MENSAJE DEL DÍA 27 DE MAYO DE 1984

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, ay, ay...!, Madre, vienes hoy también. ¡Ay! ¿Sólo vienes a darnos la bendición? Dinos alguna cosa.

 

     LA VIRGEN:

     Os digo, hijos míos, que acudáis al Padre Eterno; está muy triste y enfadado, porque nadie se acuerda de Él. También quiero que seáis humildes y puros, muy puros, para poder alcanzar la morada que os corresponde, hijos míos.

     Mi Corazón está triste, muy triste. Pero ¿sabes esta tristeza que siente mi Corazón por quién es, hija mía? Por esas almas consagradas que no cumplen con sus votos. ¡Pobres almas, hija mía! Haz un acto de humildad y besa el suelo por esas pobres almas... Este acto de humildad sirve para la salvación de esas almas. ¡Pobres almas! Se van por el camino de la perdición, porque el enemigo les muestra los placeres del mundo. Aunque mi Corazón tiene menos espinas, hija mía, sufre por todas esas almas, porque mi Corazón las ama tanto, y ¡qué mal corresponden a ese amor! Se apegan a las cosas mundanas, y no se acuerdan de seguir el camino del Evangelio. ¡Pobres almas!

 

     LUZ AMPARO:

     (Solloza; dice una palabra extraña).

     ...Pido perdón por ellas; que son también débiles como nosotros. Perdónalos; pide lo que Tú quieras para que las perdones.

 

     LA VIRGEN:

     Es que esas almas, hija mía, esas almas..., el pecado de esas almas, está clamando al Cielo venganza, y la venganza es terrible, hija mía.

 

     LUZ AMPARO:

     Pero yo quiero que se salven también.

 

     LA VIRGEN:

     Porque todos los pecados claman al Cielo venganza, pero los de estas almas, hija mía, ¡es terrible!

 

     LUZ AMPARO:

     Yo quiero que los perdones, pues las perdonas como a nosotros, porque si el demonio se mete dentro... Prométemelo que las vas a perdonar...

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, la condenación depende de ellos mismos, porque, si no valen para ser almas consagradas, que se metan a carpinteros, a albañiles y...

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Pero es que el mundo está tan mal! ¡Oh!... Y claro, ellos con todo lo que hay en el mundo caen en el pecado. Pero perdónalos. Como te he dicho: pide Tú a tu Hijo y tu Hijo se lo pida al Padre, y que los perdone. ¿Lo vas a hacer? Porque también son tus hijos; por eso tienes que pedir por ellos.

 

     LA VIRGEN:

     Por eso os doy estos avisos, hija mía, porque los ama mi Corazón tanto, ¡tanto los ama mi Corazón..., que está sangrando de dolor por ellos!

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay..., cómo sangra! ¡Ay! Y dicen que no puedes sufrir Tú porque estás gloriosa.

 

     LA VIRGEN:

     Pero tú en estos momentos no me ves gloriosa, me ves llena de dolor y angustia de ver que el mundo está cada día peor.

 

     LUZ AMPARO:

     Pero yo creo que se va a poner mejor el mundo, porque vamos a hacer más sacrificio y más oración.

 

     LA VIRGEN:

     ¡Qué poco es el sacrificio que hacen esas almas, hija mía!

 

     LUZ AMPARO:

     Pero lo hacemos nosotros por ellos, y por eso Tú les perdonas... Pero no permitas que se condenen, porque son buenos. Pero ¿sabes quién es el culpable? ¡El demonio!, que es el que se mete en sus mentes.

 

     LA VIRGEN:

     Pero ellos tienen un don de inteligencia para distinguir lo bueno de lo malo; por eso te digo que, si se condenan, se condenan por su propia voluntad.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Pobrecitos! Por su voluntad no se condenan, es por la voluntad del enemigo; por eso Tú tienes que ayudarles.

 

     LA VIRGEN:

     ¡Qué pocas almas consagradas hay, hija mía, que aman mi Corazón, y que estén apegadas sólo a las cosas celestes! Están apegados a las cosas materiales, y el castigo que les espera... Tú has visto uno de esos castigos de un alma consagrada por publicar doctrinas falsas. Piensa que Cristo cogió a sus discípulos y les decía: “Seguidme”, y dejaron todo para seguir a Cristo. Por eso ellos tienen que hacer lo mismo: no estar apegados a las cosas materiales, porque el alma es lo que importa, no es el cuerpo, hija mía.

