MENSAJE DEL DÍA 2 DE MARZO DE 1996, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     EL SEÑOR:

     Hijos míos, hoy hago un llamamiento al Pueblo de Dios para que crezca en la caridad. El mundo está falto de amor. Los pastores de la Iglesia, que empleen su sabiduría en conducir a las almas a pastos eternos de felicidad, que enseñen a las almas los misterios de Dios; por eso son elegidos de Dios, para que conduzcan a la grey al rebaño de la Divina Majestad de Dios. Todo lo tengo dicho, hijos míos, y el hombre se hace el sordo, no quiere escuchar mis palabras; en vez de cumplir la Ley de Dios, cumple la ley del pecado. El hombre rechaza a Dios y, al rechazar a Dios, pierde la gracia, y, al perder la gracia santificante, se encuentra en tinieblas; y la ley del pecado la lleva en su cuerpo. Sí, hija mía, así es el hombre de ingrato. Yo vine, repito, a darles vida y ellos me dieron muerte. Yo dejé mi Evangelio y puse unas leyes, y los hombres se quedan sordos y no hacen caso a mis llamadas. En el mundo hay corrupción y lo ven lleno de virtudes. ¡Ay, ciegos y sordos: cumplid la Ley de Dios y no cumpláis la ley de vuestros miembros, hijos míos! ¿¡Hasta cuándo tiene Dios que estar dando avisos a los hombres!? El hombre está tibio y en su tibieza busca el placer, la felicidad terrena; no busca la felicidad eterna.

     Yo soy el Buen Pastor que conduzco a mis almas a fuentes de vida eterna y enseño a mis pastores a que prediquen el Evangelio por todas las partes del mundo; no ven la gravedad del mundo. ¡Ay, pastores de la Iglesia, muchos de vosotros tenéis una responsabilidad muy grande para salvar a las almas! Con vuestra caridad, vuestras palabras de sabiduría, podéis llevar a las almas a que beban de los canales que hay en mi Iglesia, que son canales de vida eterna. ¡Ay, si vosotros os dedicaseis más a las almas, hijos míos! ¡Cuántas almas se pierden porque no saben el camino de la verdad! Yo soy la Verdad y la Vida, hijos míos, y el que venga a mí tendrá vida eterna; pero guiaros por las leyes que están escritas. Pensad que se salvarán los que cumplan con mis mandamientos.

     ¡Ay, padres, que no sabéis educar a vuestros hijos; los educáis para el mundo y no os importa la perdición de su alma! ¡Cómo os preocupa tanto el cuerpo y los títulos terrenos y olvidáis el título más grande, que es el Evangelio, hijos míos! Amaos unos a otros y haced el bien unos a otros. Amad a Dios con todo vuestro corazón. El que ama a su madre, a su padre, a su hermano, a su hermana, a su esposo o a su esposa más que a mí, no es digno de llamarse hijo mío. Si me amáis a mí, hijos míos, yo pondré amor en vuestros corazones, para que vosotros améis a los demás.

     ¡Cuántas familias están destruidas, hijos míos, porque Dios no está en los hogares! Se va faltando el respeto el uno al otro y se han quitado la dignidad. ¡Cuántas madres matan a sus hijos dentro de sus entrañas! ¡Qué tristeza siente mi Corazón cuando el hombre se ha convertido más en fiera que en un ser humano! ¡Ay, padres que tenéis hijos: conducid a vuestros hijos por el camino y la senda de la eternidad! No os preocupéis tanto porque sean grandes y con grandes carreras; preocupaos por la más importante carrera: la carrera de la eternidad. Tened fe, esperanza y caridad, hijos míos. No perdáis nunca la caridad. El hombre sin Dios es un desdichado. Sí, hija mía, sí, mi Corazón se derrite de amor por los hombres, pero los hombres son tan ingratos que viven en una ceguera, y repito, hija mía, que viven la ley del pecado, y la ley del pecado es guerra, odios, destrucción, envidia, soberbia, desamor, desunión, lujuria; y cuando el hombre está viviendo la ley del pecado no tiene luz. ¡Ay, hijos míos, caminad hacia la luz y conservad la caridad en la Tierra y en la eternidad!

 

     LA VIRGEN:

     Acudid a este lugar, hijos míos, que recibiréis gracias para vuestra salvación, hijos míos. Venid a mí, hijos míos, que yo os enseñaré a amar a mi Hijo, os conduciré a esos canales para que bebáis y comáis de ellos, hijos míos. Sed humildes, hijos míos. Mi Corazón está muy dolorido por los pecados de los hombres. ¡Ay, sacerdotes queridos por mi Corazón, conducid a las almas al camino de la salvación, hijos míos! Vosotros podéis arrastrar muchas almas al rebaño de Cristo, y coged donde veáis buena semilla y aprovechadla para colaborar en la Santa Iglesia de Cristo, hijos míos. No desaprovechéis los frutos. ¡Cuántos frutos buenos tenéis a vuestro alcance, hijos míos, y los estáis rechazando! ¡Ay, os vais a por los árboles estériles, rechazando los árboles frondosos y llenos de frutos para la Iglesia!

 

     EL SEÑOR:

     Estáis ciegos, hijos míos, ¿cuántas veces repito en el Evangelio que el que está conmigo no está contra mí? ¿Por qué vosotros os empeñáis en ir contra los que están conmigo? Del fruto se distingue el bueno del malo, y por eso os he dado sabiduría, para que no confundáis los pecados en virtudes, ni las virtudes en pecados.

 

     LA VIRGEN:

     Sí, hijos míos, amad mucho a vuestro Creador, guiad a vuestros hijos por el camino de la salvación. La juventud se está corrompiendo, hijos míos; llevadla al Incorrupto y retiradlos de lo corrupto, hijos míos. Amaos los unos a los otros y sed humildes y sencillos; no seáis orgullosos, hijos míos, ni tengáis vanidad.

     Hija mía, refúgiate en nuestros Corazones; nuestros Corazones te aliviarán. Piensa que no has nacido para gozar, que has nacido para sufrir, hija mía; pero luego, la eternidad la gozarás al lado de los bienaventurados, hija mía. Sé humilde y ofrécete víctima por la reparación de los pecadores, hija mía. Besa el suelo, hija mía, en reparación de tantos y tantos pecados como se cometen en el mundo... Aunque te parezca largo el camino, hija mía, no es largo tu camino; sé paciente y alaba a los que te calumnian y pide por los que te maldicen, hija mía.

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos con bendiciones especiales para los enfermos, hija mía... Todos han sido bendecidos con bendiciones especiales para los pobres enfermos.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.