MENSAJE DEL DÍA 2 DE FEBRERO DE 1985, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Mirad el Sol... (Largo silencio mientras los asistentes observan el milagro del Sol).

     Hija mía, aun viendo, ¡cuántas almas ingratas!; aun viendo, hija mía, no creerán. ¡Pobres almas, hija mía!

     Mirad, hijos míos, qué maravillas vienen del Universo, hija mía, los colores de las moradas, hija mía.

     Hoy, este mensaje, hijos míos, va a ser para las almas consagradas: hijos míos, no ofendáis más a mi Hijo, ni aflijáis más su Corazón. Su Corazón está muy afligido, hijos míos, por las almas consagradas que no cumplen, hijos míos. Poneos a bien con Dios y prepararos. Habéis abandonado, hijos míos, el camino del Evangelio, y habéis expuesto vuestros cuerpos a los placeres del mundo. ¡Pobres almas! Convertíos, que estáis dando muy mal ejemplo al ser humano, hijos míos. Lo que más daña mi Corazón es los pecados de las almas consagradas, los pecados de impureza, hijos míos. Por eso os pido que frenéis vuestras culpas, vuestros vicios, y os dediquéis al camino del Evangelio.

     Hijos míos, habéis abandonado a Cristo; no tenéis fe, hijos míos. ¡Pobres almas! Han abandonado el distintivo de sacerdotes, para ponerse, hijos míos, en el camino del enemigo. El distintivo era la sotana, que los frenaba de muchos pecados, hija mía. ¡Pobres almas! No son legales con Cristo, son fariseos, hipócritas. Mi Hijo no quiere fariseos ni hipócritas, quiere almas puras, que se entreguen para publicar la palabra de Dios. Por eso os pido: ¡aún estáis a tiempo, hijos míos, aún estáis a tiempo!, que la misericordia de Dios es muy grande, pero su justicia es terrible, hijos míos.

     También os pido que las almas consagradas tienen que vivir la pobreza, hijos míos, la pobreza como Cristo. Cristo no tenía ni una túnica de repuesto, hijos míos. Vivís como el rico avariento, y no os acordáis de dar las migajas a los pobres. ¡Pobres almas, hijos míos! ¡Las ama tanto mi Corazón! ¡Tanto, tanto!, y ¡qué mal corresponden a este amor!

     Refugiaos, hijos míos, en mi Inmaculado Corazón, que él os protegerá de las impurezas, hijos míos. Imitad a vuestra Madre: sed pobres, humildes, hijos míos, que las almas consagradas sean modelo de perfección para los hombres.

     Yo tuve la dicha, hijos míos, de tener a Cristo en mis manos; pero y vosotros, hijos míos, que diariamente tocáis el Cuerpo de Cristo, no sois leales, hijos míos, habéis perdido la fe, y no sois leales en celebrar los santos misterios de la Misa. Estáis dañando muchas almas. Por eso os pido, hijos míos, que os corrijáis de vuestros vicios, y os pongáis a bien con Dios. Hay mucha necesidad de hombres santos, hijos míos.

     ¡Pobres almas!, hija mía, cómo el enemigo los ha introducido como corderos en el matadero de su infierno. Pide mucho por ellos, hija mía; haz mucho sacrificio, porque ¡me dan tanta pena esas almas!, porque mi Corazón ¡las ama tanto! ¡Qué espada de dolor tengo dentro del Corazón por ellos, hija mía, y qué afligido está mi Corazón! Les pido que me den un poco de consuelo y que consuelen a mi Hijo. ¡Pobres almas, hija mía!

     Besa el suelo, hija mía, por las almas consagradas... Por esas pobres almas que están tan necesitadas, hija mía, de oración y de sacrificio, porque ellas han abandonado la oración, y el enemigo se ha apoderado de sus almas. Pedid por ellas, para que vuelvan al camino del Evangelio. ¡Pobres almas, hijos míos! No los critiquéis. Pedid por ellos, porque son almas muy queridas de mi Corazón.

     Y tú, hija mía, te pido que te hagas muy pequeña, muy pequeña, para yo hacerte alta, muy alta.

     También hoy un día muy especial para daros una santa bendición, con una bendición especial, hijos míos, y esas bendiciones servirán para las almas consagradas, para que vuelvan al camino del Evangelio, hijos míos.

     Todos tenéis que ayudar; todos, hijos míos, porque todos sois hijos míos, y todos sois herederos de la Gloria de Cristo; por eso tenéis que ayudar con vuestros sacrificios y con vuestras oraciones a esas pobres almas.

     Levantad todos los objetos, hijos míos, todos serán bendecidos... Todos han sido bendecidos, con unas bendiciones especiales.

     ¡Cuántos curiosos, hija mía, vienen a este lugar! Pero no te preocupes de esos curiosos, hija mía, porque dentro de sus almas hay algo que les llama, hija mía.

 

     LUZ AMPARO:

     Pero puede a veces el enemigo más.

 

     LA VIRGEN:

     No, hija mía, son ellos, no es el enemigo; ellos, que rechazan la gracia; esas pobres almas, que están necesitadas de que se les hable de mi Hijo, hija mía. Hablad de Cristo, y no os avergoncéis, por todos los rincones de la Tierra. No os avergoncéis, hijos míos, porque el Padre Celestial se avergonzará de vosotros, ante sus ángeles, como os avergoncéis de Cristo en la Tierra.

     Que nadie, hijos míos, ¡nadie!, os confunda. Seguid adelante, y publicad por todos los rincones de la Tierra la palabra de Cristo.

     Hijos míos, sed humildes, muy humildes, para poder conseguir el Cielo. ¡Cuántas almas creen que todo se acaba en la Tierra! No, hijos míos, cuántas veces he dicho: “¿Qué significado tiene el ser humano en la Tierra, si no fuese porque hay otra gloria, para gozar en ella, hijos míos?”. Por eso os pido: que aquí no se acaba todo. Aquí se acaba todo, pero luego hay una eternidad. Pensad siempre: la eternidad, la eternidad. Vale la pena sufrir, hijos míos, y vale la pena hacer sacrificio, para conseguir la eternidad.

     Pobres almas, esas almas que están llenos de tinieblas, ¡lo que les espera, hijos míos!, porque ya he dicho que Dios es muy misericordioso, pero es muy justo, y dará a cada uno según sus obras, hijos míos.

     ¡Adiós, hijos míos! ¡Adiós!