 

     LUZ AMPARO:

     Hoy te ha dado por ellas, ¿eh? Hoy no es por nosotros, ¿o también estamos nosotros ahí?

 

     LA VIRGEN:

     Todos, hija mía, todos, pero esas almas llenan mi Corazón de dolor ¡tan inmenso, hija mía!, y mi Corazón derrama gracias y no quieren aceptar esas gracias.

 

     LUZ AMPARO:

     Pues Tú, que puedes, hazlo de otra forma..., para que lo acepten.

 

     LA VIRGEN:

     Pero tienen libertad para hacer lo que quieran, hija mía.

 

     LUZ AMPARO:

     Pues no sé para qué nos das la libertad: para que nos condenemos.

 

     LA VIRGEN:

     Porque el hombre, para buscar su salvación, tiene que luchar, hija mía, ir por el camino del dolor para alcanzar la morada que le corresponde.

 

     LUZ AMPARO:

     (Con fatiga). ¡Ay, ay, ay...! Bueno, pues a sufrir y ya está. Yo se lo diré a todos los que puedan hacerlo; pero, si no hacen caso, ¡a ver qué quieres que haga yo! ¡Ay!, pero ¿los vas a sellar?, para que no se metan en las manos del enemigo. Séllalos a ellos también. ¡Ay, ay! Y a los que selles, pues hablan a los otros, y los otros hablan a los otros, y así se corre todo, porque ellos les van dando, y se van a Ti, Madre mía. ¡Ay, pero no seas tan severa, porque eres Madre!

 

     LA VIRGEN:

     Madre de misericordia y de amor, hija mía. Mi Corazón rebosa de alegría cuando un alma se convierte, en el Cielo hay una gran alegría, y hay una gran fiesta, hija mía.

 

     LUZ AMPARO:

     Pues con todas las que se han salvado aquí, habréis hecho un montón de fiestas... Si cada día hacéis una fiesta..., pues, ¡qué alegría! Iré a hablar a todas las almas que están en pecado, para que te sigan. ¡Ah, bueno!

 

     LA VIRGEN:

     Que sigan a Cristo y que sigan el camino del Evangelio, pero que no lo publiquen y ellos no lo cumplan. Que lo publiquen y lo cumplan, hija mía; que le imiten en la pobreza, en la pureza y en la humildad.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay!, yo quiero que otra vez me enseñes a tu Hijo. ¡Ay!, enséñamelo. Sólo quiero que hable dos palabras. ¡Ay!, pero ¿quién es el que trae al Señor? ¡Ay!, pero ese hombre con esa barba... Pues si en el Cielo no hay carne. ¡Aaah! ¿Elías? ¡Ah!, ¿y ése será el que venga? Pues aquí te esperamos. Di unas palabras, Señor, para que se les meta dentro del corazón.

 

     EL SEÑOR:

     Quiero que las almas consagradas sean pobres, humildes y sacrificadas. Eso es lo que pido, hijos míos. Y esas almas hacen lo contrario de lo que yo pido. Viven una vida de placeres y se meten en el mundo, hija mía, y están apegadas a las cosas terrenas.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, pero todas no son igual! ¡Ay!, pero bueno... ¿Y todas ésas se condenan? ¡Ay, ay...! No permitas que se condenen. ¡Ay!, esas..., que sí que están en el Purgatorio. Pero es que no es como lo están diciendo aquí en la Tierra, que el Purgatorio es así. ¡Ah, claro!, o sea, que no se acaba aquí todo, todo, pero Tú ya sabes de lo que te digo. Respóndeme a la pregunta... (Palabras en lengua extraña).

     ¡Anda, otra vez, de nuevo! ¡Bueno! Pero, ¿es secreto? ¿No puedo decirlo? Pues no se lo diré a nadie, ¡a nadie!

     ¡Ay!, danos tu bendición Señor, ¡porque es una cosa tan grande!

¡Qué guapo! ¡Estás cada día más guapo! Pues, ¿qué te hacen por ahí arriba para estar tan guapo?

