MENSAJE DEL DÍA 2 DE ENERO DE 1993, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     EL SEÑOR:

     No busquéis, hijos míos, nada más que el Reino de Dios aquí en la Tierra, pues lo demás se os dará por añadidura. Reuniros todos los cristianos, hijos míos, y formad un gran rebaño para defender mi Iglesia. Todos unidos invocad al Espíritu Santo y orad, hijos míos, para que no venga la tentación a vosotros. Defended a mi Iglesia y vuestra Iglesia y a los componentes de ella, hijos míos. Los hombres quieren hacer desaparecer de la Tierra la palabra de Dios; ¡cuidado, hijos míos, que el rey de las tinieblas quiere apoderarse de la Humanidad! ¡Despertad aquéllos que estáis dormidos, estad alerta, hijos míos! Todos juntos podéis formar un gran rebaño. Las malas lecturas, hijos míos, y los malos libros confundirán a la Humanidad. ¡No hagáis caso, hijos míos!

     El Verbo vive en el seno del Padre; Él no es engendrado de Adán; Él es nacido de una Virgen sin pecado, de una Virgen pura e inmaculada. En Él no existe el pecado original ni el actual. El Verbo vive en la divinidad, se hace carne y muere para resucitar a los hombres del pecado. Y Él muere para que el hombre viva, pero en Él no existe la concupiscencia de la carne ni los estímulos, hija mía, de las pasiones. Todo en Él es divino, aunque en Él hay parte humana. ¡Que nadie os engañe, hijos míos!; Él vino a vosotros para que participéis, todos aquéllos de buena voluntad, en el Reino del Padre. Mira, hija mía, en el Reino del Padre hay muchas moradas; mira, hoy vas a ver una de ellas. En ésta están, hija mía, aunque en menos visibilidad, aquéllos de otras doctrinas que creen en un solo Dios y respetan las leyes del Padre, aunque no participan de la morada de los verdaderos cristianos y viven en menos visibilidad que los otros. Pero mira, hija mía, también son felices; viven revoloteando ejércitos y ejércitos de ángeles por encima de ellos.

     La misericordia de Dios es grande. Pero mira, hija mía, la grandeza que hay en este otro lugar, donde los verdaderos católicos practicantes, bienaventurados, mártires, participan de la gran divinidad. Mira, hija mía, el primero que llega a este lugar bebe de esta fuente y se abre su inteligencia, y sus sentidos no existen, porque las potencias se les han abierto al beber de esta fuente, que ven las grandezas...

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay! ¡Ay, qué perfumes, qué rosas!, ¡ay, qué jardines, qué prados! ¡Ay, qué frutos hay en estos árboles! ¡Ay, ay, ay!

 

     EL SEÑOR:

     Todos, quiere la Divina Majestad de Dios que pasen por el Paraíso que Dios preparó para la primera pareja y gocen de todo lo que había creado para ellos.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, ay...! ¡Hay de toda clase de frutos, flores, arroyos!, ¡ay, riachuelos! ¡Ay, esto no tiene fin!, son praderas sin final. ¡Oy, qué ramaje de flores de colores! Todos están vestidos con vestiduras de todos los colores. ¡Ay! ¡Ay, qué grandeza! ¡Ay, ay, ay...!

 

     EL SEÑOR:

     Aquí, en estas grandezas, es donde Dios puso al hombre, hija mía. Por eso quiere Dios que el alma participe primero de este lugar y coma de todos estos frutos sabrosos y respire el aire puro que existe en este lugar... (Luz Amparo expresa profundo gozo).

     Ni el animal, ni la fiera, ni las criaturas, ni las piedras preciosas, ni el oro, le hace falta al hombre para subsistir en este lugar; pero todo eso está aquí, y al hombre no le hace falta ni venderlo... (de nuevo, Luz Amparo manifiesta un gran gozo), ni cogerlo, hija mía, sólo es para gozarlo.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Qué grandezas, Dios mío! ¿Cómo el hombre fue capaz de dejar esta grandeza para meterse en la oscuridad? ¡Ay! ¡Ay!, por eso... ¡Ay, Dios mío, qué grande eres! ¡Ay! Por eso avisas tantas veces al hombre.

 

     EL SEÑOR:

     Por eso quiero que despierten los que están dormidos, para que gocen todos juntos. Hija mía, tú eres el instrumento que he puesto para contar estas maravillas. Por eso en la prueba, hija mía, se abre más tu inteligencia y avanzas más hacia la sabiduría, para que puedas explicar las grandezas que ha creado Dios para la criatura. Y aún hay otras grandezas mayores después de este lugar, hija mía.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, Dios mío!

 

     EL SEÑOR:

     Por eso os pido, hijos míos, ¡no os apeguéis tanto a la materia, para que todos juntos podáis vivir en este lugar! Aquí nadie se cansa... (Luz Amparo no deja de gozarse ante lo que contempla). Todo lo que existe aquí es belleza y grandeza.

     Mirad, hijos míos, si el Creador quiere a su criatura y por qué no quiso destruir a su criatura, porque quiere que participe del Edén que creó para él. Por eso, hijos míos, tenéis que luchar contra vosotros mismos, renunciad a los apetitos carnales que Satanás os muestra; y aquél que forme pareja que la forme santamente y con el amor que sale del costado de Cristo. ¡Hay tan pocos seres humanos que se aman! Si ésta es la señal de Dios, el amor, inflamad vuestros corazones, hijos míos, amaos unos a otros, que ésta es mi señal: os conocerán por el amor. Que no haya entre vosotros discordias; que os améis como hermanos.

 

     LA VIRGEN:

     Levántate, hija mía, adora a la Divina Majestad de Dios... Canta a la Divina Majestad... (Luz Amparo canta en idioma desconocido).

     Cantad y alabad a Dios, hijos míos, a Dios le gusta que se le cante y se le alabe. Voy a derramar muchas gracias sobre este lugar. Hijos míos, acudid a él, y todos los que acudáis recibiréis gracias en abundancia.

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos con bendiciones muy especiales... Esto servirá para inflamar los corazones del amor de Dios y para los moribundos.

     Arrodíllate.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.