MENSAJE DEL DÍA 15 DE SEPTIEMBRE DE 1992, NTRA. SRA. DE LOS DOLORES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hoy vengo, hija mía, con el manto de oro. Quiero alegrar a todos los corazones. Mira, hija mía, cómo protejo a las almas; mi manto no tiene fin. Los meto debajo del manto, los protejo del peligro.

     Es un día muy importante para que vuestra Madre no se manifestase, hijos míos, para daros gracias a todos aquéllos, hijos míos, que colaboráis a mi Obra. Todos estaréis bajo este manto, si sois fieles, hijos míos, a todas mis palabras.

 

     EL SEÑOR:

     Sí, hijos míos, el Hijo de Dios vivo os pide que veneréis a vuestra Madre. Yo también hoy vengo con un manto de oro.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, ay, ay! ¡Ay, qué belleza!, ¡qué belleza! ¡Ay, pero qué belleza tienes, Dios mío! ¡Ay!

 

     EL SEÑOR:

     Pues, hija mía, aun ante esta belleza las almas no se enamoran de mí, y aquellas pocas que están enamoradas, su corazón está partido en el mundo y en esta belleza, hija mía. Gran número de almas, que estaban enamoradas de esta belleza, me abandonaron, hija mía, y las pocas que quedan, no se terminan de enamorar profundamente de mí.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay!, si no hay otra belleza en el mundo, ni en ningún sitio, Dios mío. ¡Ay, ay!

 

     EL SEÑOR:

     Quiero que todos los hombres se enamoren de su Dios.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, Dios mío!

 

     EL SEÑOR:

     Que no me amen a medias. ¡Ay, juventud!, ¡pobre juventud! No piensan nada más que en las bellezas mundanas, ¡que si las vieran realmente cómo son! Mira todas las bellezas en lo que quedan, hija mía.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, qué horror! ¡Ay, ay!

 

     EL SEÑOR:

     ¡Cómo el enemigo engaña a la juventud!

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, Dios mío! ¡Huy, ay!

 

     EL SEÑOR:

     Así son engañados: las bellezas del mundo y las cosas que el demonio pone ante sus ojos.

     Venerad el santo nombre de María, que en muchos lugares está olvidado, hijos míos; que Ella intercede constantemente ante mí por vosotros, y su Corazón dulce y lleno de caridad está constantemente pidiendo por la Humanidad.

     Yo, hija mía, escucho el ruego de mi Madre, y ante ese Corazón que se derrite de amor, son acogidas muchas almas.

     Mira, hija mía, hoy el gran número de almas que van a ser apuntadas en el Libro de la Vida. Cien almas van a ser apuntadas en el Libro de la Vida por su caridad y su amor a mi Obra, hija mía.

     Haz un círculo redondo en el Libro de la Vida, hija mía...; pon tres símbolos de los que ves aquí dentro de ese círculo... Firma, hija mía... Ahí están los cuarenta y dos nombres; míralos, hija mía, y léelos... Apunta en este lugar los que faltan a los cien. Haz otro símbolo, hija mía. Haz un símbolo cuadrado... Pon lo que ves aquí, hija mía... Firma.

     Ahí están los cien, hija mía. Los de la derecha estarán más cerca porque su caridad ha sido más profunda. Los de la izquierda, hija mía, estarán un poco más lejos porque su caridad es más débil, pero todos están escritos en este Libro.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay, Señor, qué grandeza! ¡Ay!

 

     EL SEÑOR:

     ¿Ves cómo yo premio la caridad, hija mía? El amor y la caridad no se ven en la Tierra, pero un día, todos juntos, podréis verla, hijos míos.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay, Dios mío!

 

     EL SEÑOR:

     Lee los nombres, hija mía... Jamás se borrarán estos nombres, hija mía.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay! ¡Ay, gracias! ¡Dios mío, gracias! ¡Gracias, Dios mío!, ¡ay!, ¡gracias, gracias, Dios mío! ¡Gracias, Dios mío, gracias!, ¡gracias, Dios mío, gracias!, ¡gracias, Dios mío, gracias!, ¡gracias, Dios mío, gracias!, ¡gracias, gracias!, ¡gracias! Te doy gracias, Dios mío, por todas las almas. Te doy las gracias, si saben recibirlas. Si ellas no son capaces de recibirlas, yo te doy las gracias, mi Señor. ¡Gracias, mi Señor!, ¡gracias, mi Señor! Gracias por todas esas almas; protégelas, Señor. ¡Ay, qué grandeza, Señor! ¡Ay, qué grandeza! ¡Ay!

 

     EL SEÑOR:

     Ésta es la grandeza del amor, hija mía; por eso te he ensañado a amar y quiero que enseñes a amar a los hombres, hija mía, porque el amor es el precio de la salvación.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay! ¡Ay, Señor mío y Dios mío!

 

     EL SEÑOR:

     Todos los que acudan a este lugar recibirán gracias especiales, y quiero también que esas gracias sean publicadas, hijos míos, para que los corazones se ablanden.

     Ha habido muchas curaciones en este lugar que no han sido publicadas, y muchas conversiones que se ocultan y quieren ocultarlas.

     Quiero que las gracias que yo derramo en este lugar salgan a la luz, para que los hombres veneren a mi Santa y Pura Madre. El nombre de María tiene que ser venerado y respetado.

     ¿Cómo podéis pensar, hijos míos, que el Hijo de María puede ser feliz y estar contento si no se respeta el nombre de su Madre?

     Para mí no pasa el tiempo, hijos míos, y por eso os digo lo de la felicidad, porque yo miro el tiempo de Cristo en la Tierra. Mi felicidad es eterna, no necesito que el hombre me haga feliz, porque yo era feliz. No necesité nunca, pues era el Verbo y el Verbo no necesitaba felicidad del hombre.

     Pero, hijos míos, os estoy recordando mi vida en la Tierra, pues para mí el pasado no existe, es el presente el que me preocupa, el presente de las almas.

     Todos los que acudan a este lugar recibirán gracias especiales, físicas y espirituales.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Levantad todos los objetos; hoy serán bendecidos en honor a mi Madre, y con bendiciones especiales para vivos y moribundos. No os separéis nunca de estos objetos, hijos míos; con ellos seréis protegidos.

     La paz os dejo.