     ¡Hala!, bendícenos. ¡Ay!, pero ¿cómo nos vas a bendecir? ¿De esa forma? Va a haber lío con esto, ¿eh? ¡Ay!, Tú dilo para que no haya lío.

 

     EL SEÑOR:

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

 

     LUZ AMPARO:

     No salgo de un lío y me metes otro. ¡Ay, Madre mía, con esta cruz! Pero hazlo de la otra forma. ¡Ay!, yo no lo digo; cuando esté sola lo hago, pero ¿quién les dice que yo hago esa cruz? ¡No! ¡Ni hablar!, porque entonces sí que me dicen que estoy endemoniada.

 

     EL SEÑOR:

     A mí me llamaban “el endemoniado”, “el vagabundo”, y mira, hija mía, te he dicho que el discípulo no es más que su maestro.

 

     LUZ AMPARO:

     Si yo no soy más que Tú, pero, Tú podías soportar las cosas con la ayuda de tu Padre, pero a mí aquí me dejáis sola, ¡hala!, que me ventile sola, y no puedo.

 

     EL SEÑOR:

     Ya te he dicho que estando Dios contigo, ¿a quién puedes temer, hija mía?

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay!, qué bien se ven las cosas, pero aquí te quería yo ver a Ti también, en mi puesto.

     ¡Ay, Madre mía!, sólo quiero tocarte un poquito el pie. ¡Ay, aaah...! ¡Ay, qué grande! ¡Ay! ¿Ya te vas? ¡Ay!

 

     EL SEÑOR:

     Me voy, pero dejo a mi Madre, para que os dé avisos, porque he puesto a mi Madre como medianera de la Humanidad; pero no hacéis caso, hijos míos. Me voy, como os dije al pie de la Cruz, me voy pero ahí se queda mi Madre; pero si no hacéis caso ni a mi Madre, hijos míos, ¿cómo podré salvaros a todos? Por lo menos, la tercera parte de la Humanidad quiero salvar.

 

     LUZ AMPARO:

     Pues qué pocos vas a salvar. ¿De tres uno? ¡Huy, Madre mía!, pues donde haya siete, ¿qué haces? ¿Y si esos siete son buenos?

 

     EL SEÑOR:

     Ya te he dicho que todo el que cumpla con los mandamientos de la Ley de Dios, llegará a conseguir las moradas.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay!, ¿ya te vas? ¡Ay, ah...!

 

     LA VIRGEN:

     Hijos míos, como os ha dicho mi Hijo, me ha puesto por medianera para salvaros a todos, hija mía. Estaré en la puerta del Cielo, para implorar a mi Hijo y al Padre Eterno. Primero al Padre, luego al Hijo, hija mía; yo tengo que pasar por estas dos... (Palabras en idioma desconocido).

 

     LUZ AMPARO:

     Bueno, ¿y Tú sola no lo puedes hacer?

 

     LA VIRGEN:

     Todo depende de Dios, hija mía; pero que Dios no os condena, os condenáis vosotros con vuestro pecado. Por eso os pido, hijos míos, que os acerquéis al sacramento de la Eucaristía, pero cuidado con todos aquéllos que no han ido antes al sacramento de la Confesión: están cometiendo muchos sacrilegios. Humillaos y confesad vuestras culpas, hijos míos.

 

     LUZ AMPARO:

     Yo te aseguro que se van a confesar todos los que yo hable con ellos.

     ¡Ay, qué grande eres! ¡Qué guapa! ¡Ay!, pues por ahí es que no hay nadie feo, ¿eh? ¡Ay!, porque hasta ése que ha venido con la barba, ¡cuidado qué cara tiene!, ¿eh?

 

     LA VIRGEN:

     Es que todo el que está en gracia de Dios, nunca puede ser feo, hijos míos. A lo mejor veréis a un niño que está subnormal por fuera, lo veréis feo, hijos míos; pero cuántas veces os he dicho que por dentro tienen el alma pura, muy pura, y tú lo que ves es el alma de muchas almas.

 

     LUZ AMPARO:

     Pero si yo no veo alma, yo veo el cuerpo.

