MENSAJE DEL DÍA 2 DE ENERO DE 1988, PRIMER
SÁBADO DE MES,
EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL
(MADRID)
LA
VIRGEN:
Hija mía, ya estoy aquí
para seguirte revelando tantos y tantos misterios, hija mía, ocultos a la
Humanidad.
LUZ
AMPARO:
¡Ay, ay, ay! Veo a la
santísima Virgen que está orando en su casa. ¡Ay, en su casa! ¡Ay! José está
también ahí, en la otra habitación. ¡Ay! ¡Cuántos ángeles la acompañan a hacer
oración! ¡Ay, ay! Los dos están orando. ¡Ay! Ahí está Jesús. ¡Ah! ¡Ay, qué
hermosura! Cada uno está en un aposento. (Luz Amparo aclara que ve al Niño Jesús con
la Virgen). Los dos se pasan la noche orando. ¡Ay, pobrecitos, qué frío
sienten! ¡Ay! ¡Ay! San José da gracias a Dios, su Creador, por haberle concedido
ser padre adoptivo de Dios, su Creador. ¡Ay! Reza en voz alta y
dice...
SAN
JOSÉ:
Dios, mi Creador: os
pido gracias para ser esclavo de vuestra Madre y Señora; quiero poner todo mi
amor en el trabajo para sustentaros, para ayudaros. Quisiera haberos recibido en
otro aposento mejor a éste.
LUZ
AMPARO:
¡Cómo le caen las
lágrimas!
SAN
JOSÉ:
Vos os merecéis estar
entre linos finos, no estar entre pajas. Os doy gracias, Dios, mi Creador, por
haber escogido a este esclavo vuestro para padre... Quiero protegeros de todo
mal y quiero ayudaros, con mi trabajo, a sustentaros.
LUZ
AMPARO:
Pone la cabeza en el
suelo y sigue orando con la cabeza en el suelo. ¡Ay, qué grandeza! ¡Ay, cómo se
estremece todo; todo se estremece! Un aire fuerte mueve las ventanas. ¡Qué aire,
qué frío, pobrecito! Ahí está el Niño. ¡Ay, qué cosa más pequeña! ¡Ay, qué lindo
eres! ¡Ahí está! ¡Ay, Madre mía, qué hermosura de Hijo tienes! Ahí está la
santísima Virgen con las manos juntas, dando gracias a Dios. Orando fuerte,
dice...
LA
VIRGEN:
Dios, mi Creador, ¡qué
grandeza habéis concedido a esta vil creatura! No soy digna de ser Madre de
Dios, mi Creador. Vos, Creador, hacéis que la creatura creada por Vos sea Madre
de Dios; y, después de ser Madre, dejáis pura e inmaculada a esa creatura. Éste
es el mayor misterio de toda la Creación.
LUZ
AMPARO:
¡Ay, qué belleza tan
hermosa tienes, Madre mía! Sigue con las manos juntas pidiendo a
Dios...
LA
VIRGEN:
Dios, Creador mío,
ayudadme a criar a vuestro Hijo y mío, a amamantarle, a cuidarle; y que este
alimento virginal que sale de mis pechos, le haga crecer en amor y sabiduría
para los hombres.
LUZ
AMPARO:
¡Ay, qué grandeza! ¡Ay,
Madre mía! Pero, ¿cómo te vas a poner a orar? ¡Ay, pobrecita, pues yo quiero
ponerme igual!... (Luz Amparo se postra
tal como ve a la Virgen: tendida en cruz, mirando al cielo; el brazo izquierdo
no toca el suelo).
LA
VIRGEN:
Dios, mi Creador, aquí
está vuestra vil esclava compartiendo con Vos el dolor de todos los pecados del
mundo. Estaré postrada en la Cruz como este Hijo mío de mis entrañas. Soy
vuestra vil esclava. Vos me habéis dado este Hijo, y a los hombres lo entregaré
para su redención y su salvación. ¡Ayudadme, Dios mi
Creador!
LUZ
AMPARO:
¡Ay, Madre mía, ay...,
qué grandeza, Madre, Tú ahí!...
LA
VIRGEN:
Si los hombres tomasen
el ejemplo de esta esclava, en todos los hogares del mundo existiría la
mansedumbre, la humildad, la pobreza, la castidad, la
obediencia.
(Continúa hablando
dentro de la visión contemplada). Aquí postrada en cruz, Dios, mi Creador,
os pido por toda la Humanidad hasta que pueda entregaros a mi Hijo para redimir
al mundo.
