MENSAJE DEL DÍA 3 DE SEPTIEMBRE DE 1994, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, quiero que des un consejo, lo primero, hija mía... (Luz Amparo se acerca a uno de los presentes).

     Quiero, hijo mío, llevaros a Dios con un celo, un santo celo para que lleguéis a la Iglesia como casta virgen que se desposa con un solo marido. No quiero, hijos míos, que os prediquéis unos a otros, sino que vuestra predicación sea para la salvación de las almas. Pensad que tenéis que ser pastores apóstoles de Cristo y no tenéis que separaros de la cepa. El sarmiento tiene que estar unido a la cepa para alimentarse de Él.

 

     EL SEÑOR:

     Mira, hija mía, todos los que se han separado de la Vid, dónde han parado. Se han dejado tentar como Eva por Satanás, y el demonio ha hecho que Eva tiente a Adán. Y así os pasará a vosotros, hijos míos. Quiero que seáis pastores de almas, no falsos pastores. Pensad, hijos míos, si Luzbel cayó en la tentación, ¿cómo pensáis vosotros que vais a estar fortalecidos, si Luzbel estaba junto a Dios y cayó?; vosotros, que estáis ante los hombres, tenéis que alimentaros de la doctrina de Dios. La Iglesia la han desfigurado los hombres. La Iglesia es fundada por Cristo; pero los hombres, los pastores que se han dejado tentar por la astucia del enemigo, son los que están destruyendo la Iglesia.

     Chupad de la Vid, hijos míos, y no os halaguéis unos a otros; perjudicáis vuestra propia alma. La paz te dejo, hijo mío...

     Y vosotros, hijos míos: yo escudriñaré vuestras entrañas como escudriño vuestros corazones, y aquéllos que sean fieles a mi palabra y no nieguen mi Nombre y hagan buenas obras, yo pondré una piedra blanca en sus manos con un nombre que estará inscrito en el Libro de la Vida.

     Yo sé dónde se esconden los hijos de Satán, hija mía. Mira, hija mía, cuántas almas se condenan porque reniegan de su fe.

 

     LUZ AMPARO:

     (Empieza a llorar con desconsuelo y se lamenta). Entre ellos hay sacerdotes... ¡Ay, ay, ay...!

 

     EL SEÑOR:

     Sí, hija mía, también hay almas consagradas. Todo aquél que reniega de su fe, hija mía, vive en la guerra, en la desunión, en la discordia; divide los pueblos, hija mía.

     Por eso os pido que pidáis por ellos, hijos míos. Yo pondré una espada de dos filos en mi boca, y haré justicia con los malvados.

     ¿No ves, hija mía, que están hechizados, que hay un hechicero entre ellos, que se dejan hechizar? Sus corazones están hechizados y llenos de mentira y de odio.

     ¡Hasta dónde llega vuestro odio, hijos míos! Os haré beber de la amargura que beben los cristianos.

     ¡Ay de aquéllos que persiguen a los cristianos!: serán castigados gravemente, hijos míos. Pero aquéllos que los respetan y respetan mi ley no serán dañados. Que nadie os turbe, hijos míos, ni nada os angustie. Sed pacientes, hijos míos; ésa es la insignia de Dios. Si sois pacientes, hijos míos, veréis triunfar el Nombre de Dios.

     Quiero, hijos míos, que esta Obra se multiplique como las estrellas del cielo; así quiero que se extienda mi Obra, hijos míos. Alimentaos de las gracias que derramo sobre vosotros. No seáis infieles a tantos y tantos favores como habéis recibido, hijos míos.

     Ya te lo he dicho, hija mía, en otras ocasiones: ¡cuántas almas han recibido gracias y qué infidelidad a esas gracias! Tú sigue pidiendo por ellas y sigue pidiendo, hija mía, por los pastores de mi Iglesia.

 

     LA VIRGEN:

     Amad mucho al Santo Padre y amad a la Iglesia con todo vuestro corazón, hijos míos.

     ¡Cuántas veces os he dicho que las distancias no cuentan para mí! ¿Veis cómo yo me muevo entre vosotros, hijos míos? Yo seguiré derramando gracias para los pobres pecadores. Amad nuestros Corazones, que están muy ofendidos, hijos míos. Amad el Corazón Inmaculado de María y el Divino Corazón de Jesús.

     Este lugar quedará bendecido, hijos míos (todos los que habéis colaborado en él), con la Cruz del Redentor, hijos míos. Amaos en caridad, en caridad fraterna, amaos los unos a los otros; enseñad la palabra de Dios a los hombres, que están sedientos de conocerla.

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos con bendiciones especiales para la conversión de los pobres pecadores...

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Besa el suelo, hija mía, en reparación de tantos y tantos pecados como se cometen en el mundo...

 

     EL SEÑOR:

     Vuelve a besarlo, hija mía, no es ninguna humillación, hija mía; yo puse la cabeza en tierra muchas veces para orar.

     Adiós, hijos míos.