MENSAJE DEL DÍA 1 DE JULIO DE 1989, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hoy, hijos míos, vengo con un gran manto, tan ancho como todo el mundo, para proteger a todas las almas que acudan a este lugar. Las almas que acudan a este lugar recibirán gracias especiales, hijos míos. Luchad contra el enemigo; el enemigo quiere matar vuestra alma, hijos míos, para retiraros del camino de Jesús.

 

     EL SEÑOR:

     Yo soy la Palabra, hijos míos; os he dicho muchas veces que me gustan más las obras que las palabras. Los verdaderos cristianos, hijos míos, se conocen por el amor al prójimo. Mi palabra es: “Estuve hambriento y me disteis de comer, sediento y me disteis de beber, desnudo y me vestisteis, peregrino y me recibisteis en vuestra casa, en la cárcel y me visitasteis, triste y me consolasteis”. Todo lo que hagáis por cualquier ser humano de estas obras, hijos míos, recibiréis gracias especiales para vuestra alma.

     El amor es vida, hijos míos, el que no ama está muerto. A mí me gusta, hijos míos, el amor de acción, no el amor de omisión; y aborrezco a todos aquéllos que está apegado su corazón a las riquezas del mundo. No aborrezco a las riquezas ni a los ricos, sino a los que ponen su corazón en ellas. Y amo, hijos míos, y recompenso a todas aquellas almas que ponen su corazón en la caridad y en el amor. Hijos míos, practicad la caridad con todos los seres humanos. Muchos de vosotros decís que no hacéis el mal a los hombres, pero tampoco hacéis el bien, y ¡ay de aquéllos que no hacen el bien a las almas!, los pondré a mi izquierda y los mandaré al fuego eterno.

 

     LA VIRGEN:

     Besa el suelo, hija mía, por tantos y tantos pecados como se cometen en el mundo...

     Amad a la Iglesia, hijos míos, amad al Papa; él intercede todos los días por la Humanidad. La Iglesia, hijos míos, parte de ella está caída; sólo con el sacrificio y la oración puede levantarse.

     Regocijaos aquéllos que amáis, hijos míos, que practicáis la caridad, porque el Espíritu Santo hará morada en vuestra alma y os convidará a que practiquéis la renuncia, a que hagáis el bien en el mundo y se multiplique la caridad en vuestro corazón.

     Desprendeos de las cosas materiales, hijos míos. Muchas almas que están en el mundo y escondidas del mundo, dicen que buscan el Reino de Dios, hijos míos, y dedican la mayor parte de su vida buscando los bienes materiales, y sólo les importa el lucro y se olvidan más de Cristo que del mundo. Ocupaos, hijos míos, del único bien, que es Cristo.

 

     EL SEÑOR:

     Yo soy la fortaleza, hijos míos, venid a mí todos aquéllos que estáis cargados y agobiados, que yo os guiaré y os fortaleceré. Amaos los unos a los otros; ése es el mandamiento nuevo, hijos míos.

 

     LA VIRGEN:

     Mirad, hijos míos, hoy os prometo protegeros a todos con mi manto.

 

     EL SEÑOR:

     Y yo os prometo que el rayo que sale de mi Corazón infiltrará vuestro corazón, hijos míos. Os lo prometo como Hijo de Dios vivo.

 

     LA VIRGEN:

     No dejéis de orar, hijos míos, el enemigo está al acecho de vuestras almas. Rezad el santo Rosario con mucha devoción, hijos míos. El demonio odia esta oración.

 

     EL SEÑOR:

     Prometo a todos los que hayan acudido a este lugar, en el momento de su agonía manifestarme con todos los ángeles del Cielo, santos y bienaventurados.

     Os repito: practicad el mandamiento del amor. Todo el que no ama está muerto, o el que ama con un amor deformado. El amor tiene que venir del costado de Cristo, para que sea un verdadero amor limpio y puro.

     Hija mía, sólo desde la crucifixión se puede ir a Cristo; sólo, hija mía, desde el Huerto de Getsemaní, desde el Gólgota, puede ser el camino recto y seguro. Sin sufrimiento, hija mía, no hay amor. Por eso los hombres no aman, porque rechazan tan grande gracia como es la del sufrimiento.

     Mira, hija mía, los bienaventurados que han sufrido, ¡qué gloria han alcanzado!... Vale la pena el sufrimiento, la calumnia, la persecución, el odio, el desprendimiento, hija mía, para alcanzar tan grande tesoro.

     Os quiero, hijos míos, pobres, humildes y sacrificados. No estéis apegados a los bienes materiales.

     Y tú, hija mía, sé humilde, muy humilde. Ama mucho nuestros Corazones. Sólo el amor purifica, hija mía.

 

     LA VIRGEN:

     Vuelve a besar el suelo, hija mía, en reparación de tantos y tantos

pecados como se cometen a mi Inmaculado Corazón...

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos con bendiciones especiales, hijos míos...

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Adiós, hijos míos. Adiós.