MENSAJE DEL DÍA 5 DE DICIEMBRE DE 1987, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     (El primer sábado de noviembre Luz Amparo estaba en la cama enferma y no hubo mensaje).

 

     LA VIRGEN:

     Hijos míos, sed justos unos con otros. No huyáis de la Justicia Divina, que aquéllos que huyen de la Justicia divina, caen en maldad y mueren en la maldad en que han caído, hijos míos.

     Quiero que renovéis vuestros corazones en espíritu de sacrificio, de oración, de penitencia, de humildad, de castidad, de obediencia. No quiero que vuestros corazones sean... (Idioma extraño y en voz muy baja). Quiero que sean fértiles; no quiero corazones estériles. Los corazones estériles mi Hijo los maldice. Quiere que vuestros corazones den frutos en todas las estaciones del año, para cuando venga el dueño de vuestra alma que haya una buena cosecha en vuestro corazón. Recordad la higuera maldita, ¿por qué fue maldecida? Por falta de fruto.

     Amad a la Iglesia, hijos míos, y enseñad a amarla. Id por todos los lugares del mundo enseñando a los hombres la riqueza de la Iglesia. La Iglesia está llena de divinidad, porque es el mismo Verbo el que quiso quedarse en ella para que los hombres viviesen en unidad y en una comunidad santa. Es el mismo Verbo humanado el que nace de una Virgen y se humaniza por esa Virgen y en esa Virgen, y se entrega a la Iglesia y con la Iglesia en alimento celestial para redimir a los hombres y para que los hombres pudiesen alcanzar la vida eterna. Así quiso Dios mi Creador que se obrase este misterio, hijos míos, y así se obró por obra del Espíritu Santo.

     El Verbo existía antes de todos los siglos; pero bajó a la Tierra y se introduce dentro de las entrañas de María, y a María la diviniza y María lo humaniza. Grita a los hombres que dejen a María en el lugar que la corresponde como Madre de Dios. Repito: que los hombres la han dejado como Madre de la naturaleza humana y se han olvidado que María es Madre también de la naturaleza divina.

     Enseñad a amar a la Iglesia, tal como es, en esta gran riqueza que encierra ella. Por eso, Jesús quiere que a su Madre se la ponga en un lugar más alto que la tienen los hombres. A medida, hijos míos, que améis a la Iglesia, amáis a Cristo, porque Cristo dio su vida por la Iglesia y se la entregó a la Iglesia. La Iglesia es rica, hija mía, por ese banquete en que el mismo Verbo se da a los hombres. Da su Cuerpo y su Sangre para la salvación del mundo, y día a día se lo recuerda a los hombres en el Santo Sacrificio de la Misa: que dio su vida por todos ellos y la sigue dando para la salvación de la Humanidad. En ese Santo Sacrificio, como te he enseñado, hija mía, se renueva el Sacrificio del Calvario. Yo, hija mía, como Madre de la Iglesia, te he enseñado a amarla tal como es. Te he enseñado que mi Hijo me dejó en la Tierra para dar testimonio de ella. Que los hombres no me escondan, que me saquen a la luz, que por mí vino la Luz al mundo, y con Jesús vendré para la salvación del mundo. Hablad el Evangelio, hijos míos, tal y como está escrito; ésa es la palabra de Dios. Que no desfiguren el Evangelio ni la Iglesia. Y el que tenga oídos que oiga y que se aplique estas palabras tan importantes.

     Tú, hija mía, vas a ser muy perseguida, pero no tengas miedo, estás con nosotros. Teniendo estos guardianes, ¿a quién puedes temer, hija mía? Seguirás siendo calumniada. Bienaventurados los que son calumniados a causa del nombre de Cristo, hijos míos. ¿Qué son los hombres para quitarnos ni ponernos los dones, si es Dios, mi Creador, el que los ha otorgado? ¿Y quién son los hombres para decir las veces que tengo que manifestarme a los seres humanos? No se dan cuenta del peligro que hay en el mundo para sus almas, y una Madre cuando ve ese peligro, que no cesa, y que los corazones endurecidos no quieren escuchar la Palabra de Dios, sigue insistiendo porque los ama como hijos que se los entregó su propio Hijo al pie de la Cruz.

     Los hombres no hacen caso a los avisos y el mundo cada día sigue más metido en el pecado. Retiraos del pecado, hijos míos, y de todo aquello que haya sido ocasión de pecar. Volved vuestra mirada a Dios, todavía estáis a tiempo, hijos míos. Los hombres ingratos rehúsan mis palabras porque no están llenos de Dios y sus corazones están vacíos y llenos de mundanos placeres.

     Quiero, hijos míos, que no dejéis de ir de pueblo en pueblo a hablar del Evangelio, y en aquellos lugares donde os cierran la puerta, marchaos e id a otros donde os las abran...

     Tú, hija mía, sé obediente a la Iglesia y sé humilde... (palabra ininteligible en voz muy baja) Con humildad se conseguirá todo, hija mía. Besa el suelo, hija mía, en reparación de tantos y tantos pecados como se cometen en el mundo y tantos ultrajes a Jesús Sacramentado, hija mía... Hace muchos años avisé a la Humanidad del gran peligro. También avisé que mi Iglesia sería perseguida; que mis pastores, muchos de ellos, su alma estaría tibia. No os dejéis engañar, hijos míos, por el rey de la mentira, de la soberbia, de la lujuria. Obedeced al representante de Cristo en la Tierra y no os salgáis del camino del Evangelio. Vivid el Evangelio y renovad vuestro espíritu de sacrificio y de oración, para que el rey de la tiniebla no pueda con vuestras almas, hijos míos. Mi Corazón os ama, sed pastores de almas y no os desviéis del Evangelio.

     Los hogares se destruyen por la falta de amor a Dios. La Humanidad está corrompida, hijos míos; sólo Dios puede arreglarla. Pedid, hijos míos, que nuestro Inmaculado Corazón triunfará sobre la Humanidad. Pedid a nuestros Corazones que ellos derramarán gracias sobre vosotros.

     Levantad todos los objetos, hijos míos; todos serán bendecidos...

     Todos han sido bendecidos con bendiciones especiales para la salvación de las almas.

     Mi Corazón está triste, viendo que hay tantas y tantas almas que se precipitan en el Infierno. Gritad que el Infierno existe, hija mía; que los hombres son engañados con falsas palabras de que no existe el Infierno. ¡Ay del que ponga y quite nada de lo que está escrito; más le valiera no haber nacido!

     Sé muy humilde, hija mía.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Adiós, hijos míos. ¡Adiós!