 

     LA VIRGEN:

     Te parece que ves el cuerpo en forma de alma, hijos míos. Por eso os digo que hagáis sacrificio, para poder alcanzar las moradas, pues están preparadas las moradas para todos aquéllos que queráis seguir el Evangelio de Cristo.

     Vuelve a besar el suelo, hija mía, por los pobres pecadores..., los pobres pecadores, hija mía. ¡Pobres almas que ofenden a Dios! Diles que no ofendan a Dios tanto, que ya le han ofendido bastante, y su cólera va a caer de un momento a otro sobre el globo terrestre, hija mía.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay!, dales más tiempo para que se conviertan. ¡Ay!, pero ¿todo eso va a suceder? Pero espérate un poco más.

 

     LA VIRGEN:

     Ya viste el Ángel, el Ángel de la ira de Dios está preparado, hija mía, y sus ejércitos también están preparados. Con un solo dedo que mueva Dios Padre será segada la mies seca de la Tierra. Así os pido, hijos míos, y os estoy dando avisos muy a menudo para que os convirtáis, porque hace cientos de años que me he aparecido en muchos lugares; pero hacen desaparecer mi nombre en muchos lugares en los que mi presencia hice, hijos míos. Donde yo he hecho la presencia, han hecho desaparecer el nombre de su Madre.

 

     LUZ AMPARO:

     Aquí no; aquí... ya veremos a ver lo que pasa, pero yo lo diré, y se lo diré a todo el mundo y todo el mundo lo sabrá, y si me matan, aunque me maten —ayúdame—, pero yo no quiero negarlo ¡No quiero negarlo!

 

     LA VIRGEN:

     En otros lugares, hija mía, han negado mi existencia, porque han coaccionado a esos niños, hija mía, y han negado por miedo.

 

     LUZ AMPARO:

     Yo no quiero por miedo negar nada. Ayúdame, yo seré fiel. Te prometo que no quiero ofender a Dios y quiero hacerlo todo, pero si todavía dices que no me... (palabra ininteligible) la morada, no me la he ganado todavía... Pues anda, pues ¿cuánto se necesita para ya coger la morada?

 

     LA VIRGEN:

     ¡Cuántas gracias estoy dando, hijos míos! Habéis visto mi imagen en el Sol, el rostro de Cristo lo habéis visto también, hijos míos. ¡Cuántas veces lo habéis visto!, y observad en este momento cómo muchos lo verán, pero otros no podrán ver, hijos míos. Primero veréis los colores y luego será la imagen de vuestra Madre; observadla con atención, hijos míos; estad atentos, esos colores son maravillosos.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, qué colores!

 

     LA VIRGEN:

     Estad alerta, hijos míos, porque ya os he dicho que cuando haya señales en el Sol, en la Luna y en las estrellas el tiempo se aproxima, y todo esto está sucediendo. Algunos de los aquí presentes no podrán ver, hija mía; no porque sean peor que otros, sino porque dirían que estáis sugestionados, hijos míos. Por eso mirad, mirad hacia el Sol, veréis lo que veis; mi rostro está allí, y el rostro de Cristo... en esos colores tan maravillosos. ¡Qué colores, hija mía! Esto no existe en el globo terrestre.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, qué bonito es eso, ay! ¡Ay!, pero lo que tienes que hacer es bajar aquí, no ahí tan arriba; para que te vean bien.

 

     LA VIRGEN:

     Si aun viéndome, haciendo esta prueba, hijos míos, no habéis creído muchos de vosotros, aunque bajara, no creeríais en mi existencia. Observad con atención el cielo, hijos míos. Los colores son maravillosos. ¿Quién puede hacer esto? Sólo Dios Padre puede hacer girar... (Palabras en lengua desconocida).

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, Madre mía! Ayúdanos, para que seamos santos, pero no para que nos pongan en el altar; para que subamos al Cielo, a uno de esos cielos, que el altar a mí no me importa, porque ¿para qué quiere estar una estatua ahí si no consigo el Cielo? No, yo quiero ser santa pero en el Cielo, y pido por todos los que hay aquí presentes, que les des una gracia, para que se conviertan muchos de ellos. Hazlo, Madre mía, que lo vean.

