MENSAJE DEL DÍA 8 DE DICIEMBRE DE 1984,

LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, soy María Pura Inmaculada, Madre de Dios y Madre de todo ser humano. Defended mi pureza, hijos míos. Cuando el Misterio de Dios Padre se encarnó en mis entrañas, no había mancha, estaba más limpio y más blanco que la azucena. Hijos míos, si me amáis, defendedme, defended mi pureza; pensad que vuestra Madre fue pura antes y después, hija mía. El rayo del Sol, hija mía, entró en mis entrañas, y allí se formó mi Hijo; era el misterio de su Divina Majestad, hijos míos. Mi pureza es un don especial que Dios mi Creador me otorgó, hijos míos. ¡Cuántos misterios no os han revelado, hijos míos! Cuando os presentéis ante el Padre, todos serán revelados; tened paciencia, hijos míos, y sed humildes para poder alcanzar el Cielo y poder participar de todos estos misterios. Hay muchos misterios que a mí han sido revelados, hijos míos; como te dije, hija mía, Dios Padre me reveló muchos misterios celestiales: el misterio de la maternidad de Cristo y el misterio de mi Inmaculada Concepción.

     Aquí viví, hija mía, viví igual a los humanos, pero te dije en una ocasión que en todo me parecía al ser humano menos en el pecado; mi alma estaba hecha para alabar a Dios mi Creador. Formaba tiernos coloquios con Él, hijos míos, y mi pecho sentía alegría. No sólo el pecho se me llena de dolor, hijos míos, también de alegría. Mi corazón, a veces, sentía una gran alegría, cuando los ángeles me consolaban, hijos míos; sólo los ángeles saben el misterio de la Encarnación, de mi pureza, de mi humildad en la Tierra y de mi caridad con el ser humano.

     Satanás quería destruir, y cuando quedé sola en la Tierra, que faltó mi Hijo, Satanás quería destruirme, pero nunca abandoné la oración, siempre estaba con grandes coloquios con mis ángeles, nunca pudo Satanás conmigo; por eso Satanás estaba furioso y formó la enemistad entre la mujer y el hombre, el odio, la envidia, toda clase de pecado, porque sabía que me alabarían todas las generaciones. Por eso, hijos míos, Satanás es muy astuto y quiso destruirme a mí, que era la Madre de Dios, ¿cómo no va a querer disfrutar, hijos míos, de vuestra alma? Quiere apoderarse de vosotros; la oración y el sacrificio os mantendrán firmes, hijos míos.

     Mi vida fue un constante sufrimiento, sufrimiento porque el ser humano no quería dar gracias a Dios de haberle dado la vida, se rebelaba contra Él; pero al mismo tiempo, mi pecho sentía una gran alegría cuando mi Hijo formó su altar en mi pecho, y me dejó el Sacramento dentro de él, hija mía; yo le custodiaba de día y de noche. Ningún ser humano sabe que mi pecho era el tabernáculo de Cristo; nadie, hija mía, porque yo no quise que nadie publicase mi vida; por eso en la Biblia, hijos míos, se habla tan poco de mí, porque yo no quise; quise que mi Hijo fuese el Rey del Universo y de la Tierra; no quise poner a mi Hijo en un segundo lugar, porque fue el primero, el primero que mandó Dios para morir en una cruz y salvar al ser humano.

     Yo, hija mía, también me reveló Dios el misterio de la muerte de Cristo; todo lo vi durante toda mi vida. Mi Corazón sufría, hija mía, como te lo he manifestado; pero, al mismo tiempo, mi Corazón no quería ver sufrir a mi Hijo; le consolaba, hija mía, como mi Rey y mi amado que era, y Él me consolaba a mí como su amada que era, hija mía.

     Este misterio te lo he revelado, pero es mejor que el ser humano sepa por qué en la Biblia no se habla de mí. Mi humildad, hija mía, mi humildad no quiso resaltar, para que el ser humano aprendiese a ser humilde; no quise que se escribiese nada de mí. Te revelaré muchos misterios, hija mía, muchos, de lo que ha sido toda mi vida. Constantemente, hija mía, seguía a mi Hijo por todas las partes que iba a publicar el Evangelio. Yo me embobaba, hija mía, escuchando esas palabras, me penetraban dentro del corazón, hasta el extremo de llenarse mi alma de alegría y rebosar de júbilo y, en ocasiones, hija mía, no podía mi gozo resistir y caía al suelo, caía al suelo de gozo, hija mía; pero no abandoné a Cristo en ningún momento, fui su consejera en muchas ocasiones; Él me pedía, hija mía, y yo le opinaba. Fue ejemplo de hijo mi Hijo Cristo Jesús.

