MENSAJE DEL DÍA 2 DE DICIEMBRE DE 1989, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Aquí estoy, hija mía, una vez más comunicándome a los hombres, aunque los hombres rechazan mis comunicaciones. Veo, hija mía, que los hombres hacen más caso al desolador y al rey de la mentira que a mis llamadas y a mis mensajes. Los hombres dicen que no es necesario manifestarme tantas veces a la Humanidad; ¡están ciegos, sordos! El mundo está lleno de crímenes, de secuestros, de envidias, de lujurias, de desamor y de tibieza, hija mía. Los corazones están tibios y, en esa tibieza, no puede llegar la gracia. Y el rey de la mentira está haciendo estragos en la Humanidad. Atrae a las almas con la mentira y con el placer, y las almas se dejan seducir por él.

     Mis almas consagradas, la mayor parte de ellas, se ocupan de las cosas del mundo y de la materia más que del espíritu. Su egoísmo y sus apegos al mundo apagan la luz de su corazón. Por eso quiere mi Hijo formar un gran Reino, donde reine la justicia, el amor y la paz.

 

     EL SEÑOR:

     Yo, como Hijo de María, pido que a mi Madre se la tenga en el lugar que la corresponde. Mi Padre quiso participar de todos sus dones con mi Madre, y cuando los hombres acepten que María es Madre de la divinidad de Cristo, porque mi Padre le dio a participar de todos sus dones... Por eso quiso que la divinidad de Cristo entrase dentro y se engendrase con la carne y la sangre de María, para hacerla partícipe de todas sus gracias; pero los hombres han confundido estas palabras; y cuando los hombres entiendan estas palabras, tendrán esa paz que piden y que tanto desean y que tan poco merecen.

     No es que mi Madre hiciese la divinidad, hijos míos, la divinidad estaba ya “hecha”, era increada, pero participó con su humanidad en la divinidad de Cristo.

     No quiero que dejen a mi Madre como la mujer del hombre, sino que la vean como Madre de la divinidad de Cristo; también fue Madre de lo divino, no sólo de lo humano.

     Por eso, en estos tiempos tan graves, he otorgado a mi Madre que sea la Pastora de mi rebaño, porque dentro de este rebaño aumentan los lobos. Sí, hija mía, las almas que están en el rebaño de Cristo son perseguidas por grandes lobos. Por eso la Pastora no puede dormirse, y cuidar el rebaño.

     Acudid, hijos míos, al Corazón dolorido y lleno de ternura de María y refugiaos en él, y comunicarle todas vuestras penas y vuestras alegrías, y Ella me las presentará a mí.

     He puesto en mi rebaño la mejor Pastora: la Llena de gracia, el Refugio de los pecadores y la Puerta del Cielo.

 

     LA VIRGEN:

     Por eso os pido, hijos míos: antes que tiemble el firmamento y grandes terremotos caigan sobre la Humanidad, y pequeños y grandes sean engullidos bajo los escombros por no haber querido aceptar la palabra de Dios, venid a mí, hijos míos, que soy vuestra Madre y mi Corazón maternal os espera con cariño y con dulzura, hijos míos. Yo os conduciré a mi Hijo. Así lo quiso Dios y se vio en la humillación de su esclava, y me otorgó venir la Luz al mundo por ese “sí” que di a Dios, mi Creador. Y por eso Dios quiere que todas las naciones me llamen “la Bienaventurada”.

     Hijos míos, el peligro que acecha a la Humanidad es grande. Orad, hijos míos, haced penitencia y oración. Sólo con oración y penitencia podréis salvar vuestras almas, hijos míos.

     Despegaos, hijos míos, de las cosas materiales. Vuestro pensamiento cada día lo tenéis más apegado al mundo. Orad, hijos míos, para no caer en tentación. Volved vuestra mirada a Dios, vuestro Creador, sólo Él podrá parar la justa ira que tiene preparada. Cuando llegue el día del Creador, será terrible, hijos míos. Cuando los ángeles piensan en este día, echan a temblar.

     Por eso Dios quiere lo mejor para vuestras almas, hijos míos. No os ocupéis tanto del mundo y elevad vuestro espíritu a Dios, vuestro Creador.

     Venid a mí arrepentidos y contritos de corazón, para que pueda sellar vuestras frentes y el desconsolador mentiroso no pueda aprovecharse de vuestras almas, hijos míos. Rezad todos los días el santo Rosario, confesad vuestras culpas y oíd al Santo Sacrificio de la Santa Misa. Ahí veréis la renovación del Calvario. Amaos unos a otros, hijos míos, como mi Hijo os amó y como mi Corazón maternal os ama.

     Acudid a este lugar. Todos los que acudáis a este lugar seréis bendecidos y protegidos —si cumplís con lo que os pido— de la señal del enemigo, hijos míos.

     Tú, hija mía, te quiero humilde y sacrificada por los pobres pecadores.

 

     LUZ AMPARO:

     También te pido, Madre mía, por un alma que está agonizando; ten compasión de ella y cumple lo que prometiste, que no pasaría por las penas ni los tormentos del Purgatorio. Prométemelo, Madre mía.

 

     LA VIRGEN:

     Te prometo, hija mía, que ese alma saldré a su encuentro con los ángeles y los santos y los bienaventurados, y estará con nosotros por los siglos de los siglos.

 

     LUZ AMPARO:

        ¡Gracias, Madre mía! También dale las gracias a tu Hijo.

 

     LA VIRGEN:

     Quiero formar un gran rebaño, hijos míos, pero para formar este gran rebaño os quiero pobres, humildes y sacrificados. Los hombres no entienden este camino, ni lo entenderán; ni aquellos mismos que se llaman hijos predilectos míos, mis consagrados, porque ellos están apegados a lo material y no saben despojarse, ni cumplen el Evangelio como está escrito. ¿Quién son para juzgar si esto es del agrado de Dios o no es del agrado de Dios? Sólo mi Hijo ve la profundidad de los corazones.

     Yo lo he pedido, hijos míos, y vosotros me lo dais. Lo demás dejadlo en mis manos.

     Ni seglares ni consagrados lo comprenderán, porque viven en la materia y se olvidan del espíritu. No se vive de palabras ni de golpes de pecho exteriores, sino de renuncia y de obras, del amor y de unidad. ¡Y en qué pocos lugares existe la unidad santa que Cristo quiere! Se odian unos a otros; se desprecian. Y los hijos de Dios tienen que amarse tal como está escrito.

     El mundo está lleno de vanidad y en muchos conventos no existe la unidad, ni la paz, hijos míos. Por eso os quiero frescos y lozanos y os pido una renuncia al mundo y una entrega de vosotros mismos a nosotros, hijos míos.

     No os hagáis los sordos, hijos míos, la muerte puede llegar como el ladrón, ¿y de qué os va a servir amontonar riquezas si os vais a perder la eternidad, hijos míos?

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos con bendiciones especiales de todos los ángeles custodios...

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Adiós, hijos míos. Adiós.