MENSAJE DEL DÍA 7 DE SEPTIEMBRE DE 1996, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     EL SEÑOR:

     Hija mía, hoy vengo a consolarte yo. Tantas veces me has consolado mi Corazón, que hoy quiero consolar el tuyo, hija mía. Sabes que te dejé la cruz al desnudo, hija mía; en el último mensaje te lo dije: “Te quedas con la cruz, hija mía”; te la dejé para revestirla, revestirla de un crucificado. Te faltaba participar en mi Pasión con mi Madre y conmigo ese dolor. Ya se ha consumado ese dolor también, hija mía. Ya sabes lo que siente una madre al pie de una cruz.

 

     LA VIRGEN:

     Tu hijo está en un lugar seguro; sabes que te lo prometí: que su alma la cogería. Dentro de poco te enseñaré en el lugar tan bello que está.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, ay, Madre mía! ¡Ay, Madre mía!, ¡ay!

 

     LA VIRGEN:

     Sí, hija mía, la pena también la sufrí yo. Los hombres no lo comprenden. Una cosa es que se alegre tu espíritu y otra cosa es que tengas pena, hija mía. A mí no me evitó Dios la pena, también la pasé al pie de la Cruz. Pero lo he cogido yo y está bajo mi tutela, hija mía. No pienses nunca que tu hijo ha podido ir a ningún lugar tenebroso, hija mía.

 

     JESÚS BARDERAS:

     ¡Mamá, mamá! Estoy más seguro que en la Tierra, mamá. Es un destierro solamente; he comprendido al llegar aquí, mamá. He creído, mamá, en todo, pero he sido débil y he estado rodeado de muchos demonios que no me dejaban, ni uno ni otro. Así está la Tierra, mamá, llena de demonios que no dejan a los hombres seguir el camino de Dios. No sufras, has sido una buena madre. No sufráis por mí; estoy en un lugar muy bello, y quiero que lo alcancéis vosotros también. Enseñad a la niña el camino de esta salvación; que no tenga un camino sin retorno, que tenga un camino de salvación y de gloria. ¡Ay, qué felicidad se siente! Ya se me han ido las angustias y los tormentos. No sufras, mamá. Gracias a todos los que han rezado una oración por mi alma. Pero María estuvo conmigo y la cogió antes de caer; Ella la sacó de dentro de mí. No sufras, mamá, ni sufráis por mí. Estad contentos, que he llegado a un lugar bello y seguro. Luchad vosotros para llegar a él también. La angustia se me ha convertido en tranquilidad y felicidad. Aquí tengo sosiego y alegría. Aquí, a donde están los ángeles y todos los que han sufrido. Rezad por todos lo que no tienen quien rece. Hay muchas almas que no reza nadie una oración por ellos. Partid mis oraciones para estas pobres almas. Cuando recéis por mí, pedid por ellas. Tranquilizaos. Mamá, un día verás dónde estoy, qué lugar más bello. Adiós, mamá; adiós, seres queridos míos.

 

     LA VIRGEN:

     ¿Cómo pensabas, hija mía, que yo iba a abandonar tu sufrimiento, tu dolor y todas las almas que han llegado a este lugar gracias a tu oración, a tu sacrificio? ¿Cómo iba yo a permitir que un alma tan querida tuya...? Ya te lo dije, hija mía, antes de suceder: que su alma no sería dañada, aunque fuese dañado su cuerpo.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Gracias, Dios mío, gracias! Aunque sienta la pena en mi alma, pero gracias.

 

     LA VIRGEN:

     Sólo os separa el destierro este, hija mía, pero será corto este destierro. Pido a todos los hombres que se conserven en la fe fuertes, y todos aquéllos que están separados y han tenido fe, que vuelvan a unirse al vínculo de la fe. Tened una fe firme, hijos míos, y una caridad ardiente. Bendecid mi nombre, hijos míos, que todo el que bendiga mi nombre serán bendecidos sus labios. Sed buenos cristianos, no sólo, hijos míos, aparentéis serlo. Muchos frecuentáis la iglesia en cuerpo, pero no lo frecuentáis en corazón. Hijos míos, aquéllos que sólo frecuentan la iglesia en cuerpo están unidos a Satanás; los ha engañado y los conduce por el camino de la perdición y de la mentira. Yo quiero que estéis unidos en cuerpo y corazón. Bendecid mi nombre, hijos míos. Todos los habitantes de la Tierra, que bendigan mi nombre. Predicad el Evangelio, hijos míos.

