MENSAJE DEL DÍA 4 DE OCTUBRE DE 1986, PRIMER
SÁBADO DE MES,
EN
PRADO NUEVO DE EL
ESCORIAL (MADRID)
EL
SEÑOR:
Venid, hijos de Adán,
venid a mí; dejad los placeres del mundo y sus vanidades. Quiero reuniros a
todos; no quiero que os salgáis de
mi rebaño, hijos míos; os quiero a todos en un mismo rebaño. Yo sufro, hijos
míos, vuestra desunión, vuestra vanidad, vuestra soberbia, vuestra falta de
caridad. Os quiero congregar a todos para enseñaros a llevar el estandarte de mi
Cruz. Pero para llevar este estandarte, hijos míos, tenéis que ser humildes, muy
humildes, y no ocuparos de las cosas del mundo. Sólo ocuparos de las cosas
divinas.
Necesito gran número de
almas, y busco a gritos; dejaos encontrar, hijos míos, que necesito almas de
buena voluntad, para llevar el estandarte de mi cruz. Venid a mí, que yo no os
rechazaré como los mortales rechazan al ser humano. Yo os busco porque os amo, y
quiero revestiros de Gloria y desnudaros del mundo.
Retiraos de aquéllos
que os alaban, hijos míos, y buscad a aquéllos que os desprecian. Yo vendré a
ensalzar a los humildes y a revivir a los poderosos...; a juzgarlos, no
redimirlos. Vendré a derribar a todos los soberbios, hijos míos. Bienaventurados
los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados aquéllos que
son calumniados y perseguidos a causa de mi nombre...
Repite, hija mía:
vendré a redimir a toda aquella alma de buena voluntad, pero, ¡ay de aquellos
poderosos que su mente está sólo en las riquezas y en su sabiduría, y que esta
sabiduría la emplea para las cosas del mundo! Más le valiera no haber nacido,
hijos míos; porque me manifiesto a los humildes, para confundir a los grandes y
poderosos.
Y vosotros, almas
consagradas, ¡despertad de ese sueño tan profundo! Satán os tiene engañados y no
reconocéis la ofensa a vuestro Dios ni reconocéis vuestras culpas. Volved al
buen camino, hijos míos, mi Corazón sufre porque os ama.
Repetid diariamente las
palabras de “Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten misericordia
de nosotros”; porque yo seré el que tendré misericordia de toda la Humanidad que
quiera seguir el Evangelio.
Amaos, hijos míos, y
pensad que los humildes serán los que conquistarán el Cielo. Mis ángeles armarán
una gran guerra contra los soberbios y contra los poderosos que no quieran oír
mi voz.
Y vosotros, almas
consagradas, os repito: venid a mí que soy el Camino, la Verdad y la Vida. No os
dejéis dominar por Satán; es un tiempo crítico para las almas. Satán quiere
reinar y armará la guerra, pero mis ángeles congregarán a todos los escogidos y
los sellarán, para que Satán no se apodere de ellos. Pero alimentaos de la
oración y del sacrificio, para que Satán no haga estragos en las almas. Os ama
tanto mi Corazón, hijos míos, que os grita de lo más profundo de lo su corazón:
venid a mí que os espero, hijos míos.
Y tú, hija mía, cuanto
mayor dolor, mayor prueba, mayor sufrimiento... mayor premio, hija mía; más
cerca estarás de nosotros.
Sed humildes y rechazad
a aquéllos que os alaben. La vanidad es un pecado peligroso para el alma, hijos
míos.
Como te he dicho en
otras ocasiones, hija mía, sólo Dios puede reinar en las
almas.
No os creáis el centro,
eso te lo he enseñado a ti: sólo el centro es Dios...
Luz, te repito, ámame
mucho; ¿me amas?, quiero oír de tus labios esas palabras, ¿me amas,
Luz?
LUZ
AMPARO:
¡Ay, te amo, Señor! ¡Te
amo con todo mi corazón, con todas mis fuerzas! ¡Ay, cuánto te amo Señor!
¡Ayyy!
EL
SEÑOR:
Ya sabes que me gustan
los corazones sedientos de amor.
LUZ
AMPARO:
¡Ay, ay! ¡Ah! ¡Cuánto
te amo, Señor!
EL
SEÑOR:
Sigue amándome, porque
quiero almas que me amen, pero que se entreguen enteras a mí, que no pertenezcan
al mundo.
LUZ
AMPARO:
¡Ay! ¡Ay, qué guapo
eres! ¡Ay, qué belleza! Te amo, Señor, te amo. Mi corazón está inflamado de tu
amor. Aunque soy débil a veces y me dejo dominar por mis sentidos. Pero quiero
ser tuya, ¡tuya, Señor! ¡Ay, Señor!, ¡qué amor tan grande!... ¡Ay,
ay!
LA
VIRGEN:
Hijos míos: amad
mucho a mi Hijo. No desfiguréis su rostro con vuestros pecados, mi Corazón sufre
mucho porque os ama. Mi Corazón Inmaculado, hijos míos, será el que triunfe en
la Humanidad. Habrá grandes purificaciones en la Tierra; grandes catástrofes,
hijos míos. No os abandonéis en la oración ni en el sacrificio; sed humildes,
hijos míos; sin humildad no se consigue el Cielo.
Y tú, hija mía, sigue
ofreciéndote víctima de reparación por los pecadores, hija mía. Besa el suelo en
reparación de todos los pecadores del mundo...
Yo os sigo repitiendo:
amad a la Iglesia, hijos míos, amad a mi Vicario; obedecedle en todo y pedid por
él; sigue en un gran peligro.
Repito: en este lugar,
mi Corazón está derramando muchas gracias, hijos míos. Habrá muchas curaciones
de alma, y también de cuerpo, hijos míos. Seguid acudiendo y rezad el santo
Rosario con mucha devoción.
Levantad todos los
objetos; todos serán bendecidos con gracias especiales, hijos míos... Todos han
sido bendecidos.
Os repito, hijos míos:
humildad, y no salgáis de mi rebaño, porque el rebaño de mi Hijo, es el mío; y
en este rebaño seréis vestidos de Gloria, hijos míos, si cumplís con nuestras
palabras. Predicad el Evangelio por todos los rincones de la
Tierra.
Hoy va a bendecir mi
Hijo.
EL
SEÑOR:
Os bendigo como el
Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu
Santo.
LA
VIRGEN:
¡Adiós, hijos míos!
¡Adiós!