LUZ
AMPARO:
¡Ay, qué
hermosura!...
LA
VIRGEN:
Haced de mí lo que
queráis, Divina Majestad.
LUZ
AMPARO:
Entra san José; abre un
poco la puerta, ve a María en cruz y vuelve a postrarse de rodillas, dándole
gracias a Dios por haberle dado por esposa a esa creatura tan inmaculada y
santa. Y dice...
SAN
JOSÉ:
Divina Majestad de
Dios, quiero también participar en todo este dolor de mi esposa para el bien de
la Humanidad.
LUZ
AMPARO:
Llora amargamente
viendo que la Madre de Dios... —¡ay, pobrecito!— tiene
esa humildad tan grande.
LA
VIRGEN:
(Lo siguiente parece
una enseñanza actual de la misma Virgen).
Si los hombres imitasen
la ciencia de Dios, las familias seguirían unidas. Los hombres han olvidado la
unidad del sacramento del Matrimonio. Por eso en sus corazones existe el odio
infernal. Se aprovechan los demonios de la soberbia de las almas para
introducirlos en la ceguera; y los hogares son... (palabra ininteligible) casa de odio, de discordia, de
rencillas, de odios, de rencores, de venganzas. Sí, hija mía, la mujer tiene que
ser sumisa al esposo. Yo os doy mi ejemplo. El hombre tiene que entregarse a su
mujer, y la mujer tiene que darse al hombre en humildad,
mansedumbre...
(Sigue hablando en la
visión de la casa).
Os prometo, Dios mi
Creador, hasta el fin de mis días, reparar los pecados de los hombres.
Dadme fortaleza, Dios mi Creador, para cuando llegue el momento de entregar a mi
Hijo a esta Humanidad cruel. Sé que tiene que derramar hasta la última gota de
su Sangre. Me ofrezco corredentora de mi Hijo por el género
humano...
(A continuación, la
Virgen hace un comentario relacionado con la escena que Luz Amparo acaba de
contemplar).
¿Sabéis, hijos míos,
por qué en los hogares no hay paz? Por la falta de sacrificio, por la falta de
oración, por la falta de penitencia. Los hogares están tibios con esa falta de
amor. Los hombres se ensoberbecen con el enemigo: les hace ver que son ofendidos
gravemente por su pareja; y les hace ver todavía la ofensa más grande, para que
el cónyuge no se “arrastre”[1] a la pareja. ¿Has visto, hija mía,
cómo mi santo esposo, se arrodilló ante mí, con mansedumbre y humildad, y cómo
la Madre de Dios se arrodilla ante el esposo que Dios le ha dado, con
mansedumbre y humildad? Los esposos tienen que permanecer unidos, pero sus
mentes están ocupadas en remunerar bienes materiales; les ciega el oro y se
olvidan de Cristo.
Sí, hija mía, te he
enseñado de qué forma puedes orar. La mejor oración es posarse en la
cruz.
Los hombres están
faltos de luz, ya te lo he dicho: si en los hogares, hija mía, invocaran los
hombres al Espíritu Santo, los hogares estarían santificados, pero se han
olvidado de esa Tercer Persona, tan importante en estos tiempos para santificar
el mundo. Invocad al Espíritu Santo, hijos míos, para que vuestra ceguera
desaparezca de vuestros ojos y veáis con luz; con esa luz que sólo el Espíritu
Santo os puede dar. Y cuando el esposo falte a la esposa y la esposa falte al
esposo, humillaos los dos, hijos míos, y pedíos perdón. Bienaventurados aquéllos
que se humillan, que serán ensalzados ante Dios. Los hogares se destruyen por
falta de amor.
Pedid todos los días a
la Divina Majestad de Dios, al Divino Consolador, que os mantenga firmes en
vuestra fe, en vuestra esperanza y en vuestra caridad. Tened caridad unos con
otros. Si no hay caridad, hijos míos, no podréis conseguir el Cielo. La caridad
es la virtud eterna, ¡la del amor! ¡Como te enseñó el Padre, que su pecho
rebosaba de amor hasta que se parte en tres! Y cada uno tiene su función, hija
mía, pero los Tres tienen ese amor. El Padre crea, el Hijo redime y el Espíritu
Santo santifica. Invocad al Espíritu Santo, hijos míos, para que estén vuestras
almas santificadas por la luz del Espíritu Santo...
