MENSAJE DEL DÍA 2 DE JULIO DE 1988, PRIMER SÁBADO MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, hoy mi Corazón viene lleno de dolor porque mi Iglesia se ha dividido. ¿Sabéis por qué, hijos míos, ha podido el enemigo dividir mi Iglesia? ¡Por la falta de oración y de sacrificio!

     Quiero que renovéis vuestro espíritu y maduréis en el sacrificio y en la oración, hijos míos. Donde hay oración y sacrificio bien hecho, Satanás no puede reinar. Como Madre de la Iglesia, hijos míos, mi Corazón está dolorido.

     Me gusta la oración bien hecha. No me gusta la oración rutinaria, hijos míos. La oración bien hecha, hijos míos, es dialogar con Dios, es comunicarse con Dios, es aprender de Dios, aprender a ser feliz, porque la felicidad viene de Dios, hijos míos. Por eso cuando los hombres dicen que todas las obras son buenas, si no están llenas de Dios, no pueden ser buenas las obras. La felicidad la da Dios, hijos míos. Los hombres han olvidado al Dios de los hombres y convierten a los hombres en dioses. Muchos, hijos míos, que se llaman conductores de Dios sólo son conductores de manos, pero su deseo no es que Cristo entre dentro de su corazón. Quiero que no dejéis de orar, hijos míos, y estad en constante comunicación con el Vicario de Cristo. Pedid, rezad, consoladle. Todo esto que yo he realizado, de vosotros depende, hijos míos, todo lo que se ejercite para la gloria de Dios.

     Te lo dije, hija mía: la Iglesia se está demoliendo por falta de amor a Dios. Porque el hombre ha olvidado que es creado sólo para amar a Dios y glorificarle.

     Besa el suelo, hija mía, en reparación de tantos pecados como se cometen en el mundo...

     Pedid mucho por la Iglesia, hijos míos. La Iglesia está en Getsemaní. Os dije que llegaría este momento de obispos contra obispos, sacerdotes contra sacerdotes. Estos momentos son graves, hijos míos, muy graves.

     Acudid a este lugar y rezad el santo Rosario con devoción y pedid a vuestra Madre, como Madre de la Iglesia, que proteja a los hombres de este mal que les acecha. Los hombres no le dan importancia a la oración, hijos míos. Mirad a vuestro alrededor y veréis la situación del mundo: crímenes, odios, envidias, rencores... ¡Y dicen que no hace falta orar, hijos míos! Amad a la Iglesia con todas sus consecuencias, hijos míos. Por una desobediencia el mundo está en pecado; y los hombres siguen desobedeciendo a Dios y se crean dioses para sus fines, hijos míos. No dejéis de orar y haced sacrificios, veréis cómo Satanás no reina en mi Obra.

     Quiero que vayáis de pueblo en pueblo y dejéis la semilla echada. Que se formen cenáculos en los pueblos donde vayáis, para que no quede en el olvido la oración. En el Cenáculo se apareció Cristo a los discípulos, hija mía. En el Cenáculo se me apareció a mí, haciendo oración y penitencia. Por eso os pido que allí donde vayáis, dejéis buen fruto, hijos míos.

     No dejaré de bendeciros en este lugar, aunque los mensajes se acaben, hijos míos. Pero mis plantas virginales no dejarán de frecuentar este lugar. Estad tranquilos, hijos míos.

     Y tú, hija mía, no te abandones en la oración ni en el sacrificio. Nosotros estamos contigo, y Dios está por encima de los hombres.

     Si me amáis, hijos míos, y abrazáis los mandamientos de la Ley de Dios y las Leyes que Dios ha instituido, mi Hijo se manifestará en vosotros y os dará la vida eterna.

     Aunque estoy llena de dolor, hija mía, también tengo gozo, porque en el Cielo casi todos los días hay fiesta de almas que se convierten en este lugar. Hoy hay fiesta en el Cielo por ese alma que murió ayer, hijos míos; ¡tantos años separado de Cristo y cómo ha vuelto a la vida!

