MENSAJE DEL DÍA 4 DE ENERO DE 1986, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     EL SEÑOR:

     Hoy vengo lleno de majestad, pero lleno de tristeza, porque los hombres no escuchan los avisos de mi Madre (1). El mundo, hija mía, está lleno de ingratitud y de malicia. Los hombres viven, hija mía, aferrados al pecado. Mi Padre está indignado, hija mía, con todos aquéllos que no cumplen con las leyes que se instituyeron para la Tierra. Mi Padre está indignado, hija mía, que nada ni nadie va a poder sostener su ira.

     Un espantoso castigo va a caer sobre el mundo, hija mía. En los hogares no se habla casi de Dios. En los colegios tampoco, hija mía. La juventud está enferma con una enfermedad mortal que sólo yo podría curar, hija mía. En las iglesias estoy casi solo. Los hombres rechazan mis gracias; cierran sus oídos a la oración y al sacrificio. Me abandonan todos, hija mía; todos o casi todos.

     ¿No os da pena de mí, hijos míos, no os da pena que yo todavía sigo abriendo mi Corazón para todos los seres humanos? Mi Corazón está triste, hija mía, con una tristeza muy grande. ¿No os da pena del Prisionero, que estoy prisionero de amor por vosotros, hijos míos? Tened compasión del Prisionero rendido a vuestro amor. Estoy cerrado aquí por vosotros; para daros alimento de vida eterna, hijos míos. ¡Amadme!

     ¿Dónde están esas almas, ese gran grupo que había antes, hijos míos, grandes grupos que amaban a mi Corazón? Pero ahora, cuando presento a mi Padre esas almas, me responde: “¡No me sirven, no me sirven! Te han abandonado aquéllos que estaban entregados en la oración y en el sacrificio”. Se han abandonado, hijos míos; no encuentro almas capaces de reparar los pecados de la Humanidad. Aquéllos que se llaman cristianos rechazan la cruz; se acobardan para hablar del Evangelio, hijos míos. Meditad mi Pasión para que veáis que yo di mi vida para salvaros, hijos míos, para salvaros y daros vida eterna.

     Quisiera hacer comprender a los humanos lo indignado que está Dios Padre con ellos, hijos míos, con vosotros, porque ya no es capaz de detener su brazo. Ni la vista de mi Cruz, ni el espectáculo de mis sufrimientos son capaces de sostener su ira, hijos míos.

     Os pido mucho amor. También os pido que pidáis por aquéllos que se llaman hijos míos y me ofenden constantemente, cometiendo grandes sacrilegios, al recibirme en sus cuerpos... (Luz Amparo se lamenta con dolor).

     Amadme, hijos míos, que yo todavía os sigo amando. ¡Qué pocas almas hay, hijos míos, capaces de entregarse víctimas, víctimas de holocausto, hijos míos, para la salvación del mundo!

     Y a ti, hija mía, te pido humildad, mucha humildad, porque la humildad va acompañada de todas las virtudes, hijos míos. Sed humildes. Amad a vuestro prójimo. Sed mansos... (Pausa en la que Luz Amparo vuelve a lamentarse) y sed pobres de espíritu, porque poseeréis la Tierra, hijos míos. Hija mía, mi Corazón está triste, muy triste, porque los que sí eran míos me han abandonado; y aquellas almas consagradas lozanas y frescas también están marchitas, hijos míos. ¡Qué pocos hay que amen de verdad a Cristo! Porque antes, hijos míos, cuando el ser humano me ofendía, me refugiaba en mis almas consagradas. Pero ahora, ¿dónde busco refugio, hijos míos? ¡Qué pocos son los que me dan consuelo!

     Vas a beber una gota, hija mía, del cáliz del dolor... Cada día queda menos, hija mía; y aviso, aviso a los humanos, pero cierran sus oídos a mi llamada. Di que la Divina Majestad de Dios está gravemente ofendida, hija mía, gravemente ofendida. Que ya traspasan los pecados de los hombres la bóveda del cielo, hija mía. Por eso os pido a este pequeñito grupo: estad unidos. Uníos, hijos míos, en el amor, en la caridad y en la fe; también en la esperanza, hijos míos. Y ayudad a esas almas, que son débiles, hijos míos, aunque hay muchas almas cobardes, y a mí no me gustan los cobardes;. me gustan los fuertes que sean capaces de dejar todo por mí. Que no sirvan a dos señores: al mundo, al dinero y a la carne... Y Dios, ¿dónde lo dejáis, hijos míos?