LUZ AMPARO:
¡Ay, Madre mía, qué
grande eres, qué grandeza más grande! ¡Cómo te humillas! Si fuésemos capaces de
humillarnos nosotros como Tú, Madre mía... ¡Ay!...
LA
VIRGEN:
(Continúa hablando
en la escena contemplada por Luz Amparo).
Divina Majestad de
Dios, os pido, por la humildad de esta vil esclava, y os repito: no soy digna de
amamantaros y de ser Madre de tan Divina Majestad...
Dios, dueño mío, deseo
amaros y renuevo mi voto de castidad ante Vos. Para Vos nací y para Vos
soy.
LUZ
AMPARO:
¡Ay! ¡Ay, dejádmelo un
poquito! (Luz Amparo —según explicación
suya posterior— recibe de manos de la Virgen al Niño Jesús). ¡Ay, qué
hermosura! ¡Ay, qué grandeza! ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, qué cosa más bonita! ¡Ay, qué
hermosura!... ¡Ay, Dios mío! Yo quiero ser fiel a Vos también, ayudadme.
¡Ay!... ¡Ay!... ¡Ah, qué hermosura de Niño! ¡Qué grandeza, Madre mía!
¡Ayyy!... Y siempre os veo orando, Madre mía. ¿Cuándo descansáis Vos? ¡Ay, pero
qué poco descansáis!
LA
VIRGEN:
Los hombres pierden la
mayoría del tiempo, hija mía, en el descanso, en el placer. Hay que reparar ese
descanso y ese placer.
LUZ
AMPARO:
¡Ay, y en esa tarima
tan dura, sólo con una manta duermes Tú ahí, lo poquito que duermes! ¡Ay, Madre
mía! ¡Y que nosotros busquemos tantas cosas! ¡Ay!
LA
VIRGEN:
Piensa, hija mía, que
soy de Dios, y con Dios tengo que reparar. Jesús nació para reparar los pecados
de los hombres, para morir por ellos. Yo quiero morir y reparar con Él. Piensa
que somos un solo Corazón, y si uno sufre, el otro sufre; si ama, ama. Los dos sienten lo mismo, hija mía. Los dos
Corazones en uno se han unido.
LUZ
AMPARO:
¡Ay, Madre
mía!
LA
VIRGEN:
Y ya te dije que
tocando esta cabecita, hija mía, ya tiene las espinas en ella, entre estos rizos
dorados, mira las espinas, hija mía.
LUZ
AMPARO:
¡Ay, Madre mía, ay, tan
pequeño, ya!...
LA
VIRGEN:
Y mira sus manitas,
cómo tienen las llagas.
LUZ
AMPARO:
¡Pero bueno, Dios mío!
¡Ay, ay!...
LA
VIRGEN:
Todo su cuerpecito está
llagado por los pecados de los hombres, hija mía...
(Luz Amparo
interrumpe con sollozos).
¿Hasta cuándo los
hombres van a seguir obstinados en el pecado? Volved vuestra mirada a Dios,
hijos míos, y cumplid con los mandamientos. Pero no olvidéis la oración, hijos
míos, ni el sacrificio. El mundo se encuentra en esta situación porque los
hombres han olvidado el sacrificio, la oración, el amor. Sólo piensan en los
gustos, en los caprichos mundanos. La cruz la dan de lado, hija mía. Y en la
cruz está la gloria.
LUZ
AMPARO:
¡Ay, Madre mía! ¡Ay,
pero qué hermosa eres! ¡Ay! Pero, Madre mía, ¿Tú también tienes que sufrir
tanto? ¡Y que dicen los hombres que Tú no sufres!
LA
VIRGEN:
¿Tú no sufres, hija
mía, por cada uno de tus hijos? Así sufre mi Corazón por cada uno del ser
humano, porque soy Madre del ser humano. Cristo me dejó en la Cruz por
Madre.
LUZ
AMPARO:
¡Ay!, yo te prometo
reparar, ayudarte a reparar los pecados de los hombres, pero déjame a mí, no Tú,
que Tú no tienes pecado. ¡Ay, Tú no tienes que reparar, Madre mía! ¡Si Tú eres
más blanca!... ¿Por qué vas a pagar Tú lo de los demás? ¡Ay, Madre mía, ayúdame
a tener fortaleza, para poder hacer tantas cosas por la Humanidad! ¡Ay! Y si
tengo que estar clavada, ¡ay, que sea fuerte, para poder salvar muchas almas!
¡Ay, Madre mía, qué grandezas! ¡Ayyy, ay!
