís. Cogéis los frutos, pero no queréis reconocer el árbol de los frutos. ¿Cómo, hijos míos, un árbol malo puede dar buen fruto? Un árbol bueno da buen fruto, pero nunca un árbol malo puede dar buen fruto, hijos míos. ¿Cómo cogéis los frutos del árbol y no queréis reconocer de dónde viene el árbol?

     Reza, hija mía, y ora para que se den cuenta. Como no cumplan con su ministerio serán rechazados por la Divina Majestad de Dios. Que sepan valorar lo que es el sacerdote y a lo que se han entregado; pero ¡ay de vosotros, que no servís nada más que para criticar, para difamar y calumniar a las almas de buena voluntad! Vuestras obras no sirven y vuestros frutos son estériles, porque no sois humildes, hijos míos; vuestro orgullo no os deja reconocer que la Divina Majestad de un Dios tiene poder para hacer y deshacer lo que quiera. Pero muchos de vosotros habéis hurtado el puesto a Dios; y por eso hay que dejar a cada uno el puesto que le corresponde. Vuestro puesto está en la Iglesia, hijos míos, pero si os llamáis ministros de Cristo, “cristificaros” con Él. Por eso está el mundo en estas condiciones, hijos míos, porque muchos de vosotros sois los primeros que no enseñáis a los hombres la verdad del Evangelio, hijos míos. Vuestra soberbia y vuestro orgullo no os deja reconocer que Dios puede manifestarse donde quiera, cuando quiera y a quien quiera, hijos míos.

     Y mirar en el hombre a Dios, no mirar al hombre por el hombre, sino a Dios en el hombre.

     Mira, hija mía, cuántos de los que se han reído de mi doctrina y han predicado una doctrina falsa, mira el lugar donde están, hija mía... (Luz Amparo muestra admiración ante lo que ve). Su soberbia los ha conducido a querer ser más que Dios y no dejar al Creador dirigir a sus creaturas. Yo doy mis tesoros de gracias a quien quiero, hijos míos. ¿Quién sois vosotros para limitar a todo un Dios? Dios no tiene límites.

     Orad, hijos míos, orad, para que los sacerdotes, ministros de Cristo... —muchos de ellos estos sacerdotes jóvenes—, que sepan guiar el rebaño y amar a la Iglesia, obedeciendo al Santo Padre, representante de Cristo en la Tierra. Pero si no obedecéis ni al representante de Cristo en la Tierra, ¿cómo vais a obedecer a Dios? Trabajad en mi Iglesia, que muchas almas se retiran de ella porque vosotros, hijos míos, no pensáis nada más que en vosotros mismos; estáis quitando a Dios y a su Santa Madre el lugar que les corresponde. Orad mucho y haced sacrificios y penitencias, para que los hombres vuelvan su mirada a Dios. Y vosotros, hijos míos: orad, sacrificaos y renunciad a la materia y vivid más con el espíritu, y entregaos a Dios en cuerpo y alma, hijos míos. Dios abrirá los brazos y os recibirá en la Patria Celestial.

     Orad mucho por mis sacerdotes, por mis almas consagradas. Los conventos están relajados, la mayoría de ellos; se ha infiltrado Satanás dentro y no piensan nada más que en diversiones y en vacaciones, hija mía. Y te lo he dicho muchas veces; por eso no hay vocaciones, por eso se destruyen las vocaciones, hija mía, porque se introducen en el mundo y Satanás los atrapa en los gustos, en las comodidades y en los placeres del mundo, hija mía.

     Acudid a este lugar, que recibiréis muchas gracias, hijos míos. Entronizad el Corazón de María y el Corazón de Jesús en vuestros hogares, para que reine la paz en ellos.

     Orad, confesad vuestras culpas, hijos míos; que los hombres cometen muchos sacrilegios acercándose al sacramento de la Eucaristía en pecado mortal, sin lavar sus manchas, sin confesar sus culpas. Amaos unos a otros.

 

     LA VIRGEN:

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos con bendiciones especiales para el día de las tinieblas. Con un solo objeto dará luz durante los tres días con las tres noches, para aquéllos que conserven la gracia, hijos míos.

     Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.