MENSAJE DEL DÍA 1 DE DICIEMBRE DE 1984, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Todos aquéllos, hija mía, aquellos desdichados que ultrajen la palabra de Dios y pisoteen la Cruz, ¡pobres almas! Poneos, hijos míos, poneos a bien con Dios; todavía tenéis tiempo. No tengáis miedo, hijos míos, para confesar vuestras culpas; estad preparados; aunque vuestros pecados, hijos míos, sean como la púrpura, se os quedarán como la nieve, pero estar preparados. Refugiaos a mi Inmaculado Corazón, él os ayudará, hijos míos. Os pido que no sintáis miedo todos aquéllos que estéis preparados. Vuestros pecados, hijos míos, aunque sean como la escarlata, quedarán limpios, hija mía. Di que se confiesen, di que se confiesen sus culpas. ¡Pobres almas!, cuando sientan el ruido del trueno y bramen las montañas, entonces, hija mía, ¡no tendrán remedio!; pero aquéllos que estáis preparados, refugiaos en Cristo una vez más. También os pido, hijos míos, que nadie, nadie, os atemorice; cuando llegue este momento, sed fuertes, que a mi Hijo le gustan los valientes.

     También pedimos, hijos míos, almas que expíen los pecados de los pastores de la Iglesia; busco almas, hijos míos, para expiarlas, porque Jesús está ofendido, muy ofendido, con esas almas que están materializadas, hija mía; están metidas en el mundo y no se acuerdan de Cristo. ¡Cuánto me agradaría que esas almas fuesen predicando el Evangelio por todos los rincones de la Tierra!

     Hijos míos, ¿qué hijo, cuando ve que su madre está enferma, no se pone triste? Yo estoy enferma de dolor, hijos míos, por todos vosotros; por mis almas consagradas, ¡las ama tanto mi Corazón!, ¡y qué mal corresponden a este amor! Besa el suelo, hija mía, por esas pobres almas... ¡Pobres almas!, el demonio con su astucia, si hizo pecar a Eva, ¿cómo no las va a hacer pecar a ellas? Tened cuidado, hijos míos, tened cuidado, que Satanás, con su astucia, quiere apoderarse del mayor número de almas.

     Sacrificio, hijos míos, sacrificio y penitencia. Haced visitas al Santísimo. Mi Hijo está triste y solo, triste y solo por el ser humano; porque si no fuese por sus ángeles, ¿qué hubiese hecho con algunos de los sacerdotes? ¡Pobres almas, hija mía! Haced sacrificio por ellas; el demonio los encauza por el placer y no hacen propósitos para dominar la carne, hijos míos; la carne es débil, pero ellos tienen que ser fuertes: o Cristo o el mundo.

     Y tú, hija mía, te quiero humilde y pequeña, muy pequeña, porque a mi Hijo le gustan las cosas pequeñas. Vuelve a besar el suelo, por todas las almas, por todas, hija mía, sin distinción de razas... Vuelve otra vez a besar el suelo, no has besado el suelo, hija mía[1]...

     Busca la humillación, hija mía, busca la calumnia, y sé humilde; con la humildad se consigue todo, hija mía. Haz sacrificio, que a mi Hijo le gustan las almas víctimas, y tiene sed de almas, de almas que sepan reparar y quieran.

     Hijos míos, os encomiendo, a todos aquéllos que no os habéis puesto a bien con Cristo, que hoy mismo os acerquéis al sacramento de la Confesión, para que podáis acercaros al sacramento de la Eucaristía. Mi Corazón de Madre, hijos míos, ¡os ama tanto!, que ya no hay ningún remedio para poderos avisar; hemos agotado todos los recursos. Preparaos, hijos míos, con sacrificio y penitencia. Amad mucho a mi Hijo, para que mi Hijo os lleve al Padre, y yo también os puedo llevar a mi Hijo; amadme mucho, hijos míos, como yo os amo a todos.

     Besa el suelo, hija mía, por esas almas que son tan vanidosas y tan crueles con mi pobre Corazón, ¡pobres almas impías que quieren gobernar el mundo!, y sin Cristo, sin Dios, no puede haber... (palabra ininteligible). Puede haber guerra, hijos míos, pero Cristo busca la paz; la buscó siempre; por eso hay quien dice que Cristo era socialista, hijos míos; Cristo fue sociable. Ya te lo he comunicado muchas veces: no mezcléis políticas, hijos míos, las políticas sirven al hombre para la destrucción... Y las almas consagradas las quiero humildes, pobres y sacrificadas... Mi Hijo no quiere fariseos, ni impuros, ni almas materializadas; todo lo van a dejar, hija mía, ¡todo! Lo más importante es el alma; no piensan, hija mía, que todas las riquezas les van a servir al hombre para condenarse. Viven como el rico avariento, no se acuerdan ni de dar las migajas a los pobres, ¡pobres almas!, los imitadores de Cristo, sus almas consagradas. Pobres, humildes y sacrificados os quiero, hijos míos.

     Publicad el Evangelio por todos los rincones de la Tierra; con el Evangelio, hijos míos, os salvaréis; no lo habéis leído muchos; por eso no seguís a Cristo; y si lo habéis leído ha sido mecánicamente. Que vuestras oraciones de lo más profundo de vuestro corazón salgan, hijos míos. Os quiero pobres, pero santos. ¡Pobres almas mías!, mi Corazón está transido de dolor por ellas; cuando veo que se me precipitan en el abismo, ¡cuánto sufre mi Corazón, hija mía! Haced sacrificio, hijos míos; pensad que Cristo sólo tenía una túnica, ni una tuvo de repuesto; con su túnica, sus alforjas y sus sandalias se iba de pueblo en pueblo a hablar del Evangelio, hijos míos. Humildes, humildes y sacrificados, hijos míos, os quiero.

     Y tú, hija mía, sé muy humilde, muy humilde; a mi Hijo le gustan las almas humildes. Piensa que nuestras almas, nuestras almas son víctimas; pero, ¡cuánto te ama mi Corazón!... (Palabras en idioma desconocido).

     Desde muy niña te he pulido, mi Hijo te ha pulido; yo le he ayudado a pulirte para este momento, hija mía. ¿De qué le vale al hombre todo lo que hay en el mundo, si no entra en el Cielo, hija mía? Tú estás labrando tu morada, pero te la están labrando los ángeles...

     Vas a escribir tres nombres en el Libro de la Vida... Tres nombres más en el Libro de la Vida, hija mía; ¡ves cómo vale la pena sufrir!, porque estos nombres no se borrarán jamás, hija mía, jamás.

     Voy a daros mi santa bendición.

 

     LUZ AMPARO:

     (En voz muy baja). ¡Anda!, bendícelos, bendícelos.

 

     LA VIRGEN:

     Primero voy a bendecir los objetos. Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos...

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Adiós, hijos míos. ¡Adiós!



[1] Al ser preguntada Luz Amparo por qué le dice la Virgen que no ha besado el suelo la primera vez, responde que no sabe. Al insistirle, aclara: «Me dice el Ángel: “Besaste la cosa larga que te pusieron para arrodillarte. No besaste el suelo”».