MENSAJE DEL DÍA 2 DE FEBRERO DE 1991, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     EL SEÑOR:

     Hija mía, mi Corazón viene herido, porque el mundo está sumergido en el dolor. Los gobiernos de las naciones se han levantado, hija mía, unos contra otros; se han convertido en demonios encarnados para destruirse, mientras los hombres hablan de paz, hija mía. Te repito como otras veces: construyen las armas mortíferas para destruir a la Humanidad. Los pecados de los hombres han traspasado la bóveda del cielo, hija mía, y los hombres han olvidado a Dios; y, al olvidar a Dios, olvidan al prójimo. El hombre fue creado para amar; Dios es amor, hija mía, y Dios transmitió ese amor al hombre para que el hombre lo transmitiese a sus hermanos. Pero, ¿qué han hecho de ese amor, hija mía?; lo han convertido en impurezas, en pasiones, en odios, en envidias, en rencores. La situación del mundo, hija mía, está así por el producto del pecado. Dios le transmitió al hombre el amor de los ángeles, para que correspondiesen como los ángeles en la Tierra, pero la mayoría de los hombres, hija mía, se han convertido en ángeles rebeldes y no acatan las leyes de Dios. Dicen amar a Dios sólo con mover los labios, pero no mueven sus corazones; dicen tener caridad y no aman al prójimo, hija mía, luego permanecen en la mentira, y todo el que permanece en la mentira no entrará en el Reino del Cielo. Sólo atesoran en la Tierra, hija mía; sólo se preocupan de... Mira, el tesoro dónde lo tienen, hija mía, para cuidar su cuerpo; pero se olvidan del espíritu. Allí donde está el tesoro está su corazón, y todo el que tiene el corazón puesto en el tesoro de la Tierra no puede alcanzar el tesoro del Cielo. Los hombres se matan por almacenar y por amontonar riquezas, hija mía, y se han olvidado de la mayor riqueza que es la eternidad. La eternidad no se compra con las riquezas de la Tierra, la eternidad se compra con el sacrificio y con la penitencia, con el amor.

     Angustiaos todos aquéllos que no estáis con Cristo; decís que lo admitís, pero no cumplís con sus mandamientos. Amontonáis sólo para vosotros, hijos míos, no sois capaces ni de pagar al César lo que es del César, ni aun de vuestras riquezas compartirlas con los pobres.

     El último remedio está aquí, hija mía, mira el ojo del tiempo.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Huy!, se abre el ojo del tiempo. Aparece María en esa puerta. Es el Corazón de María. El Corazón se abre... Entran por el Corazón de María todas estas almas, y de ese Corazón pasan a otro lugar que hay una puerta que se llama “La puerta de la felicidad”. Se abre esa puerta; nadie ha entrado por ella todavía. ¡Ay!... Hay ahí un caballo lleno de sangre con un jinete montado; el jinete lleva la cara tapada; también está lleno de sangre el jinete. El ángel dice que es el Cordero degollado el que está encima de ese caballo, el que ha ordenado que desaparezca la paz de la Tierra. Hay cuatro hombres; cuatro profetas. Uno tiene un libro de oro en la mano. Se abre el ojo del tiempo y dice uno de los profetas: “Éste es el ojo del tiempo y los hombres están viviendo la mitad del tiempo del ojo del tiempo. En esta mitad del ojo del tiempo, sólo queda un remedio: este libro. El libro está sellado, nadie puede abrirlo”. Y dice otro de esos hombres: “Ni del Cielo ni de la Tierra, ni del mar ni del espacio, nadie podrá abrir este libro. Sólo tiene autoridad para abrirlo el Cordero degollado; el que ha derramado su Sangre para la salvación del mundo”. Abre el libro y dice: “Todo el que quiera pasar por este lugar...”. Se ve el costado de Cristo que se dilata y se abre; y dentro de ese costado hay fuego. ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, cómo se abre el costado!

     Ese otro espíritu dice: “El costado de Cristo se dilata para que entren los hombres por él. Pero no entrará aquél que no haya sido perseguido, calumniado, despreciado, ultrajado; aquél que no haya pasado hambre, frío... Por aquí entrarán los limpios de corazón; porque todos los seres humanos tienen el espíritu de Dios y lo han despreciado. Bienaventurados aquéllos que lo han conservado y se han mantenido limpios; que pasarán por el Costado y entrarán a la Tierra Prometida. Esta es la Tierra Prometida, hija mía, donde se predicará el Evangelio tal como es, donde los hombres no adulterarán el amor ni la doctrina de Cristo, donde se predicará la doctrina que hay escrita en este libro, el Libro de san Juan, el del amor, hijos míos, que los hombres han olvidado que fueron creados para amar puramente y limpiamente: el amor de los ángeles”.