     Leed la Biblia, hijos míos, que todo aquél que lea la Biblia —es palabra de Dios— aprenderá, hijos míos, aprenderá a amar a Dios; pero, ¡ay de aquéllos que añadan o quiten de lo que hay escrito!, porque no entrarán en el Reino del Cielo. Todos aquéllos que están confundiendo la doctrina de Cristo, ¡pobres almas!, pedid por ellos, hijos míos, y sed tabernáculos, hijos míos, como mi... (habla en idioma desconocido). Así quiero que seas, hija mía: un altar, que forme tu pecho el altar de Cristo...

     Sigue a Cristo, hija mía, hasta la muerte; imita a tu Madre; te iré revelando secretos, secretos y misterios.

     Ten cuidado, hija mía, que Lucifer está alerta, y donde está María, allí quiere destruir. María, Reina del Universo, Reina del mundo y Madre de la Iglesia, hija mía. ¡Qué misterio más grande!

     ¡Qué gozo se siente en el corazón, cuando mi Hijo manda...! (De nuevo, palabras en idioma extraño).

     ¡Bienaventurados aquéllos, hijos míos, que se humillan, porque serán ensalzados! Yo fui humillada, hija mía, humillada, pero mi humildad pudo más que la humillación. Viví igual que los humanos, mi vida fue igual, pero la Divina Majestad no quiso, hija mía, no quiso que imitase al hombre, porque el hombre era cruel, en el físico del cuerpo..., pero el alma, mi alma, era pura, pura e inmaculada, porque iba a ser la Madre de mi Rey, mi Salvador, Dios mi Creador, Salvador del ser humano.

     Besa el suelo, hija mía; hoy es un gran día para expiar pecados de las almas, hay que expiar, hija mía, porque hay muchas almas que niegan la palabra de Dios, no creen en su existencia...

     Os quiero, hijos míos, os quiero pequeños, pequeños, muy pequeños, para luego subir alto, muy alto.

     Veréis, hijos míos, cuando llegue este momento, qué grandeza, hija mía, ¡qué grandeza os espera! Yo tuve el privilegio también de estar tres días en el Cielo, hija mía, con mis cinco sentidos igual que el ser humano; vi la grandeza que Dios Padre tenía preparada para esta pobre criatura; no hay grandeza que pueda compararse a esa grandeza. Por eso, hijos míos, con humildad, sacrificio y caridad, alcanzaréis a gozar esta vida; es una maravilla, hijos míos; no quiero que os condenéis, quiero que os salvéis todos, hijos míos. Con sacrificio, hijos míos, oración y penitencia, allegaréis al sacramento de la Confesión para recibir el sacramento de la Eucaristía.

     Sed fuertes, hijos míos, y no os dejéis engañar por el enemigo, el enemigo se puede meter en cualquier uno de vosotros para destruir la obra de mi Hijo.

     Vuelve a besar el suelo, hija mía, en reparación por las almas consagradas...

     Hijos míos, hoy para recibir, vais a recibir gracias especiales, cuando Dios Padre manda al Hijo, para que os mande las gracias especiales para el día de las tinieblas. Hoy, hijos míos, tengo el privilegio de concederos también esas gracias; todos los objetos que sean bendecidos servirán para el día de las tinieblas; todos lucirán en cualquier sitio que estén. Levantad todos los objetos... Tienen gracias especiales, hijos míos; no os deshagáis de estos objetos, tienen mucho valor.

     Ahora, hijos míos, os voy a dar una bendición especial; os protegeré, hijos míos, y os asistiré en la hora de la muerte a todos aquéllos que recibáis esta bendición. Mis ángeles estarán presentes, todo el ejército de ángeles que me acompañaron durante toda mi vida.

     Yo os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Adiós, hijos míos. ¡Adiós!