MENSAJE DEL DÍA 25 DE DICIEMBRE DE 1984, LA NATIVIDAD DEL SEÑOR,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Mira, hija mía, el Verbo humanado en unas tristes pajas, en un pesebre pobre. Liado, hija mía, liado con un triste pañal.

     Pero vas a decir, hija mía, la misión de cada ángel.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay! ¡Ay, cuántos hay!; pero ¿esos tres...? Ése es san Miguel, ¿a dónde va ése?

 

     LA VIRGEN:

     Bajará, hija mía, a la profundidad del Limbo. Va a avisar a Joaquín, a Ana, a los Santos Padres y a todos los profetas.

     Mira, ¡cuántos santos hay en el Limbo!

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Huy! ¡Ay! ¡Ay!, ¿ésa, quién es?... Ésa es la madre de la Virgen, ése es el padre... ¿Qué le dicen al ángel? Le están diciendo... ¡Ay, qué lenguas! Y el ángel les está diciendo que ha nacido el Rey de Cielo y Tierra, que su hija lo ha mandado a avisarles.

     Le dice Ana que lleve el recado a su hija, y llama a todos los que hay en el Limbo, y se ponen a cantar un himno de alabanza para ese Niño.

     Pero, ¡si los muertos no se ven! ¡Ay, cuántos misterios! ¡Ay!, están de rodillas todos. Están cantando un himno, un himno ya: “Gloria al Rey que ha nacido encarnado en una doncella, humanado... —¡huy!— como Rey de Cielo y Tierra”.

     Todos... —¡ay!—, todos están cantando. ¡Qué estrechos están ahí! Parece un infierno eso.

 

     LA VIRGEN:

     Este Rey que ha nacido morirá en una cruz para redimir al mundo. “Gloria a Dios en el Cielo y en la Tierra paz a los hombres que aman a Dios”.

 

     LUZ AMPARO:

     Ahora, hay otro ángel, que se va por un camino lleno de piedras. Hay un letrero que pone “Belén”; hay otro letrero que pone “Damasco”; hay otro letrero que pone “Palestina”.

     Va por un camino lleno de luz. ¡Ay!... Llega a una casa, que parece como un palacio. Hay un pozo. ¡Ay!, llama a la puerta. ¿Por qué el ángel puede llamar a la puerta? ¿Sí puede entrar?... ¡Ay! ¡Ay!, un cuerpo celeste...

     Sale una mujer mayor, con un velo en la cabeza dado dos vueltas, unas faldas muy largas.

     Lleva un niño en brazos como de seis meses. Habla con el ángel. Le abre la puerta. Hay como un jardín, y a la izquierda hay un pozo con un cubo. Esta mujer se sienta en un poyete de madera, y al niño le tiene encima. El ángel le dice que ha nacido el Redentor, que viene a avisarle porque María le manda. Cae de rodillas esta mujer. Ese niño también, tan pequeño, cae de rodillas. ¡Ay!, pero ¿cómo puede ser eso?

     Miran al cielo y están diciendo: “Bienaventurado Aquél que mandará en todas las generaciones”. “Yo estoy a tu servicio, mi Señor —le dice al ángel—. Dile a María que no se olvide de nosotros, que la seguiremos siempre hasta la muerte”.

     El ángel le dice: “Este Niño está muy pobre, ha nacido en un pesebre entre pajas”.

     Esta mujer pasa a una casa que parece un palacio. Coge ropa, la lía. Entre esa ropa hay ropa de un niño pequeño. Coge dinero, lo mete dentro del lío de la ropa, y se lo da al ángel. También hay ropa de mayores.

     Esta mujer le dice al ángel: “Dáselo a María para el pequeño y para su esposo y para Ella. Es un lienzo fino que el Rey de Cielos y Tierra se merece; no se merece estar entre pajas”.

