MENSAJE DEL DÍA 6 DE ENERO DE 1990, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, los hombres no cambian, porque su suciedad y su dureza de corazón no les hace ni les deja comprender la Ley de Dios. La Ley de Dios es pisoteada y ultrajada por los hombres; no se dan cuenta, hija mía, de la gran tribulación que va a caer sobre la Tierra.

     Mira mi Corazón, hija mía, míralo bien. Mi Corazón está herido gravemente por la maldad y la perversidad de los hombres. Los hombres confunden las leyes, hija mía. Mira mi rostro, cómo se ruboriza. Las mujeres, hija mía, han perdido el pudor y la modestia. Satanás les ha hecho perder la vergüenza y perder su dignidad, hija mía. Se ocupan de las modas inmodestas, y el pecado de la carne, de la lujuria, está haciendo estragos en la Humanidad. El demonio, hija mía, también ha seducido a la mayor parte del clero y se vale de la Ley divina de la Escritura para confundir las palabras y arrastrar a grandes masas hacia doctrinas falsas, hija mía; se han dejado seducir por Satanás, se han abandonado en la oración y en el sacrificio, hija mía, y la soberbia les ha hecho caer en la lujuria. Por eso mi Corazón está herido gravemente, hija mía.

     Besa el suelo, por tantos y tantos pecados como cometen a mi Inmaculado Corazón, hija mía.

     Por eso mis ojos, hija mía, derraman sangre y lágrimas de dolor, porque amo a todos mis hijos. Lloro porque rechazan mis avisos; lloro porque los hombres se odian, hija mía; lloro porque mis almas consagradas han perdido la fe verdadera. Por eso sufre mi Corazón de Madre.

     Hago un nuevo llamamiento a todas estas almas que han perdido la dignidad y que pisotean las leyes de Dios: que cambien su vida, que hagan una buena confesión y comunión.

     El Padre Eterno va a rechazar mis súplicas y va a aplicar su justicia sobre los hombres. Por eso está mi Corazón entristecido, hija mía, porque los hombres se olvidan de Dios y se ocupan de sí mismos. Por eso quiero almas capaces de reparar los pecados de la Humanidad, hija mía; porque los hombres se entretienen en las cosas del mundo y no se ocupan de Dios. ¡Qué tristeza siente mi Corazón, hija mía! Quieren esconder mi Nombre, porque Satanás me odia, como odia la Eucaristía. Por eso, hija mía, el enemigo hace que las almas tengan escrúpulos para recibir a Cristo; y también hacen que odien mi nombre, porque somos los dos caminos de salvación: la Eucaristía y María.

     Venid todos los que estéis atribulados a mi Inmaculado Corazón, hijos míos, que yo seré vuestro refugio y vuestra guía. ¡No me defraudéis, hijos míos!

     Y todos aquéllos que os habéis desprendido de vuestros bienes materiales, olvidaos de ellos y pensad en los bienes espirituales. Ya sabéis que mi Hijo os da el ciento por uno, hijos míos. Amad nuestros Corazones, que ellos os preservarán de las asechanzas del enemigo.

     Os quiero desprendidos, hijos míos; quiero que os queráis como hermanos y que os humilléis, pues el hombre que se humilla en la Tierra es grande ante los ojos de Dios. Sed humildes, hijos míos, y no dejéis de rezar el santo Rosario todos los días; es mi plegaria favorita. Acercaos a la Eucaristía, hijos míos, dadle valor al Santo Sacrificio de la Misa; es la renovación de Cristo en el Calvario. Sed mansos y humildes de corazón.

     Y vosotros, almas consagradas, volved a vuestro ministerio y sed pastores limpios. No estéis ciegos, hijos míos; ¿no veis que Satanás quiere apoderarse de vuestras pobres almas? Volved a mí, que yo soy la Madre pródiga del hijo pródigo y mi Corazón Inmaculado os espera para protegeros.

     Vuelve a besar el suelo, hija mía, en reparación de tantos pecados que se cometen en mis almas consagradas...

     Y tú, hija mía, sé humilde, muy humilde; y repara los pecados de la Humanidad. No puedes tener gloria en la Tierra y gloria en el Cielo. Las almas víctimas tienen que ser víctimas en todo, hija mía.

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos con bendiciones especiales para vuestras pobres almas, hijos míos, para que se pueda trocar el hielo de vuestros corazones en fuego divino... Todos los objetos, todos los que rodean a este lugar, han sido bendecidos, hijos míos, con bendiciones especiales.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Adiós, hijos míos. Adiós.