MENSAJE DEL DÍA 5 DE NOVIEMBRE DE 1994, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     EL SEÑOR:

     Hija mía, aquí está tu Jesús, mira mi rostro afeado por los pecados que siguen cometiendo los hombres. ¡Mira cómo está mi rostro, mira cómo han puesto mi cuerpo, hija mía! Y los hombres siguen sin hacer caso a mis mensajes ni a los mensajes de mi pura y santa Madre. Sí, hija mía, el mundo está en un caos de corrupción; su corrupción traspasa las bóvedas del cielo. Los gobernantes, hija mía, son corruptos, y quieren gobernar los pueblos sin Dios; y cada uno piensa nada más que en el poder y en llenar sus graneros, sin ocuparse de los graneros de los pobres, que están vacíos. Las almas consagradas, hija mía, gran número de ellas —ya te lo he dicho, hija mía, muchas veces—, están marchitas; no quieren cumplir con sus reglas ni con los compromisos que han adquirido con Dios; hay un relajamiento en los conventos. La juventud, hija mía, está desenfrenada en las pasiones de la carne y del alcohol y de las drogas. Gran número de pastores de mi Iglesia son infieles a su ministerio y a su vocación. Yo llamo a la puerta de mis pastores, hija mía, y no me abren la puerta, cierran sus oídos; si abriesen la puerta, yo entraría en sus corazones y me comunicaría con ellos y comería con ellos y les enseñaría mis misterios. Pero, ¡ay, ingratos! ¿Cómo podéis juzgar si estáis ciegos? ¿Cómo vais a poder comprender que la Divina Majestad de Dios se manifiesta a los humildes, a los incultos, para confundiros en vuestra soberbia? ¿Cómo queréis, hijos míos, condicionar a Dios a quién tiene que manifestarse y qué palabras tiene que hablar a las almas? Yo comunico mi palabra a las almas y las escojo por miserables, y se dejan moldear por mis manos. Pero los sabios y poderosos no los deja su soberbia ver, porque tienen una viga en el ojo y no pueden ver, hija mía. ¿Tendrán que quitarse esa viga para ver la paja?(1).

      ¡Necios! ¿Hasta cuándo, hasta cuándo queréis condicionar a Dios, hijos míos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello? ¿Cómo os angustian unas palabras que no van contra mí y no os angustia la situación de vuestras almas y la situación del mundo? Mandad oración y penitencia a las almas, que vosotros podéis, hijos míos, con vuestro ejemplo, sostener la ira de Dios. Pero ¿cómo os rebeláis contra la divina misericordia de Dios?

     Esta generación no es digna de mi perdón y de mis gracias, pero por aquel número reducido de almas que viven el Evangelio, por aquel número pequeño que viven escondidos cumpliendo con las leyes de Dios, voy a derramar mi misericordia. Voy a dar otra oportunidad a las almas haciendo una llamada a la oración y a la penitencia.

     ¡Necios! ¿Hasta cuándo os van a estar avisando que estáis ciegos, y un ciego no puede guiar a otro ciego? Sed fieles ministros de la Iglesia y llevad a las almas por el camino del Evangelio y la verdad.

     Hija mía, tú no tengas miedo ni te acobardes; di las palabras como se te comunican, hija mía. Piensa que yo me he fijado en tus miserias, en tu nada, que yo te amo, hija mía, y el amor no puede temer. Sé humilde, hija mía; no me gusta la soberbia. Ya te avisé, hija mía, que tendrías pruebas muy duras, más duras que las que habías pasado; ésta es la prueba más dura porque va contra los que se llaman míos.

     Dejad a las almas, hijos míos; si no van contra mí, están conmigo. ¿Por qué os empeñáis en destruir mi Obra? Vuestro orgullo y vuestra soberbia os deja ciegos.

     También las conversiones se copian, hija mía; también los frutos que salen de mis gracias son copiados.

     ¡Ciegos!, que estáis ciegos y no queréis ver ni oír. No queréis que mi Obra se extienda como las estrellas; por eso estáis poniendo impedimentos en ella. Dejad a Dios que obre como quiera, cuando quiera y en quien quiera.

     Besa el suelo, hija mía, en reparación de esa soberbia que tienen los hombres; tú tienes que repararla, hija mía, para no descargar mi cólera sobre ellos.

     ¿Hasta cuándo todo un Dios tiene que estar dando avisos a las almas? No hacen caso de mi misericordia ni de mi justicia.

     Todo el que acuda a este lugar recibirá gracias especiales para su alma y su cuerpo. Y que vuestra oración, hijos míos, sea rica, no sea pobre; que salga de lo más profundo de vuestro corazón.

 

     LA VIRGEN:

     Acudid a este lugar, que yo seguiré bendiciéndoos, hijos míos. Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos con bendiciones especiales...

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

 

 

 

 

 

 

 

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(1) Es decir, “¿no será necesario quitarse la viga propia para ver la paja del prójimo?”.