 

     EL SEÑOR:

     ¡Ay, sacerdotes míos, queridos, que no os dedicáis a inculcar a las almas a vivir en la gracia y a cumplir mis leyes! ¡Cuánta mies hay para recoger, y qué tibieza tenéis, hijos míos, muchos de vosotros! Despertad de ese letargo y trabajad por las almas, hijos míos. No os dediquéis sólo a la función del mundo, que el mundo tiene un veneno que, el que entra en él, el demonio no le deja escapar. Hijos míos, sed pastores de todas esas almas que están perdidas; recuperadlas y llevadlas a las fuentes de agua viva. ¡Qué pena, hijos míos, que mis templos están cerrados todo el día y mis sacerdotes se dedican más a funcionar en el mundo que a ser pastores de mi Iglesia! Quiero que reunáis a todas esas almas que están separadas del rebaño y las unáis al rebaño, que hay un solo rebaño con un solo pastor, que es el sucesor de Pedro.

     Enseñadles a todas las iglesias y a todas las religiones que se unan a vosotros, hijos míos, pues la Iglesia fue fundada por Jesucristo, y fue Pedro el que se quedó como representante de ella. Que todos se unan a la Cátedra de Pedro. Que vengan de donde vengan: del Norte, del Sur, del Este, del Oeste, todos serán recibidos en ella; pero que no se queden engañados, hija mía. Mira, cómo Lutero engañó a montones y montones de almas, y mira dónde las arrastró.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay! ¡Ay, Dios mío...! (Así, repetidas veces se lamenta). ¡Ay, cuántas!, ¡ay, cuántas!

 

     EL SEÑOR:

     Todas se dejaron arrastrar por él. ¡Ay, pastores de mi Iglesia, sed firmes y fuertes, que hay mucho trabajo en ella! Trabajad y no os quedéis tibios, que el tibio se queda sin fuerza y no trabaja para Dios, trabaja para el mundo, para sus gustos y sus placeres. Sed firmes, pastores, que nuestros Corazones os aman; volved al camino de vuestro ministerio, con firmeza y con fortaleza, enseñad a las almas la verdad, hijos míos. Los hombres viven en la mentira; se comen la mitad del Evangelio. A los hombres hay que enseñarles la verdad del Evangelio. No seáis cobardes, hijos míos; dejad el mundo, dejad la carne, las pasiones, y cada uno vivid en gracia y no convirtáis ni os convirtáis como en Sodoma y Gomorra, como la Roma pagana. ¡Ay, hijos míos, por eso dice mi Evangelio que muchos serán los llamados y pocos los escogidos! Adoráis al hombre, y ultrajáis a Dios.

     Sed buenos cristianos, hijos míos, formad comunidad como buenos cristianos. Si pensarais un poquito, hijos míos, que es temporal lo que estáis en la Tierra, que hay una eternidad y que vale más que el tiempo. Hijos míos, sed firmes y uníos a estas ramas, hijos míos, que aquí está la raíz; donde he pedido que se forme comunidad y se ame a los pobres y necesitados. Haced oración y apostolado, pero no olvidéis la obra hacia el necesitado; la palabra sin obra no sirve ante Dios, hijos míos. Orad, haced penitencia y amaos los unos a los otros. En el mundo hay una falta de amor, que es lo que destruye a la Humanidad. El amor que tienen los hombres es egoísta, es pasional. El amor de Dios no es pasión, es entrega hacia los demás, sin esperar a cambio nada, hijos míos. Sed fuertes, y acudid a este lugar, que todos seréis bendecidos y sellados, pues el demonio está sellando frentes.

 

     LA VIRGEN:

     Cuidado, hijos míos, que hay muchos videntes falsos que os dicen que ya estáis salvados, que sois escogidos. Para entrar en el Cielo hay que ir de la Tierra con un cheque de sacrificios y de dolor, y el dolor se acabará en la puerta del Cielo. Montones y montones de cruces se quedan en la puerta para entrar a la Gloria de la Resurrección. Tened caridad ardiente y amaos unos a otros, y no os apeguéis a las cosas, al dinero, a las herencias, hijos míos. Cuántos dicen amar a Dios y están guardando en los graneros sus herencias para el mañana. No pensáis dónde vino Cristo a nacer y a morir. Así es el buen cristiano: viviendo como vivió Cristo. No puede llamarse cristiano aquél que piensa en sí mismo y en el mañana y no se acuerda del que sufra y del que padece. Orad por los pobres pecadores, hijos míos; rezad por ellos.

     Y tú, hija mía, consuélate; piensa que un día no lejano vendrás y estarás con él y con los demás bienaventurados. Todos los que sufrís por él, rezad y orad por esas pobres almas que no tienen quien sufra ni quien ore por ellas.

     Besa el suelo, hija mía, en reparación de tantos y tantos pecados como se cometen en el mundo...

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos con bendiciones especiales...

     Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.