LA
VIRGEN:
Sí, hija mía, pero ¡qué
poco entienden los hombres estos misterios! Mi Corazón está triste y la Divina
Majestad de Dios está ofendida gravemente por todos esos hogares que están
desunidos, hija mía, por falta de humildad, por falta de oración... Sed
humildes; sin humildad no conseguiréis el Cielo. Y no os ceguéis con las cosas
terrenas. “Cegaos”[2] en Dios. Que vuestra mirada sea
limpia y resplandeciente como el Sol. ¡Ay, hijos míos! El mundo está a punto de
desaparecer de la faz de la Tierra por el pecado de los hombres. ¡Cuánto sufre
mi Corazón viendo la desunión en los matrimonios, la mala educación a los hijos,
hija mía, la falta de oración y la falta de sacrificio! Amad mucho nuestros
Corazones.
LUZ
AMPARO:
¡Ay, Madre mía, qué limpieza tienes más grande, hasta tu ropa
tiene un brillo!... ¡Ay, Madre, pero si tu ropa ni... Te arrastras y no se
mancha siquiera, Madre mía! ¡Ay, qué hermosura tienes!
¡Ay..., ay, quiero orar contigo! ¡Ay, Madre, enséñame a orar como Tú, enséñame a
ser humilde, enséñame a ver a tu Hijo en el Pesebre! ¡Ay, Madre, enséñame a
reparar los pecados de los hombres!
LA
VIRGEN:
Si los hombres pensasen
en Cristo en el Pesebre, en Cristo en la Cruz, Cristo olvidado, no se ocuparían
tanto de ellos mismos.
LUZ
AMPARO:
¡Qué pobreza, Madre
mía! ¡Ay, qué pobreza tenéis ahí! Y no os acordáis ni de alimentaros. ¡Ay! Pero
tampoco tenéis sustento para alimentaros. ¡Ay, pero Dios mío,
ayyy!...
LA
VIRGEN:
(Habla en la escena
contemplada).
Os pido, Dios mi
Creador, que mandéis a vuestros ángeles. ¡Un poco de alimento para estas pobres
creaturas tuyas! No queremos tener nada más que lo justo.
LUZ
AMPARO:
¡Ay, pero no tenéis
nada!
LA
VIRGEN:
Dios mi Creador se vale
de otras personas para sustentar a otras. ¡Ay de aquéllos que ponen toda su
confianza en la riqueza! Hay que poner amor al trabajo para sustentar a la
familia, pero no apegarse tanto a los bienes materiales, hijos míos. Yo nunca
tuve nada, y nunca permitió Dios, mi Creador, que me faltase
nada.
LUZ
AMPARO:
Los ángeles le llevan
verdura. ¡Ay, Madre mía, qué grandeza! ¡Frutas, qué frutas! ¡Ay! Pero, ¿y cómo
pueden hacer eso?
LA
VIRGEN:
Hija mía, si el hombre
se dedicase a orar, Dios se ocuparía de su trabajo y de su sustento, de darle
trabajo y alimento. Pero los hombres se entretienen, repito, con el pensamiento
en lo mundano y olvidan a Dios.
LUZ
AMPARO:
¡Ay, Madre mía! ¡Ay! Va
a hacer la comida. La santísima Virgen se levanta después de estar con la cabeza
en el suelo. ¡Ay! Se acerca a ver al Niño. ¡Huy, qué grandezas! Toca en el
aposento de José...
LA
VIRGEN:
José, esposo mío, amado
mío: Dios, nuestro Creador, nos ha mandado sustento para alimentarnos; démosle
gracias.
LUZ
AMPARO:
¡Ay! Y José
dice...
SAN
JOSÉ:
Gracias, Divina
Majestad de Dios, por acordarte de esta vil criatura tuya.
LUZ
AMPARO:
¡Ay, qué grandeza! ¡Ay,
ya está haciendo la comida! ¡Qué manos tienes, Madre mía! Se arrodillan a dar
gracias a Dios y a bendecir los alimentos.
LA
VIRGEN:
Gracias, mi Divino
Creador, por estos alimentos que has mandado, con tus fieles vasallos, a esta
indigna esclava y a mi humilde esposo.
LUZ
AMPARO:
¡Ay, qué poquito comes,
Madre mía!
LA
VIRGEN:
Hay que enseñar a los
hombres, hija mía, que nada en cantidad es bueno. Sólo hay que enseñarles que
tienen que sustentarse para vivir. Todo en cantidad —he dicho—, no siendo el
amor, todo lo del mundo es malo, hija mía. Aprended a mortificar vuestros
sentidos en los alimentos.
