MENSAJE DEL DÍA 3 DE MARZO DE 1990, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, ya estoy aquí llena de dolor; pero mi Corazón también viene lleno de compasión. Vengo otra vez, hija mía, y hoy mi Corazón está más dolorido porque vengo a avisar a los centinelas del pueblo de Dios que se han dormido y dejan arrastrar el rebaño de Cristo en las manos del enemigo. Hija mía, las almas tibias y débiles no se esfuerzan para luchar contra las pasiones; las almas atribuladas no buscan el consuelo y la paz en Cristo, y cada día su corazón está más atribulado y el enemigo hace mella en sus corazones; las almas piadosas cada día están más tibias y no ven la profundidad del pecado; las almas consagradas han abandonado el camino de su ministerio, que es enseñar a los hombres el amor a la Iglesia y su doctrina. ¡Ay, almas consagradas, que no avisáis a los pueblos el gran peligro que hay en el mundo! Grandes calamidades caerán sobre la Tierra; grandes catástrofes destruirán la mayor parte de la Humanidad. ¿De qué le sirve al hombre construir, si lo que el hombre ha construido va a ser derribado por el producto del pecado?

     ¡Pastores de la Iglesia, volved a vuestro ministerio y practicad la doctrina y vigilad el rebaño de Cristo!

     Y vosotros, aquéllos que os llamáis católicos, ¿de qué os sirve el nombre de católicos si no practicáis la doctrina de Cristo? Volved a vuestro camino y practicad los sacramentos, hijos míos. Orad, hijos míos, que como no oréis ni hagáis penitencia todos pereceréis juntos, hijos míos.

     Mi Corazón está triste, porque el hombre no conoce los planes de Dios, y como te he dicho otras veces, hija mía: sólo esperan en su misericordia, pero sin acatar sus leyes.

     Orad, almas consagradas, ayunad. Sólo con el ayuno y la oración podréis entregaros en cuerpo y alma a la Piedra Angular. ¿De qué os sirven, hijos míos, todas las cosas del mundo si vais a perder vuestra alma? Enseñad a los hombres, pastores de la Iglesia, que se amen como hermanos; enseñadles a orar. Sólo por el camino de la oración y de la penitencia el hombre podrá salvarse. Desprendeos de las cosas terrenas, hijos míos, y luchad contra la tentación de la carne. Mi Corazón está herido por la perversidad de los hombres.

     Siento tanto dolor, hija mía, porque los hombres no son capaces de humillarse ante Dios su Creador... La situación del mundo es grave, gravísima, hija mía, y la tiniebla los ciega; y el poder de Satanás está apoderándose de la mayor parte de la Humanidad. Quiero que se salve por lo menos la tercera parte, hija mía, pero veo que aun de esta tercera parte el enemigo está apoderándose de ellos.

     Venid a este lugar, hijos míos, y dejaos señalar vuestras frentes para que el enemigo no haga mella en vuestras almas. La astucia de Satanás, hijos míos, está invadiendo el mundo. No os durmáis; orad, orad, hijos míos, y comunicaos con Dios, vuestro Creador. No os dejéis arrastrar por el rey de la mentira. Venid contritos y arrepentidos a nuestros Corazones; dejad la soberbia, hijos míos, que la soberbia no vale nada más que para introducir al hombre en las mazmorras eternas. Humildad, unidad, hijos míos, amor y entrega.

     Todo el que acuda a este lugar recibirá gracias especiales para su alma; y muchos también las recibirán para el cuerpo.

     El mundo está al borde del precipicio y los hombres los ciega la tiniebla.

     Besa el suelo, hija mía, en reparación de tantos y tantos pecados como ofenden a nuestros Corazones...

     Y vosotros, almas consagradas, aquel pequeño número que todavía queda —no os digo, hijas mías, entregadas totalmente a vuestro Dios, sino entregadas a medias—, olvidaos del mundo, hijas mías, y trabajad para Dios. Que mi Corazón pueda refugiarse para recibir consuelo de aquel pequeño grupo de almas; ¡es tan reducido, que casi no encuentro consuelo en ellos!

     Dios está mandando a la Tierra grandes calamidades; el fin de los tiempos se aproxima. Grandes terremotos caerán sobre la Tierra; fuertes huracanes; el agua se desbordará de los mares y arrasará con grandes ciudades. Cuando todo esto suceda, un pequeño número de almas quedará en la Tierra en una desolación, porque la Tierra quedará como en un desierto y el hombre no encontrará ni alimentos ni bebidas, y ni aun en esa situación el hombre clamará a Dios, ¡hasta dónde llega la perversidad de los hombres!

     ¡Es tan sencilla la salvación, hijos míos, con el amor! El hombre, si se impregnara del amor del Costado de Cristo, se salvaría.

     Orad, hijos míos, que cada vez que oréis yo estaré con vosotros, para que esa oración sea más valiosa ante los ojos de Dios. Hincad vuestra rodilla, hijos míos, no seáis soberbios, sólo hay un Señor de señores al que toda criatura tendrá que hincar su rodilla.

     Y tú, hija mía, únete a los dolores de Cristo y repara con Él tantas y tantas ofensas como se cometen en el mundo. Si los hombres se amasen como hermanos, Dios tendría compasión de ellos; pero son como fieras heridas y devoran las presas como lobos hambrientos... Mira, hija mía, hasta dónde llega la perversidad del hombre: se matan unos a otros, matan a los inocentes, sus corazones están empedernidos de odio y malicia. ¡Tened compasión del Corazón de Cristo y del Corazón de vuestra Madre! ¡Pedidme, hijas mías, que yo soy Madre de todas las gracias y yo os las concederé! Acercaos al sacramento de la Penitencia y buscad el sacrificio, que no sólo de pan vive el hombre, hijos míos, y vosotros sólo pensáis en el pan, no pensáis en el sacrificio.

     Tú, hija mía, sigue siendo víctima por los pobres pecadores.

     Todo lo tengo dicho, hijos míos, tomaos en serio mis mensajes, que cuando queráis arrepentiros no habrá tiempo, hijos míos.

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos con bendiciones especiales para la salud del cuerpo y del alma.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.