MENSAJE DEL DÍA 5 DE AGOSTO DE 1989, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     EL SEÑOR:

     Hija mía, hoy vengo con el consejo del amor. Mira mi cuerpo llagado, mira mis miembros atrofiados por el dolor. Todo esto, hija mía, por la salvación de los hombres.

     Yo me comunico a los hombres, hija mía, por medio de la Palabra, que es el Verbo; y les enseño que imiten mi Pasión, que cambien sus vidas, que sean buenos. Los hombres me desprecian y yo sigo comunicándoles mis palabras. Yo, hija mía, dejé a mi Madre; renuncié a mi nombre de Rey, me entregué en manos de los verdugos, me dejé azotar, me dejé calumniar, hija mía. Fui despreciado, odiado, me despojé de mis vestiduras, renuncié a la vida por la salvación de los hombres, hija mía, y los hombres siguen endurecidos en el pecado.

     Por eso, hija mía, mi pequeña portavoz, no quiero que nada te angustie, ni las calumnias, ni los desprecios, ni los ultrajes.

     Perdona, hija mía, a los que te desprecian, ten piedad con todos aquéllos que quieren dañar mi Obra; no podrán, hija mía, dañar mi Obra. Yo, tu Dios, te prometo ayuda, en todas las necesidades, a esta Obra, y me valdré de las criaturas para ese fin, hija mía. Tú, acerca tu alma al altar del sacrificio, hija mía. Tu dolor es un don para la salvación de los pecadores. Yo te exprimiré para mis fines, hija mía; así te ama tu Jesús, exprimiéndote para la salvación de las almas.

     Piensa, hija mía, que donde hay maestros, hay discípulos, y donde hay discípulos, hay judas, pero no quiero que nada te angustie; tú, ten constancia en mi amor y ten confianza en mí, hija mía.

     Los hombres se han olvidado del Nombre de Dios, y se introducen en los placeres del mundo, hija mía; sus vanidades, su falta de amor, de caridad, hija mía, los introduce en el mal.

     Ama nuestros Corazones, y nuestros Corazones te protegerán.

     Y vosotros, hijos míos, todos, renunciad a vuestras cosas. Renunciad a las cosas más pequeñas que tengáis. Despojaos del mundo, hijos míos, y acercaos a mi Corazón. Quiero formar un gran rebaño de vosotros, pero os quiero renunciando a todos vuestros bienes, hijos míos, materiales.

     Mira, hija mía, aquí recibirán el ciento por uno. Vale la pena la renuncia, el sacrificio, el sufrimiento, hija mía.

     Quiero que seáis imitadores de Cristo, hijos míos, sed humildes. No hagáis lo que Satanás quiere de vosotros: la soberbia, la desobediencia, la falta de amor. Que haya caridad entre vosotros, hijos míos, y sed humildes y obedientes.

     Besa el suelo, hija mía, en reparación de tantos y tantos pecados como se cometen en el mundo...

     Y tú, hija mía, acepta el sufrimiento y glorifica mi nombre.

 

     LA VIRGEN:

     Hijos míos, escuchad la palabra de mi Hijo, para que un día, hijos míos, podáis escuchar los himnos de gloria que hay en el Cielo, hijos míos.

     Ni el ojo vio, ni el oído oyó, hija mía, la grandeza que hay en el Cielo. Muchas almas, por no humillarse, hija mía, no participan de esta grandeza; y les pasa, hija mía, lo que a Satanás: que por su rebeldía y su desobediencia perdió este gozo eternamente, hija mía.

     Refugiaos en mi Inmaculado Corazón, hijos míos, mi Corazón Inmaculado triunfará sobre la Tierra. Sed hijos fieles de la Iglesia y amad a su Vicario.

     Yo prometo, hija mía, derramar gracias especiales sobre todas las almas que acudan a este lugar, contritos y arrepentidos.

     Y tú, hija mía: que nada te angustie, no vale la pena angustiarse por cosas pequeñas; piensa, hija mía, que cuanto más cerca estés de la meta, más obstáculos te va a poner Satanás, hija mía, para tropezar. Yo seré tu guía y tu ayuda, yo te protegeré con mi manto. Tú ama a nuestros Corazones, sé fiel y constante, hija mía, y nosotros no te abandonaremos.

     Os quiero a todos pobres, hijos míos, imitad la pobreza de Cristo, la humildad y la obediencia. No se le da importancia a la obediencia y es muy importante, hijos míos. Sed constantes en la oración, en el sacrificio y en el amor. Rezad todos los días las tres partes del santo Rosario. El santo Rosario, hijos míos, os he repetido muchas veces, será el ancla de salvación.

     Permaneced firmes en la fe, en la esperanza y en la caridad.

     Y tú, hija mía, perdona a todos aquéllos que quieran dañar tu cuerpo, pero que nunca podrán dañar tu alma, hija mía.

     Hoy voy a dar una bendición especial a todos los objetos, para aquellos corazones endurecidos, para que se inflamen de mi amor.

     Levantad todos los objetos, hijos míos; todos serán bendecidos...

     Cumplid con mis palabras y con las palabras de mi Hijo, hijos míos, y derramaremos muchas gracias sobre vuestras almas.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Adiós, hijos míos. Adiós.