     Hay otro ángel. Ese ángel va por un campo. Hay mucho ganado, muchas ovejas. Hay muchos chicos con pieles sobre la espalda. Viene una gran luz. Se caen al suelo asustados y gritan: “¿Quién es? ¿Quién hay ahí?”. El ángel les dice: “No tengáis miedo. Soy el ángel san Gabriel. Os vengo a avisar que ha nacido vuestro Mesías, el que estabais esperando. Id por este camino y en un pesebre habrá un Niño resplandeciente. Aquél que veáis lleno de luz, y entre pajas, es Jesús. Es Jesús, el Rey, el Salvador, el Rey, el Salvador[1], el Dios Omnipotente, Hijo de Dios vivo. Id y adoradle”.

     Van muchos de éstos que llevan la piel a la espalda. Llevan varas. Van por un camino. ¡Ay, cuántos! ¡Ay!, se van por otro camino. Viene una gran luz. Esa luz es como una flecha. Los guía hasta el portal. Se arrodillan y adoran al Niño.

     ¡Ay, qué grande eres! ¡Ay!

     Vuelven a cantar: “Gloria a Dios en el Cielo, y a los hombres, en la Tierra, de buena voluntad”.

     ¡Ah..., cuántos ángeles! ¡Ay, qué cosas! ¡Ay!

     En otra parte, hay hombres horribles. ¡Huy, qué horror! No se pueden arrimar ahí. ¡Ay!

     ¡Ay! Viene un ángel y van huyendo. ¡Ay, si ése es el de la otra vez! ¡Ay..., ay, si es el demonio! ¡Huy! ¡Ay! Se los lleva a todos. Están en una cueva profunda. Habla Satanás, les habla a todos y les dice: “Estad alerta, que no ha nacido el Hijo de Dios vivo todavía. Ha dado a luz una mujer, pero no es la Madre de Dios, porque ha nacido en un pesebre, entre pajas. Y si Dios es Creador y rico, no permitirá que nazca su Hijo en un pesebre. Estad preparados, porque el tiempo ha llegado de que nazca ese Mesías. He hablado con Herodes. ¡Ay, qué risa! Herodes cree que es el Hijo de esa doncella, que es el Mesías; con esa pobreza no puede nacer ese Mesías. Hay que seguir buscando, buscando en ricos palacios, porque el Rey del Cielo nacerá en un palacio. ¡Estad preparados!”.

     ¡Qué horror! ¡Ay! Todos se ponen en fila y salen de esa caverna. ¡Ay!, se esparcen por todos sitios. ¡Ay! ¡Ay, qué horror! ¡Ay...!

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, adorad a Cristo. Adoradle, porque adorando y meditando, y siendo humildes, hijos míos, Satanás no podrá arrimarse.

     No pensaba Satanás que Dios, Redentor del mundo, podría nacer en una cueva. Fue tan grande la humildad de nuestros Corazones, que quisimos dar ejemplo a la Humanidad.

     Sí, hija mía; por eso te pido que seas humilde, muy humilde, pues con la humildad no podrá Lucifer arrimarse.

     Has visto las maravillas más grandes de Dios Creador, hija mía...

     Lo mismo que los ángeles fueron a evangelizar el Nacimiento, os pido, hijos míos, que vayáis a evangelizar el Evangelio por todos los rincones de la Tierra.

     Hijos míos, humildad pido, humildad; sed humildes, muy humildes.

     Besa el suelo, hija mía, para que seas humilde...

     Satanás no podrá con la humildad. Lucifer puede con los soberbios, pero con los humildes no puede, hija mía.

     No os abandonéis en la oración ni en el sacrificio, hijos míos.

     Y tú, hija mía, refúgiate en nuestros Corazones. Refúgiate en esta Familia; esta Familia, hija mía, es Sagrada...

     Siempre piensa, hija mía, en la pobreza en el Pesebre y en la humildad en la Cruz.

     Te revelaré un secreto, hija mía, de tu infancia. Sólo tú podrás comprenderlo... (Habla en un idioma desconocido). Mira si imitabas a Jesús sin conocerle, hija mía, naciendo... ya sabes; no te avergüences, hija mía.

     ¡Bienaventurados los pobres, hija mía, porque de ellos es el Reino de los Cielos!

     Esta bendición también será especial, hija mía. Os bendeciré a todos con una bendición especial.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Adiós, hijos míos. ¡Adiós!



[1] Así en la grabación; se repite: “...el Rey, el Salvador”.