MENSAJE DEL DÍA 7 DE OCTUBRE DE 1995, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     EL SEÑOR:

     Hija mía, aquí tienes, hija mía, al Cristo Redentor, al Cristo crucificado. ¿Cómo los hombres pueden decir que Cristo no sufre por la Humanidad? Aquí me tienes, hija mía. Aquí estoy desgarrado por los pecados de los hombres. Los hombres son ingratos, hija mía, y pocos se compadecen de mi pobre Corazón. Yo vengo, hija mía, a advertirles y pongo a mi Madre por mensajera para que los advierta; y a cambio de eso recibo ingratitudes y desprecios, hija mía. ¡Qué pocos se compadecen de mi pobre Corazón, tan afligido por la Humanidad! Yo sigo mi Pasión porque los hombres ingratos, con mi muerte, no quisieron llegar a mí y aceptar las leyes de Dios; por eso falta en mi Pasión, porque en mi Pasión no pude redimir a toda la Humanidad. No, hijos míos, porque yo no quisiese redimirlos, porque yo bajé a la Tierra para redimir a los hombres, sino los hombres son los que no quieren ser redimidos con mi Sangre.

     ¡Cómo los hombres pueden mutilar mi Evangelio!; muchos de mis pastores lo mutilan. Y el Evangelio se compone de un Cristo bondadoso, amoroso, misericordioso, que perdona los pecados; pero también hay palabras escalofriantes en mi Evangelio de un Cristo juez y severo, para los que no aceptan la voluntad de mi Padre. Son palabras escalofriantes cuando en mi Evangelio digo: “Id, malditos, al fuego eterno, que está preparado para Satanás y sus secuaces”. ¡Cómo adornáis el Evangelio, hijos míos! No prediquéis el Evangelio que a vosotros os gusta, hijos míos, predicad mi Evangelio tal como es; así fue escrito para la salvación de los hombres. ¿Cómo lo podéis mutilar, hijos míos? ¡Ay de aquéllos que os calláis y adornáis las palabras del Evangelio! Predicad al Dios–Amor y misericordioso, pero no os comáis al Dios de justicia, al Juez de vivos y muertos. ¡Cómo escondéis a los hombres la palabra del Infierno, hijos míos! ¡Qué pena de almas!..., que yo tengo dicho en mi Evangelio que ¡ay del que quite o añada alguna palabra que no sea la mía! Cuando vienen las palabras crudas, hijos míos, las adornáis. El hombre se puede salvar por el amor y por el temor, hijos míos. No escondáis al hombre lo que Cristo dejó a la luz y lo dejó escrito; no son palabras sólo del Antiguo Testamento, son palabras del Nuevo Testamento. Yo vine a perfeccionar el Evangelio, las leyes, a formar una Iglesia para que todos los hombres se acercasen a beber de esos canales para su salvación, y puse unas leyes, unos mandamientos. El que cumpla con los mandamientos se salvará; el que practique mi Evangelio vendrá al Reino de Dios.

     ¿Cómo a los hombres podéis decirles que ya están salvados, hijos míos, si les salva la gracia, el amor, el camino recto y seguro para ir a Cristo? Sed humildes, hijos míos, y no queráis recomponer lo que a Cristo le costó tanto para la salvación de los hombres: el Evangelio, tal como es, hijos míos; hay partes dulces y hay partes amargas; así, es la muerte dolorosa y la resurrección es gloriosa. Pero aquí me tienes, hija mía, al Cristo viviente, desgarrado, clavado, coronado y agujereadas sus manos por los clavos. ¿Quién me pone así, hija mía, si no son los pecados de los hombres?... (Llanto de Luz Amparo).

     Participa conmigo, hija mía, en la agonía, en el Gólgota, en mi Pasión. Para mí no hay pasado ni futuro, hija mía, todo es presente; por eso los hombres creen que todo pasó. Para Dios no hay pasado, repito, hijos míos, ni hay futuro. Para Dios hay un presente. El futuro de los hombres está en mis manos, hijos míos. Sí, hija mía, sí, desgarrado mi Corazón. Todo mi cuerpo fue desgarrado por los pecados de los hombres y no sólo fue desgarrado, sino que siguen desgarrándome, hija mía.