     ¡Ay, qué felicidad!

 

     EL SEÑOR:

     Pero todos los que llegan a esta felicidad han sido infelices en la Tierra, hija mía, no han buscado las comodidades, pero aquí tendrán comodidades eternamente. ¡Ay de aquéllos que no cumpláis las leyes tal como están escritas, hijos míos! Decís cumplir los mandamientos pero, ¿amáis a Dios como a vosotros mismos? No lo amáis ni como a vosotros mismos, hijos míos. Ya no os pido que améis a Dios sobre todas las cosas, porque si no sois capaces de amar al prójimo como a vosotros mismos, que lo estáis viendo diariamente, ¿cómo vais a amar a Dios, que no lo veis, sobre todas las cosas? ¿Santificáis las fiestas, hijos míos? ¡De qué forma santificáis las fiestas!; ¡os santificáis vosotros con fiestas y juergas, hijos míos! ¿Honráis a vuestro padre y a vuestra madre? Los despreciáis, los abandonáis; ¿qué clase de amor, hijos míos, es el de vosotros? ¿Cuántas veces juráis en nombre de Dios con mentiras y enredos, hijos míos? ¿Cuántas veces matáis al prójimo con palabras y con obras, hijos míos? ¿Cuántas veces adulteráis vuestra carne?, y ¿cuántas veces no os conformáis con los dones que Dios os ha dado para participar con los pobres, que deseáis los dones de los demás? ¿Cuántas veces deseas la mujer de tu prójimo y ni amas a la mujer propia ni a la de tu prójimo? El amor, hijos míos, tiene que salir de lo más profundo del corazón; ése es el verdadero amor entre los ángeles, hijos míos. Mi costado se dilata de amor por los hombres, y del costado irán a la luz; como la madre se dilata para dar a luz el hijo, así mi costado se dilata de amor a los hombres. Ésta es “la puerta de la felicidad”, todo el que quiera entrar por ella tiene que atesorar en el Cielo, no atesorar en la Tierra, hijos míos. Decís amar a Dios, ¿de qué forma le amáis, hijos míos? No mováis los labios tanto y ejercitad vuestro corazón. Decís que amáis a Dios, ¿y no tenéis caridad? Sois unos mentirosos; luego no estáis en la verdad, hijos míos, estáis en la mentira y la mentira es de Satanás.

     Yo soy la Verdad, el Camino, la Vida; todo el que venga a mí tendrá vida eterna. Amad a mi Madre; Ella es el camino para conduciros a mi costado. ¡Ahí está la felicidad! Yo os enseñé a amaros; yo os enseñé la caridad; yo os enseñé la mansedumbre; y vosotros, hijos míos, ¿qué habéis hecho de mis palabras?: odios, desamor, iracundos... ¡Despertad, hijos míos, que estáis en la mitad del tiempo del ojo del tiempo! El mundo se está purificando con su propia sangre, pero las ofensas a Dios son graves, hijos míos. La ofensa al Espíritu Santo no tiene perdón. Todo el que ofende al Espíritu Santo no tendrá vida eterna, hijos míos. Y a todos se os mandó el día de Pentecostés el Espíritu Santo, para que todos fueseis iluminados, pero muchos de vosotros habéis rechazado la luz y os habéis metido en la tiniebla, la tiniebla de Satanás. Amaos, hijos míos; éste es mi mandamiento: amaos los unos a los otros, como yo os amo. Y todos los que estáis conmigo, tened calma y paz, que no seréis afectados, hijos míos.

     Pero angustiaos los que estáis contra mí; vuestras horas serán amargas y vuestros días serán largos en la tribulación y en la oscuridad.

     Orad mucho, hijos míos, y despegaos de las cosas de la Tierra, que estáis materializados, hijos míos; así no se puede amar a Dios. Estáis pendientes de vuestro tesoro, el tesoro material de la Tierra. Son tiempos de amor, de unión y de paz, hijos míos. Cumplid con mis mandamientos.

     Besa el suelo, hija mía, en reparación de tantas ofensas cómo se cometen en el mundo...

     Hija mía, repara los pecados de la Humanidad y que tu corazón ame como los ángeles. Toda la semana te voy a dejar mis clavos, hija mía, para que repares las ofensas que los hombres hacen a la Divina Majestad de Dios.

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos con bendiciones especiales, hija mía, para la conversión de las almas...

     La paz sea con vosotros, hijos míos. Mi paz os dejo.