MENSAJE DEL DÍA 4 DE MAYO DE 1996, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, como verás, vengo con el Corazón transido de dolor. Los hombres, hija mía, viven en un desconcierto y creen vivir en un paraíso, hija mía. Para ellos, los placeres, los vicios, es un paraíso, hija mía, los odios, los rencores, las envidias. ¿No ves, hija mía, cómo enseñan a sus hijos, de generación en generación, el odio, la guerra, la discordia?; y muchos de ellos, te repito, dicen amar a Dios, se sirven de las Sagradas Escrituras para corromper el Evangelio y no le dan sentido a la grandeza que hay en él, pierden todo el sentido de la gracia. El Evangelio de Cristo es el amor, la verdad, la vida, y entre ellos mismos, hija mía, existe esa desunión, ese desamor, esa discordia y esa guerra. ¿No es una pena, hija mía, que enseñen a sus hijos el odio y el rencor de un pasado? ¡Cómo mi Corazón no va a estar triste, hija mía! Y ¡cómo los pastores de mi Iglesia, muchos de ellos, no creen en que la Madre de Dios puede manifestarse a los humanos! No ven la situación del mundo; ¿estáis ciegos, hijos míos?

     El mundo está en un caos terrible. Donde Dios no está, no puede haber paraíso, hijos míos. ¡Cómo no va a estar triste mi Corazón y cómo muchos de mis sacerdotes no piensan que una Madre siente tristeza en el corazón cuando ve que sus hijos van por el camino de la perdición! Sí, hijos míos, sí, yo me manifiesto para recordar a los hombres que son hermanos, que no sean enemigos y que vivan el Evangelio. ¿Es que Dios no puede hacer lo que le plazca, hijos míos? ¡Hasta dónde, mentes retorcidas, sois capaces de meteros en los planes de Dios! Yo me manifiesto a los pecadores para que vuelvan la mirada hacia el Creador; y los hombres ingratos, cada día son peores.

 

     EL SEÑOR:

     ¡Ay, Iglesia mía, qué ultrajada eres, como es ultrajado tu Fundador!; a eso hace miles de años que me manifesté en la Tierra: para recordar a los hombres la verdad del Evangelio. Si los hombres cumpliesen las leyes de Dios, no haría falta que la Madre de Dios bajase a la Tierra a avisar a los hombres que cumplan con la verdad y con la Ley.

 

     LA VIRGEN:

     ¡Ay, ingratos, ciegos! ¿No veis la situación del mundo, hijos míos? ¿No veis que la juventud Satanás se está haciendo dueño de ella? ¿No veis que las madres meten a sus hijos en esa libertad, que es un libertinaje, donde cometen toda clase de pecados, hijos míos? ¡Ay, madres y padres que no corregís a vuestros hijos y no les enseñáis la verdad del Evangelio! No veis el peligro que tienen vuestros hijos, y cuando queréis, hijos míos, daros cuenta, ya están perdidos. Enseñadles la religión, hijos míos. Ya te digo muchas veces, hija mía, que la religión es un freno para el alma. ¡Ay, almas que sólo os ocupáis de que vuestros hijos vivan la vida! Así terminan vuestros hijos, hijos míos: pensando que la esperanza se acaba después de la muerte y ya no hay otro fin nada más que éste, hijos míos. Sí, la esperanza se acaba, pero la eternidad sigue, hijos míos; cuántos ponéis vuestra esperanza en vanidades y caprichos del mundo, en apegos humanos, y cuando os presentéis ante la Divina Majestad de Dios será terrible, hijos míos, porque no habéis querido cumplir con sus leyes y no os conocerá como vosotros no habéis querido conocerle. Y si algunos de vosotros queréis conocerle, tenéis que conocerle tal como es, hijos míos, no a vuestro capricho, a vuestro antojo, con vuestras libertades. En esas libertades escogéis el camino de la perdición. ¡Ay, padres que no sabéis educar a vuestros hijos!, cuando lleguéis a presentaros ante todo un Dios, ¿qué os responderá, hijos míos?, si vosotros sois culpables de esa situación porque no habéis sabido conducir a vuestros hijos a la Verdad, al Camino y a la Vida; los habéis dejado introducirse en la muerte y han muerto para la eternidad celeste, hijos míos.

     Estos “paraísos” que se forman los hombres en la Tierra, el que los rige, hijos míos, es el rey de la mentira, del engaño, de la destrucción. Esto no es un paraíso, esto es corrupción, mentira, destrucción, vanidad, desunión, guerras, matanzas...; pero, hijos míos, ¿por qué llega el hombre a esa situación? Porque el hombre se queda ciego y no ve a Dios. ¿Cómo no va a estar triste mi pobre Corazón? Y ¿cómo mis sacerdotes pueden pensar que yo, Madre de los pecadores, no vengo a avisarles, viendo su necedad, para que se conviertan? ¡Ay, necios, ¿quién sois vosotros para pensar lo que Dios tiene que hacer, hijos míos?! Dios se manifiesta a quien quiere y cuando quiere y donde quiere, para sacar frutos de su manifestación. Pero qué poco humildes sois, almas tan queridas por nuestros Corazones. ¿Por qué estáis ciegos?, porque sois infieles y no veis la gracia; porque vosotros también estáis materializados y vivís más la materia que el espíritu; por eso, hijos míos, os digo que no os quedéis sólo en la palabra, id a la obra. Las palabras, a veces son muy bonitas, pero los hechos son desastrosos, hijos míos. ¿Hasta cuándo, hasta cuándo, hijos míos, os tienen que estar dando avisos? Si vosotros, pastores de mi Iglesia, no predicáis el Evangelio tal como es, ¿cómo los hombres van a ver la verdad? Muchos confunden el Evangelio porque no habláis con claridad, hijos míos, muchos de vosotros; sed claros y hablar la verdad.