 

     LA VIRGEN:

     Observad con atención, hijos míos, observad, veréis cómo eso no puede hacerlo ningún hombre de la Tierra. Ningún ser humano puede hacer girar el Sol, y con esos colores tan maravillosos.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ah, pero cuántas cosas estás haciendo! ¿Qué más quieres, eh? ¡Ah! ¡Ay!, nos estás conquistando, ¿eh? ¡Ay!, pues qué bien, para que no nos condenemos. ¡Ay!, haz lo que quieras para que las almas se conviertan. Si es por eso, que se conviertan, pero que vayan al sacramento de la Confesión, porque, como Tú dices, muchos no confiesan y se guardan los pecados que quieren, ¿sabes? Los que no les conviene no los dicen; eso es un sacrilegio, ¿a que sí?

 

     LA VIRGEN:

     Pero eso está pasando constantemente, hija mía; esos sacrilegios... hasta las mismas almas consagradas tapan esos pecados, para que ante la Humanidad los tengan por santos, pero luego ante Dios están condenados, hija mía.

     Seguid contemplando, hijos míos, seguid contemplando esos colores tan maravillosos. ¡Qué azul, qué rosa, hija mía!

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Qué amarillo más bonito, Madre mía! ¡Ay, qué verde y qué azul! ¡Ay!, pero yo, ¿cómo los veo, cómo me dices que los veo?

 

     LA VIRGEN:

     Los ves con los ojos del alma, no con los ojos del cuerpo.

 

     LUZ AMPARO:

     Pero el alma, ¿tiene ojos? No me digas que el alma tiene ojos.

 

     LA VIRGEN:

     Ya te lo explicaré esto más despacio, hija mía, te lo explicaré a ti sola, el significado del alma con ojos.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, Madre mía!, haz que se conviertan todos los que no han venido para verte, sino que han venido para curiosear; que se conviertan, dales esa gracia.

     ¿Nos vas a bendecir los objetos? Bueno, pero que tengan una gracia especial, ¿eh?, porque con estos objetos se están salvando muchas almas, ¿eh? Y además..., pero personas que no han confesado nunca, y se van corriendo a confesar; hasta de noventa y un años, fíjate; fíjate noventa y un años sin saber nada de Ti.

 

     LA VIRGEN:

     Levantad todos los objetos; todos serán bendecidos...

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay!, ¿es especial esta gracia?

 

     LA VIRGEN:

     Sirve, hija mía, para la salvación de las almas, y para los agonizantes, para que en ese momento se arrepientan de su mala vida; todos aquéllos que han llevado esta vida de pecado, hija mía, y de ofensa a Dios.

 

     LUZ AMPARO:

     ¿Otra vez me vas a mandar el besar el suelo? Pues sí que me mandas veces; pero, ¿para qué sirve?, si te lo he dicho otras veces, y parece que no les das importancia. ¿Tiene mucha importancia besar el suelo?

 

     LA VIRGEN:

     Cristo lo besaba diariamente; un acto de humildad. Se humillaba, hija mía, diariamente, para salvar a las almas.

 

     LUZ AMPARO:

     Pues bueno, pues vamos a besar el suelo otra vez... Ya lo hemos besado muchas veces, pero si cada vez que besamos el suelo, se puede convertir un alma, pues yo me estoy todo el día besándolo, ¿eh? Pero Tú haces lo demás; yo lo beso, y Tú haces lo demás.

     ¡Ay Madre mía, quién pudiera estar ahí contigo siempre, siempre!, no volver otra vez allí con todos. ¡Ay, Madre mía!, no sabes qué dolor es volver otra vez a ese lugar; aquí en este lugar ¡se está tan bien! ¡Ay, déjame otro poquito! ¡Ah, sólo un segundo! ¡Oye!, y tus segundos, ¿cuánto tiempo son?, porque eso es lo que yo no entiendo; el tiempo de Jesús, ¿qué tiempo es? ¿Es igual que el de la Tierra?...

     Bueno, pues todos son secretos; pues ya me lo puedes decir, para que lo avise.

 

     LA VIRGEN:

     Lo más importante, hija mía, es que estéis preparados, y no tengáis miedo, ni a la muerte, ni a quien os pueda perseguir por Dios, hijos míos. Aquél que os persiga por la causa de Dios, bienaventurado será, y entrará en el Reino del Cielo.