LUZ
AMPARO:
¡Ay, va a coger al
Niño! Mientras come está con Él en brazos. ¡Ay, Madre, qué Madre eres más
grande! Los dos con la cabeza baja están comiendo. A san José le ha hecho un
guiso con más cantidad que Ella. La santísima Virgen tiene un pensamiento, que
no le revela a José, de que Cristo va a ser entregado a los hombres en una cruz.
¡Ay, no quiere que sufra! Mira al Niño y ve toda la Pasión. ¡Huyyy!... ¡Ay! Se
pone la mano en el corazón; su angustia es grande. ¡Ay! José le
pregunta:
SAN
JOSÉ:
Esposa y paloma mía,
¿qué os pasa?
LA
VIRGEN:
Nada, esposo
mío.
LUZ
AMPARO:
¡Ay! No quiere
revelárselo, porque sabe que va a morir antes que esto suceda, y no quiere que
participe de ese dolor.
LA
VIRGEN:
Dios, dueño mío,
guardaré este secreto dentro de mí, para que mi fiel esposo y humildísimo
esposo, no sufra. Dadme a mí los misterios, que los vea, pero no se los reveléis
a él. Quiero sufrir, si es del agrado de Vos. Lo que podáis mostrarle a él, me
lo mostráis a mí para sufrir por él.
LUZ
AMPARO:
¡Ay, ay, ay! ¡Cómo ve
todo lo que va a pasar Jesús! Quiere fortalecerse para que no lo note José.
¡Pobrecita! José la mira y se da cuenta que algo pasa; pero Ella
disimula.
LA
VIRGEN:
Comed, esposo mío,
alimentaos, que necesitáis alimento para trabajar.
SAN
JOSÉ:
Y Vos, dueña mía,
paloma mía, esposa mía, ¡qué poquito alimento habéis
comido!
LA
VIRGEN:
El necesario, esposo
mío, para poder sobrevivir.
LUZ
AMPARO:
El Niño los mira. ¡Ay,
cómo acaricia la Virgen su cabeza! ¡Ay, le pide permiso!
LA
VIRGEN:
Vos, Hijo de mis
entrañas, ¿dais permiso a vuestra indigna Madre para poderos dar un beso en el
pie?
LUZ
AMPARO:
¡Ay! El Niño sonríe y
con su cabeza le dice que sí. Coge su pie y se lo besa.
LA
VIRGEN:
Gracias, Dios mío, por
haberme dado este Hijo de mis entrañas e Hijo vuestro.
LUZ
AMPARO:
¡Ay, ay qué familia!
¡Cómo se respetan y cómo se aman! Los dos dan gracias por los alimentos, de
rodillas.
LA
VIRGEN:
Gracias, Dios, mi
Creador, Creador nuestro, por este sustento que nos has traído; que nos sirva de
fortaleza para ayudar a las almas a reparar los pecados de la
Humanidad.
LUZ
AMPARO:
Levanta san José a la
Virgen. ¡Ay, él se marcha haciéndole una reverencia con la cabeza y la rodilla,
y al Niño le hace otra reverencia!
SAN
JOSÉ:
Esposa mía, amada mía:
me voy a ganar el sustento para alimentaros.
LA
VIRGEN:
¡Adiós, esposo
mío!
LUZ
AMPARO:
¡Ay, ay! La Virgen va a
amamantar al Niño. ¡Ay, cómo le da su alimento! ¡Ay, qué grandeza!
¡Ay, le está
alimentando y rezando, ayyy!...
LA
VIRGEN:
Sed humildes, hijos
míos, os repito; en los hogares tiene que haber humildad, para haber unidad. A
ti, hija mía, te seguiré revelando tantos misterios...
Quiero que adoctrines a
los hombres con todos estos misterios y estas gracias, para que los hombres
abran sus corazones y se aparten del vicio, del pecado. Invocad al Espíritu
Santo. Ya te lo he dicho, hija mía: en estos tiempos, el Espíritu Santo tendrá
que santificar los hogares, para que puedan estar unidos.
Besa el suelo, hija
mía, en acto de humildad...
Levantad todos los
objetos, hijos míos; todos serán bendecidos... Todos han sido bendecidos con
gracias especiales para la santificación de las almas.
Os repito: humildad y
amor a la Iglesia, hijos míos. Sed hijos fieles de la
Iglesia.
Adiós, hijos míos.
¡Adiós!