     Aunque los hombres han perdido la razón y viven como locos, hijos míos, ocupados sólo de lo material, de los goces del cuerpo. Pero yo derramo gracias sobre los hombres y mi Corazón de Madre los protege de la señal de Satanás.

     Dije que todas las frentes serían selladas y os repito, hijos míos: seguiré sellando frentes y os las veréis unos a otros el día del Castigo. Todos seréis señalados y os veréis unos a otros la frente.

     Mira, qué gran multitud hay señalados, hija mía.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, Madre, cuántos!

 

     LA VIRGEN:

     Pero mira cuántos, hija mía, se precipitan en el Infierno, aunque los no cristianos, hija mía, trabajan mejor que los que se llaman cristianos. Porque los cristianos niegan la existencia del Infierno, y al negar la existencia del Infierno niegan la existencia de Dios. Está escrito: el Infierno está preparado para Satanás y sus secuaces.

     Orad, amad, hijos míos, para que no caigáis en tentación.

     Humildad os pido, hijos míos, porque muchos de aquéllos que se llaman míos, se engríen y piensan en ellos mismos y quieren averiguar los misterios del Altísimo. No pueden averiguar los secretos de Dios, porque están ciegos y su ceguera no les llevará a descubrir la verdad.

     Acercaos a la Eucaristía, hijos míos, amad a la Iglesia, amad al Papa, hijos míos.

     Sobre este lugar derramo gracias especiales, aunque muchos recibáis la cruz, hijos míos. La cruz es el camino del Cielo y muchos de vosotros os ocupáis sólo de los bienes materiales, de educar a vuestros hijos para el mundo, hijos míos, y os olvidáis de Dios; Dios es el último. ¡No seáis hipócritas, hijos míos! A Dios no se le puede engañar. ¡No os confiéis que falta mucho tiempo para vuestra salvación! Puede estar más cerca de lo que vosotros os pensáis, hijos míos.

     El demonio ronda todo este lugar; y muchos falsos videntes están jugando con la doctrina de mi Hijo, hijos míos. Están sembrando su condenación. ¡Qué pena de almas! Ellos y los que se dejan arrastrar por ellos, hijos míos.

     Vuelve a besar el suelo, hija mía, en reparación de todos los pecadores del mundo.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Cómo lloras, Madre mía!

 

     LA VIRGEN:

     Lloro por la situación del mundo. Y gozo cuando se salvan las almas.

 

     LUZ AMPARO:

     A ver, Madre, las lágrimas... ¡Ay!

 

     LA VIRGEN:

     Tocad las lágrimas, hijos míos, uno por uno tocad mis lágrimas... (Luz Amparo realiza esta operación; los que la acompañan son también invitados a tocar sus manos, que aparecen humedecidas). Las lágrimas de vuestra Madre que, como dije, hija mía, no hay ninguna profundidad donde meterlas, de tantas y tantas lágrimas como derramo por la Humanidad.

     Hijos míos, amaos unos a otros, y respetaos.

     Hija mía —lo he dicho—, ¡qué poca importancia le dan los hombres a Dios! Manda su Hijo para traer la Vida en aquel tiempo, y los hombres lo entregan a la muerte. En este tiempo quiere que se conozca el Nombre de Dios, y los hombres olvidan a Dios y se convierten en dioses.

     Hija mía, humildad te pido, para la salvación de las almas.

     Adiós, hijos míos.

     Voy a daros una bendición muy especial, para vuestra protección y vuestra fortaleza, y para todos los que acudan a este lugar para la salvación de sus almas.

     Levantad todos los objetos, hijos míos... Todos han sido bendecidos con bendiciones especiales para la conversión de los pobres pecadores.

     La paz sea con vosotros, hijos míos.

     Adiós.