MENSAJE DEL DÍA 6 DE ABRIL DE 1996, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     EL SEÑOR:

     Orad, hijos míos, orad; levantad vuestro corazón de la Tierra y despegaos del mundo corruptor. El mundo, hijos míos, es triunfador del rey de la mentira, porque los siete pecados capitales están en triunfo, hijos míos; por eso hay que orar mucho y hacer penitencia. Levantad vuestro corazón y vuestro espíritu a Dios, y Él os hará gozar las grandezas de Dios.

     Hija mía, los hombres, cada día están más ciegos para ver la situación del mundo y sordos a mi palabra. Amad nuestros Corazones, hijos míos, que si amáis de verdad nuestros Corazones, amaréis con la verdad a vuestros prójimos; pero si no amáis a Dios, vuestro amor no será verdadero, hijos míos. El mundo está falto de Dios. En todos los hogares de la Tierra quiero que triunfe el Corazón Inmaculado de mi Madre. Hijos míos, yo tengo fuentes de agua de vida eterna para todo el que venga a mí; yo abro esos canales y los sumerjo en mis manantiales, para fortalecerlos en la fe, para creer en mi Palabra y para predicar y practicar la caridad. Hijos míos, yo, el Hijo de Dios vivo, el Espíritu de Dios y su gloria, os pido que os améis unos a otros como el Padre y yo nos amamos.

     Yo vine a hacer la voluntad de mi Padre a la Tierra y quise aceptar su voluntad para redimir a los hombres con mi preciosísima Sangre. ¡Ay, ingratos, muchos de vosotros, creaturas del Creador, cómo despreciáis mi Pasión realizada para la salvación vuestra, hijos míos! ¿Qué clase de cristianos sois, hijos míos, si rechazáis la cruz? ¿Qué clase de católicos sois, hijos míos, si no practicáis mis leyes? Os digo, hijos míos: arrepentiros y convertiros, que los tiempos son graves y los hombres no habéis alcanzado a ver la justicia de Dios porque sólo os quedáis en la misericordia, hijos míos. Yo emplearé mi justicia para los injustos y mi misericordia para los justos. ¿Hasta cuándo tengo que estar dando avisos a los hombres? Hija mía, mi misericordia te he dicho que es muy grande, pero mi justicia es inmensa. Yo pido a todos los hombres de buena voluntad que escuchen mis palabras y practiquen mi doctrina.

     Sí, hija mía, los hombres fueron echados del Paraíso por el pecado y mandados al globo terrestre, para que con sus trabajos y sus sudores volviesen a recuperar la gracia perdida; pero el hombre quiere vivir sin trabajar y cree que está vivo sin Dios; y el hombre sin Dios está muerto, hija mía. Las riquezas que hay en la eternidad, hija mía, no hay nada en la Tierra que las pueda comparar. ¿Cómo los hombres se vuelven locos por las miserias de la Tierra?

     Pedid por los sacerdotes, para que sean pastores de mi rebaño; repito, hija mía, que muchos de ellos son asalariados, no son pastores de la Iglesia, son funcionarios. ¡Qué pena, tanta mies como hay y tan pocos segadores para segarla! Hablan de Dios, hablan de mi doctrina, pero muchos de ellos se quedan en la palabra. ¡Ay, sacerdotes de Cristo, volved vuestra mirada a la Divina Majestad de Dios, que Él volverá la gracia a vuestro espíritu para que trabajéis en su rebaño! Hay mucho trabajo y pocos operarios. Se les ha olvidado el sentido de la verdad del Evangelio. El sacerdote... Sí, mira, hija mía, el día que el sacerdote se entrega a Dios, lo reviste de su gracia en un esplendor divino; míralo, hija mía...; pero mira también cuando la pierden... son cadáveres que funcionan sólo con el cuerpo, sin acordarse de su entrega a Dios. Te repito, hija mía, que muchos se sirven de la Iglesia pero que no sirven a la Iglesia.

