MENSAJE DEL DÍA 6 DE MAYO DE 1989, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, los hombres no quieren reconocer al Creador, y el Creador quiere ser reconocido por los hombres. El Creador quiere que, por medio de la Esposa eterna del Espíritu Santo, de la Madre Pura e Inmaculada de Jesucristo, de la Reina de todas las gracias, sea conocido, bendecido, alabado y glorificado. Pero los hombres rechazan a esta mensajera divina. Y mientras esta mensajera divina no sea reconocida como Madre de Dios, como Madre de la divinidad de Cristo, como Pura e Inmaculada, no habrá paz en el mundo.

     La Iglesia es pisoteada, hijos míos, es despreciada por sus mismos componentes.

     Y hago un llamamiento a todos los mundos, para que Dios sea reconocido y para que los pastores de la Iglesia vuelvan a su ministerio y se ocupen sólo del ministerio que les corresponde: de predicar el Evangelio tal como está escrito.

     Hago un llamamiento a las almas, para que todos aquéllos que quieran pertenecer a mi rebaño, vivan en pobreza, en humildad, en castidad, en obediencia. Pero, ¡ay de aquéllos que dicen vivir en la pobreza y viven en la abundancia! ¡Ay de aquéllos que dicen vivir en la castidad y viven en el adulterio y en la lujuria! ¡Ay de aquéllos que dicen vivir en la obediencia y hacen su voluntad! Todos aquéllos que no renuncien a los bienes materiales y corporales no pueden pertenecer a este rebaño. Hago un nuevo llamamiento a estas almas, para que vivan según el Evangelio.

     ¡Ay de aquéllos que desprecian a la Iglesia y pisotean la Sangre de Cristo! ¡Ay de aquéllos que hacen sufrir a la Cabeza visible de la Iglesia!

     Refugiaos, hijos míos, en mi Inmaculado Corazón. Yo seré la puerta del Cielo. Yo seré el sostén de toda la Humanidad. Dios lo quiere así, hijos míos. Sed humildes y recapacitad, y no busquéis razones en mis palabras.

     Quiero almas libres para que puedan predicar el Evangelio tal como está escrito, sin quitar ni añadir ninguna palabra, hijos míos.

     Quiero que vengáis a mí, que soy el camino para conduciros a Cristo. Quiero que me conozcáis en inmensidad y en profundidad, hijos míos; pero, ¡ay de aquellos falsos pastores que están invadiendo la mayor parte de la Humanidad, confundiendo a las almas! Y vuelvo a repetir, hijos míos: cuidado con aquellos falsos apóstoles que se nombran apóstoles de los últimos tiempos y viven en la abundancia sin cohibirse de los placeres y los gozos.

     Quiero almas humildes, hija mía, como te he dicho en otras ocasiones, pobres y sacrificadas. Quiero que renuncien a todos los bienes materiales y se ocupen sólo de los bienes espirituales, hijos míos. El mayor tesoro está en el Cielo. No os apeguéis a los tesoros terrenos. Quiero formar este grande rebaño. Yo seré la que lo dirigiré, hija mía.

     Amad a la Iglesia, amad al Vicario, hijos míos.

     La obediencia es muy importante para la salvación.

     El tiempo se aproxima y los hombres no vuelven su mirada al Todopoderoso. Hablan de caridad y se odian unos a otros. Hablan, hija mía, de pureza y están en la oscuridad de la lujuria y del adulterio. Hablan de humildad y quieren gobernarse ellos mismos sin que nadie los dirija.

     Humillaos, hijos míos, el que se humilla será ensalzado. No penséis tanto en la concupiscencia de la carne. Amaos como Cristo os amó. Renovad vuestro corazón, hijos míos, en el amor, en el sacrificio.

     Es necesario, en estos tiempos tan graves, hijos míos, la penitencia, el sacrificio y la oración.

     Besa el suelo, hija mía, por tantos y tantos pecados como se cometen en el mundo...

     Yo tengo la misión, hija mía, de sellar las frentes y quiero que acudan a este lugar, para que todas sus frentes sean selladas, para que, cuando llegue este día cercano, no sean tocados por el enemigo y reluzca la señal en sus frentes; la señal de los escogidos, hija mía.

     Amaos unos a otros sin discordias ni discusiones. No queráis ser los primeros, hijos míos. Ocupad los últimos puestos. Amaos, como mi Hijo os ha enseñado a amar. Él lo dejó escrito, hijos míos.

     Acudid todos a este lugar, de todos los lugares de la Tierra, que yo, como Mediadora de todas las gracias, derramaré gracias sobre todos vosotros.

     Quieren formar apóstoles de los últimos tiempos amándose ellos mismos sin ocuparse de los demás. El primer mandamiento de la Ley de Dios está escrito: “Amarás al Señor, tu Dios, con todas tus fuerzas, con toda tu mente y con todo tu corazón, y al prójimo como a ti mismo”. Olvidan al prójimo, hija mía, y se aman ellos mismos. Su soberbia y su orgullo los deja ciegos, sordos...

     Presentad buenas obras, hijos míos, ante Dios, vuestro Creador.

     La caridad es muy importante y los hombres se han olvidado de esa virtud, y la aplican, la caridad, para ellos mismos, hija mía.

     ¿Qué recompensa van a recibir en el Cielo, si no se han ocupado de la virtud más importante y eterna que es la del amor, hijos míos?

     Seguid yendo por todos los pueblos llevando el Evangelio, amando a la Iglesia y a la cabeza visible de la Iglesia, que es el Papa. Y amaos unos a otros como mi Hijo os enseña, hijos míos.

     Tú, hija mía, sé humilde, y sigue siendo víctima de reparación de los pecados de la Humanidad, hija mía.

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos...

     Tened cuidado, hijos míos, con todos éstos que se llaman apóstoles de los últimos tiempos; que se nombran ellos mismos profetas falsos, para que sean escogidos sus nombres. Esos nombres no están escritos en el Libro de la Vida. Para estar escrito en el Libro de la Vida hay que imitar, hijos míos, al mismo Jesucristo en la pobreza, la humildad y la obediencia.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Quiero que construyáis una gran Obra, hijos míos, que sea tan inmensa, para que todo mi rebaño quepa en ella.

     Adiós, hijos míos.