MENSAJE DEL DÍA 2 DE MAYO DE 1987, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hijos míos: convertíos y arrepentíos; no seáis duros de corazón a tantas gracias como mi Hijo derrama sobre vosotros. No seáis traidores a sus leyes. Vuestro pensamiento no tiene que estar en el mundo, porque mientras estáis en el mundo no podréis servir a Dios, hijos míos. Revestíos del hombre nuevo que fue creado a imagen de Dios, en justicia y santidad de la verdad.

     Mi Hijo tiene un fin sobre todos vosotros, pero os tenéis que dejar, hijos míos. Mi Hijo quiere que vuestro pensamiento y vuestro corazón sean purificados. Olvidaos del mundo, para que mi Hijo pueda trabajar en vosotros. Vosotros no pertenecéis a vosotros mismos, pertenecéis a Cristo, y si os dejáis que mi Hijo trabaje en vosotros, no tardaréis mucho en ver su gloria, hijos míos.

     No pongáis toda vuestra esperanza en el ser humano, porque el hombre, hijos míos, está en tinieblas, porque se ha retirado de Dios. Y si ponéis vuestra esperanza en el hombre, estaréis siempre en tinieblas; buscad la Luz, que es Cristo. Y estando en la Luz, veréis lo que Dios tiene destinado para vosotros; pero si os refugiáis en el hombre que está en tinieblas —y la tiniebla es muerte—, estaréis muertos a la gracia, hijos míos.

     Para que mi Hijo trabaje sobre todos vosotros, no tenéis que ser esclavos de los hombres. Amaos unos a otros, como mi Hijo enseña. Compartid vuestro amor puro y santo con el triste, con el desvalido y con el necesitado, hijos míos.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, ay, Madre mía! ¿Qué quieres de nosotros, Madre mía? ¡Ay!, y de mí, ¿qué quieres?, ¡ay, Madre!

 

     LA VIRGEN:

     Quiero, hija mía, que enseñes a todos a amar a la Iglesia, quiero que los hombres se vuelvan locos de amor por la Iglesia, hijos míos; yo enloquecí de amor por ella; y mira, hija mía, si amé a la Iglesia, que le entregué a mi Hijo, para que derramara su Sangre, pura e inmaculada y santa, para el perdón de los hombres y para que pudiera divinizarlos.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, Madre mía, qué grandeza! ¡Qué grandeza amar a la Iglesia, Madre mía! ¡Ay, ay, ay!...

 

     LA VIRGEN:

     Y quiero que todos os reunáis a orar juntos. Me gusta mucho la oración en comunidad, hijos míos. Orad, que orando el maligno no podrá con vosotros.

     Vuestro pensamiento tiene que estar en Dios, hijos míos; olvidaos de la tierra, para que mi Hijo pueda llegar a lograr el fin que tiene con todos vosotros, hijos míos. Tenéis que purificar el pensamiento y el corazón, y vuestros cuerpos tienen que ser hostias vivas y santas para la obra que quiere mi Hijo, hijos míos.

     Os pido humildad y caridad, amor, silencio, castidad, ayuno para poder ayudar a las almas, hijos míos. Alimentad vuestra alma con la oración y con el sacrificio. El sacrificio fortalece el alma; por eso vosotros la tenéis endeble, hijos míos, porque hacéis poco sacrificio.

     Quiero unión entre todos vosotros. Sed ejemplo de santidad. Dejad que mi Hijo trabaje en vuestros corazones.

     No dejéis, hijos míos, ni un solo día de rezar el santo Rosario. Acercaos a la Eucaristía, hijos míos, todos los días; recibiréis fuerzas. Y al sacramento de la Penitencia.

     Tú, hija mía, con humildad podrás adelantar mucho. Ya sabes que mi Hijo te ama, y no te ha preparado un camino de rosas, hija mía. Antes hay que pasar por las espinas y desgarrar la carne, hija mía, y el corazón hasta hacerlo pedazos, para pasar luego por las rosas, hija mía. Todo acaba aquí; aquí no existe la eternidad. Pero, ¿y la eternidad, hija mía?... Toda será sembrada de flores. Sufre con humildad, hija mía; haz sacrificio y penitencia por las almas; ama a la Iglesia, ama al Santo Padre, hija mía; él es el representante de mi Hijo en la Tierra; pedid mucho por él, y amaos unos a otros.

     Besa el suelo, hija mía, en reparación de todos los pecados del mundo...

     Hoy vas a escribir ocho nombres en el Libro de la Vida, hija mía. ¡Ves cómo tiene valor el sufrimiento! Con el sufrimiento purificas a las almas...

     No se borrarán jamás, hija mía, estos nombres.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, qué alegría! ¡Ay, Señor! ¡Ay! ¡Ay, Madre mía!

 

     LA VIRGEN:

     Seguid de pueblo en pueblo, hijos míos, hablad del Evangelio. ¡Cuántas almas llegan al redil de Cristo, hijos míos! Y seguid hablando de vuestra Madre. Os prometo que mi Corazón Inmaculado no os abandonará, hijos míos, porque él será el que reine sobre toda la Humanidad. Trabajad por la gloria de Cristo, que recibiréis muchas gracias, hijos míos, aquí en la Tierra, y mi Hijo os tendrá preparado un buen puesto allá arriba en el Cielo, hijos míos.

     Ya sabes tú, hija mía, que mi Hijo te da ciento por uno.

     Amad mucho a mi Hijo; visitadle en el sagrario, hijos míos; no le abandonéis. Imitad a vuestra Madre del Cielo, que no le ha dejado ni un solo momento solo. Amad a nuestros Corazones, y nuestros Corazones os protegerán. Pero no pongáis vuestra esperanza en los hombres, que sólo ponéis vuestra esperanza en los hombres, hijos míos. Ya sabéis lo que os he dicho: que casi todos los hombres andan en tinieblas y no veréis con claridad.

     Vuelve a besar el suelo, hija mía, por mis almas consagradas...

     Pedid por ellos, hijos míos; necesita la Iglesia pastores santos. La Iglesia llora por sus almas consagradas, hijos míos.

     Sacrificio y penitencia pido.

     Y os digo, hijos míos, que trabajéis; estáis ahora más cerca que nunca de vuestra salvación.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Levantad todos los objetos, hijos míos; todos serán bendecidos para las curaciones del alma y del cuerpo...

     Adiós, hijos míos. ¡Adiós!