MENSAJE DEL DÍA 5 DE MAYO DE 1984, PRIMER SÁBADO DE MES,

EN PRADO NUEVO DE EL ESCORIAL (MADRID)

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Qué pronto has venido!

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, quiero que vuestra oración salga de dentro de vuestro corazón; que no sea mecánica vuestra oración. Si todos los humanos rezasen el santo Rosario, el mundo, hija mía, se hubiera salvado.

     No quiero, hija mía, que sólo recen el Rosario el Mes de Mayo; quiero que me recen el Rosario todos los días del año, hija mía... (Habla en idioma desconocido).

     Ya te lo he dicho, hija mía, la primera trompeta ha sonado; pero en este momento va a sonar la segunda; ¡va a sonar, hija mía! (Luz Amparo comienza a llorar). Si los hombres, hija mía, hubieran acatado las leyes de Dios, Dios no hubiera mandado sus plagas de castigo sobre la Tierra.

     Tampoco me gusta, hija mía, que la juventud se quede en sus casas sin venir a rezar el santo Rosario. Sólo van a Misa las personas mayores, los ancianos, hija mía. ¡Cuán dicha sentiría mi Corazón si viese que toda la juventud cumpliese con los mandamientos de la Ley de Dios!

     Los hombres mismos, hija mía, han buscado su propia condenación. Ellos buscan las guerras, no buscan la paz. Por eso pido hija mía: hay que hacer mucho sacrificio, acompañado de penitencia y de oración.

     Ya te dije, hija mía que, aunque muchos verían, no lo creerían. ¡Cuántos, hija mía, no han dado su testimonio! Pero ya dije en una ocasión, hija mía, que todos éstos, hija mía, disfrutarán de las moradas celestiales.

     Mira las almas, hija mía; pero mira este otro lado, pues esto es horrible, hija mía. El que diga que no hay Infierno está mintiendo, hija mía. Te lo he repetido: Dios es infinitamente bueno y misericordioso; estáis a punto de pedir misericordia y de pedir perdón.

 

     EL SEÑOR:

     Dios no os condena, hijos míos; os condenáis vosotros con vuestros propios pecados. Y ¡ay de aquél que no cumpla con la palabra de Dios, más le valiera no haber nacido! Estas mismas palabras se las dije a uno de mis discípulos; más vale que no hubiera nacido, que se colgase una piedra de molino al cuello y se arrojase al mar.

     Todo no es Infierno, hija mía; también hay Gloria; y esta gloria es para la eternidad, hija mía. La eternidad es la condenación y la salvación.

     Vas a beber unas gotas del cáliz del dolor, hija mía. Ya te dije que queda poco; se está acabando. Y cuando el cáliz se acabe..., será horrible, hija mía...

     Yo no os quiero asustar, hijos míos, quiero que os pongáis a bien con Dios para salvar vuestra alma... Está amargo el cáliz, hija mía, pues esta amargura siente mi Corazón por todos vosotros, hijos míos. ¡Por todos, sin distinción de razas!

     Besa el suelo, hija mía, en reparación de todos los pecados... Este acto de humildad, hija mía —te lo he repetido siempre—, sirve para la salvación de las almas.

     Ningún ser humano, hija mía, si no tuviese una misión que cumplir —como te he repetido muchas veces—, vería mi rostro. Tú piensa que no has podido ver el rostro del Padre Eterno. Es imposible, hija mía, que ningún ser humano pueda ver su cara, porque su cara es la luz, y la luz daña a veces en los ojos, hija mía; la luz exterior del cuerpo, no la interior. Por eso te pido, hija mía: tened cuidado porque están acudiendo a este lugar muchos profetas falsos. ¡Alerta, hija mía, estad alerta! Están cogiendo de aquí y de allí para confundiros, hija mía. Por eso te pido, hija mía: sé astuta como una serpiente, pero sé sencilla, hija mía, y humilde como una paloma, hija mía.

     Pide por mis almas consagradas, mis almas consagradas, hija mía. ¡Las ama tanto mi Corazón!... Y ¡qué mal corresponden a mi amor!

     Mira mi Corazón, cómo está cercado de espinas; cercado de espinas, hija mía, por todos los pecadores del mundo. Vas a quitar dos espinas, hija mía; se han purificado dos. Tira sin miedo, hija mía. Mi Corazón sangra de dolor por toda la Humanidad, hija mía, ¡por toda!

 

     LA VIRGEN:

     Hijos míos, rezad las tres partes del Rosario; es mi plegaria favorita. La que más os cuesta, hijos míos, pero la que más agrada a mi Corazón.