     Tenéis que ser muy puros, puros, muy puros, porque la pureza también es una gran virtud. Mortificad vuestra carne, hijos míos, vuestros sentidos; hasta que no mortifiquéis vuestros sentidos, no llegaréis a mí, hijos míos. Cuesta mucho, pero a mí me gusta lo que cuesta.

     Sed amables, hijos míos, amables y cariñosos con los demás. ¿No os da pena cuando esas personas, hijos también de Dios, se ven ofendidos por vosotros, hijos míos? Tened mucho cuidado; vosotros tenéis que ser modelos, modelos de perfección. En vuestro carácter, hijos míos, tenéis que llevar alegría, alegría y simpatía para los demás. Lo que se lleva dentro del corazón se refleja en la cara, hijos míos; por eso tenéis que reflejar en vuestro rostro que estáis llenos de Dios. Dad ejemplo, hijos míos.

     Y tú, hija mía, sé muy humilde, muy humilde. Y da ejemplo de humildad.

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, no podía faltar vuestra Madre; vuestra Madre, aunque viene transida de dolor porque los hombres no paran de cometer crímenes atroces. No respetan la vida del ser humano; se entregan en el placer, en los vicios; y matan, matan sin respetar los diez mandamientos.

     Consolad a mi Hijo, hijos míos. Mi Hijo está triste, triste y solo, hijos míos, porque ve que el mundo se mete en el precipicio y cada día está más cerca de la condenación, hijos míos. ¡Amo tanto a las almas, hijos míos!... Pero ya no puedo, no puedo sostener más el brazo; es pesado, hijos míos, y no puedo más. El brazo de mi Hijo va a descargar sobre la Humanidad la cólera de Dios.

     Amad mucho a vuestra Madre. Venid, hijos míos, que yo os llevaré a mi Hijo, y mi Hijo os presentará al Padre.

     Hijos míos, avisad a esas almas que acuden a ese lugar. Están ofendiendo gravemente. Juegan con el Padre Eterno, hija mía, juegan. ¡Pobres almas! Avisad de que no acudan a ese lugar. Aquí no hay interferencia diabólica, hijos míos. Repetidlo: aquello es falso, hijos míos. Poned el mensaje, que todos lo escuchen. Allí no está Dios; allí está Satán engañando, hija mía, a todas las almas. Me estoy manifestando en muchos lugares, pero en ese lugar no estoy, hija mía; en muchos lugares del mundo. Pero cuidado, hijos míos, cuidado; aún estáis a tiempo; salid de ahí; sois engañados. ¡Qué pena! ¿Cómo habrá almas capaces de jugar con nuestros nombres, hija mía?

     Mi Corazón también está triste porque veo cómo reaccionan los humanos hacia donde no tienen que ir. Son soberbios, hija mía; por eso no quieren escuchar mis palabras. Quitaos vuestro “yo”, hijos míos, humillaos y venid a mí.

 

     LUZ AMPARO:

     (Entre sollozos). No hacen caso. No hacen caso... ¡Ayyy! ¡Ay!

 

     LA VIRGEN:

     ¿Cuántas veces voy a repetir que están jugando con nuestros nombres? Rezad por ellos, hijos míos, son engañados, rezad por ellos. Son vuestros hermanos y la oración lo puede todo, hijos míos.

     Vas a besar el suelo, hija mía, por esas pobres almas que son engañadas. Son engañadas, hija mía; pero aman mucho a mi Corazón. Pedid por ellas, para que reviva la luz que yo les mando. Que vean dónde está la verdad, hijos míos.

     Y vosotros, hijos míos, sed fuertes y publicad el Evangelio por todos los rincones de la Tierra, por todos, hijos míos; no seáis cobardes. O sois de Dios, o sois del mundo. Y pensad que se os dará según vuestras obras, que se os dará ciento por uno.

     Voy a dar una bendición especial, hija mía. Esta bendición va a coger a todo el ser humano. Pero antes voy a bendecir todos los objetos, hijos míos.

     Levantad todos los objetos... Voy a bendecir... (palabra ininteligible) todo el género humano. (Pausa. Las siguientes palabras hasta el final son casi ininteligibles).

     ...Os bendice el Hijo y con el Espíritu Santo.

     Adiós, hijos míos, adiós.