MENSAJE DEL DÍA 7 DE OCTUBRE DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, he querido probar a todo el ser humano que está aquí presente. Los curiosos han tenido que aguantar todo el santo Rosario. Soy la misma, hija mía, la misma de siempre, sólo he cambiado el rosario, hija mía.

     Hoy para el ser humano, es una fiesta importante, hija mía. Para todo aquél que ama con todo su corazón. El Rosario es el arma más potente, hija mía, para salvar a la Humanidad. Mira qué rosario; de cada cuenta de este rosario, derramo multitud de gracias para el ser humano, hija mía; pero ¡qué poco aprovecha el ser humano mis manifestaciones, hija mía!

     Ya te dije que este pueblo era como el pueblo de Israel: incrédulo, duro, cruel, hija mía. Pero mi Hijo, hija mía, tampoco le creyeron en su pueblo. El ser humano es cruel.

 

     LUZ AMPARO:

     Te voy a preguntar una cosa. ¿Es verdad...? Es que no quiero decirlo así...

 

     LA VIRGEN:

     Dímelo con estas letras... (Palabras en idioma desconocido). No, hija mía, no es cierto; ni es de Dios ni del enemigo, se lo causa él mismo, hija mía... (Luz Amparo llora unos instantes con mucho desconsuelo). Ten cuidado, no te dejes engañar por ningún profeta falso.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, ay, ay...! ¡Está engañando a la gente...!

 

     LA VIRGEN:

     Te advertí que vendrían profetas falsos. Besa el suelo, hija mía, por esa pobre alma, hija mía.

 

     LUZ AMPARO:

     Y ¿qué quiere?... Y ¿qué quiere?

 

     LA VIRGEN:

     Protagonismo quiere, hija mía. Habla con él y díselo a él solo. Las cosas de Dios son muy serias, hija mía, no se puede jugar con nuestros nombres. ¡Qué malo es el protagonismo, hija mía! Por eso te digo que estés baja, muy baja, para poder subir alta, muy alta. Cuanto más subas, hija mía, más baja estarás. Te quiero sencilla, muy sencilla. Han recibido gracias muy especiales y las aprovechan para destruir esta Obra, hija mía. ¡Pobres almas...! Ese alma está engañando hasta a su propia familia, hija mía. Pide mucho por ella, que tiene un alma, hija mía, y es tu hermano en Cristo. Pide por él mucho, hija mía. Que nadie, que nadie te engañe, hija mía. Te lo advertí que esto sucedería. ¡Mira cómo ha llegado el momento!

     Humildad y sacrificio; con humildad y sacrificio, hija mía, el enemigo no podrá con esto.

     Vuelve a besar el suelo, hija mía, por las almas consagradas... ¡Pobres almas!, ¡las ama tanto mi Corazón! ¡Qué mal corresponden a este amor, hija mía!

     He dicho que grandes catástrofes caerían sobre la Tierra, hija mía. Pero no tengáis miedo, y no perdáis la fe ni la calma; vuestra Madre está con vosotros, hijos míos. Y muchos sacerdotes, hija mía, ¡qué cobardía sienten para hablar de esto! Son cobardes, hija mía, y a mi Hijo no le gusta la cobardía. Sed fuertes, y hablad de la palabra del Evangelio, pero no neguéis lo que habéis visto, hijos míos. Esto nunca va en contra de la Iglesia Católica, hija mía... Si alguien te dijese, hija mía, que vas en contra de la religión católica... Una Madre, y Madre de la Iglesia, no puede hablar en contra de su Iglesia, hija mía. ¡Madre de la Iglesia y Madre de toda la Humanidad!

     Quiero que recéis las tres partes del Rosario, hija mía. ¡Me agrada tanto esta plegaria...! ¡Qué plegaria más bonita: “Madre de Dios y Madre nuestra”!

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Qué rosario! ¡Ay, qué rosario! ¡Ay, desprende luz del rosario!

 

     LA VIRGEN:

     Quien rece el Rosario, hija mía, no permitiré que se condene...

     Voy a bendecir los objetos, especialmente los rosarios, hija mía. Sácate el rosario del bolsillo.

     Sacad todos los objetos... Todos han sido bendecidos, especialmente los rosarios, para los moribundos, hija mía.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Adiós, hijos míos. ¡Adiós!