MENSAJE DEL DÍA 1 DE OCTUBRE DE 1988, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Aquí estoy, hija mía, para decir a la Humanidad que los hombres no saben orar. Orad, hijos míos, que a la medida que oréis recibiréis vuestras gracias. Los hombres se han olvidado de orar; y donde no hay oración no hay amor.

     Vas a empezar besando el suelo, hija mía, por la falta de amor que hay en la Humanidad.

     Los hombres han olvidado que todos los miembros de su cuerpo tienen que ejercitarlos en el amor... Si uno de estos miembros no lo ejercitan queda muerto, hijos míos; así está vuestro corazón; por falta de ejercitarlo en el amor, está muerto; ¿y queréis transmitir vida vosotros que estáis muertos, hijos míos? Repito que el hombre ha sido creado para amar. Dos cosas son necesarias en el hombre: el amor y el dolor, hijos míos. El amor, para no cometer el mal, y el dolor, para reparar el mal. Pero vosotros, hijos míos, ejercitáis el mal y olvidáis el bien.

     Estos tiempos son graves, hija mía, el mundo está en estas condiciones por falta de amor unos a otros. El amor, hija mía, sufre; el amor no se cansa de esperar al que ama; el amor sufre por el amado. Así es el amor, pero el hombre lo ha convertido en odio, interés, placer. Sólo se arreglaría el mundo si el hombre fuese capaz de amar y dar como Cristo hasta el último átomo de su amor. Así es el amor, hija mía: no cansarse del amado, pedir por el amado, entregarse al amado.

     Estos tiempos son muy necesarios que los hombres hablen a los otros hombres del amor, hija mía. ¿Qué vais a dar vosotros, que no sentís en vuestro corazón nada más que odios, intereses, envidias? Sólo se consigue el amor orando; el alma que no ora no puede amar, porque el alma que ora está en comunicación con el Amado. Por eso el mundo está en estas condiciones, hija mía. Mira qué reducido es el número de los escogidos... Por eso te digo, hija mía: el que ama sufre. Así amó Cristo a todos los hombres y se entregó al sufrimiento por ellos. Los hombres quieren amar sin sufrir; y en el amor existe el dolor, hija mía. Sólo pido que recéis todos los días el santo Rosario, que muchos de vosotros no rezáis ni un solo Rosario, hijos míos... ¿No os da pena de mi Inmaculado Corazón?

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Señor!, yo quiero amarte con todo mi corazón y quiero que me enseñes a amar. ¡Yo te amo con toda mi alma! Tú dame lo que quieras después.

 

     EL SEÑOR:

     Mi Luz querida: tu agonía es mi agonía; y tu agonía es más fácil que la mía. Porque tu agonía es en un lecho blando, hija mía, y la mía fue y sigue siendo en una calle empinada con un madero sobre mis hombros, cayendo y levantándome. Y luego, hija mía, fui suspendido en una Cruz, al Sol; que mis heridas se achicharraban y mis venas estallaban. Con una fiebre tremenda en mi garganta que me hacía cada vez más penosa la respiración, hija mía. Tu agonía es más cómoda que la mía. ¡Sigue adelante, mi Luz querida! Ya sabes que la víctima tiene que ir agonizando poco a poco para salvar a la Humanidad.

 

     LUZ AMPARO:

     Con tu ayuda, Señor..., pero a veces no puedo... Dame un poquito a beber del cáliz, para fortalecerme, mi Señor... Sé que es amargo, mi Señor, pero, si sirve para la redención, aquí me tienes, Señor.

 

     LA VIRGEN:

     No puedo ya más hablar a los humanos, lo tengo todo dicho, hija mía; y no hacen caso de mis mensajes. Tú, hija mía, no pierdas la humildad; la humildad te sostendrá para poder soportar el sufrimiento.

     Y prometo a todo el que acuda a este lugar asistirle en la hora de la muerte y darle gracias especiales en la vida.

     Venid, hijos míos, que vuestra Madre derramará gracias sobre vosotros. Pero, ¡ay de aquéllos que no ejercitan su corazón en amar! Todo el que ama recibirá vida eterna. Sin amor no hay Gloria, hija mía. El hombre emplea su sabiduría para el mal y es ignorante para el bien.

     Amaos los unos a los otros como Cristo os ama, hijos míos.

     Vuelve a besar el suelo, hija mía, en reparación de tantos y tantos pecados y tantas faltas de amor como se cometen en el mundo, hija mía...

     Y no olvides que mi Hijo quiere que llegues al Gólgota, hija mía, para morir con Él. No va a ser muy largo tu trayecto en la Tierra; pero, hija mía, te pido que conquistes muchas almas para el rebaño de Cristo. Tienes que trabajar mucho y tu tiempo no es muy largo, hija mía.

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos... Todos han sido bendecidos con bendiciones especiales.

     Acudid a este lugar, hijos míos, que os promete vuestra Madre derramar muchas gracias sobre vuestros hogares y vuestras almas.

     Y tú, hija mía, no dejes en tu corazón de ejercitar ese amor. Los corazones que no aman están muertos, hija mía. Mantenlo vivo con tu amor, hija mía; ama mucho y sufre mucho por las almas. No hay Cielo sin dolor..., ni recompensa sin amor.

     Adiós, hijos míos. Adiós.