     ¡Ay de mis almas consagradas! ¡Ay de aquellos sacerdotes que no siguen el Evangelio y lo predican a su antojo y se ríen de aquéllos que lo hacen como Dios quiere que lo hagan! Esas almas fieles, hijos míos, pastores fieles míos de mi Corazón: ¡sed valientes y predicad el Evangelio tal como Cristo os lo enseñó! ¡No os comáis nada, hijos míos! ¡Cómo no va a estar triste mi Corazón viendo la situación del mundo, si en el mundo cada día hay más males y los hombres cada día son peor! Predican un Cristo-hombre pero no un Cristo-Dios. Mi divinidad se juntó con la humanidad y se hizo hombre para enseñar a los hombres, pero yo no perdí la divinidad. La divinidad estaba “creada”(1), pero bajó a la Tierra y se engendró en las entrañas de María para enseñar a los hombres las verdades y el camino recto y seguro. Y yo grito a los hombres: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; el que venga a mí tendrá vida eterna”. Pero ¿cuántos vienen a mí, hija mía? ¡Son tan pocos y su vida es tan poco entregada y es tan superficial!...

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, mira a mi Hijo. Yo fui Corredentora con Él y sigo siendo Corredentora con Cristo, porque sigue sufriendo mi Corazón por los pobres pecadores, hija mía. Sólo vengo a recordar a los hombres el Evangelio que ya está escrito; que lo prediquen y lo practiquen tal como está, hija mía; que no lo mutilen, ni lo recorten. ¡Ay, sacerdotes tan amados de mi Corazón y del de mi Hijo, tened compasión de estos pobres Corazones que tanto os aman, y que vosotros, muchos de ellos, pagáis con ingratitudes y con desamor! Buscad a Dios y no os retiréis del camino de la luz, hijos míos. Pensad que la luz alumbra, hijos míos, y la tiniebla ciega. La palabra sin obras no sirve, hijos míos, pero las obras sin palabra y sin oración tampoco tienen mérito ante la Divina Majestad de Dios.

     Yo te enseñé, hija mía, que tenías que ver a Dios en los hombres, pero que no vieses a los hombres Dios, porque los hombres no son Dios. Un día, si son capaces de aceptar mi gracia, llegaré a interceder por ellos en la puerta del Cielo, como ahora pido a mi Hijo por todos los pecadores, para que Dios los haga dioses.

     Amaos los unos a los otros, hijos míos; como mis hijos que sois, hijos míos, os pido que tengáis un poco de misericordia de nuestros Corazones. Hace muchos años que mi Inmaculado Corazón viene avisando a los hombres y los hombres se quedan sordos y mudos.

 

     LUZ AMPARO:

     Jesús, Jesús, yo quiero amarte por los que no te aman. Yo pediré por todos los sacerdotes, para que sean fieles. Yo no quiero que sufras, yo quiero compartir contigo, Jesús...

 

     EL SEÑOR:

     Sí, hija mía, por eso escojo almas víctimas para ayudar a los pobres pecadores.

 

     LUZ AMPARO:

     Jesús, que los hombres te vieran, que no pareces ni Tú.

 

     EL SEÑOR:

     ¿No me vieron en aquellos tiempos, hija mía?, y muchos se salvaron y otros se condenaron, hija mía. Si me volvieran a ver, pasaría lo mismo, hija mía; por eso los hombres no pueden decir que todos están salvados, porque si los hombres hubieran estado salvados, no hubiera habido necesidad de poner el planeta Tierra para que los hombres, con sus sacrificios y sus penitencias, repararan sus pecados. Repito: soy un Dios de amor, de misericordia y de dulzura, pero soy el Juez Supremo; que nadie se asuste por estas palabras, son palabras escritas en el Evangelio, ¡no las comáis, hijos míos! Y si alguien os predica lo contrario es anatema, hijos míos. El Evangelio hay que explicarlo desde el dolor hasta la gloria.

 

     LA VIRGEN:

     Sed muy humildes, hijos míos, y amad mucho nuestros Corazones. Yo seguiré derramando gracias para los pobres pecadores. ¡Cuántas almas se han salvado en este lugar, y mis pastores no quieren aceptarlo! Pero, ¡hijos míos, no seáis soberbios! Yo me manifiesto a los humildes y les comunico mis palabras, y rechazo a los orgullosos y a los poderosos.

     Besa el suelo, hija mía, en reparación de tantos y tantos pecados como se cometen en el mundo...

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos con bendiciones especiales para los pobres pecadores. Amaos, hijos míos, y amad a Dios con todo vuestro corazón. Amad a la Iglesia, hijos míos, amad al Santo Padre y a los representantes de la Iglesia...

     Todos los objetos han sido bendecidos con bendiciones especiales para la salvación de las almas.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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(1) En sentido figurado; es como decir: “La divinidad ya estaba, existía”.