MENSAJE DEL DÍA 6 DE JUNIO DE 1987, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, aquí estoy, pidiéndote humildad, para que con tu humildad puedas llevar muchas almas al rebaño de mi Hijo. Con tu humildad, con tu renuncia a muchas cosas del mundo y tu sacrificio han llegado muchas almas, que estaban perdidas, a este rebaño. Sigue, hija mía, renunciando a muchas cosas del mundo, porque mi Hijo quiere formar una gran familia y quiere que esta gran familia también sea capaz de renunciar a tantas cosas del mundo, como el demonio muestra a los seres humanos.

     Quiero, hijos míos, que todos aquéllos que queráis pertenecer a esta gran familia, seáis fuertes en el amor; pongáis una voluntad firme para amar; ya sabéis que el amor no tiene que tener un límite. También para pertenecer a esta familia tendréis que doblegaros a los hombres, hijos míos, y sed humildes. En esta familia no quiero el orgullo, porque no puede haber lugar para ese orgullo; es un pecado capital y, para llegar a esta familia, hay que renunciar a todo pecado: al mundo..., a sus vanidades... ¡Ay de aquél que le gustan los halagos!; no podrá participar de nuestra alegría y de nuestra paz, porque ya está recibiendo en el mundo lo que a él le agrada. Para pertenecer a esta familia, hay que ser mansos y humildes de corazón. Ya sabéis que mi Hijo ha separado un poco de cizaña del trigo, para que esta familia no sea contagiada.

     Quiero, hijos míos, como os he repetido otras veces, que seáis todos una sola persona para amar. Pensad que sois a imagen y semejanza de mi Hijo, y tenéis un corazón a imagen y semejanza de Él para amar.

     Mi Hijo os ama; corresponded a ese amor, hijos míos.

     Todavía estáis muy apegados a las cosas del mundo; hay que despegarse, hijos míos, porque os repito: no se puede servir a Dios y al hombre, porque os formáis muchos de vosotros unos dioses a imagen y semejanza vuestra, no a imagen y semejanza de Dios.

     Hay que amar al hombre, pero no formar un dios de él, y no se puede servir a Dios y al dinero, hijos míos.

     Todavía hay un poco de cizaña entre vosotros, que a mi Hijo le da pena de arrancar, porque puede ir alguna mata de trigo entre vosotros. Entre la cizaña, hijos míos, existe el trigo, y a mi Hijo le da pena de cortarlo, porque puede dañar esas matas que hay de trigo entre vosotros.

     Quiero formar un gran rebaño que sea imposible de poder contar, hijos míos, de lo grande que sea este rebaño.

     Amad mucho a mi Hijo, hijos míos. Nuestros Corazones os aman, ¡tanto!..., que no vale nada de la Tierra con tal de conseguir el Cielo, hijos míos. Yo pido a mi Hijo que os conserve unidos, humildes, pobres, desprendidos, sacrificados y caritativos, hijos míos. ¡Cuántas veces te he dicho, hija mía, que la caridad no se acabará nunca! Te lo he enseñado, hija mía, que será la lámpara que relucirá en la eternidad más que ninguna otra virtud, después de la fe, hija mía.

       Amaos, hijos míos, amaos y perdonaos, y seguid de pueblo en pueblo hablando del Evangelio, porque mi Hijo no dice nada que vaya en contra del Evangelio, hijos míos.

     Sed fieles fervientes de la Iglesia, hijos míos. Amadla con todo vuestro corazón. Para llegar al Cielo, hay que pasar por la Iglesia, hijos míos. ¡Cuántas almas han vuelto al buen camino, hijos míos! Seguid y orad para no caer en tentación, hijos míos. Orad mucho; haced sacrificios. Y tú, hija mía, con humildad puedes llevar muchas almas a Cristo. Mi Corazón siente una gran alegría, porque miles de almas han vuelto a este rebaño de la Iglesia de Cristo. Seguid, hijos míos, de pueblo en pueblo. No dejéis ni un solo día de rezar el santo Rosario, hijos míos. Muchos de vosotros no lo hacéis, hijos míos.

     Orad y amad, que Jesús está con vosotros.

     Besa el suelo, hija mía, en reparación de todos los pecados del mundo... Lo que más cuenta, hija mía, es el amor a las almas; aunque os he pedido que no pongáis vuestra confianza en los hombres solamente.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, Madre mía, qué grande eres! ¡Ay!, dame tu mano para besarla, Madre mía. ¡Ay, Madre mía! ¡Ay!, ¿cuánto tiempo me falta? ¡Ay!... ¡Ay, qué alegría, Madre mía! Os amo, Madre mía... ¡Ay!, ¡ay, Madre!

 

     LA VIRGEN:

     A mi Hijo le gusta mucho, hijos míos, os repito, la oración en comunidad; tiene más fuerza. No os abandonéis, hijos míos, y sed humildes, muy humildes. Y tú, hija mía, sufrirás física y moralmente mucho; recibirás muchas pruebas.

     A este lugar, hija mía, están acudiendo muchos falsos profetas, hija mía. ¡Cómo juegan con nuestros nombres! Pedid por ellos. Nuestros Corazones están tristes por estos falsos profetas, hijos míos. ¡Cuánto ultrajan nuestros Corazones! ¡Y cuántas espinas clavan en ellos! Qué pena me dan, hija mía; pide mucho por ellos. Mira cómo tengo el Corazón por ellos... Y cuántas almas arrastran, hijos míos. Estad alerta y vigilad, hijos míos; están invadiendo este lugar.

     Hoy voy a mandar una bendición muy especial con muchas gracias para los moribundos y enfermos, para la conversión de sus almas y para la curación de sus cuerpos para muchos de ellos, hijos míos.

     Levantad todos los objetos... Todos han sido bendecidos con unas gracias especiales, hijos míos. También derramo gracias sobre este lugar; para todas esas almas que acudan a él.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     ¡Adiós, hijos míos! ¡Adiós!