     Como te digo, hija mía, la verdad es cruda y les da miedo de decir esa verdad. Sólo dejan y hablan de la misericordia de Dios; por eso cada individuo quiere gobernarse por sí mismo y quiere una libertad, porque como Dios es misericordioso, hagan lo que hagan, Dios aplicará su misericordia, según mis sacerdotes, muchos de ellos. Pero, ¿cómo, hijos míos, no enseñáis dónde está el pecado y dónde está la virtud? Que veis el pecado virtud y la virtud pecado. Sed claros, hijos míos, y suaves. Con claridad y con suavidad conquistaréis muchas almas. Ya sabéis, hijos míos, que el rebaño de Cristo está esparcido y cada día está más desunido; ¿por qué, hijos míos? Porque no hay oración, porque no hay sacrificio, porque cada uno queréis vivir según vuestros gustos, sin que nadie os ponga unas leyes, hijos míos. ¡Ay de vosotros, hijos míos, si no sois fieles al Evangelio y a la palabra que es la verdad! No andéis con escondites, sino hablad claramente a los hombres. Os entenderán mejor, hijos míos. ¡Qué falta de amor hay entre los hombres, qué falta de comprensión y de unidad!

     Haced oración, hijos míos, acercaos al sacramento de la Penitencia, confesad vuestras culpas, para que vuestras culpas sean absueltas, hijos míos. ¡Cuántos decís que os confesáis directamente con Dios! ¡Ay, hijos míos, que os da vergüenza que os conozcan como sois! Id al sacerdote, que son pastores de la Iglesia y tienen la obligación y el deber de estar en el confesionario, para recibir a los pobres pecadores. Y confesad vuestras culpas, hijos míos, para que vuestros pecados sean perdonados. Tú, hija mía, sé humilde, haz oración y sacrificios por los pobres pecadores, hija mía. Y ¡ay de aquéllos que forman discordias y guerras! ¡Ay de aquéllos que meten el odio a los pequeñuelos en su corazón y les enseñan a odiar desde que tienen uso de razón! ¡Ay, más les valiera no haber nacido, hijos míos!

     Orad, orad, hijos míos, la oración es un freno. Y amad a los desvalidos. Y todos, hijos míos, levantad esta Obra, para que vaya creciendo y podáis ir haciendo bien a la Humanidad. De todos es la Obra, hijos míos, porque todos habéis recibido gracias muy especiales. Amad mucho nuestros Corazones, que por muy pecadores que seáis, hijos míos, si venís contritos y arrepentidos, yo os daré un abrazo de amistad, hijos míos.

     Sí, hija mía, sí, los espíritus del mal están afectando la Tierra; lo mismo al hombre que a la materia. ¡Cuántas veces te he dicho, hija mía, que el hombre quiere alcanzar a Dios con su inteligencia!; y lo que hace es destruir parte y, poco a poco, a la Humanidad. Los misterios de Dios nadie los comprenderá, por muchos sabios que indaguen y muchos que quieran meterse en esos misterios; eso corresponde a la Divina Majestad de Dios. Por muy cultos que seáis, hijos míos, y mucha inteligencia que tengáis, si no la encamináis a la Ley de Dios y a su Evangelio, vuestra sabiduría y vuestra inteligencia está en manos de Satanás, porque no la dedicáis para el bien, la dedicáis para el mal. Así está hoy la Humanidad, que cada uno quiere investigar las altezas que hay en el cielo, destruyendo la Tierra. ¡Ay, hijos míos, si sólo estáis en el globo terrestre para amaros, trabajar y ganar el pan con el sudor de vuestro rostro, hijos míos!, ¿por qué perdéis el tiempo en cosas inútiles? Sí, hija mía, mira las consecuencias de los hombres.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, qué deformación! ¡Ay, los seres humanos no parecen seres humanos! ¡Ay, ay! ¡Ay, son como fieras, como animales salvajes!

 

     LA VIRGEN:

     Así llegará el momento en que el globo terrestre esté rodeado con todos estos experimentos, hija mía.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay!, ¡ay, qué horror, ay!

 

     LA VIRGEN:

     El hombre no deja a la naturaleza llevar su curso como Dios quiere; se mete en los planes divinos y ésta es la consecuencia, hija mía.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, Dios mío!

 

     LA VIRGEN:

     Muchos seres humanos quisieran estar muertos antes de ver esta situación, hijos míos. Para que veáis cómo el hombre sin Dios no puede hacer nada más que destrozos en el mundo. Si el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, ¿cómo quiere el hombre cambiar lo que Dios ha creado? Cuando esto suceda, los vivos envidiarán a los muertos, hija mía; por eso pido oración, penitencia. El hombre no se da cuenta de la situación del mundo y del caos tan terrible que puede venir sobre la Humanidad. Orad, hijos míos, para que los hombres sean humildes y hagan la voluntad de Dios. Desde el principio de la creación, el hombre no hizo la voluntad de Dios y por eso, hija mía, ha sido castigada la Tierra tantas veces.

     Oración pido y obediencia a la Ley de Dios. Sed humildes, hijos míos, y no vengáis sólo a curiosear, sino con intención de corazón limpia, para que a vuestra alma, hijos míos, llegue la gracia y los dones de Dios.

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos con bendiciones especiales, para el día de las tinieblas...

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.