 

     LUZ AMPARO:

     Pues a mí me han perseguido y todavía dices que no tengo la morada ganada; entonces, ¿qué tengo que hacer ahora? ¿Más todavía? Pero, ¿me queda mucho?

 

     LA VIRGEN:

     Un poco, hija mía.

 

     LUZ AMPARO:

     Pero yo lo que quiero es saber ese poco, ¿cómo es? ¡Ah..., ah! ¡Ay, que no puedo! Pues sí, aproximadamente dímelo. ¡Ay!, pues bueno lo que Tú digas.

     ¡Ay!, pero quiere a todos los que han acudido a este lugar, y a los que no han acudido también, ¿eh? Te lo pido como hija tuya que soy, y piensa que soy hija tuya de toda la vida, porque yo no he tenido madre nunca, no la he conocido, y sabes que, aun no creyendo en nada, a Ti te quería tanto. ¡Tanto te quería, Madre mía!

 

     LA VIRGEN:

     Por eso, estabas preparada, hija mía, para este sufrimiento, para irte puliendo poco a poco, y se te ha ido puliendo desde niña, aunque has sido pecadora; pero mi Hijo escoge a los pecadores, no escoge a los justos; ya sabes por qué escoge a los humildes y a los pecadores: para confundir a los grandes poderosos.

 

     LUZ AMPARO:

     Y ¿quién son los grandes poderosos? ¡Ay!, si aquí en la Tierra no tiene que haber poderosos, porque por eso vienen todos los pecados: por los poderosos. Si no tuviéramos ni dinero, y Tú nos “mantenieses[1] como a los pájaros, como dices Tú, y a las flores, pues no teníamos que andar pecando.

 

     LA VIRGEN:

     Ése es el castigo del ser humano, el que comerá el pan con el sudor de su rostro; pero no comerá el pan con el sudor del rostro de los demás. Por eso, hijos míos, no os apeguéis a las cosas terrenas; sólo sirven para condenaros.

 

     LUZ AMPARO:

     Pues yo estoy un poco apegada a mis hijos, ¿sabes?, porque como... Yo es que no lo comprendo que pueda querer más a Dios que a tus hijos, pero también yo quiero mucho a Dios, ¿sabes? A Dios; bueno, yo no a Dios, a Jesús, porque yo al Otro no le he visto. ¡Ah! ¿Me explicarás también ese misterio, que tenemos que dejarlo todo por Cristo? ¿De qué forma?, porque, ¿cómo no vas a querer a tus hijos, vamos? ¿Y vas a dejar a tus hijos por querer antes a Dios?

 

     LA VIRGEN:

     Qué soberbia eres, hija mía.

 

     LUZ AMPARO:

     (Llorando). No quiero ser soberbia, es que lo veo muy difícil, porque yo al Señor le quiero mucho, mucho, mucho, pero, es que es de otra forma, ¿eh? Yo cada día le quiero más, pero todavía tengo esto.

 

     LA VIRGEN:

     Piensa en los discípulos, que dejaron todo por seguir a Cristo.

 

     LUZ AMPARO:

     Sí, pero ellos eran ellos; pero yo a ver cómo los dejo y me voy, ¡anda! ¡Qué cosas tienes, vamos! ¿Y te crees que yo no me metería en un convento para siempre? Pero tengo mis hijos, y no creo que me vayas a pedir eso, vamos, porque a mí me gustaría, pero aquí puedo hacer más que dentro, ¿eh?

 

     LA VIRGEN:

     No, hija mía, tienes el deber de cuidar a tus hijos, como madre que eres, pero ante Dios no hay nadie.

 

     LUZ AMPARO:

     Bueno, pues entonces lo intentaré: que ante Dios no haya nadie, pero detrás de Dios... y de Ti..., mis hijos, ¿no? Bueno, el Señor, pero como son lo mismo, pues si quiero al Señor, lo quiero a Dios, porque, ¿no son los tres iguales?: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, porque salió del cuerpo de ese Hombre tan grande, que llegaba hasta el cielo, pero que esa cara yo no se la pude ver, porque estaba el Sol en su cara. ¡Ay, qué Hombre!, pero... sin cara yo no he visto una cosa igual, un cuerpo sin cara, sólo el Sol en esa cara, y salían del cuerpo esos rayos, y se formaba el Señor y luego una Paloma de ese cuerpo, con rayos. ¿Y cómo puede ser con los rayos?

