MENSAJE DEL DÍA 7 DE SEPTIEMBRE DE 1985, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, hoy te voy a hablar de la pureza, hija mía, para que hagas mucho sacrificio y mucha penitencia por esas almas que se consagran a Cristo y no dejan el placer. Ya te he dicho otras veces, hija mía, que para Jesús es muy importante la pureza. Para Dios Padre, mira si es importante, que cogió por Madre de Jesús la mujer más pura de la Tierra, antes y después. Te he dicho, hija mía, en otra ocasión, que el privilegio más grande fue... —no confundáis los humanos—, el más grande fue: ser Madre de Dios mi Creador; pero, después de ser Madre de Dios mi Creador, el mayor don que Dios mi Creador me otorgó fue de ser pura e inmaculada. Por eso te digo, hija mía, ¡mira si tiene valor la pureza de los hombres ante Dios! En el Evangelio de Cristo dice varias veces, hija mía: “Si tu ojo te escandaliza, o cualquier miembro de tu cuerpo, arráncatelo y tíralo lejos, muy lejos”. ¡Ay de aquél, hija mía, que provoque el escándalo con su cuerpo, hija mía! Cuántas indecencias cometen y cuántas ofensas, hija mía, a mi Corazón Inmaculado. ¿Sabes por qué, hija mía?, porque son soberbios; porque donde hay humildad no hay lujuria, hija mía. Cuántas veces te he dicho que la humildad va acompañada de la pureza. Aquél que es puro, hija mía, es casto. ¡Ay de mis almas consagradas que no entregan ese tesoro intacto, sin mancillar, a Cristo! Pedid, hijos míos, para que su cuerpo no sea mancillado por el pecado. Pide, hija mía, y grita que velen y oren para no caer en ese pecado tan grave. ¡Qué poca importancia le dan después de caer! Es un pecado muy grave, hija mía; tú has visto los pecados de la carne; son los que más condenan al alma. El Infierno está lleno de impuros, hija mía. Por eso te pido: vela mucho, hija mía, por esas almas; vela para que no caigan en ese horrendo pecado. ¡Pobres almas, hija mía! Satanás se está apoderando de la mayor parte de mis almas consagradas. No se dejan porque son orgullosos, hija mía, son soberbios y no escuchan mi palabra ni la palabra de Cristo.

     Orad, hijos míos, “orad —como decía mi Hijo— para no caer en tentación”. Pensad, hijos míos, que la carne es débil, y el demonio se aprovecha de esa debilidad, porque Satán, con su astucia, hizo cometer el primer pecado de impureza al hombre, que Dios había creado para amarle y glorificarle. Ese primer pecado fue causante, hija mía, de este Infierno tan tremendo.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, no, no, no! ¡Ay, ten misericordia de todos, ten misericordia! ¡Todavía no, todavía no! ¡Ah! ¡Ay, ten misericordia; todavía no! ¡Ay, es terrible, es terrible! ¡Ay, ay, ay!

 

     LA VIRGEN:

     Sigue gritando, hija mía, grita fuerte; di que la hora de la misericordia todavía existe. Mi Corazón derrama gracias para todas esas almas, hija mía, y el Corazón de mi Hijo también.

     ¡Por piedad, hijos míos, por piedad, sed puros; os lo pide vuestra Madre; quiere que os salvéis!

     Mi Corazón, hija mía, está henchido de dolor. ¡Qué pocos puros, hija mía, se encuentran! Pedid mucho por esas almas, por mis almas consagradas que siguen obstinadas en el pecado. Hija mía, haz mucho sacrificio y mucha penitencia. Donde hay sacrificio, no hay pecado, hija mía.

     Besa el suelo, hija mía, en reparación de todos los pecados de las almas consagradas.

     Yo os sigo repitiendo, hijos míos: no seáis débiles, sed fuertes.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Adiós, hijos míos. ¡Adiós!