     Mi mensaje es corto, hijos míos, porque os lo tengo todo dicho. Y os he dicho que se cumplirá desde el primer mensaje hasta el último.

     Ya ha sonado la segunda trompeta. Estad alerta, hijos míos, pues el enemigo quiere apoderarse de vuestras almas. Pero con sacrificios y con oración el enemigo no podrá nunca con vuestras almas. ¡Cuántos de los aquí presentes habéis pedido gracias y os han sido concedidas, hijos míos, y luego no habéis cumplido con vuestra Madre, hija mía!

     Os dije, hijos míos, que habría grandes sequías, y las hubo. Pero mi Corazón tuvo misericordia de vosotros y le pidió al Padre que cayera lluvia sobre la Tierra. Lluvia os ha dado, hijos míos. Pero estad alerta, porque, cuando la Luna empiece a enrojecer y los astros empiecen a perder su brillo, el tiempo se aproxima, hijos míos. Observad que esto está sucediendo.

     Vuelve a besar el sue1o, hija mía, por las almas consagradas. Por las almas consagradas, hija mía, para que sean fieles a Cristo y para que el enemigo no se apodere de sus almas. ¡Pobres almas! Porque esas almas pagarán por sus pecados y por las almas que arrastran al abismo, hija mía. Por eso os pido, hijos míos: pedid mucho por ellos; son débiles, hijos míos, y se dejan engañar por los placeres del mundo.

     También os digo, hijos míos, que améis a vuestro prójimo, porque, si no amáis al prójimo, no amáis a Dios, hijos míos.

     Besa el pie, hija mía... En recompensa a tu sufrimiento, hija mía.

     ¡Cuántos, hija mía, cuántos hay aquí presentes —podría señalar hacia ese lugar, hacia este lugar— que no creen en la existencia, hija mía, en la existencia de su Madre!

     He dicho, hija mía, que los mensajes se estaban acabando; pero mi Corazón está lleno de dolor y tiene que avisar como una madre a sus hijos del peligro que les acecha.

     Seguiré haciendo mi presencia en este lugar, hija mía, hasta que se cumpla mi palabra. Aunque todo lo tengo dicho.

     Levantad todos los objetos, hijos míos; todos serán bendecidos... Todos estos objetos, hijos míos, han sido bendecidos, ¡todos!, hija mía.

     Ninguno de los que estáis aquí presentes podréis disculparos cuando lleguéis ante el Padre, porque mi Corazón derrama gracias para vuestra conversión. Pero no queréis aceptarlo, hijos míos. ¡Pobres almas, hija mía! ¡Qué pena de almas!

 

     LUZ AMPARO:

     Por ellas, ya pido por ellas. ¡Ay, ay! Sé que hay muchos que no creen aquí; pero Tú lo prometiste, que les darías las gracias. Ayúdalos..., ayúdalos.

 

     LA VIRGEN:

     Las gracias, hija mía, estoy dando hace cientos de años.

 

     LUZ AMPARO:

     (Palabras en voz baja e ininteligibles)... Lo has prometido, ¡lo has prometido Tú! Y Tú lo vas a cumplir, ¿eh?

 

     LA VIRGEN:

     Hija mía, no seas soberbia. No me digas que yo tengo que cumplir. Yo cumpliré, hija mía, pero si ellos corresponden a mi amor.

 

     LUZ AMPARO:

     Ayúdalos, ¡ayúdalos! Muchos no creen en Ti, ni en tu Hijo tampoco.

 

     LA VIRGEN:

     Yo prometí ayudarles, hija mía; pero que quede claro: prometo ayudarles con su ayuda. Si ellos no quieren corresponder a esa ayuda, yo no podré hacer más por ellos, hija mía. Estoy constantemente sujetando el brazo de mi Hijo, para que no se descargue sobre vosotros, hija mía; ¿qué más queréis, hijos míos?

     Con las oraciones y con el santo Rosario podríais haber evitado estos grandes castigos, hijos míos; pero el mundo no ha cambiado, hija mía; el mundo sigue cada día peor.

     Voy a dar mi bendición, hijos míos. Y esta bendición será especial para todos. ¡Mira si derramo gracias, hija mía! El que no corresponda a esto, aunque me viese con sus propios ojos, hija mía, no creería. Y si mi Hijo bajase, le volveríais a crucificar, hija mía.

     Os bendigo, hijos míos, como el Padre os bendice por medio del Hijo y con el Espíritu Santo.

 

     LUZ AMPARO:

     ¡Madre mía!, ¡Madre mía!, ¡Madre!... Yo te lo pido...

 

     LA VIRGEN:

     ¡Adiós, hijos míos! ¡Adiós!