 

     LA VIRGEN:

     Pues, lo mismo que hizo los mandamientos por medio de Moisés, con esos rayos formó las tablas de la Ley.

 

     LUZ AMPARO:

     Vaya misterios que tenéis por ahí, ¡Madre mía!, el día que se descubran...

 

     LA VIRGEN:

     Nadie, nadie, ni el hombre más sabio del mundo, podrá descubrir los misterios del Cielo.

 

     LUZ AMPARO:

     Pues sería mejor que los descubriéramos, porque así yo creo que se convertirían más almas.

 

     LA VIRGEN:

     No, hija mía, el hombre tiene que ganarse a pulso su salvación o condenarse por su propia voluntad.

 

     LUZ AMPARO:

     Bueno, pues hoy ya no te pido más cosas, nada más que: que a todos los que están aquí, los que no han confesado, Tú, cuando se acuesten, les haces alguna cosa para que confiesen. Haz algo, Madre mía, porque es que yo sola..., me dejas sola, como dicen ahí en la Tierra, sola ante el peligro. No creas que no estoy, ¡ay!, por un lado y por otro, pero yo me defenderé como pueda. Te prometo ayudarte, y Tú a mí déjame que te bese los pies, porque me das una fuerza dentro que me quema el corazón... ¡Ay..., ay, ay, ay..., el corazón, el corazón! ¡Ay, que se me derrite de que parece que se me quema!, y eso que estás fría, ¿eh? ¡Ay, Madre mía! ¡Ay, por Dios, ay, qué cosa más grande es esto! ¡Y que digan que no!... ¡Vamos! ¡Vaya unos zoquetes!, ¿eh? Todos ésos que dicen que no, ¡qué cabeza tan dura tienen!, pero Tú tienes que ablandársela, porque Tú tienes..., bueno..., poder no quiero decir más que Dios, pero también tienes mucho poder.

     Ya no te pido más, sólo quiero que no nos abandones y que a mí, sobre todo, me des fuerza, para no negar nada, nada, aunque me maten.

 

     LA VIRGEN:

     Tú piensa en esos momentos, aunque te veas sola, hija mía, que Cristo está contigo, y si Cristo está contigo, ¿a quién puedes temer, hija mía?

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay!, ¿que a quién temo? A los humanos. ¿A quién voy a temer?, ¡vamos! ¡Ay!, pero aquella vez me abandonasteis del todo, ¿eh? Ahí sola, sola, ante tres hombres que me iban a matar, y yo no os veía por ningún sitio, por ninguno. ¡Ay, qué astucia tenéis! Sí, las pruebas; pero sin vuestra ayuda, no voy a poder.

 

     LA VIRGEN:

     Pero, hija mía, piensa que pasó hasta donde Cristo quiso. Mira cómo cuando intentaron ese pecado de deshonra, Dios no lo permitió.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Ay, ay, ay..., cuántas gracias te doy de haberte conocido, Madre mía! Pero pido tu ayuda. Tú me ayudarás y yo te ayudaré a Ti a salvar almas. Cuando salvo un alma, ¡me acuesto más contenta!, ¡qué contenta me acuesto! Pero cuando se rebela ese alma, ¡qué pena siento! ¡Ay, Madre, no me extraña que Tú sufras!

 

     LA VIRGEN:

     Pues sí, hija mía, mi Corazón sufre por toda la Humanidad, porque todos son hijos de mi Corazón ¡y los ama mi Corazón Inmaculado tanto!, y quiero que pidan a este Corazón Inmaculado, porque mi Corazón Inmaculado reinará sobre toda la Humanidad.

 

     LUZ AMPARO:

     Bueno, Madre mía, ¿ya te vas a ir? ¡Ay, qué pena otra vez mandarme al mismo sitio!... Pero, ¿nos vas a bendecir? Bueno, pues venga.

 

     LA VIRGEN:

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

     Adiós, hijos míos, ¡adiós!



[1] Se toma una licencia verbal al utilizar “mantenieses” por “mantuvieses” del verbo “mantener”.