     Dejad de ser funcionarios, hijos míos, y sed sacerdotes de Cristo. Recoged todo ese rebaño que está esparcido por tantos lugares; están a la intemperie, hijos míos, esas almas esperando que venga cualquier fiera a devorarlas. Proteged el rebaño de Cristo. Pero el pastor tiene que estar con sus ovejas, en el lugar que Dios le ha indicado. ¡Cuántas almas podéis salvar, almas queridas de nuestros Corazones, con vuestro ejemplo y vuestra vida de virtud! Pero sólo sois sacerdotes unos momentos de vuestra vida; muchos de vosotros, la mayor parte, sois funcionarios asalariados. Dejad las funciones materiales del mundo y que funcione mi Iglesia. Sí, hijos míos, ¿no os dais cuenta que Satanás destruye lo que yo he construido? ¡Ay, cuánta cuenta tenéis que dar, hijos míos! ¡Vosotros más que los laicos seglares, hijos míos, porque habéis hecho una promesa con Dios!

 

     LA VIRGEN:

     ¡Qué pena, hijos míos! Antes había un gran número de almas donde mi Inmaculado Corazón podía refugiarse, pero ahora, hasta la mayoría de los conventos, hijos míos, están marchitas las flores.

     ¡Qué pena...! Yo quiero, hijos míos, consolaros a vosotros, pero hoy vengo para que consoléis mi Corazón. Mira cómo está mi Corazón, hija mía, lleno de espinas muy profundas, porque mi Corazón ama tanto a mis almas consagradas que las espinas son más dolorosas; por eso pido oración y penitencia, porque, hijos míos, los hombres están deshumanizados, viven los placeres del mundo, matan sin respetar la vida de los demás. Las madres matan los hijos dentro de sus entrañas, y la juventud está corrompida por los vicios del alcohol, las drogas, la carne; por eso te digo, hija mía, que los pecados capitales van en triunfo y los hombres no ven pecado donde existe el pecado. No puedes tocar ninguna espina, hija mía, ¡están tan profundas!

     Besa el suelo, hija mía, en reparación de tantos y tantos pecados como se cometen en la Humanidad...

     Mi Corazón, hija mía, siente mucho dolor, porque los hombres son ingratos, y no comprenden que nuestros Corazones sufran; por eso, hija mía, tienes que sufrir muchas pruebas morales y físicas.

 

     LUZ AMPARO:

     Dame fuerza, Señor, dame fuerzas, Señor. ¡Ay, Dios mío, yo quiero que me des fortaleza, quiero reparar los pecados de los hombres, pero soy muy débil muchas veces; dame humildad, Madre mía!

 

     LA VIRGEN:

     Mira, hija mía, cómo sangra mi Corazón lleno de dolor por los pecados de la Humanidad. ¡Ay, aquéllos que os llamáis católicos y pensáis más en el mundo y en los placeres del mundo que en agradar a Dios vuestro Creador! No se puede servir a dos señores; si estáis sirviendo al mundo y estáis, hijos míos, cayendo en las pasiones, ¿cómo decís que servís a Dios y le amáis?; no podéis alcanzar la gracia, hijos míos. ¡Ay, juventud, juventud, cómo os dejáis arrastrar por el Dragón de las siete cabezas! Despertad, hijos míos, despertad a la fe y recibiréis la gracia. No os ceguéis con la tiniebla de Satanás, hijos míos, y abrid vuestros oídos.

     Vuelve a besar el suelo, hija mía, por las almas consagradas, para que sean fieles en su consagración...

 

     EL SEÑOR:

     ¿Hasta cuándo, hijos míos, la Divina Majestad de Dios tiene que estar avisando a los pobres pecadores? Cumplid mis leyes, hijos míos, que todo el que cumpla mis leyes tendrá vida eterna. Todo el que acuda a este lugar, que acuda con devoción; que muchos de vosotros, de los que acudís a este lugar, hijos míos, os dedicáis a dividir a las almas. ¡Cuántas veces te he dicho, hija mía, que el demonio divide y Dios une! Donde haya división no hay paz. Amaos unos a otros.

 

     LA VIRGEN:

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos para la consolación de los pobres moribundos y enfermos...

     Todos los objetos han sido bendecidos.